La idea de volver
Estoy buscando billetes de vuelta a Chile en la pantalla del portátil y me entran ganas de pegarme un tiro.
Con el espacio aéreo cerrado y las sanciones, las pocas opciones comerciales son una tortura medieval: cuarenta horas de viaje con escalas interminables en Estambul, São Paulo y Buenos Aires, o embutirme en clase turista de una aerolínea de bajo coste vía Dubái. Ni de coña.
Acabo de cerrar la reestructuración financiera con el consorcio del Banco Alemán junto a Andrés.
La prima de éxito que ha entrado en mi cuenta tiene más ceros de los que puedo gastar en dos vidas.
No tengo el cuerpo para viajar como ganado, ni el humor para aguantar lo que soporté hasta llegar aquí, así que, con un poco de cargo de conciencia, y por lo que pueda pasar, reservo un vuelo para dos personas en un jet privado hasta Belgrado.
Me falta pedirle a Inés que mueva los hilos y que el avión corporativo de Industrias Thoresen nos lleve a Oslo o, mucho mejor, a París.
Tengo la maleta hecha, he comprado algunos souvenirs sin romperme la cabeza demasiado, la verdad: unos imanes para la nevera, un samovar para servir el té, una camiseta del Zenit de San Petersburgo para Julito y una tiara preciosa de flores y cintas para Elena.
Yo me he comprado una matrioshka enorme, del tamaño de una botella de vino.
Solo me queda resolver un problema: no sé nada de Boris y no sé qué coño hacer con el maldito huevo de los treinta millones de euros.
Cuando he descubierto que estaba entre mi ropa en la maleta, casi me da un infarto.
Debió dejarlo en mi maleta antes de salir hacia el cementerio por seguridad.
O porque tiene una confianza ciega en mí.
¿Lo dejo en la caja fuerte de un banco? Si él no se fía de ellos, menos lo voy a hacer yo.
¿Regreso al sanatorio y se lo devuelvo? Con solo pensarlo se me ilumina el día.
Me aburro, estoy triste y tengo unas ganas enormes de coger un autobús a Pushkin, buscar a Boris y meterle un poco de sentido común en la mollera. La sarta de tortas sigue siendo una opción. Pero he dejado la pelota en su campo, le toca a él el próximo movimiento. ¿O no? No sé qué hacer.
Lo que sí que tengo claro es que, antes de volver a mi vida en suspenso en Chile, tengo que enfrentar algunas cosas. No he tenido tiempo, es cierto, pero ahora no hay excusas.
Llamo a los niños. Las lágrimas ruedan por mi cara al escuchar su voz y verlos en la videollamada. Se me entibia el alma.
Julito se lanza a contarme sus aventuras en el colegio, las salidas con los amigos y lo bien que lo han pasado todos en el cine ese fin de semana.
A mí no me importa demasiado lo que me cuenta.
Lo que necesito es escuchar su voz. Y la de Elena, que me hace llorar de nuevo cuando me saluda con su tono cantarín y todavía infantil.
—¡Hola, mamá! ¿Sabes que Yulissa me ha enseñado a hacer galletas? ¡Te he guardado unas pocas para cuando vuelvas! —exclama con todo el entusiasmo de sus once años y su carácter expansivo—. Y también me ha ayudado con la manualidad de ciencias aunque tú lo haces mejor, claro.
Me enternece comprobar que sigue midiéndose a la hora de expresar afecto por la mujer de mi ex.
—Me parece genial, Elena. ¡Seguro que las galletas están buenísimas! Dale las gracias de mi parte a Yulissa, es una muy buena mamá.
—¡Vale! Me voy a jugar al parque, ¡hasta luego, mamá!
Escucho un sonido metálico y, al otro lado, reconozco la voz tranquila y un poco nasal de Julio.
—Jamás pensé que escucharía de tu boca que Yulissa es una buena madre —dice con una mezcla de sorpresa y temor.
—Lo es. Y tú eres un buen padre, Julio —añado con firmeza. Sé que necesita mi validación, como siempre. Como cuando estábamos casados. Pero ahora me doy cuenta de que no me pesa. No significa una carga para mí—. Siempre lo has sido, al margen de los problemas entre tú y yo.
—Vaya. Gracias. —El pobre está tan desconcertado que no sabe ni qué decir—. Te dejo, vamos a ir al parque con los niños. ¿Hablamos mañana?
—Mañana o pasado, sí. Un beso para todos. Adiós.
Cuelgo la llamada. Me siento una mujer nueva.
Cierro los ojos y pienso en Boris. En que se ha transformado en una persona importante en mi vida.
En ese grupo selecto en el que pienso primero, nada más despertar y en el último que abandona mis pensamientos antes de caer dormida.
Voy a recuperarlo. Como sea. Cuando despeje todos los frentes abiertos.
Ahora le toca a Carlitos Mario, me muero por saber qué tal le fue. Escuchar su voz masculina y tranquila me conforta y a la vez tengo ganas de llorar.
—¡Hemos ganado, mi reina!
—¿Qué? ¿De qué me hablas? —Le tomo el pelo haciéndome la tonta. Me matan las ganas de volver al trabajo, de debatir los casos con él, de preparar los expedientes financieros con Andrés. Tengo una vida maravillosa y he tenido que viajar al fin del mundo para darme cuenta.
—Oh, mi reina... Deberías haber visto sus caras cuando me presenté.
Carla María agressive mode on en acción.
Andrógina, elegante... Impecable. Habrías estado orgullosa de mí.
Usé el pañuelo que me regalaste, por cierto.
El de Hermès. —Suelta una carcajada divertida—.
Adams empezó a tartamudear nada más empezó a hablar.
Estaba más pendiente de desacreditarme a mí que de conseguir el objetivo de su cliente.
Obviamente, el juez no parecía demasiado feliz con la situación, pero entendió mi estrategia e intentó reconducirlo para que respetara las leyes. ¡Imposible! ¿Sabes lo que dijo?
Estoy disfrutando. Carlos Mario es muy bueno, joder.
—¿Qué dijo? ¡Cuéntame!
—Que no se podía esperar otra cosa de una loca desquiciada como Mónica.
Que habría que impedirle la entrada a los juzgados a abogados truchos como yo.
—Adams firmando su suicidio laboral a base de misoginia, homofobia y transfobia.
Precioso, de verdad—. Por supuesto, le eché toda la caballería encima con el argumento de la discriminación.
De todo tipo. A partir de ahí solo tuve que exponer la defensa que ya habíamos preparado.
El juez falló a nuestro favor y, como guinda del pastel, le echó una buena reprimenda a Adams. —Se ríe entre dientes y yo con él—.
No creo que vayan a apelar, porque el juez se mostró muy interesado en las actividades económicas del exmarido. ¿Cuándo vuelves para celebrar?
No contesto de inmediato porque estoy dándole vueltas a una idea desde que me ha anunciado su triunfo. Algo que jamás pensé que haría. Pero todo lo que ha pasado ha modificado mi escala de prioridades. Mis motivaciones. Mis objetivos.
—Carlos Mario, enhorabuena. ¿Sabes qué te digo? Que son tuyos.
—¿Qué cosa, mi reina?
—Los casos de divorcio. Todos tuyos. Tengo que dejar de ejercer la abogacía como si fuera una especie de vendetta personal contra Julio.
—Suelto un enorme suspiro al quitarme semejante carga de encima—.
Voy a hacerle caso a Andrés: lo mío es el derecho financiero.
Si quieres la cartera, es tuya. Yo hablaré con el bufete.
—¿En serio? ¿Estás segura? ¿No era que aún no estaba preparado para cortar el cordón umbilical? —dice con la voz cargada de incredulidad—. ¡Y por supuesto que quiero llevar la cartera de derecho familiar! ¡Es lo mío!
Yo cierro los ojos y sonrío. Andrés estará feliz, ganaremos un asociado junior magnífico y yo dejaré de regodearme en la miseria de cada marido desplumado, de azuzar a mujeres agotadas que solo quieren un poco de paz y de alegrarme de que Julio llegue apretado a cada fin de mes.
Dios. ¡Es el padre de mis hijos! Siento alivio porque abandono la mezquindad con la que manejaba los casos.
—Claro que sí. Tú lo harás infinitamente mejor que yo. Hablaremos la próxima semana.
—¡Gracias, mi reina! ¡Te quiero con locura! ¡Adiós!
Me siento ligera, más viva, después de hablar con Carlitos Mario.
Es cierto. Sé que he tomado la mejor decisión.
Yo estaré disponible para ayudarlo en lo que necesite, pero sin involucrarme, sin hacer leña del árbol caído y, sobre todo, sin alimentar mi odio hacia mi ex.
Soy una mujer complicada, pero estoy empezando poco a poco a deshacer mis nudos.
Termino la ronda con la más importante; el comodín de la llamada: Inés.
—¡Hola, Loreto! ¿Cómo va todo? ¿Cuándo vuelves?
Sonrío al escuchar a Inés ametrallar las tres frases en dos segundos.
—Todo bien. Tengo un vuelo a Belgrado para mañana por la tarde, pero necesito un favor... —Le cuento mis planes y le pido que el jefe supremo Thor intervenga, por supuesto que pagando yo.
—Dalo por hecho —dice sin dudarlo ni un segundo. Mi arma secreta para todo es Inés—. ¿Y qué tal con Boris?
Suelto un suspiro y después cojo aire. Lo necesito para resumirle, censurando la escena a lo Pulp Fiction en el restaurante y la persecución posterior, todo lo que nos ha pasado en este viaje surrealista.
Tampoco le cuento del huevo. Ni del pasado militar de Boris, aunque sí le explico un poco de su familia y de la muerte de Babushka.
Inés me escucha en silencio, imagino que sabe que mis rodeos y titubeos significan que le escondo algo, pero no intenta sonsacarme.
La verdad es que se lo agradezco, no sabría por dónde empezar.
—Total, que le di una especie de ultimátum: clausurar el tema de su mujer y su hijo.
Te juro que estoy dispuesta a acompañarlo hasta Ucrania si hace falta, pero no he vuelto a saber de él.
—Ya sufro un trastorno obsesivo compulsivo y vuelvo a mirar si tengo una llamada o un mensaje de él—.
¿Qué opinas? ¿Me vuelvo a Chile y dejo esto en el aire? ¡Con lo bien que íbamos, joder!
Inés se toma unos segundos al otro lado de la llamada.
—Loreto... Acaba de perder a la única familia que le quedaba con vida.
Por lo que me has contado, no es que haya tenido un pasado fácil —dice con la delicadeza que la caracteriza, pero sin esconder el reproche de sus palabras—.
Entiendo que para ti sea importante que cierre capítulo, pero ¿era el momento?
Cuando perdemos a un ser querido, el dolor no nos deja pensar con claridad.
¿Por qué no lo llamas? Al menos para despedirte.
Y la culpa. Aquí está, en gloria y majestad, después de haberse tomado un par de semanas de vacaciones. Soy una mujer complicada, ya lo he dicho alguna vez.
—Joder, tienes razón. El problema es... —dejo la frase en el aire, porque soy tonta de remate—. No tengo cómo contactarlo.
—¿Cómo? ¡¡Loreto!! —Casi puedo ver cómo mi hermanita pone los ojos en blanco—. ¿Es que no aprendes nunca? ¡Será que te fue muy fácil localizarlo la primera vez!
—Ay, Inés. No puedes hacerte una idea —digo mordaz, al recordar las horas que pasé en la cárcel de Pushkin.
Me cuesta asumir que todo eso ocurrió. Ahora, desde la seguridad de la cama del hotel, con el aeropuerto al alcance de la mano, es como si lo hubiera vivido otra persona o lo hubiese leído en un libro. ¡Bendita disociación!
—¡¿Y no le has pedido su maldito número de teléfono?!
El tono ahora es de incredulidad.
—¡Pues no! —me defiendo como gato de espaldas—. ¡Hemos pasado todo este tiempo juntos, sin separarnos ni un solo minuto! ¿Por qué lo iba a necesitar?
—Por si te daba por hacer una despedida teatral, hermanita. ¡Mira que te gusta el drama!
—Grrr...
Inés se ríe al otro lado del mundo. Tiene toda la razón.
—Si habéis estado todo este tiempo juntos, es que vale la pena dejarle un hilito del que tirar. Ve a buscarlo, Loreto —dice con énfasis. Su intensidad me insufla fuerzas—. Despídete y después, si eso es lo que quieres, te vas.
Una llamada entra mientras estoy hablando con Inés.
—Hermanita, ¡número oculto! Voy a contestar por si es él.
No espero ni a que se despida y conecto la otra llamada. Contengo la respiración.
—Lorenka, no cuelgues. Soy Boris. No tengas miedo, por favor.