Instrucciones precisas
Intento transmitir la importancia de lo que está pasando, pero ella, por supuesto, me interrumpe.
—¿Boris? ¿Podemos hablar? Sé que me marché de manera un poco precipitada —dice con tono contrito. Pese a todo, mi corazón se derrite al escucharla—. Quería decirte que he reservado un vuelo para ti, por si quieres volver a Chile conmigo. Si no es así, al menos me gustaría despedirme
—Loreto, sladkaya, ¡escucha, por favor, te lo ruego! —Ruego, sí. No puedo permitirme el lujo de perder más tiempo—. Es importante
Mirko Stankovich, que así se llama el elegante caballero sin escrúpulos, me arrebata el móvil y lo pone en modo altavoz cerca de mí.
—Querida señorita. O señora. ¿Habla usted inglés? ¿Sí? Perfecto. —No espera a que ella responda—. Tenemos aquí un pequeño dilema. Su amigo Boris, el querido capitán doctor, se encuentra en un aprieto. —Su risa me pone la piel de gallina, destila maldad—. Por decirlo así.
—¿Quién coño es usted? ¿Dónde está Boris?
Mi gatita furiosa... Quiero contestar, pero uno de los matones descarga el puño en la parte baja de mi abdomen y subo las piernas en un intento de protegerme. Mis muñecas vuelven a sangrar. Intento contener un acceso de náuseas y termino tosiendo sangre.
—Silencio. Ahora voy a hablar yo —dice Stankovich con tono letal—. Señora, escuche con atención. Posee usted algo en lo que estoy sumamente interesado. Verá, soy un coleccionista de arte muy exigente, y estoy dispuesto a pagar un altísimo precio por dicho artículo.
Loreto se toma un par de segundos para contestar. Yo cierro los ojos y lanzo una plegaria al universo. «Lorenka, amor mío... obedece. Obedece sin rechistar». En cuanto lo pienso, se me escapa una risita absurda. Es imposible.
—¿Está hablando del huevo? Yo no lo tengo —contesta, demasiado rápido y con la voz demasiado aguda.
—Por favor, no perdamos el tiempo. Es usted una mujer ocupada y yo también lo soy.
¿Cómo demostrarle la importancia de la premura en este caso?
—Se detiene un momento, acciona la cámara del móvil con cuidado de no aparecer en ella y la dirige hacia mí.
El grito desgarrado que sale de la garganta de Loreto y su rostro desfigurado por el pánico hacen que me muerda la mejilla por dentro para no sollozar de impotencia—.
Como ve, no hay trampa ni cartón. Quiero el huevo.
Y lo quiero ya. Tengo que salir del país en los próximos días, porque, al igual que su amigo, también gozo de escasa popularidad entre las autoridades rusas.
—¿Qué tengo que hacer? —pregunta Loreto en un hilo de voz. Su determinación y su arrogancia han desaparecido y me rompe el alma verla así. Tan desvalida. Su voluntad, quebrada. Vencida.
—Ahora sí nos entendemos, señora. Quiero que quede meridianamente claro: si no nos entrega el huevo en perfecto estado, su amigo el capitán doctor será entregado al FSB.
Y ellos no serán tan considerados como yo.
—Stankovich se asegura de que Loreto ha entendido, ella susurra un «Sí»—.
Nos encontraremos en el parque Onegin mañana, a las dos de la tarde.
Es una buena hora, porque habrá poca gente, le enviaré a su móvil las coordenadas exactas.
Pero, se lo advierto: no haga ninguna tontería.
No quiero accidentes ni sobresaltos con los niños que puedan estar jugando allí.
—No los habrá. Estaré allí mañana. ¿Cómo lo reconoceré? —Loreto parece haber recuperado un poco las fuerzas. Es una mujer maravillosa. Extraordinaria. Fuerte.
—Oh, no se preocupe por eso. Lo hará.
Stankovich corta la llamada con un toque de su pulgar y se guarda el terminal en el bolsillo interior de su chaqueta cruzada de corte italiano.
El silencio que cae sobre el sótano de hormigón es sepulcral, roto únicamente por mi respiración sibilante y el goteo de mi sangre sobre el charco del suelo. Cierro los ojos, derrotado. El dolor de mi hombro izquierdo es un clavo al rojo vivo.
Stankovich camina despacio alrededor de mí.
El taconeo rítmico de sus zapatos se acompasa con el golpe sordo de su bastón: clac, tap, clac, tap.
Se detiene frente a un taburete metálico, toma asiento con lentitud y estira la pierna derecha con una mueca de dolor apenas perceptible antes de encender otro pitillo con el encendedor de oro de Churchill.
—Le duele la cadera, ¿verdad? —grazno con la garganta en carne viva. Necesito mantenerlo hablando. Necesito que no piense en ella.
El anciano alza la mirada entre la nube de humo azulado. Una sonrisa cínica le curva los labios finos.
—Olvidaba que es usted traumatólogo. Así es.
Una secuela de Vukovar, 1991. Una esquirla de mortero del calibre ochenta y dos me reventó la cabeza del fémur y parte del acetábulo.
—Acaricia la empuñadura de marfil con sus dedos nudosos—.
La guerra es un oficio sucio, doctor Radchenko. Nos convierte a todos en chatarra.
—Usted no parece chatarra. Parece un viejo carroñero con traje caro.
—Y usted parece el cadáver de un animal colgado en una carnicería clandestina, pero los dos sabemos lo que fuimos —replica sin inmutarse.
Le da una calada al cigarrillo y exhala el humo antes de seguir—.
La desintegración de Yugoslavia me pilló con galones en el hombro, un fusil Zastava en las manos y la orden de limpiar pueblos enteros.
Cuando el humo se disipó y los burócratas de La Haya empezaron a redactar órdenes de captura, aprendí la única lección que importa: el patriotismo es el consuelo de los idiotas y de los muertos de hambre.
Aprieto los dientes de rabia, porque tiene razón. No quiero aceptarlo, pero somos iguales.
—Yo ya no soy un soldado. Soy médico. Y usted, un asesino.
—Me dedico a sobrevivir, capitán. Al principio, cobrando por eliminar estorbos para las mafias albanesas y rusas.
Trabajo sucio, sangre innecesaria, dormir con una pistola bajo la almohada.
Pero cuando cruzas los sesenta años, el cuerpo pasa factura.
El plomo es vulgar. El arte, en cambio...
¡Ah, el arte! El arte imperial es eterno, limpio, mucho más rentable y no grita cuando te lo llevas.
Stankovich se inclina hacia adelante, clavando sus pupilas negras en las mías con una fijeza de reptil.
—Usted y yo somos dos caras de la misma moneda, Radchenko. Dos perros de presa adiestrados para desgarrar carne ajena en guerras que no eran nuestras. Chechenia, Lugansk, los Balcanes... ¿Qué diferencia hay entre usted y yo?
—Que yo nunca utilicé a niños para salvar mi pellejo —escupo con desprecio—. Y que yo sé exactamente lo que soy: un monstruo. Usted todavía se disfraza de caballero.
Stankovich se echa a reír con un tintineo metálico en la garganta. Se pone en pie apoyándose en el bastón y hace una seña a su lugarteniente, un gigantón serbio con cicatrices de quemaduras en el cuello.
—Goran, pon a nuestra gente en alerta. No me fío de nuestra damisela en apuros.
El corazón me da un vuelco en el pecho.
—Ella cumplirá el trato —intervengo, desesperado—. Ha visto cómo estoy. Sabe que la matará si da un paso en falso.
—Las mujeres asustadas hacen tonterías, capitán doctor.
Y las abogadas, todavía más —dice Stankovich mientras se ajusta los gemelos de oro—.
Quiero vigilancia cerrada en el hotel Kempinski.
Si intenta regresar, la interceptáis. Quiero también dos hombres en el canal Griboyédov, cerca de Roschard, por si se le ocurre deshacerse del huevo.
Y sobre todo... —hace una pausa y me clava una mirada cargada de malicia—, poned dos coches en el distrito central.
Uno frente al Consulado General de Chile y otro en la calle Stremyánnaya, frente al Consulado General de España.
Un frío glacial me hiela la sangre.
—Stankovich, déjela fuera de esto... —suplico, y el temblor en mi propia voz me avergüenza.
El anciano me ignora. Saca su teléfono, imparte órdenes en serbio y sale del sótano cerrando la pesada puerta de hierro tras de sí.
Pasan los minutos. O las horas. El tiempo en este agujero se mide por los latidos espasmódicos de mi corazón y las gotas de sangre que caen de mis muñecas.
La luz blanca de los fluorescentes me taladra las retinas.
Creo que tengo fiebre; el traumatismo en la cabeza y las quemaduras del táser me nublan la vista en un delirio pastoso.
«Loreto, por favor. No vayas. Quédate en el hotel.
Vete al aeropuerto. Sube a ese maldito avión a Santiago».
El chasquido del cerrojo de la puerta me arranca del sopor.
Stankovich entra cojeando, acompañado de Goran. El serbio sostiene el teléfono en la mano y le susurra algo al oído. El viejo enarca las cejas, complacido, y toma el aparato.
—Pon el altavoz, Goran. Quiero que nuestro amigo comparta el momento.
Presiona la pantalla con el pulgar y se escucha el tono de llamada al otro lado de la línea. Uno. Dos. Descolgado.
—¿Dónde va usted, querida Loreto? —dice Stankovich con esa cadencia educada que me provoca náuseas—. Mire a su derecha.
Se produce un silencio petrificado en la línea. Puedo escuchar el rumor amortiguado del tráfico de la ciudad y el viento del verano rozando el micrófono de su móvil. Ella está en la calle.
—Estoy en todo mi derecho a visitar el consulado —escucho la voz de Loreto, intentando sonar altiva, pero quebrando en la última sílaba.
—Ya ejercerá usted todos los derechos que quiera mañana después de las dos de la tarde —replica Stankovich con tono letal—. Hasta entonces, le sugiero que se centre en lo que tiene que hacer.
Goran se adelanta sin necesidad de orden previa y descarga la porra de goma contra mis costillas flotantes ya fracturadas.
El impacto me quiebra por dentro. Un aullido sordo, gutural y desgarrado se me escapa del pecho antes de que pueda morderlo; la saliva y la bilis me manchan la barbilla mientras me balanceo en el aire, ciego por el dolor.
—¡Boris! ¡Boris, joder! —grita ella desde el auricular, descompuesta.
—¿Lo ha entendido ahora, señora? —pregunta Stankovich con suavidad.
—Lo... lo he entendido.
La llamada se corta.
Stankovich me mira desde su altura, apoyado con elegancia sobre el marfil de su bastón. Una sonrisa satisfecha tensa las arrugas de la comisura de sus labios.
—La hemos interceptado justo enfrente del portal del consulado, capitán. Uno de los muchachos del hotel la tiene a tiro de piedra. La escoltaremos con la galantería que se merece, no se preocupe.
Hace una leve reverencia con la cabeza, burlona y ceremonial.
—No eres más que un ratero —suelto sabiendo que es inmune a mis palabras. Su risita mordaz lo confirma.
—Le agradezco infinitamente la pista de los consulados, capitán doctor. Ha demostrado usted ser un colaborador muy valioso. Descanse un poco. Mañana a las dos nos espera un día largo en el parque.
Una bocanada de bilis asciende hasta mi garganta. Ha sido culpa mía. Les he puesto a Loreto en bandeja por culpa de mi debilidad. Si algo le ocurre...
La puerta de hierro se cierra de golpe. La oscuridad y el silencio caen de nuevo sobre la celda.