De amor y vodka Terminal Púlkovo-3
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Terminal Púlkovo-3

Suelto un rugido sordo cuando logro encajar el borde del lavabo bajo mi axila y dejo caer el peso muerto del torso hacia el suelo.

El chasquido articular reverbera en el pequeño cuarto de baño; una descarga eléctrica me recorre la columna vertebral y mi cuerpo se empapa de un sudor helado.

Busco mis propios ojos en el espejo para obligarme a no perder el conocimiento.

Logro controlarme y, poco a poco, la sensación de que me arrancan el brazo de su articulación se amortigua. Tardaré semanas en recuperar la movilidad, así que me visto como puedo con la ropa limpia.

Estoy en un cuarto de baño apartado en el inmenso aparcamiento del aeropuerto mientras Loreto devuelve el coche de alquiler.

Hago una pelota apretada con la ropa destrozada y sucia y la meto a presión en una papelera perdida.

Con un poco de suerte, nadie la encontrará.

La única huella real que queda de mí es el teléfono encriptado, pero no creo que Stankovich y sus hombres se atrevan a entregarlo a las autoridades.

Supongo que lo habrán reventado o estará en el fondo del Neva.

Un sentimiento de rabia y frustración me envuelve. Estoy vivo, sí. Pero he perdido treinta millones de euros y la única herencia de mi familia. Por imprudencia. Por codicia. Babushka seguro sabía de su valor y jamás vendió el huevo. Nunca debí sacarlo a la luz. Ahora es demasiado tarde.

La rehidratación y el aumento de glucosa con la botella de agua, el sándwich de rosbif y los frutos secos que Loreto ha comprado me sumergen en un estado de hiperalerta.

Llevo en la muñeca su reloj deportivo, un modelo minúsculo para mí, pero que cumple su objetivo: me señala que ha llegado el momento de volver.

Improviso un cabestrillo con un pañuelo, también de ella.

Sonrío, pese a todo. Me envuelve su fragancia floral, que ya forma parte de mí.

Lo reconocería en cualquier lugar del mundo. Ya es hogar.

Ella me espera junto a la mampara acristalada del aparcamiento mientras un empleado recepciona el coche de alquiler. Me calo la capucha de la sudadera para ocultar las heridas de la ceja. Mi aspecto es deplorable. No sé cómo voy a justificarlo en el control de pasaportes.

—Mucho mejor —murmura al verme. Me toma el rostro entre las manos y me besa con una ternura que me desarma—. Toma. Ponte mis gafas de sol para tapar ese ojo. Y no te muevas: un poco de corrector nos salvará la vida.

No puedo evitar sonreír. Piensa en todo. Me dejo hacer mientras sus dedos extienden el maquillaje sobre los hematomas. Le atrapo la mano y le beso la palma.

—Gracias, mujer.

Caminamos juntos hacia el acceso de Púlkovo-3.

A diferencia del bullicio frenético de la terminal comercial, este pabellón privado respira una calma discreta: alfombras gruesas, maderas nobles y apenas un puñado de hombres de negocios rusos aguardando sus vuelos privados.

Una azafata de tierra tras el exclusivo mostrador revisa los manifiestos de nuestro chárter a Belgrado.

Loreto, sin embargo, parece un manojo de nervios. Se muerde el labio inferior, cambia el peso de una pierna a otra y mira compulsivamente hacia la cristalera de la pista.

—¿Estás bien? —le susurro, pasando el brazo sano sobre sus hombros—. Loreto, ya tienen lo que querían. Stankovich debe de estar a medio camino de la frontera.

—No, Boris. No tienen lo que querían —suelta en un susurro frenético, pasándose una mano temblorosa por la frente.

—Claro que sí. No te preocupes. Escuché a sus hombres en el sótano y el serbio no es difícil de entender. Sus planes eran recorrer en la furgoneta los ciento cincuenta kilómetros que nos separan de la frontera con Finlandia y desaparecer en Europa.

—Eso si no abren la bolsa antes y se dan cuenta —dice ella, al borde del colapso—. Boris, necesito ir al baño. Espérame aquí.

—¿Ahora? En dos minutos nos llamarán para el control de pasaportes, sladkaya. —Le sujeto la barbilla para obligarla a mirarme—. ¿Por qué no me dices qué pasa? ¿Quién se van a dar cuenta de qué?

Ella se mira la punta de sus deportivas de color rosa con aspecto culpable durante unos segundos, pero luego alza la mirada desafiante que amo, y que es el preludio de grandes catástrofes.

—Les he dado un cambiazo.

—¿Cómo? —Creo que no he entendido bien, pero una presión asfixiante se instala en mi pecho—. ¿Qué has hecho, Lorenka?

—¡Pues eso! ¡Un cambiazo! Tienen el cofre, claro, y eso ya es una gran pérdida.

Pero para eso no tenía nada, aunque pensé en meterlo en una matrioshka.

¡Todo pasó tan deprisa...! En fin, no se me ocurrió nada, así que el cofre sí que lo tienen —desvaría, con gestos nerviosos de las manos.

No para de moverse. Su melena vuelve a alborotarse—.

Y se parecen bastante, los huevos, quiero decir.

Aunque el mío es azul cobalto y dorado. Y la forma es más anatómica que un huevo, en realidad.

—Loreto. Loreto, por favor. ¿Me puedes explicar de qué hablas?

—He metido mi huevo vibrador en el cofre. No sé cuánto tiempo tenemos hasta que se den cuenta de que es un puto juguete sexual.

Me quedo petrificado. Durante cinco segundos eternos se me olvida cómo respirar. Parpadeo, intentando procesar la información, pero mi cerebro militar colapsa por completo. Me llevo la mano a la nuca, aturdido, incapaz de asimilar la magnitud del disparate.

—Lorenka, Lorenka... Tú... ¿Qué?.. Yob tvoyu mat! —desvarío en todos los idiomas que conozco—. ¿Y dónde está el huevo imperial? ¿En el hotel?

Loreto clava sus ojos en los míos. Muy despacio, una sonrisa diabólica, perversa y absolutamente deslumbrante se dibuja en sus labios.

—¿Tú dónde crees que está?