De amor y vodka La verdad es relativa
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La verdad es relativa

—Muy bien, Boris Radchenko. ¿Quién coño eres en realidad? ¿Desertor del ejército? ¡Y una mierda! —suelta ardiendo en pura furia.

Al menos ha esperado a llegar a la habitación del hotel para interrogarme. Se arranca el fular que lleva en el cuello y lo tira junto a la cama con el bolso. De una patada, manda los tacones a la otra punta de la habitación. Se vuelve hacia mí y pone los brazos en jarras.

—Lorenka, no deberías pronunciar ese nombre en voz alta.

—¿Por qué? ¡¡¿Por qué?!! —Eleva las manos en un gesto de pura desesperación. Sé que está asustada, aunque se ha mantenido a la altura de las circunstancias en todo momento—. ¡Dímelo!

—¿Qué quieres saber, exactamente? —intento ganar tiempo como sea. No quiero contárselo. No estoy orgulloso de lo que hice. Ni antes de que fallecieran Katya y Sasha, y mucho menos después.

—Todo. ¡Quiero saberlo todo! —Se acerca a mí, amenazadora, y aunque le saco unos treinta centímetros de altura doy un par de pasos hacia atrás—.

Mira, Boris. Sé que no soy perfecta. Soy una loca cuarentona, pésima madre, adicta al trabajo y bastante hija de puta, quizá un poco alcohólica, mala amiga y antisocial.

—Me muerdo los labios para no reír o me ganaré otra bofetada.

Pese a la gravedad de la situación, ella logra arrancarme una sonrisa—.

¡Pero no me merezco esto! ¡Acabo de huir del ataque de unos putos narcotraficantes con metralletas!

—Creo que está al borde de una de sus crisis nerviosas, no sé si acercarme para confortarla o no.

Por el momento, me quedo quieto—. ¡Y lo peor no es eso!

—No creo que sean narcotraficantes —digo en mi enésimo intento de desviar la conversación. Ella pega un grito, envuelta en pura frustración.

—¡Cállate, Boris! ¿Sabes qué es lo peor?

Que el candidato a hombre de mi vida, o sea, ¡tú!

, acaba de pulverizar la rodilla de uno de ellos con un solo tiro.

—Parpadeo, tres o cuatro veces, preso del estupor.

Ah, Lorenka... ¿Estoy postulando entonces a hombre de tu vida?

Sonrío, y ella bufa como una fiera—. Y lo que me parece más increíble: ha desarmado a otro lanzando un cuchillo que, si llega a fallar, ¡se lo habría cargado!

—Es cierto, era una jugada arriesgada. Aunque por eso escogí el cuchillo, la Makarov permite menos margen de error —reconozco al escucharla. No puedo parar de sonreír, suena bien ser el hombre de su vida—. Tengo buena puntería, no tenías por qué preocuparte.

—Que no tenía ¿qué? —Me da un empujón en el pecho—. ¡Me voy! ¡Cojo un avión y me voy! ¿Crees que puedes reírte de mí después de lo que ha pasado?

Alzo las manos en señal de derrota.

—De acuerdo. Ven, déjame servirte un poco de vodka. También para mí. —Vierto el Beluga Gold Line en los vasos de cristal—. Es una larga historia.

Tengo al objetivo en la mira.

Son muchas las variables a tener en cuenta a la hora de efectuar un disparo de este tipo.

Las repaso una por una al calibrar mi rifle.

La caída por acción de la gravedad es la que más me maravilla, un proyectil de 46 gramos como el que voy a emplear necesita que apunte 18 metros por encima del punto de impacto teórico para hacer diana.

Hay una ligera brisa y obtengo la medida del ángulo y la velocidad del viento para, conociendo el tiempo de vuelo de la bala, corregir la desviación y no fallar.

La deriva por rotación ya está compensada.

El tiempo es seco, estoy casi a nivel del mar, con lo que la altitud de densidad está también bajo control.

Para un tiro de estas características, no me queda otra que tener en cuenta también la rotación de la tierra.

Estoy a 1.300 metros del objetivo, con lo que los efectos Coriolis y Eötvös se cobran sus centímetros.

No necesito tablas de balística, tengo todos y cada uno de los cálculos en mi cabeza.

Los he memorizado a fuego. No busco un tiro certero entre ceja y ceja para impresionar a mis superiores, quiero un tiro limpio en el tórax que me asegure la muerte del objetivo y cumplir con la misión.

Las consecuencias de un posible fracaso me mantienen centrado.

Motivado. No puedo fallar. No con lo que está en juego.

Observo los movimientos del objetivo a través de la ventana abierta.

Su silueta campa tranquila en un paseo despreocupado aquí y allá.

Veo también que hay dos soldados, sentados frente a él en un sofá.

Por la mira telescópica electrónica puedo ver el brillo de admiración en sus ojos, los estragos de la guerra en sus rostros macilentos, las bocas desdentadas por la mala higiene y el tabaco negro.

«Solo el objetivo. Deben quedar testigos de su muerte. Después, huye al punto de recogida. Habrá un helicóptero a la hora convenida. Sin esperas».

Sé su nombre, pero no me importa. Tampoco me importa saber que es uno de los hombres fuertes de Kadyrov en Chechenia, por mucho que se esconda en esta mansión en Crimea.

Si es enemigo o un aliado incómodo. Si se ha cobrado muchas vidas, no soy yo nadie para juzgarlo.

Sí me importa que tiene tres hijos, todos varones, como Sasha.

Sé cómo se llama su mujer. Sé que le gusta jugar al ajedrez y su marca favorita de vodka, Oso negro.

Se asoma a la ventana y la adrenalina inunda mi torrente sanguíneo.

Es mi oportunidad. Se apoya en el alféizar, abre los brazos.

Inspira profundo, parece aliviado por el frescor de la tarde.

Por un momento, tengo la impresión de que clava sus ojos oscuros en mí y un escalofrío recorre mi espalda.

Pero no. Es imposible. Estamos a más de un kilómetro de distancia.

Respira el mismo aire marino que yo. Él lo disfruta con respiraciones profundas, prolongadas.

Yo inhalo y exhalo de manera casi imperceptible, estoy en un momento crítico y no puedo modificar ni un milímetro mi posición.

Su torso se expande. Una vez. Otra vez. Yo toco el gatillo con una caricia letal.

No hay una tercera vez.

De pronto, un estallido rojo lo propulsa hacia atrás y cae como un muñeco de trapo.

Durante unos segundos contemplo con cierta fascinación el estupor de los soldados, las salpicaduras macabras en la pared, las cortinas que ondean con la brisa.

Está muerto. He cumplido. Un alivio inmenso me envuelve a la vez que la plena conciencia de lo que he hecho se vierte en mi alma como una marea negra.

Recojo el rifle, lo cuelgo de mi hombro e inicio la carrera contrarreloj hacia el punto de extracción.

El margen de tiempo que tengo para llegar es imposible, inhumano.

Creo que su intención real es abandonarme aquí.

Pero enfoco mi mente en lo que me mantiene vivo en esta carrera infernal hacia adelante.

Sasha. Katya. La primera parte de la promesa que les hice ya la he cumplido.

«Siempre os mantendré a salvo».

Ahora, queda cumplir la segunda parte.

«Siempre regresaré a vuestro lado».

Katya había respondido con la amargura y clarividencia propias de su gente.

«No hagas promesas que no puedes cumplir».

Así que corro. Corro. Corro ignorando la pendiente de guijarros que juega en mi contra, el dolor de los músculos, el peso de la culpa por haber comprado la vida de los míos con otra vida.

Quiero abandonar el rifle, es largo y pesado, dificulta mi carrera.

Pero no puedo dejar huellas. Llego a la explanada, el reloj digital marca con un pitido insistente que lo he conseguido, he llegado a las coordenadas del punto de encuentro.

Durante un instante, pienso que me han abandonado aquí, pero no.

Ahí está el helicóptero de extracción, con la compuerta lateral abierta y la turbina rugiendo.

—Teniente doctor Radchenko, buen trabajo.

El piloto hace un gesto seco con la mano, yo me acomodo en el asiento y me abrocho el cinturón.

El sonido de la hélice es ensordecedor, pero no me importa.

Apoyo la cabeza en el respaldo y cierro los ojos.

Están a salvo. Están a salvo. Están a salvo.

Una inmensa sensación de agotamiento me invade.

Esta vez, sí. Todo ha terminado. Por el momento.

Lorenka me observa en silencio. No emite ningún juicio, no es necesario. Soy un asesino.

—Soy un asesino. —Decirlo en voz alta me genera un sentimiento ambivalente de vergüenza y resignación—. Esa es la verdad.

—Eres un soldado.

—No es lo mismo matar en una guerra que un trabajo por encargo, Loreto.

—Que ella quiera excusarme me resulta tierno—.

En una guerra, hay cierta posibilidad de contraataque, de responder al enemigo, de defenderte.

Un francotirador elige a su víctima mucho antes de que esta sepa que se expone a la muerte.

—Amenazaban a tu familia. Yo hubiera hecho lo mismo.

Me vuelvo hacia ella, sopesando su afirmación. ¿Sería capaz de matar? ¿Por los suyos? ¿Por sus hijos?

—No es tan fácil.

—¿Por qué no me lo contaste en el Jardín de Verano, cuando hablamos? Dijimos que seríamos sinceros. Que no habría más mierdas entre nosotros —dice, acusadora.

Yo aparto la mirada. Después de lo que le he contado, explicar las razones parece superfluo.

—Porque no quería que salieras huyendo otra vez. Cuando he sido sincero contigo me ha costado caro —confieso con cierto temor—. ¿Vas a coger ese avión?

—No. Pero quiero saber cómo termina la historia.

—La historia termina con mi deserción tras la muerte de mi hijo y mi mujer —resumo con dureza—. No quiero seguir hablando de esto. Es suficiente. Tenemos que irnos de aquí.

Ella no está conforme, pero no insiste. Lo agradezco.

Estoy cansado, temo por su vida y por la mía.

Me he expuesto de manera total y absoluta.

Es cuestión de horas de que me capture el FSB.

Tengo un tesoro por valor de treinta millones de euros en una bolsa de terciopelo y no sé qué hacer con él salvo lo que Masha me encomendó: preservarlo como legado. Masha. Babushka.

Busco en la mochila el móvil encriptado y lo enciendo. No lo he usado hasta ahora, pero esta vez no tengo alternativa.

—«No conocemos la piedad, no pedimos ninguna». —Una voz distorsionada responde la llamada. Es un cauce seguro. Entre nosotros, jamás nos traicionaremos.

—Necesito esconderme.