El pórtico de los Atlantes
—¡¿Qué coño acaba de pasar?! —Loreto aferra mi brazo. Empieza a recuperar el control de sus nervios. Ah, está enfadada. Creo que mi gatita furiosa necesita unas cuantas explicaciones. Pero no aquí. Y no ahora.
—Shhh... espera —le ruego—. Todavía estamos en una situación peligrosa.
—¡A mí no me mandes callar! —responde, airada. Me da un par de palmadas en el pecho y yo atrapo su mano.
Atisbo en mi visión periférica que una figura vestida de negro atraviesa la calle, con paso rápido y las manos en los bolsillos, mirando en todas las direcciones. Nos busca.
—¡Chist! —Placo a Loreto contra la columna, poso la mano sobre su boca para hacerla callar—. Silencio.
Sus ojos echan chispas de la rabia, pero se mantiene quieta.
El hombre aminora el paso hasta detenerse en el centro del cruce y gira sobre sí mismo.
Saca un pequeño móvil del bolsillo y conecta una llamada.
No logro escuchar, pero es breve. Cuelga, vuelve a lanzar una mirada circular.
Parece rendirse. Sí. Con gesto de derrota, regresa por donde ha venido, pero todavía no me atrevo a salir de nuestro escondite.
Noto que Loreto se revuelve, incómoda. Sigo sujetando su boca para que no emita ningún ruido. Quiero asegurarme de que no corremos ningún peligro antes de soltarla.
—¿Te portarás bien, sladkaya?
Ella asiente, clava su mirada en la mía, pero no retiro mi mano de su boca porque me quedo paralizado. Ha desabrochado mis pantalones.
—Loreto. Estás loca. Podrían matarnos...
No puedo seguir. Se apodera de mi miembro por dentro del bóxer. Empieza a masturbarme, con rudeza. Con desesperación. Y yo caigo como un tonto en sus redes. La entiendo. La adrenalina, la tensión, la cercanía con la muerte.
La elevo contra la columna, la cadena de su bolso se clava entre nuestros cuerpos. Ella se queja y me encierra entre sus muslos.
—La piedra está fría —susurra sobre mis labios. Yo la ignoro. Estoy demasiado ocupado apartando sus bragas para llegar a su sexo. Oh, qué delicia... Se me hace la boca agua al sentir su humedad en mis dedos.
—¿Aquí? —pregunto—. No es seguro.
—Cállate, Boris. Y fóllame. Fuerte.
Yo me entierro en ella hasta los testículos de una sola estocada.
Oh, Bozhe moy... He tenido que haber hecho algo muy bueno en esta vida para merecer tanto.
Sus piernas me aferran con fuerza, sus uñas se hunden en mi cuero cabelludo, me muerde los labios.
Se deja llevar como un maremoto después de todo lo que ha pasado.
Una catarsis emocional y física con el aderezo de la adrenalina.
No hay nada mejor que el sexo después de tocar la muerte para sentirte vivo.
—Oh, dame fuerte, fuerte, fuerte... —su voz se debilita hasta que se transforma en un gemido obsceno.
Aprieto los dientes, llego al punto de no retorno, redoblo mis esfuerzos.
Sus tacones caen en el suelo con un sonido seco, ella suelta un pequeño grito y yo me veo obligado a callarla de nuevo con mis besos.
Ella abre los brazos y busca un asidero en la piedra.
Me muerde los labios, batallan las lenguas, no puede existir algo más excelso que lo que siento ahora mismo.
Loreto se aparta de mi boca y, con un gemido ahogado, se deja caer en el clímax y me arrastra con ella.
Yo estoy desvalido. Indefenso. Entregado.
Mi piel arde. Su corazón late, desbocado.
A mí me tiemblan las rodillas. Ha sido desesperado, violento, rápido.
—Lorenka —susurro—. Lo siento. Siento todo esto. Yo...
—No. No hables. No se te ocurra mentirme. —Me aparta, recompone su maltrecho vestido y se retira la melena rubia y salvaje de la cara—. Si no me cuentas la verdad, te juro que cojo un avión ahora mismo y me vuelvo a casa. ¿Quién eres en realidad?