Consecuencias
Deprimida, observo a través de la ventana del hotel el paisaje lúgubre del cementazo del aeropuerto. Al menos puedo ver los aviones despegar y aterrizar. He vuelto a las viejas costumbres y he pedido una botella de vino a la habitación.
Estoy esperando a Boris. Lo reconozco.
Han pasado veinticuatro horas desde que me marché de Pushkin y no sé nada de él.
¿He sido demasiado dura? ¿Lo he presionado demasiado?
Joder, yo antes era buena en esto. Sabía leer a los hombres, cuándo tirar y cuándo soltar de la cuerda que los unía a mí.
Se ve que he perdido práctica después del divorcio.
O que Boris es el hombre más complejo, maravilloso, oscuro y difícil que he tenido el privilegio de conocer.
¿Lo conozco en realidad? Es un poco triste, pero creo que no.
No tengo ni idea de quién es. No alcanzo ni a intuir las profundidades de todo lo que ha sufrido; de todos sus matices; de lo que esconde tras esa alegría de vivir; de esa necesidad absurda de exprimir cada segundo.
Estas casi dos semanas con él he entreabierto la puerta de un mundo tan diferente al mío que he quedado fascinada. Enganchada.
Enamorada.
Examino mis sentimientos hacia Boris. No es lo que sentía con Julio, al inicio, esas mariposas enloquecidas que me quitaban el sueño, el hambre y la capacidad de pensar con claridad.
Esto es muy distinto. Es una fuerza que me ata a él, que me empuja a estar atenta a sus cambios de humor, a sus signos de fatiga, a la intensidad de su sonrisa.
No es ansiedad de cercanía, es la voluntad de quererlo cerca.
No es hambre de su sexo ni de sus besos, es necesidad de nutrirme con el contacto de su piel.
No es llenar los silencios, es interpretar en ellos lo que quiere decirme sin palabras.
Joder, lo echo tanto de menos. Esa es la verdad.
El timbre estridente del móvil nuevo me arranca de mis pensamientos con brutalidad. Es Carlos Mario. Cierro los ojos, hago acopio de fuerzas y bebo un sorbo de vino blanco. No me apetece una mierda, pero en algún momento debo retornar al mundo real.
—Hola, Carlitos Mario. ¿Cómo estás?
—Hola, mi reina. Suenas cansada. ¿El ruso te tiene agotada? —dice con su picardía habitual—. ¿Todo va bien?
—Todo va bien. —Intento imprimir un poco de energía a mis palabras, que suenan pastosas, espesas—. Dime. ¿Cómo te fue con Mónica y su ex?
—Quiero pedirte opinión sobre una cosa. Tenemos la primera audiencia con el juez dentro de un par de días. ¿Recuerdas que sospechábamos que el abogado se guardaba un as en la manga? Te he mandado un email.
—Sí. ¿Qué has encontrado? —Por un minuto, aparco mis tribulaciones y le presto a mi asistente total atención. Mientras hablo, enciendo el ordenador—. ¿Hay algo gordo?
—Depende de la lectura que le des. Por eso quiero pedirte consejo.
Mónica tiene un diagnóstico de depresión.
Está a tratamiento y con buen control. Acude a terapia de manera regular con su psiquiatra, se mantiene muy estable con medicación y tengo dos informes, de dos especialistas distintos, que avalan sus plenas capacidades para cuidar de sus hijos —resume la información de manera magistral, pero yo frunzo la nariz—. Lo tengo controlado.
—¿Por qué necesitas dos informes sobre su salud mental? ¿Qué más hay?
—No se te escapa nada. El año pasado, Mónica tuvo un intento de suicidio en una de las visitas.
Su ex se llevó a los niños un par de horas y ella ingirió un cóctel casi mortal de sedantes, ansiolíticos y alcohol.
—Carlos Mario expone los hechos con esa formalidad un poco afectada que me encanta—.
El ex tuvo la delicadeza de llamar a una ambulancia y a la suegra, pero dejó a los niños con la abuela materna en cuanto llegó.
—Menudo cabrón. Pobre Mónica. ¿Sabes qué la empujó a llegar a ese extremo?
—Enterarse de la doble vida de su entonces todavía marido y de que perdía la casa. Además de años de una autoestima minada y una depresión postparto que nunca se trató.
Joder. Hago un esfuerzo sobrehumano por concentrarme.
Carlos Mario está ensayando conmigo, así que ejerzo de juez.
Está construyendo sus alegatos y yo lo escucho en silencio.
Cambio de oreja el móvil y lo sujeto por el hombro, tecleo en el ordenador y leo el documento que desnuda el alma de una mujer rota.
Trago saliva. Se lo advertí, que las cosas podían ponerse feas.
No me sorprende, he visto escenarios peores, pero me revuelve las tripas que su vulnerabilidad sea el arma arrojadiza utilizada por su exmarido para arrebatarle a los niños.
—¿Mónica está fuerte para enfrentar las preguntas de Adams?
Carlos Mario suelta una risita que me intriga.
—Lo estará. Pero no te llamaba por eso. Quiero tu opinión sobre otra cosa. Ya sabes que este individuo es un misógino y homófobo irredento. Y lo esconde con maneras pedantes, mucha educación y un lenguaje cuidado. —Hace una pausa—. Tengo una idea. Una estrategia.
—Ay. ¿Qué vas a hacer, Carma, querido? —Me espero cualquier cosa de él.
—Quiero sacarlo de sus casillas. Que pierda los nervios. Que la intolerancia se le escape por todos los poros de su piel —dice sin ápice de humor en su tono de voz—. Voy a intentar algo diferente. Quiero ir al juzgado como Carla María.
No sé si es una locura o la idea más brillante que sale de su cerebro privilegiado.
—¿Con el pack completo? ¿Maquillaje, joyas, traje de falda y chaqueta y zapatos de tacón? —Se me instala un nudo en el estómago que mezcla hebras de temor y admiración.
—Exacto, mi reina. Me voy a transformar en Carla María, para regocijo del juez, del exmarido de Mónica y de esa serpiente mal llamada abogado que es Adams.
—¿Estás seguro?
—Lo estoy. Mónica necesita demostrar que la diversidad, que alguien se salga de lo normativo por el motivo que sea, no significa que no sea perfectamente competente para cuidar a sus hijos.
—Carlos Mario lo ha pensado muy bien y mi admiración por él crece y supera el temor—.
Lo he consultado con Andrés y me ha dicho que es una jugada arriesgada, pero me apoya.
Me acompañará a los juzgados. Pero antes quería saber tu opinión.
—Adelante. Es una jugada arriesgada, y espero que quien esté en el estrado sepa entender lo que quieres demostrar.
—Ay, Carlitos Mario... eres de otro mundo.
De otra galaxia. No sé si su idea es brillante o una locura, pero es su decisión—.
Joder. Me encantaría estar ahí para ver cómo Adams rechina los dientes al verte.
—Y a mí me encantaría que estuvieras aquí para que me ayudases a arreglarme. Necesito tu toque de máxima elegancia, no quiero parecer una Drag Queen —dice con un suspiro significativo—. ¡Te echo de menos!
Me río con ganas por primera vez en veinticuatro horas.
—Por favor, cuéntame cómo va todo en cuanto salgáis del juzgado. Estoy segura de que lo harás bien. ¡Un beso enorme!
—Lo haré, Loreto. Quiero jugar fuerte. Ya te contaré.
Cuando cuelgo, tengo una llamada perdida de número oculto, seguramente una llamada comercial, así que me voy a la cama. Pongo en el ordenador Juego de Tronos por enésima vez y espero a quedarme dormida.