De amor y vodka Una bala con mi nombre
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Una bala con mi nombre

Se ha marchado. No la culpo. ¿Qué quieres escuchar, Lorenka?

No. No quieres saber que soy un asesino.

Que compré la vida de mi mujer y de mi hijo con las vidas de unos cuantos «enemigos del Estado» durante años.

Que el peso de mi conciencia me impidió seguir y los puse en peligro en el momento en que me mostré reacio a continuar.

Y que, cuando me negué a matar nuevamente por encargo, los privé de la protección que los mantenía a ellos lejos de la muerte.

Fue como si yo mismo los hubiese enviado al frente.

—Su hijo es su vivo retrato, teniente. Y ya es todo un hombre.

El coronel de las Spetsnaz se sienta tras su escritorio y hojea unos documentos que tiene sobre la mesa.

Mi expediente oficial, junto con la información verdaderamente importante: amigos, familia, conexiones...

Trago saliva al ver la foto de Katya entre sus manos, las de uno de los asesinos más sanguinarios del país.

—Solo tiene catorce años —replico con una sonrisa un poco forzada—. ¡Es un niño!

—Y su esposa no solo es bella. También está entregada a la causa. Sargento enfermera, miembro del partido, de la reserva femenina. —Está impresionado, su tono de voz lo delata—. ¿No está en servicio activo?

—No desde que nuestro hijo nació. También cuida de mi abuela, es una situación complicada. —Una corriente helada desciende por mi columna vertebral. Empiezo a intuir hacia dónde se dirige la conversación—. No tenemos más familia, coronel.

No doy más explicaciones. Menos es siempre más en estos casos. Él asiente en silencio.

—Se ha labrado usted una carrera meteórica, teniente.

A golpe de hazañas valientes, un currículo impecable como médico y una puntería muy certera como francotirador.

—La imagen en blanco y negro con el rostro de mi último objetivo, sobre la que han estampado un sello rojo con la palabra «Eliminado», remueve mi conciencia.

No puedo seguir con esto. No puedo—. Su última misión no ha pasado desapercibida.

Dígame, ¿conoce el trabajo de las fuerzas de élite rusas?

Por favor, tome asiento. ¿Un poco de vodka?

Vierte la bebida en dos vasos anchos salpicando sin cuidado el escritorio y algunos documentos. Todos sus gestos están llenos de fuerza y determinación.

—Gracias, coronel. Conozco el trabajo de las Spetsnaz —contesto. Entonces entiendo por qué estoy aquí. El general Strogoff no podrá protegerme esta vez y vacío de un trago el vodka—. Son leyendas entre los soldados.

—Usted posee el perfil perfecto para formar parte del cuerpo.

Valor, formación, una profesión que permite buenas tapaderas y, por encima de todo, una mente despierta y la cualidad de saber cuándo callar.

—Sonríe como un depredador y yo me pregunto cuál será la otra cara de la moneda—.

Junto con su ascenso a capitán, ha sido seleccionado para formar parte de las Spetsnaz Vympel. Enhorabuena.

Respondo con una sonrisa que es más bien una mueca. Sé que es un caramelo envenenado. Sé que no puedo negarme. Aun así, lo intento.

—Coronel, ¿el servicio secreto? —Me esfuerzo por componer un gesto de sorpresa, pero creo que el soldado que tengo frente a mí identifica a la perfección el terror que me atenaza.

Tengo miedo, sí—. Más allá de las misiones que duran algunas semanas, trabajo como médico en San Petersburgo desde hace más de diez años. Creo que no pasaría desapercibido.

Hago un gesto que abarca mis dos metros de altura y mis más de cien kilos de peso, pero me siento diminuto. Una hormiga a la que en cualquier momento pueden aplastar.

—Oh, no se preocupe por eso. Usted y su familia serán trasladados a Crimea, en concreto a Yalta. —Busca entre los papeles de su escritorio y me alarga una carpeta—. Disfrutarán de la vida en la ciudad: playa, mar, buen clima. Es uno de los paraísos más exclusivos de Rusia.

No corrijo el error, porque sé que es intencionado. Para ellos, Crimea es Rusia, no Ucrania. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Su prepotencia es infinita.

Recibo el documento de sus manos y me genera repugnancia, náuseas, un rechazo visceral.

Ellos dan por hecho que obedeceré sus órdenes.

¿Por qué habrían de pensar otra cosa? Llevo desde 1990 en sus manos.

He cometido atrocidades en nombre del ejército, del FSB y ahora las cometeré en nombre de las Spetsnaz.

—No puedo negarme, ¿verdad?

Hago un último intento, bastante patético, de conservar el poco control que tengo sobre mi vida. El coronel se encoge de hombros.

—Puede hacerlo, por supuesto. Pero ¿por qué truncar una carrera meteórica dentro del sistema?

¿Por qué poner en peligro a su familia y su propia integridad?

—Trago saliva. Esta vez, la amenaza no es velada.

Es clara y directa como el cañón de una pistola sobre la frente.

O la frente de tu mujer. O de tu hijo—. Encontrará que la vida en Yalta es tranquila, cómoda.

Se codeará usted con la élite rusa y ucraniana.

Podrá ejercer como médico casi a tiempo completo.

—Ese «casi» es la eternidad para mí. Se detiene y abre otros dos expedientes.

El de Ecaterina Ciobanu, mi mujer. El de Aleksandr Borisovich Radchenko, mi hijo.

Estoy temblando y clavo las uñas en las palmas de mis manos en un intento de controlarme—.

Su mujer tendrá la oportunidad de demostrar de lo que es capaz.

Le espera un puesto de trabajo en la militancia del partido prorruso en Ucrania, ya es hora de que abandone su retiro.

Y su hijo ha presentado la solicitud para formar parte de las milicias juveniles.

—Hace una pausa efectista para que asimile la gravedad de la situación—.

Una familia entregada a la causa. Y de usted depende el grado de entrega que se le exija a su hijo y a su mujer.

Puede ser una labor tras un escritorio y en un despacho o puede ser en primera línea de combate.

Depende única y exclusivamente de usted.

—El coronel muestra dos dientes de oro en su dentadura amarillenta por el tabaco—.

¡Enhorabuena, capitán Radchenko! ¡Vamos! ¡Bebamos una vez más!

Bebo. Quizá esa bala que me espera debería administrármela yo mismo. El cañón de la Makarov, en la boca, apoyado en el paladar. Un poco de vodka ayudaría. Sería tan fácil acabar con todo…

Todos los soviéticos tenemos una bala con nuestro nombre al nacer, pero es figurada, no literal.

Lo que te mata no es el proyectil, es el precio que pagas por no recibirlo.

Y el tiempo ha demostrado que no compensa.

Varias historias acuden desde mis recuerdos: compañeros que se vendieron y acabaron corruptos.

Muertos. O, como yo, soportando una vida de marioneta manejada por otros y, cuando quise recobrar mi libertad, era demasiado tarde.

La ironía de todo me hace reír entre dientes.

Siguen controlando mi vida pese a que deserté hace más de diez años.

El pasado me lastra y me impide ser feliz.

Loreto me ha dado más momentos de felicidad y risas en estos pocos meses que los que he tenido en toda una década.

No puedo castigarla con mi carga. Es injusto para ella.

Yo sí la merezco. Es justo que yo pague por las consecuencias de mis actos.

Por las vidas que arrebaté. Incluidas las de Katya y Sasha.

Estar frente a la tumba de babushka me reconforta.

Al menos he hecho una cosa bien, he podido despedirme de ella.

Escuchar su risa sorprendida al decirle cuántos rublos son treinta millones de euros.

Presentarle a Loreto y sonrojarme como un colegial cuando ella le explicaba cómo soy.

Contarle yo a ella un puñado de cuentos: La zarevna muerta y los siete guerreros, Ruslán y Liudmila, El gallo dorado...

Una presión dura y fría sobre la nuca me arranca de mis pensamientos.

—Eres difícil de localizar, Boris Radic... Mejor dicho, Boris Radchenko. —Escucho el chasquido metálico que indica que el percutor de una pistola está listo para disparar—. Mi más sentido pésame por tu pérdida.

Un pinchazo que extiende un calor ardiente en mi cuello me paraliza el cuerpo en el momento en que flexiono los músculos para desarmar a mi atacante.

Un grito de advertencia queda congelado en mi laringe.

Abro los ojos, y ya no puedo cerrarlos más.

Sé lo que es. Ketamina. Una dosis bestial.

Soy plenamente consciente de lo que pasa a mi alrededor, pero mi cuerpo no responde a mis órdenes.

Mis músculos son de plomo; mi mente se disocia de mi carne.

Intento dar un paso, pero las piernas no me sostienen. Al menos, puedo respirar.

Un golpe seco con la culata del arma sobre mi sien derecha extiende una pantalla negra en mi campo de visión.