De amor y vodka Da svidanya, babushka!
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Da svidanya, babushka!

Observo con curiosidad respetuosa las costumbres funerarias ortodoxas. La cuidadora de Masha, bien entrada en años, cubre con un paño negro los espejos de la casa.

—¿Es por el luto? —pregunto a Boris.

Está afectado, aunque su rostro permanece hierático. Me duele que no quiera consuelo ni cercanía. Estos últimos días se ha mostrado reservado y frío, aunque por las noches lo abrazo y acepta mis caricias. Y no pega ojo. No estoy muy segura de cuánto tiempo va a aguantar así.

—Es por superstición, sladkaya. Se cubren los espejos para que el alma de Masha no quede atrapada en uno de ellos.

—Sonríe por fin. Adoro las pequeñas arruguitas que se dibujan en las comisuras de sus ojos—.

Si así fuera, se necesitaría un sacerdote y unas cuantas oraciones para sacarla de allí.

Dicen que todas las dachas antiguas tienen el alma de algún antepasado en el mundo de los vivos.

El funeral es un poco triste, en la pequeña capilla del sanatorio estamos solo nosotros, un par de soldados y el personal del pequeño hospital.

Y no es muy diferente del ritual católico.

Me pierdo en la musicalidad del idioma mientras observo a Boris.

Sus pensamientos están lejos. Mientras caminamos por el estrecho pasillo de grava del cementerio para el entierro, me decido a preguntarle.

—¿Qué ocurre? ¿Es por tu abuela?

Él niega con un gesto lento.

—No. Hacía mucho tiempo que no pisaba un camposanto.

—¿Cuándo fuiste por última vez? ¿Al fallecer Katya y Sasha? —Echo un vistazo alrededor. Hay mausoleos y lápidas recargadas y algo siniestras, aunque de gran belleza.

—No.

Clava sus ojos claros en mí y yo atrapo sus dedos en mi mano para darle aliento.

Escuchamos en silencio las palabras del sacerdote hasta que Boris, en silencio, lanza un puñado de tierra sobre el féretro.

Yo hago lo mismo con un par de calas blancas que he cortado del jardín del sanatorio.

Las pocas personas que nos han acompañado se despiden de Boris y se marchan, pero él parece reacio a abandonar el lugar.

—¿Quieres que visitemos la tumba de tu mujer y de tu hijo?

Niega con cierta sorpresa. Normal. La última vez que me habló de ellos yo salí huyendo en estampida. Cada vez que recuerdo el daño que le hice y lo cobarde que fui se me retuercen las tripas.

—No, Lorenka. Ellos no están enterrados aquí.

—Ay, Boris... —Lo abrazo con fuerza, él me corresponde pero está ausente—. Háblame de ellos. ¿Qué ocurrió?

El sol cae a plomo sobre el pequeño cementerio de Pushkin, pero yo siento un frío glacial en los huesos. Boris ha dejado de hablar, tiene la mirada fija en la sencilla placa de mármol grabada con el nombre de su abuela.

—Da svidániya, babushka —susurra. No hay lágrimas en sus ojos.

Yo busco su rostro, su mirada, pero percibo la distancia, el muro que interpone a veces entre nosotros y que sé que levanta más para protegerse a sí mismo que para alejarme a mí.

—Katya y Sasha no están aquí, pero ¿y el resto de tu familia? ¿Tus padres?

Él me mira como si se sorprendiera de verme allí. Sus pensamientos están lejos. Muy lejos. Niega con la cabeza.

—No, no. Aquí solo está mi abuelo, no recuerdo dónde está su tumba. Mis padres están enterrados en Tyraspol.

—Me contaste que tu madre enfermó por culpa de los químicos y que, tras su muerte, tu padre no duró mucho más... —dejo la frase suspendida en el aire como una interrogación suave para animarle a hablar.

—Murieron de miseria, sladkaya. Sí, mi madre tenía una salud frágil.

Fibrosis pulmonar por culpa de los vapores químicos —dice con amargura.

Yo tomo su mano y espero—. Cuando se desintegró la Unión Soviética, los ahorros de mi familia, de toda una vida de sacrificio, no valían ni para comprar una barra de pan.

Mi padre se arruinó buscando antibióticos, oxígeno y médicos de mala muerte para intentar salvarla. Lo perdió todo.

—Lo siento. De verdad —susurro de manera casi imperceptible. Hay hielo en sus ojos. Su voz es hiel y acero. Él no parece escucharme.

—Vendió lo poco que teníamos: electrodomésticos, joyas, el abrigo de piel de mi madre... hasta el piano. —Suelta una risotada cargada de sarcasmo—. No sirvió de nada. Mi madre murió ahogada por una neumonía. Y, sí. Así es. Mi padre no pudo soportarlo.

Enmudece. Aprieta los labios en una mueca triste y cruel.

—¿También enfermó? Creo que me habías dicho que tenía asbestosis.

—Se pegó un tiro en la sien, sladkaya.

Sus ojos celestes traspasan mi alma. ¿Cuánto ha sufrido? ¿Cuánto ha llegado a soportar? Lo envuelvo entre mis brazos y, pese a que sé que es un gesto minúsculo, quiero confortarlo. Él se deja hacer, acaricia mi melena y me besa la coronilla con aire ausente.

—Dios mío... Boris.

Nos quedamos unos minutos en silencio. Es una historia terrible, pero soy incapaz de quedarme callada. Aunque sé que no debería forzarlo, si no hablo ahora, volverá a cerrarse en banda.

—¿Y Ecaterina y Aleksander?

Una vez más, tarda en responderme, pero esta vez soy paciente. He aprendido que con él todo se fragua a fuego lento. Sé que tengo que esperar.

—Están bajo los escombros en Lugansk —dice al fin.

—¿En Ucrania? ¿Por qué? ¿Por qué en Lugansk?

Silencio.

Necesita tiempo, soy consciente, pero todo tiene un límite. Quizá no sea el momento para presionarlo; aun así, atrapo su rostro entre las manos y lo obligo a mirarme.

—Sé que estás sufriendo. Sé que estás devastado, pero si quieres que forme parte de tu vida, de manera definitiva, quiero decir —puntualizo elevando un poco la voz.

Un destello de asombro cruza sus ojos—, tienes que dejar atrás el pasado.

Soltar. Despedirte de todos ellos y vivir el presente conmigo. ¡No con fantasmas!

Él cierra los párpados con fuerza y contrae el rostro con un rictus de dolor.

—No sé dónde están, Lorenka. Esa es la verdad.

Me marché de Ucrania antes de que buscaran entre los escombros y sacaran los cuerpos tras el bombardeo —dice al fin.

Su voz se quiebra y yo casi me arrepiento de forzar la respuesta—.

Cuando me informaron de que estaban muertos yo simplemente me quedé sin ninguna razón para continuar.

Ya nada tenía sentido. Si ellos no estaban, solo me quedaba un camino.

—Clava sus ojos claros como el agua en mí—.

No fui capaz de seguir matando, tampoco lo fui de aceptar las consecuencias de mi «traición».

—Suelta la palabra con tono burlón—. Volví a San Petersburgo, pedí ayuda al general Strogoff y hui de Rusia sin mirar atrás.

—Lo estás haciendo otra vez, Boris.

—¿Qué cosa, Lorenka? —replica, hastiado.

—Contestarme con vaguedades. Despacharme con dos o tres frases de resumen telegráfico y dar por sentado que me voy a conformar —digo, cabreada. Lo cojo del brazo para que me mire a la cara—. ¿Qué pasó?

—Ya te lo he dicho.

—No. No me has dicho una mierda. ¿En qué trabajaba Ecaterina?

¿Y Sasha? ¿Cómo murieron? ¿Has ofrecido una misa en su memoria como la de Masha?

¿Has encargado una lápida con sus nombres?

¿Les has dicho adiós para seguir con tu vida?

—Llevo conteniéndome desde que burlamos a nuestros perseguidores en la Plaza del Palacio.

No. Desde que llegué a Rusia—. Y tú... ¡No sé nada de ti!

¿En qué consistía exactamente tu trabajo?

¡No te das cuenta, pero muero porque te abras a mí!

—Cállate, mujer. ¡Nada sabes! No tienes ni idea de lo que dices —sisea, enojado. ¡Bien! Por fin obtengo una reacción.

—Deberías hacerlo, Boris. Decirles adiós. Llevarles una corona de flores.

—No. Es mejor dejar a mis muertos donde están.

—El problema es que, si no vives el duelo de tus muertos como es debido, sus fantasmas te acecharán siempre —digo con cierta resignación. No quiere hacerlo. La realidad permea mi entendimiento como agua que infiltra la tierra—. Tienes que sanar esa herida.

—Lugansk está a mil setecientos kilómetros. No puedo ir hasta allí.

—Eso es una excusa de mierda, y lo sabes.

Espero en vano a que diga algo más, pero mantiene ese mutismo obstinado que me desespera. Sigue de pie bajo el sol implacable, impertérrito. Yo necesito comer algo, quitarme los tacones, abrazar y besar a mis hijos. Regresar a casa. Creo que me rindo. No puedo más.

—Mira, Boris. Si quieres que esté a tu lado para que cierres este capítulo de tu vida, cuenta conmigo.

—Camino unos pasos hacia la salida del cementerio.

En realidad, no tengo a dónde ir. Masha ha muerto y no tiene sentido que vuelva al sanatorio.

Saco el móvil y busco el número de un taxi.

Necesito salir de aquí. Pasaré por la clínica a recoger mis cosas y allí tomaré una decisión—.

He buscado un hotel en Púlkovo, te dejo en el sanatorio la dirección.

—No quiero marcharme, pero no me deja otra salida—.

Me quedan unos días antes de volver a Chile. Queda en tus manos.

Él no contesta y a mí se me rompe el corazón.