De amor y vodka El escondite perfecto
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El escondite perfecto

Un coche bastante cochambroso nos lleva de madrugada de vuelta a Pushkin.

Ahora mismo, tumbada en el asiento de atrás del Saab de manufactura sueca con ventanillas manuales y un olor a tabaco que me provoca náuseas, mi mente está en blanco.

No puedo pensar. Tampoco dormir. Estoy en fase de letargo por sobrecarga sensorial, emocional y de vodka.

Si es que llego de vuelta a casa, que no tengo ahora tan claro que sea así, voy a necesitar una revisión completa de mi hígado y terapia intensiva con mi psicóloga.

Me llega un murmullo amortiguado de voces masculinas en ruso; Boris habla con el conductor en frases cortantes y secas.

A estas alturas, ya no me molesta el no enterarme de lo que hablan, es más, prefiero no saberlo.

Aprieto el bolso contra mi pecho, porque soy la encargada de custodiar el puto huevo de treinta millones. Es obsceno, joder.

Nos detenemos en una casita a las afueras.

Se me pone la piel de gallina y me froto los brazos, aunque la noche es cálida.

Estoy destemplada y tengo ganas de vomitar.

Boris me sostiene por los hombros y me besa en el pelo mientras atravesamos un jardín que desprende un intenso aroma a lilas, a hierba recién cortada y a tierra mojada.

—Ya está, Lorenka. Un poco más.

—¿Aquí estaremos seguros?

—No estaremos totalmente seguros en ninguna parte mientras nos quedemos en Rusia, sladkaya, pero aquí es mejor que en ningún otro sitio.

—Vaya. Gracias por ser sincero. —Soy una cretina profunda, pero suelto una risita—. Ahora me siento mucho mejor.

—Es una residencia medicalizada; solo hay ancianos. —Una puerta se abre, silenciosa. Nos están esperando—. Además, se trata de un sanatorio clandestino protegido por un amigo y no harán preguntas. Nos quedaremos aquí... muy poco tiempo.

No quiere decirme que su abuela se muere, no hace falta.

Nos dan una habitación de dos camas que intenta disimular su objetivo, alojar enfermos. Boris me deja sola unos minutos para saludar a su abuela, yo aprovecho para llamar a Julio.

—Hola, Julio. ¿Qué hora es allí? —Estoy totalmente perdida, son siete horas de diferencia y aquí debe de faltar poco para amanecer.

—Hola, Loreto. Son poco más de las nueve de la noche. —Hace una pausa, esperando. A estas alturas ya habrían empezado entre nosotros las puyitas o las acusaciones soterradas, pero no tengo fuerzas—. ¿Quieres hablar con Julio y con Elena?

—Sí, por favor. —Mi voz suena un poco desesperada, pero no es que quiera. Lo necesito. Un cable a tierra. Escuchar sus voces infantiles. Limpiarme de todo lo que ha pasado con su alegría y su inocencia. Julio debe de estar flipando, he dicho «Por favor».

—Ahora mismo.

Los pocos segundos que se demora en llegar hasta ellos me parecen eternos. Siento auténtica privación por abrazarlos, sentir los rizos oscuros de Julito, las manos pequeñas y nerviosas de Elena.

—¡Hola, mamá! ¿Puedo repetir de postre? Papá dice que mejor que no, porque luego me cuesta dormir, ¡pero Yulissa ha cocinado brownies!

—La vocecita de mi hija me encoge el corazón y rompo a llorar.

Me da igual que lo primero que haga sea mencionar a la mujer de mi ex, bendita sea por cuidarlos, por hacerles comida casera, por estar ahí con ellos.

—Claro, mi amor. Pero después te vas a la cama sin protestar, ¿de acuerdo? —Escucho las voces de una película infantil, Julito le dice que se calle, que no escucha, y yo río. Es una escena tan cotidiana que duele en el alma—. ¿Qué tal las vacaciones?

—¡Genial, mamá! Los tíos nos han llevado a la casita de la montaña, ¡la piscina estaba calentita!

¡Y he ido a esquiar! —Elena está eléctrica, igual era mejor que no ingiriese más azúcar—.

Mamá, Julio quiere hablar contigo. ¡Te quiero!

¡Muchos besitos! ¡Adiós, adiós! —prolonga todo lo que puede la llamada mientras escucho el forcejeo entre ellos por apoderarse del móvil.

—Adiós, mi niña.

—Hola, mamá. —La voz de Julio es seria, más adulta de lo que recordaba y solo han pasado unos días desde que hablamos por última vez—. ¿Cuándo vuelves? Te echo de menos.

Mis tripas se retuercen de dolor. Me duelen los brazos por la necesidad de estrecharlos contra mi pecho.

—En una semana, Julito. ¿No estás bien con papá? ¿Cómo tienes el brazo? —Intento desviar su atención, pero me cuesta controlar el temblor de la voz—. Cuéntame qué has hecho esta semana.

—Es un poco rollo, porque no he podido hacer nada con la escayola.

El tío Erik me ha prometido que en cuanto esté bien, me llevará a mí solo a las pistas —dice entusiasmado.

Yo siento ganas de retorcerle el pescuezo a mi querido cuñado: todavía no suelda su brazo roto y ya quiere subir las apuestas para otra fractura—.

Oye, mamá... No me has dicho cuándo vuelves.

Me aclaro la voz, me ahoga la congoja.

—Dentro de una semana, queda poquito, ¿vale? —La puerta se abre y Boris entra con una bandeja con algo de comer que huele deliciosamente bien—. Yo también os echo de menos. Y os quiero mucho.

—Buenas noches, mamá. Yo también te quiero.

La llamada se corta entre «Te quieros» peleados entre Julito y Elena, que compiten por transmitirme su amor. Yo suelto un enorme suspiro. Estoy más serena. Hablar con ellos me devuelve un poco las fuerzas.

—¿Cómo está la estrella de fútbol? —pregunta Boris con una sonrisa tenue. Me acerca un sencillo sándwich caliente de pan de molde y fiambre con queso—. ¿Y Elena?

Sonrío. Se acuerda. Le pego un mordisco al bocadillo, pero no me entra. Lo dejo en el plato.

—Bien. Todo bien en casa. ¿Y tu abuela?

—En sus últimas horas. No sé cuánto tiempo más aguantará. —Se sienta frente a mí en la otra cama—. Está bastante sedada, pero me ha reconocido. Me llama su soldadito valiente.

—Mañana la conoceré —afirmo con convicción. Él sonríe, pero no responde. Así de mal está.

Nos desnudamos. Él va a meterse en la otra cama, pero yo no aguanto estar sola.

—Ven. —Abro la ropa de cama—. Duerme conmigo.

—Será incómodo, la cama es pequeña —advierte al acomodarse a mi lado.

—No me importa. Necesito sentirte cerca.

Me acurruco en su pecho, cierro los ojos cuando me rodean sus brazos.

Me da igual. Me da exactamente igual su pasado.

Supongo que todo lo que ha pasado en la última semana ha terminado de fraguar el sentimiento.

Lo pienso con cierto cinismo: el amor no es lo mismo cuando tienes cuarenta años.

Se apodera de ti, pero también lo decides.

Es una elección consciente. Y yo quiero amarlo. Con toda su oscuridad.

Dormimos hasta tarde. Al día siguiente, cuando veo las imágenes de la balacera en el restaurante Palkin por televisión, termino de entender la gravedad de lo que ha pasado.

Intercambio una mirada preocupada con Boris cuando veo una foto, pixelada, de nosotros al entrar.

Yo no soy reconocible, pero él aparece en una ficha policial con todos sus datos y un enorme letrero rojo con pinta de advertencia.

Ni rastro de los dos sicarios que nos atacaron, es increíble.

Él se encoge de hombros en un gesto cargado de fatalismo.

—Era cuestión de tiempo que esto pasara. Y los medios de comunicación, como siempre, cuentan lo que quieren los de arriba.

Boris no sale de la habitación de Masha.

Casi no lo he visto desde que llegamos aquí.

Al menos han traído nuestro equipaje. Los días transcurren, un poco agónicos, entre paseos por los pasillos, baños en una piscina cubierta que parece que solo uso yo y visitas a la babushka.

Ya la he conocido. Y no paro de darle vueltas a algo que me ha dicho.

«Si tú le das, él te dará mil veces más. Si tú lo amas, él te amará un millón de veces más».

Y creo que tiene razón, lo siento así. Boris ha tenido que traducírmelo, pero sus palabras me han hecho pensar.

No he sido capaz de identificar algún rasgo suyo en ella hasta que ha abierto los ojos.

Ya sé de quién ha heredado ese color casi translúcido que tan extraño me resultaba al inicio.

Ahora me parecen dulces. Incapaces de mentir, aunque de su boca salgan verdades a medias.

Todavía tiene mucho que explicarme, lo tengo bien presente, pero no es el momento de presionarlo.

A los dos días de llegar, una mañana clara y con su mano delgada entre las enormes de Boris, fallece babushka. Serena. Dulce. Con una sonrisa enigmática en su rostro.