Un pequeño susto
Joder. Salgo de la tienda ahogándome. Doce mil euros por el puto informe. Bueno, dos copias. Me abanico con la mano, porque hace un calor infernal esta noche en San Petersburgo, cargado de humedad por los canales y la cercanía con el mar, y porque he salido sofocada después del encuentro.
—Lorenka, eres de otro mundo. ¡No sabía que hablabas francés! —Boris me mira con veneración y yo no puedo evitar sentirme halagada.
—Inglés de Cambridge y francés de la Sorbonne, mon cher —me pavoneo a medias en broma y a medias en serio—. ¿No te dije que fui a un colegio de monjas? Pues ahí tienes el resultado.
Él suelta una carcajada estentórea y yo me contagio con su explosión. Es bueno liberar la tensión con las risas. Poco nos dura.
—¿Boris?
Lo llamo porque se queda parado, a pocos metros del arco, mirando alrededor con el ceño fruncido mientras se abrocha la americana.
—Vamos, Loreto. —Me sujeta del brazo y me conduce hacia una calle lateral y poco iluminada—. No mires, pero creo que nos siguen.
Por supuesto, miro. No puedo evitarlo. Me giro y veo a un tipo que camina en diagonal hacia nosotros desde algo más lejos junto al canal; se detiene porque nosotros nos detenemos. Aprieto el bolso contra mi pecho y me recorre un escalofrío por la columna vertebral.
—Vale. Lo he visto. ¿Qué hacemos?
—Nada. Sigue caminando con normalidad. Será un oportunista que nos ha visto salir de la tienda. Estos barrios no son demasiado recomendables. —Aferra mi brazo y acelera el paso. Yo troto sobre mis tacones para seguirle el ritmo—. ¿Puedes correr?
Dudo una fracción de segundo. Ay, mis tacones.
—Sí.
—¡Corre!
Nos lanzamos a una carrera absurda por un callejón.
Hay un portal entreabierto y nos metemos dentro.
Alucinada, miro la entrada en penumbra. Mármol rosado, muy antiguo, unas escaleras de hierro forjado con forma de helechos y un pasamanos de madera torneada de un precioso color coñac.
Pero la pintura de las paredes está desconchada, hay unas enormes manchas parduzcas de humedad, la madera está podrida y todo está lleno de telarañas y polvo.
—Loreto, atiende. Voy a asustarlo un poco. Quédate aquí y no salgas.
—¡Joder, Boris!
Reprimo un grito. Entre las manos, tiene la puta pistola.
Acciona un mecanismo, deja caer el cargador sobre la palma y examina las balas deslizando la yema del índice por las puntas doradas.
Después, lo introduce con un golpe seco.
Los movimientos son tan naturales y fluidos que, por primera vez, tengo la seguridad real de que es un soldado.
Que ha matado con anterioridad. Coloca la pistola a su espalda.
Ahora el cuchillo. Le quita la funda, lo gira con pericia entre los dedos y lo oculta en la manga de la americana.
Todo es tan surrealista que lo único en lo que puedo pensar es que la única vez que he visto un cuchillo así ha sido en las películas.
Rambo, para ser precisa. Me entra la risa floja.
—Silencio —me advierte Boris con expresión letal.
Sale y yo me quedo detrás, pero no puedo resistirme a una fuerza invisible que me empuja a ser testigo de lo que pasa fuera.
Boris avanza hasta esconderse detrás de una furgoneta y espera.
Yo veo por la puerta entreabierta que el tipo que nos seguía parece buscarnos, un poco desconcertado.
Mira aquí y allá, y en un momento, saca un cigarrillo y lo coloca entre sus labios.
Se palpa el pecho, las costuras de la cazadora y por fin, encuentra el mechero en uno de los bolsillos del pantalón.
Hay que sospechar seriamente de las personas que llevan chaquetas en pleno verano, está claro.
Lleva el mechero hasta su rostro para encender el pitillo.
Craso error.
El tipo no sabe de dónde le viene el aire cuando nota la hoja del cuchillo en su cuello, apoyado sobre la piel como una gargantilla macabra, y la punta insinuada bajo el ángulo de la mandíbula. Levanta las manos y deja caer el pitillo y el mechero.
Boris susurra algo en su oreja, el tipo niega.
Boris lo acogota con el otro brazo y escucho el gritito ahogado de pánico cuando la hoja presiona la piel con más fuerza.
La diferencia de altura entre ellos hace que inicie un pataleo patético y desesperado.
El tipo está cagado de miedo, lo veo en sus ojos, sus manos tiemblan y empieza a hablar, apresurado, aunque yo solo escucho un bisbiseo que no comprendo.
Boris lo obliga a caminar hacia la calle principal.
Cuando llegan a la parte iluminada, lo empuja con cajas destempladas.
El tipo cae de rodillas, se levanta a toda prisa, y huye corriendo a toda velocidad.
Yo suelto el aire de golpe. Llevo sin respirar desde que Boris me dijo que me quedara en silencio.
Viene hacia mí con un trote extraño y un brillo peligroso en los ojos, como el de los lobos cuando van de caza.
Lo he visto en los documentales. Pero yo solo siento alivio.
Él está bien. Yo estoy bien. Vale. No ha pasado nada.
Salgo del portal y me lanzo a sus brazos.
—Boris, ¡qué miedo! ¿Qué quería? ¿Qué ha pasado?
Me besa y sonríe. Está totalmente desafectado y a mí me va a dar una crisis nerviosa.
—Nada, sladkaya. Un ladrón de poca monta de los miles que hay en San Petersburgo. Iba desarmado. —Me arrastra de la mano, buscando algo en el suelo—. Nos ha visto salir del callejón de Roschard y nos ha seguido para ver si podía robarnos algo. ¿No has notado nada raro?
Niego, enfática. He pasado todo el día envuelta en una nube de dopamina, oxitocina y adrenalina, por la mezcla de belleza sensorial y lo mucho que me pone Boris. No se lo digo.
—No. Aunque sí he notado que tú estabas tenso y que vigilabas al entrar y salir de los sitios —digo al darme cuenta de que ha sido así. La verdad es que estoy un poco enfadada—. ¡Podías haberme dicho algo!
—¡Bah! No tiene ninguna importancia. Esta ciudad está llena de rateros oportunistas, me extraña que no te hayan robado algo.
—Bueno —Le confieso el sablazo del taxista el primer día con un poco de vergüenza. Menuda pardilla—. Así que supongo que tienes razón.
—¿Ves? No pasa nada. ¡Vamos a comer algo!
De pronto se agacha y recoge algo del suelo. El mechero. Yo abro los ojos, sorprendida cuando me lo enseña.
—Vaya con los raterillos de San Petersburgo
Un mechero de gasolina con el grabado de una bandera británica y la inscripción de dos nombres muy dispares.
—Winston Churchill. Mirko Stankovich. Joder...
Creo que es la primera vez que lo escucho decir un taco y me da por reír.
—¿Será auténtico? —En esta ciudad nada es lo que parece.
Él se lo mete en el bolsillo y echa a andar.
—No lo sé. Lo que sí está claro es que es robado.