La ciudad imperial
Salimos más allá de las doce del hotel, tras un desayuno tardío.
Loreto parece una estrella de cine. Lleva un vestido blanco escotado que hace que mi atención se centre donde no debe.
Intenta distraerme, me hace preguntas sobre las estatuas y los monumentos, y yo intento corresponder aunque me cuesta.
A mí me ha obligado a vestirme de nuevo con traje, esta vez el gris perla.
La única ventaja que le veo es que puedo llevar mi Makarov y el cuchillo de manera disimulada bajo la americana.
Vuelvo a pensar como un soldado de élite.
Mi destino es volver a todo aquello de lo que quise escapar.
Recuerdo todo lo que dejé en suspenso en Chile.
Una vida que añoro: me pregunto si ya habrán operado al niño al que diagnostiqué de un osteosarcoma en el fémur.
Si Violeta, una de mis pacientes con reemplazo de cadera más anciana, estará ya jugando al golf.
Volver a casa ha sido doloroso y no puedo hacer más que esconderme y esperar.
Ni siquiera puedo cumplir con lo que he venido a hacer: acompañar a babushka. Menos mal que Loreto está conmigo.
—No sé qué habría hecho sin ti estos días.
Las palabras escapan de mis labios antes de que pueda pensarlas siquiera. Me arden las orejas. Aparto la mirada mientras ella ríe, con esa picardía desvergonzada que la caracteriza.
—Pues te habrías aburrido bastante —dice, sin tomarle el peso a mi confesión—. ¡Vamos! Llévame a conocer la ciudad.
Me desvía de mi hosquedad con pericia. Cada vez que intento encerrarme en mí mismo, ella me abre de par en par. Estoy perdido. Enamorado hasta las trancas.
Es lunes, de modo que el Hermitage está cerrado.
Nuestra próxima parada será la iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada.
Sonrío al ver su rostro de niña extasiado con la belleza de su construcción, con los colores brillantes de las cúpulas a la luz del sol y la profusión de mil y un detalles.
—La erigieron en honor al zar Alejandro II, que fue asesinado aquí mismo en un atentado —explico la historia que babushka me contó hace más de cuarenta años—.
En la Segunda Guerra Mundial, una bomba cayó justo ahí, en la cúpula más alta de la iglesia.
Milagrosamente, no explotó. La encontraron veinte años después durante unas labores de restauración y tuvieron que montar un complicado operativo para neutralizarla.
¿Entramos? Debes cubrirte la cabeza y los hombros.
No puedo dejar de mirarla. Saca del bolso un fular y se cubre con movimientos elegantes. Le ofrezco el brazo, pero pondría el mundo entero a sus pies.
Si el exterior sorprende, el interior es aún más espectacular. Ella da una vuelta sobre sí misma y sonríe.
—Es una de las colecciones de mosaicos más ricas y completas del mundo, ¿ves ese Cristo Pantocrátor? Es la creación más importante.
—Eres todo un experto —dice, sorprendida—. ¿Dónde has aprendido todo esto?
Yo me encojo de hombros y pienso en babushka.
—Mi abuela. Despertó mi curiosidad cuando era pequeño y vivíamos en Tyraspol.
Para un niño que se hacinaba en una habitación con su abuela, sus padres, una tía y dos primos, escuchar sobre los tesoros del Palacio de Invierno, el museo Hermitage o las iglesias era la mejor evasión —explico sin resentimiento alguno.
Era muy pobre, ahora no lo soy—. Cuando estaba en el colegio, devoraba libros sobre historia del arte ruso y convertí los cuentos de babushka en información.
Más tarde, pude hacerlo en la universidad, con asignaturas paralelas a Medicina.
Ella me mira, impresionada.
—Eres un hombre del renacimiento, ¿qué otros secretos escondes? —Recorremos las capillas disfrutando de las escenas religiosas y de la biografía del zar, conocido como «El libertador».
—Oh, ninguno. Soy un hombre muy prosaico.
Loreto se detiene y me mira fijamente. Sabe que miento. Que escondo más. Lo que le he ido contando solo ha sido una cuidadosa entrega dosificada de información.
—Recopilemos. ¿Qué sé realmente de ti? —Se detiene frente a una columna apartada y no resiste la tentación de deslizar los dedos sobre las teselas.
Nos arriesgamos a que nos llamen la atención—.
Sé que eres soviético, traumatólogo, militar, experto amante, heredero millonario, renacentista, viudo, traidor a la patria y buscado por el FSB. Nada mal.
—Oh. Sobre todo experto amante —digo en un susurro acercándome a ella. La beso en el cuello, quiero desviar el tema como sea—. Aunque no te he mostrado todo lo experto que puedo llegar a ser.
—¡Pero qué arrogancia! —replica con una carcajada. Objetivo cumplido, al menos por el momento.
Va a empezar la liturgia y nos marchamos, a ninguno de los dos nos apetece asistir, pese a que las voces masculinas del coro, que cantan a capela, resuenan en el interior abovedado con una gravedad casi hipnótica.
—Ahora, la catedral de Nuestra Señora de Kazán. Estamos a diez minutos de aquí.
Loreto aprecia la diferencia con el templo anterior. La columnata que emula San Pedro del Vaticano es majestuosa y severa.
—Impone. Da una sensación de seriedad, de austeridad dentro del canon ruso, claro —bromea, describiendo un arco con el brazo que abarca toda la construcción—. ¿La virgen de Kazán es uno de los iconos que llevas en tu coche?
—Así es. Me sorprende que te acuerdes.
—San Isaac, San Basilio y la Virgen de Kazán. Me acuerdo de todo lo tuyo, Boris. Hasta de tus cuentos de Pushkin —dice con una sonrisa en los labios pero con los ojos serios—. Así llegué hasta ti.
—Doy gracias a toda la corte de ángeles y santos del Cristo Redentor por ello—afirmo con pasión fervorosa. La estrecho entre mis brazos y la beso. Como un colegial, así estoy—. ¿Quieres entrar?
Asiente y recorremos el interior, quizá no tan esplendoroso como El Salvador, pero igualmente bello. Después, le ofrezco visitar la catedral de San Isaac.
—Si te digo la verdad, estoy un poco saturada. ¿Qué tal el Museo Fabergé? —pregunta mientras consulta una guía de la que no se separa—. Tengo curiosidad por ver de cerca más huevos.
—Perfecto. Y después te llevaré a cenar a un lugar especial. ¡Nada de quedarnos en el hotel!
—Vale, pero ¿cuánto más o menos hay que caminar?
—Unos veinte minutos —respondo, extrañado por la pregunta.
—Entonces...
Se apoya en mi brazo, se quita los zapatos de tacón y, balanceándolos en una mano, camina descalza por la acera en la dirección indicada.
—Eres una mujer extraordinaria, Lorenka.
—Lo sé —responde ella, con la sonrisa pícara y los ojos brillantes.
Sí. Es amor.