De amor y vodka Distintas alternativas
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Distintas alternativas

Quizá Loreto tenga razón. No lo sé. ¿Y si es en realidad uno de los huevos perdidos de los zares? Me río solo de pensarlo, pero es difícil no dejarse llevar por su entusiasmo.

Me he levantado descansado y lleno de energía esta mañana, después de una noche de sueño reparador a su lado, con la idea de mostrarle los secretos de la ciudad.

Ella, como es habitual, no ceja en su empeño.

Mientras se viste, sigue teorizando sobre la procedencia de mi reliquia falsa.

Es agotadora, ¿cómo parar a una fuerza de la naturaleza?

—Hay que buscar dónde está Christie´s, por ejemplo. ¡O Sotheby´s! He trabajado antes con ellos y son muy profesionales —dice con un brillo peligroso en los ojos, ese que advierte que nada ni nadie podrá detenerla, mientras teclea en su ordenador—. ¿Qué me dices?

—De acuerdo, Lorenka —murmuro, muy poco contento al comprobar que soy incapaz de negarle nada—. Pero babushka me lo ha dado con la idea de que lo conserve. ¿Para qué quiero saber si es falso o auténtico? Lo importante es el valor que tiene para ella. Y para mí.

Ella suelta un bufido exasperado y pone los ojos en blanco. Ah, gatita. ¿Por qué quieres agitar las aguas?

—¡No pierdes nada por preguntar! Eso sí, necesitas algo de ropa decente o pensarán que te has cargado a alguien para conseguirlo. Vamos de compras —dice con malicia al ver mi pantalón de camuflaje verde y mi camiseta negra ajustada—. Te hace mucha falta.

Caminamos hacia el centro. Ella da una vuelta sobre sí misma, extasiada ante la inmensidad del granito y la fachada turquesa del Palacio de Invierno.

Me pide que le saque unas fotos y yo busco los mejores ángulos.

A regañadientes, cedo a su deseo de que tengamos una juntos. ¿Estoy loco por ella? Lo estoy.

—Esto es apoteósico. Todo en Rusia lo hacen a lo grande —comenta mientras desplaza la mirada por los edificios y las amplias avenidas.

—Es por un complejo de inferioridad histórico, sladkaya.

Fuimos un imperio formidable y ahora solo quedan migajas —respondo con tristeza—.

Tenemos que demostrar que somos grandes, fuertes y valientes.

Rusia es como un enfermo terminal que se pone el uniforme de gala para disimular que se pudre por dentro.

Cuanto más frágiles somos, más altos construimos los palacios para que nadie se dé cuenta del miedo que escondemos.

Ella se vuelve y esboza una sonrisa irónica.

—¿Una vieja gloria que se niega a morir?

—Algo así.

Entramos en el centro comercial Passage y ella alza la mirada, sin palabras, al ver las galerías acristaladas del edificio decimonónico, pero la tregua no dura mucho.

—Esa tienda tiene buena pinta. Vamos —dice con determinación, arrastrándome de la mano hacia un escaparate de ropa masculina.

La sigo solo un par de pasos antes de frenarla.

No deberíamos estar aquí. Hay guardias de seguridad apostados en todos los pasillos; localizo uno a escasos metros, aunque está distraído y disimula bostezos de vez en cuando.

Me detengo y tiro de ella, que nada puede hacer contra mi fuerza. La encierro entre mis brazos.

—Lorenka, mido dos metros y peso ciento veinte kilos. ¿Crees que la ropa normal es para mí? Vamos a otro sitio.

Ella me mira con un mohín enfurruñado, pero cede por fin.

—Vale, pero ¡prohibidas las camisetas y los pantalones militares!

Yo solo río mientras la conduzco hacia la salida, aún sorprendido de que esta mujer esté a mi lado aquí, en San Petersburgo, y salimos del centro comercial.

—Nada de eso, ya verás. La sastrería a la que encargaba mis trajes a medida no está muy lejos.

Me detengo unos minutos después ante el escaparate elegante y sobrio del Atelier Mijáilov.

Una buena parte de la élite petersburguesa solía vestirse aquí.

Yo entre ellos. Me embarga un sentimiento de vergüenza al recordar que yo también lo hacía.

Cuando me sentía parte de algo grande, cuando despegó mi carrera médica y militar.

Cuando me engañaba con la ilusión de que manejaba mi propia vida.

El sastre inspecciona mi envergadura con ojo clínico. Mi talla es excepcional, pero no única, de modo que rescata varias piezas de la trastienda que pueden adaptarse sin desarmar el corte.

—¡Oh, que diferencia! —susurra Loreto al tiempo que abrocha los botones de la camisa recién adquirida y estira las solapas de un traje gris marengo sobre mi pecho—. No quiero verte con otra ropa nunca más.

Es el único traje que algún gigante como yo no volvió a recoger... o no ha podido pagar. Añadimos unos zapatos de cordones, de cuero lustroso y horma rígida, para completar el disfraz.

En un rincón, el sastre discute en voz baja con una anciana delgada de porte aristocrático. Lleva una cinta métrica colgada del cuello y un cojinete con alfileres de cabeza de perla en la muñeca. Yo reprimo una sonrisa al escuchar al estirado maestro llamarla Sonyechka después de tanta formalidad.

—La maestra costurera, Sofya Lvovna, me asegura que el resto de las prendas no tardarán más de una hora en estar listas, señor Morán —dice el sastre, mientras la mujer vuelve para reforzar con unas puntadas una costura algo floja.

Loreto, que curiosea entre los percheros, se ríe al reconocer su apellido entre las palabras rusas.

—Spasibo —digo cortés, y me apresuro en pedir la cuenta y pagar para marcharnos. Me ha parecido distinguir un brillo de reconocimiento en los ojos grisáceos del sastre y me invade la urgencia por abandonar el lugar—. Loreto, tenemos una hora de espera. ¿Qué quieres hacer?

Está claro que es una mujer de ideas fijas.

—Tenemos que darnos prisa. Según Google, Christie´s cierra en cuarenta minutos. ¡Vamos!

Casi me arrastra por el bulevar de Bolshaya Konyushennaya, la milla de oro de la ciudad.

No ha querido subir a un taxi, prefiere caminar por el paseo peatonal bajo la sombra de los tilos y disfrutar de las tiendas y el ritmo vibrante de los pequeños cafés.

Hacemos una parada estratégica en la vieja cafetería Pyshechnaya, un fósil soviético que ha sobrevivido intacto entre las boutiques de lujo.

Solía desayunar al salir de guardia en mis primeros años de residencia.

Compartimos una bolsa de papel llena de pyshki calientes, devorando los buñuelos azucarados con los dedos manchados como dos niños.

Cuando llegamos a la entrada de Christie´s, está cerrado. Desde hace tiempo, a juzgar por el cartel desvencijado de la entrada. Loreto suelta un gemido de desilusión.

—Y ahora, ¿qué hacemos?

—Un momento. —Busco a mi alrededor y la llevo hasta una pequeña caseta de estilo neoclásico—. Preguntaré aquí.

Intercambio un par de frases con el anciano que regenta el estanco. Agradezco su amabilidad dejando varios cientos de rublos de cambio tras comprar el periódico local.

—Mala suerte, Lorenka. Con las sanciones y la guerra, muchos de estos establecimientos están cerrados. —Reprimo una sonrisa al ver su gesto desilusionado—. Imagino que Sotheby´s o Tiffany´s lo estarán también.

—Pero Google decía...

—Google está desactualizado, sladkaya. San Petersburgo también está en guerra, aunque sea fácil olvidarlo.

Volvemos a la sastrería, esta vez con calma, discutiendo el próximo paso. Ella camina prendida de mi brazo mientras ofrece soluciones, pero ninguna es plausible.

—Y entonces, ¿qué? —dice, desalentada—. ¿Nos rendimos?

No le digo que todo esto ha sido en realidad idea suya. Yo solo me he dejado llevar como un tonto. Quizá dejarlo sea lo mejor.

De vuelta en el taller, Loreto me obliga a subir a la tarima para que me pruebe los trajes y las camisas otra vez.

El sastre y la costurera revisan cada detalle antes de dar su aprobación.

Yo no paro de darle vueltas al asunto que nos traemos entre manos.

¿Abandonamos la idea? Lo cierto es que ella ha logrado picar mi curiosidad. Nada perdemos con intentarlo.

—Estás imponente. No. Estás guapísimo —dice Loreto con una chispa de picardía en sus ojos—. ¿Volvemos al hotel?

Me contemplo en el espejo: parezco un diplomático extranjero o un directivo de Gazprom, pero no respondo a su invitación y doy gracias al cielo porque no habla ni una gota de ruso. Concentrado en lo que voy a hacer me acerco al hombre que envuelve las prendas en papel de seda.

—Aquí tiene, para saldar la cuenta —digo con aire distraído—. Y me gustaría hacerle una consulta.

Dejo, con ademán discreto, quinientos dólares en efectivo. Mi mano los cubre, pero no por completo. Permite ver lo mínimo para que él sepa lo que es. Su rostro palidece. En sus labios aparece un fino temblor. Sofya Lvovna se esfuma en la trastienda con la discreción de los viejos supervivientes.

—Ya ha pagado usted la cuenta, señor... —duda al ver que añado un par de cientos más. No los toca—. ¿Qué le gustaría saber?

—¿Podría mostrarme esos gemelos de plata? —Señalo una vitrina lateral.

—Por supuesto, señor. Son una bonita pieza de joyería.

Se pone unos guantes y deposita un par de estuches sobre el tapete de terciopelo. Yo no muestro ningún interés.

—¿Dónde podría encontrar algo así... pero más antiguo?

Su rostro muda en cautela y endurece la mirada. Se detiene en el gesto de abrir una de las cajas.

—Depende de lo que busque. Todos estos son de factura moderna, muy valiosos, pero nada especial. —Me estudia con educación profesional, aunque pequeñas gotas de sudor resbalan por su frente—. ¿Qué necesita exactamente?

—Oh, algo precioso y único. Digno de emperadores.

El silencio dura varios segundos. Él traga saliva. Miro hacia Loreto para darle un poco de espacio. Ella, entretenida, examina unos cinturones algo más lejos.

—Si busca joyas imperiales, tendrá que ir al museo —baja el tono de voz—. No están a la venta.

—No, no. Busco más bien quién pudiera tasar algo así y reconocer su valor... —dudo. ¿Cuánto más puedo decir sin exponernos?—. Alguien profesional y discreto. Que no haga preguntas. Alguien en quien se pueda confiar.

—¿No quiere enseñarle los gemelos a su esposa? Parece tener buen gusto —insinúa desviando la mirada hacia Loreto mientras levanta el auricular de un teléfono negro sobre el mostrador de nogal.

—Claro. Gracias por la sugerencia.

Me alejo hacia ella mientras lo escucho susurrar un par de frases en una llamada corta. He dejado el dinero a su alcance, es el peaje habitual por abrir ciertas puertas. Loreto entrecierra los ojos y me mira, suspicaz.

—¿Qué estás tramando?

—¿Qué te parecen? ¿Son un buen complemento? —intento desviar su atención.

Ella coge entre sus dedos los gemelos de plata. Son extravagantes. Demasiado recargados para mí y ella lo sabe. Arquea una ceja perfecta, dispuesta a despellejar mi dudoso gusto, cuando el sastre me llama.

—Señor Morán, creo que tengo lo que quiere. —Desliza una tarjeta del taller con una dirección escrita en el reverso. En el canal de Gribóyedov—. Pregunte por Pável, es de absoluta confianza. Él le ayudará.

Añado cien dólares más al montón que él todavía no ha tocado.

—Gracias, Mijáil. Por su profesionalidad... y discreción —recalco la última palabra mirándolo a los ojos. Él me devuelve una mirada limpia.

—Soy Misha, capitán. Jamás olvido el corte de mis clientes de la brigada.

Un terror helado asciende por mi columna vertebral. Me quedo inmóvil, el aire se atasca en mi garganta, cuando Loreto aparece como un soplo de aire fresco.

—¡No me ha convencido ninguno de los cinturones! Las hebillas son demasiado horteras —dice demoledora—. Mejor usas el negro sencillo que tienes en el hotel. ¿Nos vamos ya?

Salgo del taller cargando con las bolsas con los dientes apretados y un sudor frío que empapa la camisa nueva. Me ha reconocido. Si, después de diez años, vestido de civil, me ha identificado un anciano, ¿cuánto tiempo tengo antes de caer en las garras del FSB?