El intercambio
Pido un desayuno inglés a la habitación nada más levantarme.
Son las diez de la mañana, lo bastante temprano como para moverme sin prisas y no tanto como para tener tiempos muertos que alimenten mis nervios.
Espero que el servicio de alquiler de coches sea puntual y traiga el utilitario chino a la hora acordada.
Me tiembla la mano al servirme el café. A ver cómo acabo cuando me tome los tres que necesito para paliar la noche de nervios que he pasado.
Cada vez que cerraba los ojos, el cuerpo ensangrentado de Boris aparece retratado en mis retinas.
No me hace gracia, pero hay algo que tengo que enfrentar. Me felicito por mi madurez y previsión, aunque me entre un retortijón al pensar en ello.
¿Y si me pasa algo?
Si me pasa algo, tengo que dejar una serie de instrucciones muy claras. La mejor para recibirlas es Inés, así que me siento frente al portátil y abro un documento de Word.
Queridísima hermanita:
¿Te he dicho que te quiero mucho?
No lo hago con frecuencia, es cierto, pero te aseguro que es verdad.
Eres mi persona, como dirían Meredith y Cristina en Anatomía de Grey.
Mi hermanita chica hinchapelotas, mi flotador existencial, mi inspiración.
Aunque no lo creas, muchas veces he sentido que eras tú la mayor y yo la pequeña, perdida, inmadura, fracasando cuando tú peleabas por triunfar.
Estoy orgullosa de ver la mujer en la que te has convertido.
Por eso te encargo lo más importante de mi vida: mis hijos.
Ya sabes que tienen debilidad por ti, por Erik y por los niños.
Ahora mismo, estoy metida en un buen lío.
Espero que en un futuro pueda contártelo y nos riamos juntas de todo lo ocurrido, pero si sale mal, cuento contigo para que, además de Julio, su tutora legal seas tú.
Mímalos, sé que lo harás. Más de lo que lo haría yo, ya sabes que soy un poco arisca.
Tú no, pese a tu carácter de mierda, eres acogedora y dulce.
Yo he sido siempre una madre hostil, así que, enmienda eso por mí.
La parte legal está toda escrita en el testamento, no te voy a aburrir con detalles. Habla con Andrés Arístegui, él te dirá qué hacer. Solo quería pedirte esto de la manera más personal posible, a ti y solo a ti.
¿Te he dicho ya que te quiero?
Tu hermana mayor,
Loreto
Teclear las palabras hace que todo sea más real, más tangible.
Ya son las doce, así que me preparo: equipaje mío y algo de ropa para Boris que he comprado en el aeropuerto, una botella de agua, algo de comida y el móvil a tope de carga.
En el Google Maps, ya he buscado las coordenadas del parque.
Me llama la atención la disposición de los caminos en torno al lago.
Son carreteras circulares, casi concéntricas, perfectas para una huida sin hacer maniobras con el coche.
Yo tengo que esperar en la que llega hasta la ribera del lago, que es la única calle sin salida.
Miro el huevo. Lo miro fijamente. La verdad es que me recuerda a algo... Y se me ocurre una idea. Protejo el cofre con la bolsita negra y doy un salto de medio metro cuando me llaman por teléfono desde recepción. El coche de alquiler me está esperando.
Conduzco como una auténtica rusa por la avenida que me lleva hacia el parque. Pongo en la radio una emisora local. No entiendo nada, pero las voces desenfadadas y la conversación entre risas me entretienen, aunque no me saca de mi profundo estado de concentración.
Bajo la velocidad al entrar en el parque.
Es un remanso de césped verde impecable, árboles centenarios y banquitos bucólicos.
Varios niños juegan en los columpios, sus madres conversan y ofrecen una imagen universal.
Un grupito de adolescentes corren detrás de un balón de fútbol y me acuerdo de Julito y de Elena.
Les gustaría estar aquí. Por otro lado, mi nivel de alarma se dispara.
Recuerdo cada sílaba de la frase amenazadora que soltó el traficante.
Mirko Stankovich. «No haga ninguna tontería.
No quiero accidentes ni sobresaltos con los niños que puedan estar jugando allí».
¿Qué clase de monstruo es capaz de poner en peligro a un niño?
Me estremezco y la gravedad de la situación se me viene encima.
Empiezo a hiperventilar. Mi corazón late desbocado.
Detengo el coche en el arcén y abro la ventanilla.
Apoyo la frente en el volante. Desde el exterior, me llegan las risas y los gritos divertidos de los niños.
También el piar de los pájaros. El aroma a hierba mojada, que siempre me ha encantado.
El paisaje es tan bucólico que me parece imposible que algo pueda salir mal.
Avanzo con el coche un poco más hasta situarme al final de la carretera. No hay nadie. Aprovecho para maniobrar y quedar preparada para una huida rápida. Dejo en mi regazo la bolsa con el cofre. Empiezo a sentirme un poco incómoda. Aquí no viene nadie.
Un vendedor ambulante, que empuja un pintoresco carrito de madera lleno de chucherías, palomitas de maíz y pequeños juguetes hace elevar mi nivel de alerta una vez más.
Tres niños se acercan corriendo entre gritos alegres y enormes sonrisas.
El hombre les vende unos cucuruchos y unos juguetitos de plástico.
Al poco tiempo, el aire se llena de mil pompas de jabón. Falsa alarma.
Ahora sí. Una furgoneta ciega, sin ventanas, de un color gris anodino, circula muy despacio por la carretera que rodea el pequeño lago. No me da tiempo a planear ninguna estrategia, porque el móvil suena. Cierro los ojos un segundo. Si sigo así, moriré de un infarto al corazón.
—Tú salir del coche. Tú dejar cosa sobre mesa y alejar. Cuando tú volver al coche, nosotros soltar hombre —dice en un inglés macarrónico y con un fuertísimo acento, aunque no estoy segura de si es ruso o de otro lugar—. ¿Entiende? ¿Entiende?
Intento ganar algo de tiempo. La furgoneta ha disminuido todavía más la velocidad.
—Pero ¿qué garantías tengo de que soltarán a Boris? ¿De que está bien? ¿De que nos dejarán en paz?
Se escucha una conversación en otro idioma, que por supuesto no entiendo. Me entran ganas de llorar, porque la otra voz no es la de Boris.
—No garantía. ¡Nada! ¿Entiende?
Esta otra voz es más agresiva, más violenta.
Se escucha un clic que me indica el fin de la llamada y se abre la ventanilla del conductor de la furgoneta hasta mostrar únicamente un rostro barbudo, cubierto por una gorra y unas gafas de sol.
Con un dedo enguantado en negro, que choca con el calor estival de las dos de la tarde, me señala los bancos y mesas de picnic.
De acuerdo.
Puedo hacerlo.
Cojo la bolsa negra y dejo todo lo demás en el coche, que cierro con llave.
Aprieto los párpados y susurro una pequeña plegaria como cuando era niña, aunque sé que no me servirá.
Camino, despacio, hasta el centro del merendero.
Que les cueste trabajo. Para llegar hasta allí tienen que sortear varias mesas.
Dejo la bolsa y me alejo en dirección al coche.
Muy despacio. Por el momento, no hay nadie que se interese por ella.
Yo sigo caminando en diagonal para tener la furgoneta en mi campo de visión, pero avanzando con lentitud.
De pronto, las cosas se precipitan.
—¡Eh! ¡Oye!
Un hombre salta de la furgoneta y se lanza corriendo hacia la bolsa de Babushka.
—¡¿Dónde está Boris?! —grito, desesperada, al ver que me han engañado y que no hay ni rastro de él—. ¡¡Joder!!
Una furia inmensa me invade y echo a correr de vuelta en dirección al merendero; mis gritos llaman la atención de un par de madres que charlaban un poco apartadas.
Esprinto como en mis mejores días de atletismo en la universidad y llego al mismo tiempo que el matón que nos persiguió en San Petersburgo cuando nos escondimos en el pórtico de los Atlantes.
Boris debería habérselo cargado. No tengo nada que hacer ante su fuerza física, pero seguro que no me gana en potencia al chillar.
—¡Maldito cabrón! ¡Socorro! Help!—grito a pleno pulmón.
Él se detiene, desconcertado, y deja de forcejear. Pero no suelta la bolsa. Pues yo tampoco pienso soltar.
—¿Qué pasa? ¿Está todo bien? —grita en inglés una de las madres. Las dos echan a andar hacia el merendero. ¡Bendita sororidad!
En ese preciso instante, la furgoneta toca la bocina con estridencia y pega un acelerón que me hiela el alma.
Espero que no haya niños paseando por ahí.
Me vuelvo, sin ceder ni un centímetro, aunque me duelen los dedos.
Las mujeres casi han llegado hasta la zona de las mesas y lucen muy alarmadas.
Una de ellas saca un móvil. Entonces escucho el chirrido ensordecedor de un frenazo, el sonido metálico de una puerta corredera y el golpe mate de un cuerpo que cae contra el suelo emitiendo un alarido de dolor.
—¡¡BORIS!! —grito al darme cuenta de que es él.
Suelto la bolsa, ahora ya da igual. El tipo corre hacia la furgoneta, que ya se alejaba, y que se detiene un momento para recogerlo.
Huye dando bandazos a toda velocidad. Yo me abalanzo hacia el cuerpo inmóvil de Boris sobre el pavimento.
Rompo a llorar por la tensión y la preocupación.
Las dos madres se miran, no saben qué hacer.
La que tiene el móvil va a hacer una llamada y no creo que sea a su suegra.
Me arrodillo junto a él y le quito un saco ensangrentado que rodea su cabeza. Reprimo un grito al ver su rostro distorsionado por los golpes.
—Dios mío, ¿qué te han hecho?
Después libero sus muñecas. Me cuesta. Es cinta americana muy gruesa y tengo que utilizar las llaves del coche para rajarla. También los tobillos. Está descalzo y prefiero ni mirar sus pies, llenos de sangre.
—Lorenka... Lorenka... Estás loca —murmura en un hilo de voz—. ¿Cómo se te ocurre venir aquí?
Dice un montón de incongruencias. Yo lo beso una y mil veces en los labios hinchados, en las mejillas amoratadas. Los dos no sabemos si llorar o reír.
—¡Ay! Con cuidado —dice en un ruego cuando lo estrecho con fuerza entre mis brazos—. Creo que me he luxado el hombro al caer.
—Vamos. Tenemos que irnos. —De pronto recuerdo dónde estamos. La mujer ya está hablando por el móvil a toda velocidad y con los ojos desorbitados—. La policía no tardará en llegar.
—Sí, vámonos. —Corremos como podemos hasta el coche. Boris está ahora pálido por culpa del dolor. Cuando lo acomodo en el asiento del copiloto, me retiene del brazo—. Necesito ir al hospital, Loreto. Llévame al sanatorio de Babushka, allí me ayudarán.
—No, cariño. —Rodeo el coche y me subo de un salto. Meto primera, acelero y enfilo hacia la salida de esa ratonera mientras me pongo el cinturón—. No podemos ir al sanatorio.
—Lorenka, necesito ayuda.
—Lo sé. —Lo miro con ansiedad. Ojalá pudiera transmitirle lo importante que es lo que hagamos en las próximas horas—. Pero no podemos. Tenemos que ir a Púlkovo. Ahora. Ahora mismo.
—¿Al aeropuerto?
Boris me mira como si me hubiera vuelto loca. Igual es verdad. No estoy muy segura, después de estas dos últimas semanas de mi vida.
—Sí. Al aeropuerto. Nuestro avión despega en tres horas más.
Conduzco como una auténtica posesa. Santiago de Chile en hora punta es un entrenamiento magnífico para sobrevivir al volante. Adelanto por la derecha a un todoterreno negro. Veo por el retrovisor que el conductor agita un puño por la ventanilla. Me importa una mierda. Soy una mujer con una misión.
—Lorenka... —casi no puede respirar del dolor—. Yo no puedo subirme a un avión de línea, me detendrán en el primer control de pasaportes.
—Nada de aviones de línea. ¿Sabes que tengo un arma secreta?
Mi hermana. Inés. —Creo que ha saltado el flash de un control de velocidad, pero sigo con el pie hundido en el acelerador—.
Andrés tiene acceso a mi cuenta en el bufete.
Erik ha puesto la logística de Industrias Thoresen: tenemos un chárter privado esperando en la pista de Púlkovo-3 con un plan de vuelo hasta Belgrado.
De ahí, volaremos hasta Noruega. Solo tienes que aguantar el tipo hasta que crucemos esa puerta.
Miro de reojo a Boris para ver qué opina, pero el pobre está fuera de combate.
Se aferra como puede con el brazo derecho al asidero del techo mientras yo serpenteo por el tráfico dando volantazos.
Su brazo izquierdo cuelga inerte, descolocado en un ángulo antinatural que me revuelve el estómago.
Cada vez que el coche hace un movimiento brusco, aprieta la mandíbula con tanta fuerza que se va a partir los dientes.
Está gris, sudando frío y respirando a bocanadas.
Huele a sangre seca, a orina y a encierro, pero ahora mismo es el hombre más maravilloso del planeta simplemente porque está vivo.
—Tienes ropa limpia en esa bolsa deportiva, a tus pies —le indico sin apartar los ojos de la autopista—. ¿Puedes cambiarte? Rápido. También te compré unas zapatillas, espero haberme acordado de la talla.
—Lorenka... Espera. Mírame. Explícame qué demonios pasa —suplica con la voz rota, mirándome como si se hubiera subido al coche de una loca—. ¡El peligro ya ha pasado! Tienen el huevo. No van a venir tras nosotros. A Stankovich le interesa tan poco como a mí involucrar a las autoridades rusas.
—Cámbiate, por favor. No pasa nada, es solo que no quiero perder el avión bajo ningún concepto. —Lo examino dos segundos mientras un semáforo se pone en verde y vuelvo a pisar el acelerador—. En mi bolso hay toallitas desmaquillantes. Saca un par y límpiate la cara. Tienes sangre por todos lados.
—Necesito una ducha, una comida decente, una cura de sueño y un médico que me reduzca el hombro antes de que pierda la consciencia —implora en un hilo de voz—. ¡Lorenka, sladkaya, mírame! Por favor... No puedo entrar así a un aeropuerto internacional.
Me inclino hacia él un segundo, aprovecho una recta despejada y le estampo un beso en los labios hinchados. Me dan igual la sangre y el sudor. Respira.
—Cariño, te lo ruego. Aguanta un poco más. Solo un poco más —le pido con la garganta apretada y la mirada clavada en los carteles que ya anuncian las terminales de Púlkovo—. En cuanto lleguemos a la puerta de embarque, te lo explico todo. Te juro que todo tiene sentido.