¿Verdadero o falso?
Es un alivio estar de vuelta en el hotel.
No sé cómo ha aguantado Boris la cazadora, aunque ahora sé que no era por el clima.
Las armas me dan miedo. Lo miro moverse por la habitación con esa cosa puesta como si fuera una prolongación de su cuerpo y me invade una sensación de irrealidad.
Además, acaba de contarme una historia un poco inverosímil sobre su abuela materna, los últimos zares y un tesoro imperial.
Todavía estoy procesando lo que me ha soltado sobre su pasado cuando me viene con estas.
La verdad es que lo miro con cara de cachondeo.
—¿No me crees? —Alza las cejas, algo picado—. Mira. Aquí tienes.
Saca de su mochila una bolsa de tela negra que huele a té un poco rancio. La abre y extrae de ella un precioso cofre de madera, repujado en plata, oro y esmalte guilloché con incrustaciones de nácar y marfil.
—Joder. Es precioso —susurro en voz baja.
—Ábrelo. El verdadero tesoro está en el interior —me anima.
A mí hasta me da miedo tocarlo, mientras que él lo maneja con despreocupación.
Incluso con cierta brusquedad. Tiene una llave minúscula que pende de una delicadísima cadenilla cuyos eslabones son casi indistinguibles.
La giro con cuidado y la cajita, seguramente accionada por un resorte, se abre con un chasquido metálico.
Los dos nos inclinamos a mirar en su interior.
Hay un huevo, presentado en un trípode con las patas labradas como si fueran de un ave.
—¿Es lo que creo que es? —El cachondeo se ha volatilizado. Esto es muy serio.
Lo cojo entre mis dedos con sumo cuidado.
Es de color blanco, partido a la mitad por una cinta de oro.
Su sencillez engaña, porque, cuando la luz incide en la superficie, se evidencia un minucioso grabado.
También es perceptible al tacto, una mínima rugosidad lo delata.
Lo giro un poco y cede con la precisión de la cerradura de un banco suizo.
Sobre el terciopelo del interior del cofre, dejo caer una diminuta gallinita, que, por el peso, diría que es de oro macizo.
Alzo los ojos hacia Boris con la boca abierta.
—Lo parece, sí. Lástima que sea falso —dice con tono resignado.
—¿Estás seguro? —Estudio con calma los detalles—. Parece auténtico.
Él me hace un gesto de incredulidad.
—¿Tú crees que mi querida babushka dice la verdad? ¿Que la misma zarina Alexandra le regaló ese tesoro a su madre? —Me mira, burlón—. Imagino que tan solo es una buena imitación, como tantas que se han hecho de los huevos imperiales. Aquí los llaman Fauxbergé y tienen sus propios coleccionistas.
Yo no estoy tan segura de que haya que tomárselo a la ligera.
Entiendo un poco de joyas. Sé que el oro se contrasta; no sé qué sistema usaban en la época de los zares, pero en la banda dorada hay un número casi imperceptible por el paso del tiempo: un «72».
Paso las yemas de los dedos por la superficie fría.
No es plástico. Es esmalte, y es increíble el parecido con la cáscara de un huevo de verdad.
—Mira el bordado del interior del cofre, y en la madera. ¿No es el águila bicéfala imperial? —señalo, incrédula—. ¿Y esas letras? ¿Cuáles son?
—КФ —contesta Boris de mala gana—. Ka y Efe.
—¡Joder! ¡Karl Fabergé!
—Quizá el cofre vale algo —reconoce a regañadientes—. Pero el huevo tiene que ser falso.
—Pero ¿por qué? —insisto. Cojo el huevo y lo giro muy cerca de los ojos para apreciar mejor los detalles. En la base del huevo, en la curva más ancha, hay un cuño microscópico: el perfil de una mujer con tocado exótico—. ¡Mira! ¿Por qué iba alguien a grabar algo así?
—Loreto, el Huevo de Gallina original, casi igual a este, está expuesto en un museo a dos kilómetros de este hotel —dice impaciente.
Se quita el arnés y deja la horrible pistola negra y el cuchillo encima de la mesa.
Yo los aparto con asco lejos de mí—. Búscalo en internet, lo compró un oligarca por una fortuna.
Es imposible que mi abuela tenga el original; esto es tan solo una buena copia.
—¡Aun así! El mismo Fabergé hizo réplicas para otras familias, ¿no? Variaciones. ¿Y si es una réplica imperial no catalogada?
Boris suelta una carcajada e intenta abrazarme, pero yo lo aparto. No le toma el peso a lo que podríamos tener aquí.
—El tráfico de falsificaciones es muy lucrativo, Lorenka. Y, aquí en San Petersburgo, más frecuente de lo que se quisiera —explica con una sonrisa un poco condescendiente—. Si no, que se lo pregunten a los del Hermitage. Tienen un grave problema con los traficantes de arte.
No me rindo. Sigo sosteniendo que es verdadero.
—Deberías valorarlo y tasarlo por especialistas.
—¡Ni muerto! —reacciona de manera desproporcionada—. Si lo llevo a cualquier museo, aunque sea una falsificación, me lo van a confiscar. Masha moriría de la pena.
—No en los museos, tonto. ¿Dónde se llevan las obras de arte de dudosa procedencia?
No es la primera vez que los bancos han recurrido a mí para realizar una asesoría jurídica, digamos que... prudente, de un bien obtenido en un embargo, una herencia o en una requisición.
Boris me mira con expresión interrogante.
—¿Dónde?
—Al tasador confidencial de una casa de subastas. Discreta. De lujo. Y cuanto más inaccesible, mejor que mejor.