De amor y vodka Una espera tensa
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Una espera tensa

Pese a que juré y perjuré que no me subía a un taxi ni loca otra vez en San Petersburgo, lo de llevar en mi anular una sortija por valor de un millón de euros mientras camino por sus calles es más de lo que estoy dispuesta a arriesgar.

Llegamos a la habitación del hotel y me tiro en la cama, agotada y a la vez hiperactiva como cuando me tomo cuatro cafés después de una noche sin dormir.

—Lo sabía —digo con rotundidad—. Estaba segura de que era auténtico.

Boris se descalza, se quita la americana de tela ligera y se desprende del arnés. Todavía no me acostumbro a verlo portar armas. Le hago sitio y se tiende a mi lado.

—No sé, Lorenka. ¿De qué me sirve eso? De nada. No me voy a desprender de él.

—¡Treinta millones, Boris! —intento hacerle entender—. Yo mandaría a tomar viento el bufete, me iría con los niños a vivir a las Maldivas y montaría un bareto con techo de paja y sin ventanas para tener la excusa de beber piñas coladas todo el día. En bikini. ¡O en pelotas!

Lo hago reír por fin y me abraza, pero sigue un poco taciturno.

—Sigo pensando que es un Fauxbergé —murmura sobre mi pelo y me besa—. Una falsificación de buena calidad. Veremos lo que nos dice mañana el peritaje de Pável.

Capto su tono fastidiado y cambio de tema.

—¿Vamos a cenar?

—No. Mejor algo aquí, en la habitación.

Pedimos algo para picar y una botella de vino. Ya es de noche y la ciudad, desde la ventana, bulle de vida. Debería darme vergüenza no aprovechar que estoy a quince mil kilómetros de mi casa, pero no quiero moverme de la cama y sé que Boris prefiere no salir del hotel.

Mientras llega la cena, hacemos el amor una vez más.

No me canso de su cuerpo de coloso, de su boca masculina devorando mi sexo, de la manera en que mantiene los ojos entornados al hundirse en mí, porque dice que así no pierde detalle de mis reacciones.

Al principio me intimidaban un poco, ahora busco su mirada celeste con la mía como en una comunión especial.

Después de la intensidad que despliega en el sexo, me resulta llamativo verlo tan quieto. Lee los Cuentos de Eva Luna, con la sábana blanca enredada entre sus piernas.

Llega la cena y, mientras Boris retira las campanas de acero que cubren los platos, aprovecho para llamar a Carlitos Mario. Me ha mandado por lo menos diez correos que no pienso leer.

—¡Loreto! —contesta entre el alivio y el cabreo—. ¡Por fin te dignas, reina!

—Ay, Carlos Mario, ¡no seas dramático! —Me da un poco de frío y recupero del suelo la camisa de Boris. Me la pongo y él sonríe. Yo le guiño un ojo—. ¿Quién era el que me decía que debía desconectar en vacaciones y descansar?

—Se confirma nuestra apuesta, Álvaro Adams acaba de entregarme el documento en el que solicita la patria potestad de los niños.

—Por un momento, no sé de qué me está hablando.

Hago un esfuerzo. Mónica. Divorcio. Marido hijo de puta.

No quiere pagar—. Loreto, reina. Esto me queda muy grande. ¡Tienes que ayudarme!

—Dame un momento. Voy a mirar el mail y le echo un vistazo.

No he revisado el portátil desde que llegué a San Petersburgo. Prefiero no pensar en si le han metido mano también. Menos mal que no veo demasiado porno.

—Te digo que hay algo detrás —insiste, nervioso—. He citado a Mónica para comunicárselo.

—Sé que no hace falta que te lo diga, pero hazlo con suma delicadeza. —Joder. Acabo de abrir el documento y ahí está: quiere quitarle a los dos niños—. Pregúntale si tiene algún esqueleto en el armario que pueda jugar en su contra.

—¿Has leído el párrafo siete? «retirar a los niños de un ambiente adverso, dada la situación actual de la madre, con independencia de la situación económica» —lee en voz alta.

Lo veo yo también en la pantalla del ordenador—.

¿Situación actual de la madre? Hay algo aquí que no sabemos. ¿Podrías hablar tú con ella?

Cierro los ojos un par de segundos. Todavía no he dicho en el bufete dónde estoy.

—Carlitos Mario, que te ayude Andrés. Aquí son las once y media de la noche y no estoy en condiciones de ayudarte.

—Aquí ¿dónde? ¿Siete horas de diferencia? ¡Loreto! —interrumpe con tono histérico—. ¡Aristegui te va a matar!

—Estoy en San Petersburgo. Es una larga historia

—¡Estás con el ruso! Eres oficialmente mi ídola en esta vida —dice, sin rastro de su cabreo anterior—. Pero, por favor, querida. No quiero que una madre inocente pierda a sus hijos por culpa de mi inexperiencia. Y menos que unos niños caigan en manos de un cabrón.

—Joder —La culpa. Ha apelado a la culpa y me lanza un golpe bajo, como buen abogado que es—. Vale. Pásame a Andrés.

Escucho sus pasos rápidos sobre el entarimado del bufete y me doy cuenta de que parte de mí quisiera estar allí.

Lanzo una mirada a Boris, que me espera en silencio y preocupado, y fuerzo una sonrisa para hacerle saber que todo va bien.

Pero él sabe que no es así. Giro el anillo en mi anular a toda velocidad.

De un millón de euros. Ay, estoy distraída.

Hubiera preferido decírselo yo: Carlos Mario le acaba de soltar a mi socio que estoy en Rusia.

—¡Qué cojones! ¿En Rusia? ¡Loreto Morán!

—Hola, Andrés —contesto con sangre fría—. Yo también me alegro de saludarte.

—¡Se supone que estabas en Buenos Aires! —Suelta una diatriba que mezcla nuestros casos pendientes, varios insultos, la reunión con los alemanes, los juicios en los que ha tenido que sustituirme y mi nulo sentido de la responsabilidad—. ¿Cuándo demonios vas a volver?

—Mira, Andrés. No me voy de vacaciones desde mi divorcio con Julio.

Me he dejado la salud mental y física en el puto bufete desde que empecé a trabajar en él.

—Cojo aire e intento templar un poco mi tono—.

Lo único que te pido es que me cubras las espaldas dos semanas, como he hecho yo contigo cuando te has ido de caza a Ibiza o a Berlín.

¡Y ayuda a Carlos Mario con el caso que tiene entre manos!

Sabes que es bueno, solo necesita algo de apoyo y yo no puedo dárselo desde aquí.

—Tú y tus juicios de divorcio, Morán. Te lo he dicho: ¡deja de jugar en tercera división! Tengo entre manos cosas más importantes que ir de salvadora de causas perdidas. —Ay. Eso me ha dolido—. Que tu protegido se busque la vida. No pienso hacer de niñera.

—El abogado es Álvaro Adams.

Suelto el cebo y espero. Hace unos años, Andrés perdió el contrato con una importante naviera por culpa de su a veces ingenua honestidad. ¿El ganador? Adams. Todavía le escuece en el orgullo.

—Adams… —murmura entre dientes. Se lo piensa tan solo un par de segundos—. Muy bien. Dile a tu mocoso que me traiga una copia subrayada de todo el expediente con un resumen. Y tú vas a asistir a la reunión con los alemanes, ¡aunque sea por Zoom!

—Gracias, Andrés —alcanzo a decir con tonito irónico antes de que Carlos Mario se ponga al otro lado de la llamada.

—Mi reina, gracias. Lo tengo claro. Y ahora, ¿qué harías tú? —pregunta con tono desvalido.

Respiro. Profundo. Reprimo las ganas de coger un avión de vuelta a mi vida anterior. No. Me niego. Llevo posponiéndome hasta el último lugar de mi propia lista de prioridades desde que era una niña pequeña que buscaba siempre agradar a los demás. A la mierda.

—Tú querías llevar el caso, ¿verdad?

—Sí —dice con tono cargado de expectación.

—Carlitos Mario: esta es tu prueba de fuego —digo, convencida de que su olfato y sus ganas vencerán a sus miedos—. Sabes que Andrés y yo buscamos un socio junior para el bufete. ¿Quieres un puesto en el bufete? ¿Lo quieres? —insisto al ver que no contesta.

—Sí, claro.

—¡Pues gánatelo!

Boris me espera ante las campanas de plata. Me ha servido una copa de vino y brindamos por lo que vendrá. No habla mucho, la revelación de Pável lo ha dejado descolocado y está encerrado en sí mismo. No lo presiono. Sé que, cuando esté preparado, se abrirá.

Solo nos da tiempo a comer unos bocados cuando el timbre de otro teléfono nos interrumpe.

La tensión se eleva, Boris se queda inmóvil durante un par de segundos y su rostro muda a un gesto de alerta.

Posa el índice sobre sus labios; entiendo que no debo hablar, y el escalofrío que recorre mi columna vertebral cada vez que emerge la parte oscura de este viaje se apodera de mí.

Él saca un pequeño aparato del bolsillo del pantalón y contesta.

En ruso. No son buenas noticias. Me mira, cariacontecido.

Cuando corta la llamada, se sienta en la cama, abatido.

—Babushka ha empeorado. Tengo que volver a Pushkin.

—Vaya... Lo siento. —Lo abrazo desde atrás y lo beso en el cuello, quiero consolarlo, confortarlo—. ¿Quieres que nos marchemos ya o esperamos a mañana?

—No, no. Van a trasladarla a una residencia de ancianos. Debo esperar a que me digan dónde y cuándo estará instalada —dice con seriedad. Esconde la cara entre las manos y se frota con saña—. Odio esperar. Debería estar con ella.

No intento distraerlo con bromas ni busco frases hechas; sé de sobra que ante la impotencia de un médico que no puede salvar a los suyos no hay consuelo que valga.

Me siento a su lado en el borde de la cama, le aparto con suavidad las manos de la cara y lo obligo a mirarme.

Sus ojos celestes están vidriosos, despojados de cualquier coraza militar.

Lo rodeo con mis brazos y atraigo su cabeza hacia mi hombro.

Boris se tensa un instante, luchando contra su propio derrumbe, pero termina rindiéndose: hunde el rostro en el hueco de mi cuello y me abraza por la cintura con una fuerza desesperada, como si yo fuera lo único firme a lo que aferrarse en mitad del naufragio.

Noto el temblor contenido de ese cuerpo de coloso y el calor de su respiración entrecortada contra mi piel.

—Estoy aquí, Boris —le susurro al oído, acariciándole la nuca despacio—. Ya no estás solo en esto.

Nos dejamos caer de lado sobre la cama, vestidos, abrazados en un ovillo apretado mientras la cena se enfría sobre la mesa.

No hacen falta palabras ni promesas vacías.

Solo el latido pesado de su corazón golpeando contra mi pecho y mis dedos enredados en su nuca hasta que, mucho después, el cansancio acumulado le gana la batalla a la culpa y se queda profundamente dormido.

Me quedo despierta en la penumbra, velando su sueño y acariciándole la espalda, con la certeza de que las pocas horas de tregua que nos quedan se están consumiendo demasiado rápido.