Maurice Roschard
Boris está cansado. Se lo noto en la cara: el canto externo de sus ojos cae en una línea vencida y los párpados le pesan como plomo.
Pero yo estoy alucinada con lo que acabamos de ver.
Y cada vez más convencida de que el huevo de Babushka vale todavía más de lo que nos ha dicho Pável.
Es más sobrio que la mayoría de las piezas recargadas que llenan las vitrinas de esta Sala Azul, pero tiene algo que a estas les falta: vida.
Joder. Se me corta la respiración.
La cáscara blanca. La yema dorada. La gallinita con sus plumas cinceladas.
Es la viva imagen del que Pável abrió ayer sobre el tapete con un destornillador de precisión.
Salvo por un detalle demoledor: la sorpresa original, la que escondía en su interior, desapareció durante el saqueo bolchevique y nunca fue recuperada.
Dentro del bolsillo, giro con disimulo el anillo que llevo en el anular. El zafiro arde bajo la tela de mi vestido.
—Boris... ¡Mira! —susurro, tirando de la manga de su americana para que se acerque.
Él echa un vistazo al cristal blindado, luego a los tres guardias de seguridad uniformados que custodian las esquinas de la sala, y traga saliva.
—Lo sé, Lorenka. Pienso lo mismo. —Gira la muñeca con un movimiento brusco para mirar su reloj táctico y señala hacia la salida—. Vamos. Ya es casi la hora.
Me tomo unos segundos para bajar por la escalinata del Palacio Shuválov sintiéndome como una princesa. Le pido a Boris que me saque una foto, pero él ya está escaneando la calle; lo hace de forma automática cada vez que salimos de cualquier edificio.
Esta vez nos subimos a un taxi, no me apetece recorrer con estos tacones y este vestido los callejones malolientes del canal de Gribóyedov.
Cuando atravesamos el arco cochero del número veintiséis, Boris se tensa y me cubre con su cuerpo al detectar una sombra agazapada tras una columna. Noto su alivio inmediato al ver a Pável.
—¡Pável! ¿Qué ocurre? —dice en inglés. Se lo agradezco. Odio quedar fuera de la conversación.
El anciano se asoma, visiblemente nervioso, con una carpeta de cartón reciclado apretada contra el pecho. Hace un ademán rápido y nos reunimos bajo el arco en el corredor oscuro y húmedo.
—Tenía que interceptaros antes de que bajarais —susurra con el aliento entrecortado—.
He tenido que sacar el huevo de la caja fuerte y traéroslo aquí.
Le he dicho a Roschard que os lo habíais llevado después del peritaje preliminar, y que volveríais con él para la firma.
—Está asustado. No para de volver la cabeza hacia la entrada del local—.
En cuanto leyó el borrador del informe, emergió el buitre y exigió retenerlo en su caja fuerte personal.
Tomad. —Me pasa la bolsa de tela negra como si fuera una patata caliente—.
Si entráis con la pieza en vuestro poder, conservaréis el control. Tened mucho cuidado.
Resisto la tentación de comprobar que está todo dentro. Boris me lanza una mirada de advertencia y vuelve sus ojos al artesano.
—Si ese cabrón te amenaza, ponte en contacto con Mijáil —ofrece sin dudarlo ni un segundo—. Al menos podré sacarte de la ciudad.
Pável niega con una mueca amarga y escupe al suelo con desprecio.
—No. No se deshará de mí. No hay muchos que hagan el trabajo que yo hago y menos en el mercado negro —dice con rencor—. Si sigo tragando con él, es porque paga puntual y tiene contactos en el distrito militar. Tengo dos hijos varones que no han ido al frente gracias a sus influencias.
Boris no dice nada. Yo intento no juzgarlo. Pienso en Julito a diez mil kilómetros de distancia y sé que yo quemaría el mundo entero por proteger a mi hijo. Haría exactamente lo mismo.
—Esta es una copia del informe, sin su firma, pero con todos los sellos de la casa comercial —continúa Pável entregándonos la carpeta—.
No mencionéis el zafiro bajo ningún concepto: no lo he incluido en el inventario.
Sería demasiado fácil que desapareciera —dice con un tono que revela auténtico dolor—. Entrad ya. Os espera.
—Un momento. —Alzo las manos para detenerlos, se me han disparado todas las alarmas—. ¿Por qué coño no nos largamos ahora mismo? Tenemos el informe con los sellos oficiales, podría colar. Y tenemos el huevo.
—No, Lorenka. No podemos vender a Pável así —dice Boris con calma revestida de gravedad—. Él ha sido leal con nosotros y yo lo seré también. Es cierto que nos arriesgamos, pero tenemos que dar la cara.
—Gracias, capitán. —Afloja los hombros y el alivio es más que evidente en el rostro del anciano.
A mí me lanza una mirada de respeto teñida de temor.
Sabe de sobra que la que no tiene escrúpulos cuando se trata de sobrevivir soy yo—.
Tendréis que enseñarle el huevo, si no, no firmará nada.
Pero no lo perdáis de vista en ningún momento, dadle el dinero que pida justo antes de marcharos... y no volváis aquí jamás.
Esperamos a que Pável entre en la tienducha y Boris me sostiene de la mano al bajar los tres peldaños que nos llevan al encuentro de Roschard. Me sorprende encontrar una mujer junto a Pável, que finge no conocernos. Ella nos recibe con un perfecto inglés y una sonrisa obsequiosa.
—Por favor, acompáñenme. Este es tan solo el taller, les ruego que esperen aquí, en esta salita. —Abre una puerta y aparece un mundo nuevo. Le lanzo a Boris una mirada burlona, pero él está otra vez en modo operativo militar—. Por favor, tomen asiento. ¿Les apetece un té?
Nos acomodamos en unos modernos sofás de cuero y ella trae un samovar que tiene incrustadas unas coloridas piedras preciosas.
Nos sirve té en unos vasitos de cristal con filo de oro y con un intrincado tallado.
Cuando la mujer se retira, Boris se pone a hablar del tiempo, de una supuesta visita al Hermitage y de lo bonita que es la iglesia de la Sangre Derramada.
Me llevo el té a la boca, pero él me lo quita de la mano y vuelve a posarlo en la mesa.
—Joder... —susurro. Él esboza una sonrisa tensa. Sigue en alerta nuclear.
—Vengan por aquí, por favor —nos interrumpe la mujer tras una ausencia no muy larga.
Nos conduce por un pasillo corto y estrecho con bóveda de medio punto y abre una puerta de madera maciza y hierro forjado con casetones.
Me pregunto de dónde será el patrimonio saqueado para exhibir todas esas piezas y me entran ganas de salir corriendo con el huevo en el bolso.
Pero ahora es tarde, Boris me empuja con suavidad dentro del lujoso despacho lleno de cuadros, esculturas y otras antigüedades.
—Buenas tardes. —Estudio al hombre, de unos setenta años.
Destila elegancia. Habla francés con un acento algo rudo, quizá es suizo o belga.
Mira su reloj con un gesto impaciente y esboza una sonrisa cortés—.
Soy Maurice Roschard, licenciado en Bellas Artes, Historia del Arte y especialista en cultura clásica.
Dice mi asistente que necesitan la firma de un documento de autenticidad.
—Así es, señor Roschard —contesto en mi francés de la Sorbona, impasible ante el currículo del recién llegado. Boris me mira con la boca abierta y yo le guiño un ojo—. Mi cliente acaba de recibir una herencia en vida no registrada, y le gustaría validar sus características.
Me cuesta mantener la cara de póker, pero el hombre asiente, entendiendo que se refiere a origen, legalidad, autenticidad y, sobre todo, valor comercial.
—Por favor, llámeme Maurice. Por supuesto.
Mi asistente me ha facilitado el documento.
Aquí lo tienen, todo legal y transparente.
Dos copias recién firmadas. —Sonríe, pero no alcanza a esconder la avaricia de su mirada—.
Reconozco que han picado ustedes mi curiosidad.
Entiendo que lo tienen aquí mismo. ¿Podría echarle un vistazo?
Solo quiero asegurarme. Para que todo sea formal.
Ya, claro. Me muerdo la lengua porque se me escapa el cinismo por todos los poros. A este no le creo ni lo que reza.
Saca una lupa de diamante y a mí me tiembla la mano al extraer la bolsa de tela negra y corriente con la que protejo el tesoro.
—Con cuidado —advierto, reteniéndolo durante un segundo lejos de las manos codiciosas—. Es delicado.
—Por supuesto —dice Roschard, obsequioso. Solo le falta babear.
Los tres nos inclinamos cuando retira la tela y posa el cofre sobre la mesa. Él se coloca con ceremonia la lupa de diamante en la cuenca orbitaria derecha y se pone dos guantes de seda.
En silencio, estudia la pieza con interés. Acerca a su ojo biónico la cerradura.
—Oh. Interesante —dice con educación, pero como si fuera lo más prosaico del mundo. Yo estoy de los nervios y me entran unas ganas inmensas de gritar.
Nos mantenemos en silencio, la expectación inunda el ambiente; el verdadero tesoro permanece oculto. Introduce la llave, gira con delicadeza y, tras un chasquido metálico, el cofre se abre.
—Mon Dieu! —escapa de sus labios. Después los aprieta en una línea fina, se diría que arrepentido de su exabrupto, y eleva entre sus dedos el huevo blanco y dorado.
Boris posa una mano sobre mi muslo con disimulo. «¡Sangre fría!», parece decirme. Yo intento parecer desafectada, pero todos los músculos me duelen por la tensión.
—Señores, esta pieza tendrá, como dice el informe de la casa, un precio de aproximadamente treinta millones de euros, pero deben saber que su valor es incalculable —dice con un temblor casi imperceptible en su voz.
Su rostro está rubicundo y resopla. El médico es Boris, pero a mí me parece que está sufriendo una crisis hipertensiva—.
Les aconsejo que lo dejen aquí, a buen recaudo, en nuestra caja fuerte Bugatti exclusiva robotizada, con todas las medidas de seguridad disponibles hasta que encontremos un comprador.
Además, este primer informe no es más que un estudio preliminar mínimo.
Es exactamente lo que Pável nos ha advertido. Se me eriza la piel al intuir que es el momento crucial.
—No nos interesa ven... —empieza Boris. ¡Qué terco es! Lo interrumpo y le echo una mirada de advertencia. Tiene que mantener la boca cerrada.
—Garantías, claro. ¿Pero cuál es la tarifa por dichas garantías?
—Cien dólares diarios por la custodia. Además, el valor del peritaje completo y tasación, por supuesto, que se cobraría íntegro en caso de que decidieran no cerrar la venta con nosotros.
—Nos acerca los folios de un contrato y una pluma Montblanc muy labrada con plumín de oro sobre la mesa de nogal mientras el cofre con el huevo sigue demasiado cerca de sus manos, justo encima del dossier—.
Calculo que tardaremos entre diez y quince días en realizar todas las pruebas.
Y no hay que olvidarse de las comisiones de venta.
Pero de eso hablaremos más adelante, si es que deciden quedarse con nosotros.
Y les recuerdo que deben saldar la factura de doce mil euros por el primer peritaje.
Estudio los papeles sin tocar la pluma y sin levantarlos del escritorio. Me da un retortijón al escuchar la cifra, aunque es justo lo que nos dijo Pável. Boris tuerce el gesto y se inclina hacia mí con la mano tapando su boca con discreción. Por supuesto, me habla en español.
—Tenemos que irnos, Loreto. Esto es justo lo que nos advirtió Pável. Este hombre es veneno.
—De acuerdo. Yo me encargo. Prepara el dinero. Ya.
Antes de que Maurice Roschard pueda reaccionar, empujo hacia él la pluma y el contrato y recupero el cofre con el huevo y el dossier en el mismo movimiento circular.
Con la rapidez de un crupier de casino y la habilidad de una pianista, los hago desaparecer dentro de mi bolso de Louis Vuitton al mismo tiempo que Boris deja el fajo de billetes sobre la mesa.
Le ofrezco mi mejor falsa sonrisa mientras me levanto.
No le ofrezco la mano. Me repugna demasiado.
—Muchas gracias por su ayuda. Nos pondremos en contacto con ustedes muy pronto. ¿Nos vamos? —Miro a Boris con los ojos muy abiertos y se levanta de la silla como accionado por un resorte.
—Nos vamos. Da svidániya! —dice Boris, que se alza en toda su imponente estatura. A Maurice Roschard parece que le va a dar una apoplejía—. Estudiaremos su propuesta. Spasibo!
Salimos apretando el paso, dejamos al franchute boquiabierto y no miramos atrás.