De amor y vodka Kalinka, Kalinka…
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Kalinka, Kalinka…

El restaurante Palkin es una auténtica maravilla.

Y, como todo lo ruso, ostentoso, enorme y lleno de sorpresas.

Boris ha pedido un reservado y estamos solos, pero en realidad podría ser el comedor principal de un restaurante pequeño.

La decoración mezcla tonos de morado y negro, unos pesados cortinajes flanquean los ventanales, los techos son altos y me pregunto qué obsesión tienen aquí con las arañas de cristal.

Suena música clásica y nos atienden dos camareros con librea.

—San Petersburgo es una ciudad curiosa. —Mientras nos traen la comida, intento templar un poco mis nervios con conversación banal—. Está llena de contrastes.

—¿Por qué lo dices? —Me mira como si no existiera otra mujer en el mundo. Sonrío.

—¡Por todo! Ensalzan la cultura rusa en cada esquina y está plagada de cadenas americanas de comida rápida.

Las fachadas de los edificios son espectaculares y por dentro se caen a trozos.

—Empiezan a traer platos y se me hace la boca agua—.

Fíjate en el que acabamos de estar. No es un enfermo terminal. ¡Es Doctor Jekyll y Mister Hyde!

Boris ríe ante mi comparación.

—Ya te lo he dicho, Lorenka. La ciudad es bellísima por fuera, pero está podrida por dentro, sladkaya.

Siempre he pensado que es como El retrato de Dorian Gray.

En algún lugar, en una realidad paralela, existe su retrato: una ciudad en ruinas, corrupta y abandonada, que muestra su verdadero ser —dice con tono evocador.

Yo asiento, sorprendida por la certeza de su descripción—.

Es una mujer enferma y corroída en sus entrañas, pero que a fuerza de maquillaje y afeites, mantiene el engaño de su aspecto exterior.

¿Qué puedo contestar a esto? A veces me deja sin palabras. Parece un luchador profesional, cuando lo ves, dirías que pertenece a una mafia rusa. Pero abre la boca y sorprende por su inteligencia, su picardía y su cultura.

—Me siento como una princesa —digo al ver el despliegue de comida, que aún no ha terminado—. Has tirado la casa por la ventana.

—Ah, ¡tenemos mucho que celebrar! Treinta millones de euros. ¡Tenías razón! —Choca su copa con la mía, llenas de champán Dom Pérignon. Nada mal—. Za Vashe Zdorovie! ¿Está todo a tu gusto, Lorenka?

Le doy un trago y luego asiento, porque no puedo hablar.

Tengo la boca llena con una ostra cruda y gigante que me acabo de zampar.

Después sigo con cangrejo real, que como con las manos.

Chuperreteo las patas con deleite, hacía años que no comía marisco así.

En cantidades obscenas. Boris me ofrece caviar.

Del de verdad. Él lo come a palo seco, sin pan ni aderezos, directamente del cuenco, con una pequeña cucharilla de nácar. Pone los ojos en blanco.

—Delicioso. No sabes hace cuánto tiempo que no comía esto: caviar de beluga. ¡Es casi un crimen! —confiesa.

Se nota que le gusta. Es glotón, le encanta comer y yo disfruto de verlo gozar con la comida. Y con otras cosas. La asociación es inmediata. Comida. Sexo. Dos instintos y hambres tan diferentes y a la vez tan primarios.

—Toma. Prueba.

No sé por qué, pero no me llama demasiado la atención. Las veces que lo he probado, me ha parecido pescado con sal normal y corriente. Boris insiste y me acerca una cucharadita. Me la da en la boca y el hecho de que me alimente me resulta erótico. Sensual.

—¡Hummm!

Abro los ojos por la sorpresa, porque esto es otra cosa. Las pequeñas bolitas tienen un regusto levemente salado, pero al apretarlas contra el paladar, estallan en un líquido que anega mi boca con un intenso sabor a mar, a frío y a yodo, más refinado que las ostras.

—¿Rico?

—Mucho.

Nos acabamos el caviar y Boris pide más. Nos acabamos las ostras, y lo mismo. Quiere pedir más marisco, pero yo levanto las manos en señal de rendición. No puedo más.

—¿Postre no quieres? —pregunta decepcionado.

—¡Para el postre siempre hay un huequito! —respondo entre risas—. Mi madre siempre dice que el postre llena el corazón, no el estómago, y por eso siempre entra bien.

—Tu madre es muy sabia.

—Lo es —digo con énfasis—. Ya la conocerás.

Ay.

Pongo cara de susto, Boris se ríe y yo con él. ¿Qué más da? En algún momento, mis padres tendrán que conocerlo. Estoy segura de que Inés se habrá encargado de trasmitir el chisme intrafamiliar debidamente.

Nos sirven de postre un surtido variado y un samovar con té.

Y vodka, cómo no. Yo me relajo un poco, aunque mi bolso no se ha movido de mi regazo y llevo la tira de la bandolera cruzando mi pecho.

No tengo el ánimo para dejar treinta millones de euros colgados del respaldo, pero sí para seguir comiendo un poco más.

Comienza a sonar la melodía rítmica de Kalinka.

Boris y yo nos miramos. Me ha explicado que la cadencia insinúa el movimiento de los cuerpos al hacer el amor.

—¡Estoy que reviento! —me quejo, recostándome en la butaca—. ¡Vas a tener que llevarme en brazos!

—Imposible —ríe él palmeándose el abdomen—. ¡Tendrás que llevarme tú a mí!

Estamos eufóricos después del encuentro con Roschard y el susto con el ratero del callejón. Supongo que el vodka tiene algo que ver también, reímos, brindamos. ¡Cómo me encantan los blinis y los macarons!

Sin venir a cuento, de pronto Boris compone un gesto de extrañeza.

Me giro y veo que el camarero que nos atendía ya no está; ahora ocupa su lugar un hombre de negro, aunque la servilleta que lleva sobre su antebrazo me resulta tranquilizadora.

Y no debería. Porque debajo esconde Una.

Puta. Metralleta. Que se alza en cámara lenta. Y nos apunta de un modo muy amenazador.

—¿Qué coño...? —alcanzo a decir.

Y entonces, pasan muchas cosas a la vez. Tan rápido que mi cerebro apenas puede procesarlas.

Boris, con una agilidad impensable para sus dos metros y ciento veinte kilos, salta por encima de los macarons, las tartas y los blinis, y me arrastra con él hasta caer en el suelo.

No sé cómo lo hace, pero el candidato a hombre de mi vida se incorpora jugándose el pellejo y, al tiempo que saca la pistola de la parte de atrás de su cintura, se gira noventa grados hincado en el suelo, monta la corredera del arma entre las manos, apunta y dispara.

Un alarido agudo me confirma que ha dado en el blanco.

Parpadeo, incrédula, porque el aspersor rojizo que sale de la rodilla pulverizada es sangre.

Pero el tipo todavía conserva la metralleta en las manos y una ráfaga de balas se despliega por encima de nuestras cabezas en una cortina horizontal.

El ruido es ensordecedor cuando nos cae una lluvia de cristales, cubiertos, macarons de colorines y goterones de nata en una imagen surrealista.

Yo estoy paralizada, escondida de manera patética tras la butaca, con la mandíbula llegándome al suelo y aterrorizada, cuando descubro a otro hombre de negro.

—¡Boris! —grito, histérica, al ver que levanta una pistola alargada hacia nosotros.

No le da tiempo a disparar, porque Boris bascula el peso de su cuerpo hacia el otro lado, hace aparecer el cuchillo en su mano derecha, escondido en la manga, y lo lanza.

El movimiento es tan rápido que no lo veo hasta que choca contra el arma del tipo, que cae de rodillas entre gritos y se sujeta la mano.

Huele a sangre, a azúcar, a quemado. No entiendo cómo no han aparecido la policía, los militares, los SEAL, los bomberos y la patrulla montada de Canadá en este tiempo. Ni siquiera ha aparecido un camarero.

—¡Vamos, Loreto! ¡Tenemos que salir de aquí!

Yo no reacciono. Boris me levanta del suelo y me arrastra hacia la salida del reservado, donde parece que ha pasado un huracán.

Las cortinas están destrozadas, las cristaleras de los ventanales hechas trizas, las mesitas coquetas volteadas con las sillas patas arriba en un caos demencial y todo salpicado de colores por los macarons.

Y sigue sonando por los altavoces la música clásica junto con nuestras respiraciones erráticas y los gemidos de los dos tipos, que se retuercen en el suelo.

—¡Loreto! —grita Boris, con los ojos celestes rodeados de un cerco rojizo, las venas de las sienes hinchadas y con la cara granate fruto de la tensión.

Reacciono. Como en trance. Lo sigo por el restaurante y veo en un borrón que la gente se ha levantado y murmura, asustada.

Los camareros corren hacia el reservado, nosotros vamos en dirección contraria hacia la parte de atrás.

Boris pasa como una apisonadora entre los cocineros y saltan bandejas y platos, escucho gritos de protesta y el ruido que arma la vajilla al estallar contra el suelo en un torbellino de olores, vapores y adrenalina.

Empuja una puerta con barra antipánico y salimos por fin a un callejón.

Nos mezclamos entre la gente que recorre la avenida Nevski. Jóvenes que se han arreglado para salir de juerga, parejas que pasean en plan romántico, grupitos de turistas trasnochados y nosotros: un par de locos que corren de la mano.