De amor y vodka En un aprieto
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En un aprieto

Un cubo de agua, lanzado con furia sobre mi rostro y mi pecho, me despeja del aletargamiento producto de la medicación y el traumatismo craneal.

Agito la cabeza en un intento de deshacerme de la bruma que embota mis sentidos y parpadeo.

Los ojos me arden por la potencia de la luz de unos fluorescentes.

Tengo la boca seca. Los brazos me hormiguean y compruebo que estoy colgando de una viga en una habitación insonorizada con paredes de hormigón.

La sangre mana de mis muñecas, retenidas con una cuerda basta pero muy efectiva que se clava en mi carne.

Tengo suerte. Gracias a mi altura, las puntas de los pies me llegan al suelo y puedo sostener un poco el peso de mi cuerpo.

Estiro las piernas y alivio un poco la presión sobre mis brazos.

Contengo un grito de dolor ante el pinchazo lacerante en los antebrazos; no puedo mover las manos, aunque el hormigueo me dice que poco a poco se recuperarán.

Intento mantener la sangre fría, pero sé que ya estoy muerto.

Trago saliva y apoyo los pies en el suelo helado.

¿De dónde han sacado el apellido Radic? ¿Me ha atrapado por fin el FSB?

¿Me ha traicionado alguno de los hombres de confianza del general Strogoff?

¿Son los ladrones que buscan el huevo? ¿Algún enemigo que busca venganza?

—Buenos días, capitán doctor Radchenko. Bienvenido al mundo de los vivos. ¿Cómo se encuentra hoy?

Estudio a mi interlocutor antes de emitir cualquier respuesta.

Hombre, unos setenta años, enjuto y no muy alto.

Conserva su cabellera por completo, cana y peinada hacia atrás.

Trajeado. Lleva un bastón de puño labrado, probablemente de marfil.

Es con él con quien debo tener cuidado. Los otros dos, matones corrientes con aspecto de pertenecer a lo más bajo del escalafón de su organización, sea esta cual sea, solo son el músculo. El cerebro es él.

—No bien, por lo que veo. —Carraspeo e intento aclararme la voz, tengo un estropajo en vez de lengua.

—Dadle agua, por Dios. No somos unos desalmados.

Uno de los esbirros pone en mis labios una botella de agua y bebo con desesperación el medio litro de su contenido, aunque una buena parte se derrama sobre mi pecho. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Suficiente —ordena con voz cortante. El matón se detiene en seco—. Querido capitán doctor, se había quedado usted con algo que me pertenece. Me perdonará si he tenido que, digamos que utilizar medidas drásticas para recuperarlo. Discúlpeme.

Coloca con un gesto elegante un cigarrillo entre los labios y lo enciende. En sus manos, reconozco el mechero de oro que dejó caer el asaltante al que amedrenté en el callejón de Gribóyedov. Debí estrangularlo y dejarlo tirado en el canal. Me estoy volviendo blando. O viejo. No sé qué es peor.

—En realidad, lo recogí del suelo. —Una tos seca detiene mi respuesta. Me cuesta retomar el control de mis cuerdas vocales, no sé cuánto tiempo he estado inconsciente—. Se le cayó a un aficionado que intentó robarme. Debería despedirlo, si es que trabaja para usted.

Él suelta una carcajada franca, aunque con un filo siniestro en el tono, agudizado por la boca fina que sujeta el pitillo.

—Ya no trabaja para mí. Aunque no lo he despedido, prefiero medidas un poco más drásticas.

Me gusta rodearme de gente competente. —Mira el puño de su bastón y alza las cejas en un gesto de circunstancias—.

Y de objetos bellos y extraños. ¿Sabe usted que el mechero perteneció a Winston Churchill? Y es de oro macizo.

¡Tonto de mí! Por fin entiendo: quiere el huevo. Por eso estoy aquí.

—¿Fue Roschard? —grazno con la voz agarrotada. No estoy en posición de exigir nada, pero quiero saberlo.

Él da una calada y exhala el humo con lentitud premeditada. Parece calibrar cuánta información darme.

—No exactamente. Tiene usted una mujer muy bonita, capitán doctor.

Aunque un poco descuidada. —Alza la mirada hacia mí con expresión que mezcla sorpresa e indiferencia—.

¿No sospecha nada? El hotel donde se alojan en San Petersburgo es lujoso y caro.

No todos pueden permitirse la suite presidencial.

Uno de los empleados registró la habitación y me dio el soplo.

Me costó una bonita cantidad, pero nada comparado con lo que hubiera exigido si conociera el valor real de la pieza que nos ocupa.

—Se levanta con cierta dificultad, apoyado en el bastón—.

Así que me lo he tomado como una inversión.

Recuerdo las palabras del general: «Mantén un perfil bajo en todo momento, Boris».

Supongo que pagar por la suite presidencial no es precisamente pasar desapercibido.

Me río de mí mismo por el motivo: impresionar a Loreto.

Esa fue la razón. Pero ahora tengo que ganar tiempo como sea.

Darle a ella la oportunidad de salir del país, quizá deje el huevo en el sanatorio, en el hotel o en la caja fuerte de algún banco. No lo sé.

—Pierde el tiempo, camarada. Es falso. Tan solo una muy buena imitación.

Él hace una floritura con la mano y pone los ojos en blanco.

—Oh, por favor. No nos leamos la suerte entre gitanos.

Mi organización tiene intervenidas las comunicaciones de todos los tratantes de arte de San Petersburgo y Moscú.

—Se acerca hasta un portátil abierto encima de la mesa y se toma unos minutos para que escuche, con total claridad, la conversación mantenida en el canal de Gribóyedov—.

Maurice Roschard es un viejo amigo mío. ¿Sabía usted que pertenece a una de las familias belgas más importantes del comercio de diamantes africanos?

Su exquisita educación solo es comparable a su falta de escrúpulos, y para coleccionistas exigentes, un poco extravagantes como yo, muy conveniente.

—¿Coleccionista? Delincuente de poca monta —interrumpo su discurso con rabia. Mis instintos siguen aguzados. Recuerdo la repulsión que me causó el belga cuando hablamos con él. Debí confiar más en mi intuición.

—No me ofende en absoluto con sus palabras, capitán doctor.

Sé que hablo de igual a igual con usted.

—Teclea otra vez en el ordenador y gira la pantalla de manera que puedo ver lo que hay en ella.

Mi ficha policial—. También soy un hombre informado, y el espectáculo en el restaurante Palkin causó bastante conmoción entre las autoridades.

Imagine mi sorpresa al conocer que es usted un criminal de guerra, un traidor a la patria y un desertor.

—Chasquea la lengua entre gestos de negación—.

Estoy seguro de que el FSB estará encantado de meterlo entre rejas.

O una bala en la frente. O algo peor. Así que, responda a una sencilla pregunta. ¿Dónde está la mujer?

Sonríe porque lo sabe. Yo también lo sé. Soy hombre muerto. Es solo cuestión de tiempo. El tema está en cuándo ocurrirá y quién apretará el gatillo. Estoy acorralado.

Mi cerebro trabaja a toda velocidad en busca de un resquicio, de una salida, de una solución, algo que me permita salir airoso de esto, pero mis opciones son muy reducidas. Inexistentes. Intento algo a la desesperada.

—No le conviene involucrar a Loreto Morán en esto.

Es un enlace muy importante entre las embajadas de Chile y España, pueden comprobarlo: tiene doble nacionalidad —digo con el tono de voz lo más neutro posible—.

Tiene un equipo que sigue sus pasos a cada momento y una familia europea muy poderosa que los protege, ¿le suena Industrias Thoresen?

Me odio a mí mismo por nombrar siquiera el apellido de la familia que tanto me ha ayudado, pero estoy desesperado. Mirko Stankovich suelta una risita suave.

—Por favor. ¡Me ofende usted, capitán! ¿Acaso cree que no hemos investigado a su compañera hasta conocer sus puntos débiles? —Su tono me pone los pelos de punta—. Si sigue por ese camino, no solo iremos por ella. También por sus hijos. Somos una organización eficiente y con muchos recursos.

Me mira a los ojos y me reta a que diga que es un farol, pero no puedo arriesgarme. Quizá lo sea, pero ¿y si no lo es? Loreto jamás me perdonaría que pusiera en peligro a su familia. Yo tampoco lo haría.

—¿Qué quiere? —me rindo al fin. No veo otro camino que negociar. Mi objetivo: proteger a Loreto. Salvar mi vida. Por ese orden.

—Por fin empezamos a ser razonables. Llámela por teléfono.

Me acerca mi móvil, bastante maltrecho. Lo han manipulado, pero es un móvil encriptado, no es tan fácil hackearlo. Estoy seguro de que el general Strogoff no me ha dado cualquier terminal.

—No. —Al menos conseguiré un poco de tiempo. Que abandone el huevo, me da igual, pero que salga del país. Estoy a punto de quebrarme, pero no en voluntad, sino en llanto.

—¿No? —Le hace una señal a uno de sus matones—. Veamos si esto logra convencerlo.

Uno de sus hombres se acerca con un táser en la mano.

Reconozco la línea azul brillante del arco entre los dos electrodos justo antes de que descargue unos 50.

000 voltios sobre mi pecho desnudo. Mis dientes crujen al contraerse con fuerza los músculos de la mandíbula, la frecuencia cardiaca se dispara hasta exprimir mi corazón, todo mi cuerpo se tensa como la cuerda de un arco.

Me asfixio. Mi caja torácica es un bloque de cemento que no se expande, no puedo respirar.

Mantiene el contacto y termino por orinarme encima por el dolor.

No pierdo la consciencia únicamente porque mi cuerpo recuerda el entrenamiento de las Spetsnaz, que nos sometía a descargas de este tipo.

Suelto un gemido ahogado cuando recupero el control de mis músculos.

—La próxima descarga será en sus testículos. Y la siguiente, en el cuello de su mujer o de alguno de sus hijos. —He perdido. No tengo alternativa. Tarde o temprano desencriptarán el teléfono y Loreto quedará expuesta—. Active el móvil.

—Siete, cuatro, siete, cero... —recito los veinte números, símbolos y letras del código que desencripta el móvil—. Contacto de acceso rápido número tres.

—Muchas gracias, capitán doctor. Ha hecho usted bien en obedecer.

Le alarga el aparato a uno de sus hombres mientras se escuchan los tonos de llamada por el altavoz.

Loreto no responde.