De amor y vodka Ruido blanco
65%

Ruido blanco

No sé qué demonios le pasa a Boris. Se comporta como si estuviéramos en alerta nuclear, cosa que entiendo, pero ¿qué peligro puede haber en el hotel?

—Un momento, Lorenka. Déjame revisar la habitación —dice con voz de acero.

Yo suelto un suspiro resignado y me quito los tacones.

Estoy agotada. Contemplo desde el quicio de la puerta cómo comprueba las ventanas, inspecciona los marcos de cuadros y espejos, mira dentro de los armarios y debajo de la cama con un aparatito negro que no le había visto antes.

También revisa la mochila y comprueba que el cofre está sano y salvo.

—¿Para qué es eso?

—Para localizar micrófonos. Puedes entrar.

No sé para qué pregunto. En cuanto estamos dentro, cierra la puerta con llave y coloca el mecanismo de seguridad. Yo me lanzo sobre la cama y propongo pedir algo al servicio de habitaciones, pero tengo que repetírselo dos veces.

—¡Boris! —digo por fin, enfadada—. ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Es por el huevo?

—No, Loreto. Ven. Necesito contarte una cosa.

Lo sigo hasta el cuarto de baño y mi desconcierto aumenta cuando abre el grifo y comienza a hablar. Casi no distingo lo que dice.

—Tengo la dirección de un lugar donde pueden ayudarnos, pero creo que no te va a gustar.

—¿Por qué? ¿Qué demonios está pasando, Boris? —Intento cerrar el agua para escucharlo mejor, pero él me sujeta la mano y la deja correr.

—Es un lugar de San Petersburgo que nada tiene que ver con la avenida Nevski. Prefiero que no me acompañes...

—¿Estás loco? —interrumpo indignada—. ¡No me lo perdería por nada del mundo!

—Es peligroso. Todo esto es muy peligroso —desvaría. Camina de un lado a otro del cuarto de baño—. Deberías volver a Chile, Lorenka. Mañana a más tardar.

Está preocupado de verdad. Lleva todo el día actuando como si estuviéramos en una película de la guerra fría. Cierro el grifo otra vez. Él lo abre y me lanza una mirada de advertencia.

De acuerdo. Voy a probar otra cosa. Me alejo hasta el enorme habitáculo de la ducha y enciendo la cascada al máximo de presión.

—¿Puedo ahora cerrar el grifo?

Él asiente con la mandíbula tensa. Joder, por fin. Lo conduzco de la mano hasta la mampara de cristal. El agua ya está tibia y una tenue capa de vapor comienza a cubrir los azulejos.

—Primero, vamos a quitarte esto —digo en un intento de que se relaje.

Parece un bloque compacto de hormigón. Le quito la americana del traje.

Intento sacarle el horrible arnés y tiene que ayudarme.

Lo deja en el suelo—. Ahora la camisa. Déjame a mí.

—Comienza a desabrocharse los botones, pero yo le aparto las manos.

Descubro poco a poco las cicatrices de su torso y las beso.

No consigo mi propósito, pero no pienso rendirme—.

Vamos a darnos una ducha. Los dos la necesitamos.

Mientras él termina de desnudarse, me desprendo del vestido de verano y de la ropa interior. Frente a él, con calma deliberada, me quito la pinza del pelo y ahueco mi melena. He conseguido por fin fijar su atención en mí, aunque mantiene los puños apretados a ambos lados de su cuerpo.

—Lorenka, no entiendes. Es peligroso —repite obstinado—. No puedo permitirme bajar la guardia. No puedo permitir que te ocurra nada. No eres consciente de lo que puede pasar...

Ignoro sus protestas mientras compruebo que el agua tenga la temperatura perfecta, me meto bajo la cascada de la ducha y tiendo la mano hacia él.

—Vamos.

Hace un gesto exasperado, pero viene a mí. Cuando intenta decir algo, poso los dedos sobre sus labios.

—Date la vuelta.

Obedece y se apoya en la pared, agarrotado. Yo enjabono lentamente su espalda, dibujo la línea de sus músculos, hundo los dedos en los nudos de tensión, recorro sus cicatrices nacaradas.

—Lorenka... —dice con tono de advertencia. Se gira y veo que está preparado para mí. Alzo los brazos, pero él me sujeta con fuerza de las muñecas.

—Loreto, no es el momento.

—Nunca es el momento —murmuro y un destello fugaz de los últimos años atraviesa mis pensamientos.

Apoyo las palmas en su pecho húmedo, sintiendo el latido firme bajo las cicatrices, hasta que él cede y abre los dedos.

Me deja por fin acercarme a él y suelto un suspiro de satisfacción al apretar mis pechos contra su piel cálida.

El aroma es intoxicante, mezclado con la esencia lujosa del jabón del hotel.

Siento elevarse el deseo. El hambre que tengo de él.

Me abrazo a su cuello y me encaramo a su cuerpo. Rodeo su cintura con las piernas. Busco con mi sexo su erección y él jadea con el contacto. Sus ojos entornados solo son míos, pero siguen gritando alarma. Somos tres bajo el agua, ese peligro invisible, Boris y yo.

Nuestras bocas se buscan, primero suaves, después ávidas.

Me sostiene del trasero con una mano sin ningún esfuerzo, con la otra recorre mi piel con urgencia, pero los movimientos son acompasados.

El agua resbala entre nuestros cuerpos. Yo hundo los dedos en su pelo corto y áspero.

No tarda en abrirse paso dentro de mí y su aliento entrecortado en mi cuello inicia la caída al abismo.

Es adictivo y yo, insaciable. Una perfecta combinación.

Me hace llegar al orgasmo con un ritmo lento e infatigable y me deshago entre sus brazos.

Él necesita apoyarse en la pared de azulejos cuando lo alcanza poco después.

—¿Un poco mejor? —pregunto, traviesa, cuando recupero el aliento.

—Ah, Lorenka. Eres una peligrosa distracción.

—Boris, ahora en serio. ¿Qué pasó en la sastrería? ¿Qué es lo que no sé?

Nos abrazamos bajo la ducha. La cascada de agua es el escondite perfecto.

—Te has dado cuenta...

Solo le echo una mirada y él esboza una sonrisa por primera vez desde que llegamos al hotel.

—El sastre me ha reconocido. No tengo la seguridad de que el soborno cumpla su función. Si me delata, estoy perdido —dice en un susurro angustiado—. Deberíamos marcharnos de aquí. Llevamos demasiado tiempo en el mismo sitio.

—Boris, ese hombre es un anciano. La tienda era muy lujosa, pero tenía una capa de polvo de un centímetro.

No ha entrado ni una sola persona en todo el tiempo que estuvimos allí.

—Intento racionalizar sus temores, aunque noto que mi estómago vuelve a anudarse también—.

No creo que quiera ganarse problemas ahora.

¿Qué dice en esa tarjeta misteriosa que te dio?

—Eres demasiado inteligente para tu propia conveniencia, mujer —murmura entre dientes, aunque vuelve a sonreír—. Es la dirección de la que te hablaba. El canal de Gribóyedov no es un sitio muy recomendable. Desde luego, no de noche y menos para una mujer.

Pongo los ojos en blanco.

—Boris, vivo en Santiago de Chile. Hay encerronas, asaltos armados y delincuencia a punta de pistola a diario.

Hay bastante más peligro que en tu postal rusa.

No me asusta un callejón. —Es absurdo que me quiera dejar al margen—.

Además, ¿quién te va a ayudar a negociar?

¡No tienes ni idea! Esto no se trata de soltar billetes de cien dólares sin ton ni son.

—Así que también has visto eso... Estoy perdiendo facultades.

—Soy abogada corporativa. Lo mío son las finanzas, ¿recuerdas? Según mi socio, la mejor. Además… —Hago una pausa y me estrecho contra él, mimosa—. Estarás tú para protegerme. ¿Quién se va a enfrentar a ti? ¡Vamos!

Él suelta un gruñido, pero noto que lo he halagado. Tal vez, incluso lo he manipulado, pero no pienso perderme lo que pueda pasar.

—Si pasamos de esta noche, si esta noche no vienen a buscarme, podré estar más tranquilo —dice al fin. Parece bajar un escalón el grado de alerta—. Si así ocurre, mañana iremos a ver a Pável.