De amor y vodka ​El otro Leningrado
66%

​El otro Leningrado

El otro Leningrado

A duras penas puedo seguir el paso rápido de Loreto por los adoquines. Tan solo he dormido un par de horas, justo después del amanecer. He pasado la noche desvelado, esperando la patada de algún agente del FSB derribando la puerta de la suite. No ha ocurrido. Ya ocurrirá.

Me siento igual que en las guardias interminables de veinticuatro horas: quirófano tras quirófano de pie, sobreviviendo a base de cafeína rancia, adrenalina y cortisol.

Tengo arenilla bajo los párpados. La boca seca, con un regusto metálico.

Mis reflejos son lentos, torpes. El aire pesa como plomo y me cuesta respirar.

Dejamos atrás la majestuosidad de Nevski y nos internamos en la ribera del canal de Gribóyedov. Loreto frena en seco para no pisar una mancha de grasa de motor, arruga la nariz con asco y se vuelve hacia mí con los brazos en jarras.

—Este sitio es... —le cuesta encontrar la palabra—. Asqueroso.

No digo nada porque tiene razón. Aquí la postal imperial se deshace como papel mojado.

El canal es una zanja verde de agua estancada donde flotan colillas, botellas de plástico y despojos.

Las fachadas neoclásicas, teñidas de un amarillo enfermizo, muestran grietas profundas que escupen cascotes; los soportales apestan a orina seca, yeso podrido y humedad.

—Recuerda que es un enfermo terminal —digo con una sonrisa torcida. Reprimo un bostezo mientras busco el número del portal que nos ha facilitado el sastre.

—Muerto viviente, querrás decir —corrige ella con tono mordaz.

—Lo que dices es más preciso de lo que crees, sladkaya. —Rodeo sus hombros y seguimos camino—. Nunca ha sido una ciudad para los vivos. Se construyó sobre pantanos a base de látigo, sangre y malaria, y los huesos de más de cien mil muertos se pudren bajo sus cimientos.

—Qué alentador.

El número que Misha garabateó en el reverso de la tarjeta nos lleva un par de cientos de metros más allá de la curva del canal, lejos de la sombra turística de Kazán.

Cuanto más avanzamos, más se degrada la piedra.

Señalo un arco de granito tosco, coronado por un farol con el cristal roto.

El número veintiséis apenas se distingue bajo capas de pintura descascarillada.

—Es aquí.

Me adelanto medio paso, cubriéndola con mi cuerpo por puro reflejo. Apoyo la mano derecha dentro del bolsillo de la americana y noto el perfil del acero bajo la tela nueva. El traje me tira ligeramente en las sisas; no está cortado para desenfundar con rapidez, pero es el precio del disfraz.

—Quédate detrás de mí —ordeno. Ella me responde con un mohín burlón, pero no protesta.

Cruzamos el túnel en penumbra. La temperatura cae tres grados de golpe, sustituida por una corriente helada y un hedor a tabaco negro, moho y orín de gato.

Salimos al interior de un dvor-kolodets, el clásico patio de las novelas de Dostoyevski: cuatro muros verticales de estuco ocre que se alzan a plomo hacia el cielo, cerrando el espacio como las paredes de un pozo.

Allá arriba, la luz del día apenas es una rendija gris.

En el suelo, charcos negros y un laberinto de cables eléctricos colgando entre las ventanas enrejadas.

Al fondo, bajando tres peldaños de granito desgastados por décadas de pisadas, una puerta de tablones reforzada con planchas de hierro oxidado parece tragarse la poca claridad.

—Desde luego, no parece una casa de subastas de lujo —ironiza Loreto en un susurro—. Hay que ver a los sitios que me traes.

El escaparate, con un cristal sucio cruzado por tiras de papel de periódico para tapar las grietas, muestra estanterías repletas de cachivaches: cascos de la Segunda Guerra Mundial, máscaras antigás, libros carcomidos y frascos de botica.

Tras el mostrador, dos cajas de caudales permanecen cerradas con candados pesados.

—Subastas. Empeños. Casa de cambio. Dólares. Oro —traduzco para ella, leyendo la placa de latón atornillada al mesón.

—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarles? —Un hombre de unos setenta años, enjuto y de mirada hosca, se retira la lupa del ojo derecho y deja sobre el tapete unas piedras sin tallar—. ¿Qué quieren?

—¿Habla español? —se adelanta ella, decidida a no quedarse fuera de juego—. ¿Inglés?

El hombre nos examina de arriba abajo y asiente. Guarda las piedras en una de las cajas de metal. Su inglés es áspero, con el golpe seco del acento de Moscú:

—Sí, los estaba esperando. Mi primo, Misha, me avisó. No se preocupen, estamos solos. Mi jefe estará fuera de la ciudad hasta mañana.

Le dejo las riendas a Loreto. Sigo pensando en la mirada del sastre al llamarme capitán; cualquiera podría reconocerme en esta ciudad, diez años no son nada. Ella sonríe con esa frialdad procesal que ya conozco bien.

—Buenas tardes. Soy la abogada Loreto Morán. Necesitamos una tasación preliminar con absoluta discreción.

—Pável —se presenta él, escueto—. Todo es posible. Por veinte mil rublos, al menos.

Estoy a punto de asentir, pero Loreto se me cruza.

—Ni hablar. Diez mil rublos ahora mismo por abrirnos la puerta y por las molestias. Y si lo que nos dice tiene rigor técnico, le pagaremos el resto. O lo toma o lo deja.

El viejo parpadea, desconcertado. Deja la lupa sobre el mostrador y rompe en una carcajada rota que termina en un ataque de tos seca.

—¡Ja! Me gusta esta mujer. Tiene instinto de usurera de Odesa. —Extiende la palma ennegrecida hacia ella—. Vengan esos rublos, abogada. Vamos a ver si lo que traes justifica tanto descaro.

Loreto cuenta los billetes con parsimonia y los deja caer sobre la madera. Luego, de su bolso, extrae el bulto envuelto en la tela negra de mi abuela.

El ambiente en el sótano cambia en cuanto el tejido se desliza y el cofre de madera queda expuesto bajo la luz del flexo.

Pável deja de sonreír. Ni siquiera parpadea cuando Loreto abre la caja y revela el huevo.

Se calza unos guantes de hilo blanco, coge una pinza acolchada y traslada la pieza a un plato de fieltro.

Pone en marcha la balanza electrónica y anota cifras en una libreta.

La sumerge en una probeta con agua destilada para medir el desplazamiento de volumen, aplica una microgota de ácido en la base y observa la reacción con el cuentahílos.

Loreto busca mi mano y le aprieto los dedos. El silencio es tan espeso que solo se escucha el goteo de una tubería en el techo.

—Dios todopoderoso... —musita el artesano—. No es latón. Es oro de veinticuatro quilates bajo el esmalte. La densidad es exacta... el peso específico no miente.

Con un destornillador fino, Pável tantea la delgadísima moldura que divide la pieza por la mitad. Presiona un resorte imperceptible y la cáscara cede con un chasquido suave.

El huevo se abre en dos mitades perfectas.

En su interior reposa la yema esférica, pulida en oro mate. Pável la gira sobre su propio eje y la esfera se despliega en bisagra para revelar la gallina: cincelada al detalle, con plumas superpuestas y dos diminutos rubíes en las cuencas de los ojos.

—¿Qué tenemos? —pregunto por fin. La espera me está destrozando los nervios.

—Silencio.

Con una pinza de punta fina toca aquí y allá, hasta que presiona un punto en la base de la cola. El lomo del ave se levanta sin resistencia.

Loreto contiene el aliento.

En el hueco interior descansa un aro de platino tachonado de brillantes. En el centro, sobre cuatro garras finas y rodeado por una orla de diamantes, arde un zafiro. Un azul terciopelo, profundo, que devora la luz y la devuelve encendida.

—Virgen santa... —musita Pável, santiguándose a la manera ortodoxa.

Acerca la lupa grande y su pulso vacila por primera vez—.

Es un zafiro birmano. Ocho o nueve quilates limpios, sin tratamiento térmico.

Y miren el punzón interior... miren esto.

—Bajo el cristal de aumento distingo dos letras microscópicas en cirílico: АН—.

August Holmström. El maestro de Fabergé para la corte de Alejandro III.

Levanta la cabeza, pálido.

—Faltan pruebas periciales para emitir un informe definitivo... pero esto…, ¡pondría la mano en el fuego! Es una de las piezas imperiales perdidas tras la Revolución. No es una antigüedad, muchachos; es un milagro histórico.

Siento como si me cayera una losa de hormigón sobre el pecho.

Apoyo las palmas en el borde del mostrador porque las piernas amenazan con fallarme.

Babushka decía la verdad. No eran desvaríos de una anciana senil.

Mi familia no pasó hambre por una quimera; murieron custodiando un imperio en una bolsa de trapos.

—Y, a falta de ese informe definitivo, de manera extraoficial... ¿de qué cifra hablamos? —pregunta Loreto, implacable. La abogada corporativa tomando el control.

—El zafiro solo rondará el millón de euros en cualquier subasta de Ginebra. Y la pieza completa... —Pável balbucea como si le costara pronunciarlo—. No es ningún secreto: el último huevo Fabergé se vendió por treinta millones de euros.

Loreto abre la boca sin emitir sonido y le pide que repita la cifra, pero a mí el dinero no me importa.

Sigo preso de una terrible dualidad: la fascinación de descubrir que mi familia custodió una herencia imperial con sus vidas y el horror al saber que, desprendiéndose de ella, podrían haberse salvado.

Me debato entre la admiración y la rabia.

Solo quiero sacar la herencia de mi abuela de aquí y respirar.

—Se acabó —digo, y mi voz suena tensa por la emoción. Saco la cartera y dejo los billetes restantes sobre el mostrador—. Gracias por su tiempo. Aquí tiene lo acordado. Nos vamos, Loreto. Ya tenemos lo que veníamos a buscar.

—¿Cómo que nos vamos? —salta ella con fuego en los ojos—. ¿Tú te estás escuchando, Boris? ¿Cómo coño pretendes sacar esto de Rusia?

La miro, aturdido por el agotamiento.

—En el bolso. Como hemos venido.

—¡En el bolso! —exclama, entre gestos de negación—.

En cuanto pongas ese bolso en la cinta de rayos X del aeropuerto de Púlkovo, la pantalla se va a iluminar como un puto arbolito de Navidad.

Te tirarán al suelo, te pondrán los grilletes y te acusarán de expolio del patrimonio estatal.

¡Irás directo a Siberia como contrabandista internacional, además de todo lo que ya tienes encima!

Pável nos observa discutir y pide que le traduzca. Yo le hago un resumen censurado esperando que se ponga de mi parte, pero asiente despacio y le da la razón a ella.

—Tu mujer piensa mejor que tú, muchacho. La aduana no deja salir ni una cubertería de plata sin permiso del Ministerio de Cultura. Si os cazan con esto, desaparecéis del mapa.

—¿Y qué salida tenemos? —pregunto. Estamos en un callejón sin salida.

—Necesitamos un informe pericial homologado —dispara Loreto con precisión quirúrgica—.

Un dossier técnico. Con los sellos de un marchante autorizado que certifique la autenticidad, declare su origen sucesorio y nos dé cobertura legal para sacarlo a través del consulado.

Un documento que nos permita subir a un avión sin que puedan acusarte de expolio.

—Yo no puedo salir de Rusia por un aeropuerto, Loreto —digo con frialdad—. Tendré que volver como he venido, por la frontera de Noruega.

—¿Y tú te crees que en Noruega vas a pasar así como así? ¡Necesitas un informe que valide su procedencia o te van a encerrar!

Aprieto los labios, obstinado, aunque sé que tiene razón.

—Yo puedo hacer el trabajo de campo —ofrece Pável en voz baja, sin apartar los ojos de la joya—.

Mediré las densidades, fotografiaré los punzones con el microscopio y redactaré el informe técnico esta noche.

Pero mi firma no tiene validez legal; solo soy un artesano.

El sello mercantil y la firma colegiada pertenecen a mi jefe, Maurice Roschard.

—¿Y Roschard colaborará? —inquiere Loreto con suspicacia.

Pável tuerce el gesto con desprecio.

—Roschard es un buitre. No ama el arte; ama el dinero sin importar su procedencia.

Si le traéis el huevo en frío, os impondrá un contrato de depósito en exclusiva para retener la pieza y hundiros en burocracia hasta que la perdáis.

Pero si yo le pongo delante el peritaje ya resuelto y vosotros pagáis sus honorarios comerciales en metálico, estampará su sello sin hacer demasiadas preguntas.

Loreto me mira, calibrando los riesgos.

—Eso significa que la pieza se queda aquí esta noche —dice en voz baja. El pánico procesal asoma en sus ojos—. Con él. En este sótano.

Miro a Pável. Sus manos sostienen la pinza con el cuidado con el que un cirujano sostiene un corazón abierto. Conozco a los hombres leales; los he visto en el frente. Pável no es un ladrón. Es el vestigio de un oficio que ya casi no existe.

—Se queda —decido.

Loreto toma aire para protestar, pero le sujeto el mentón con suavidad y le sostengo la mirada.

—Mijáil confía en él, Loreto. Y yo confío en Mijáil. No me ha vendido, eso está claro. Además, no tenemos otra salida.

El viejo recoge el huevo con cuidado y lo introduce en una caja fuerte empotrada tras un panel de madera, pero deja el anillo sobre el tapete.

—Llévense esto. Su valor histórico es incalculable; las sorpresas de los primeros huevos casi nunca sobrevivieron a la Revolución. Si la pieza resulta ser lo que creo... esta sortija no tiene precio.

Tomo la mano de Loreto y deslizo el aro en su anular. Le queda a medida.

—Volved mañana a las seis de la tarde —concluye Pável mientras gira la combinación de la caja con un chasquido metálico—. El informe estará listo. Que Dios os acompañe, muchachos. Porque si alguien en esta ciudad se entera de lo que hay aquí dentro, ni Él va a poder salvarnos.