De amor y vodka Confesiones y noches blancas #2
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Confesiones y noches blancas #2

Rodeo sus hombros con el brazo, me gusta cómo ella me abraza por la cintura y se estrecha contra mi costado. ¿Quién me lo iba a decir? Mariposas en el estómago a mis cincuenta años, además del cosquilleo que desciende hacia mi entrepierna. Loreto me ha despertado de un largo letargo.

Llegamos a la verja de hierro forjado y nos adentramos en el parque.

Los árboles y las fuentes amortiguan el calor de la tarde, que hoy no morirá.

Ella está intranquila, se revuelve, me mira.

Antes de que pierda la paciencia, debo darle algo de información.

Dosificada. No quiero espantarla de nuevo. Tampoco es seguro que sepa demasiado.

—¿Qué quieres saber?

Me mira un segundo, parece pensar. Yo espero, paciente. Sé que ha llegado el momento, pero su pregunta me sorprende.

—Tu amigo... el general...

—¿Strogoff?

—Habla español como si fuera un profesor de la Universidad de Chile. ¿Por qué?

Río, aliviado. Le muestro una de las fuentes más bellas del parque, pero ella me mira con insistencia.

—Sí, vivió en Chile algunos años. Estuvo destinado en la embajada rusa como agregado militar adjunto, durante el gobierno de Allende.

Tras el golpe de Estado, tuvieron que evacuar de emergencia.

—Intento interpretar su expresión, espero que no sea un tema delicado para ella.

También mi país de acogida tiene heridas abiertas—.

Nunca volvió, pero sí conservó buenos amigos y contactos importantes.

Gracias a él, pude solicitar asilo y recuperar mi vida.

—Y aquí llegamos al meollo de la cuestión. —Loreto se gira, alza su mirada, ¡qué pequeña y frágil es!, y me enfrenta—. ¿Por qué?

Trago saliva. ¿Por qué? Me lo he preguntado muchas veces. No soy inocente, tomé decisiones que son mi responsabilidad. Pero... ¿cuán diferente hubiera sido mi vida en otras circunstancias?

—Quieres saber por qué me buscan. —Ella asiente; le agradezco que, por una vez, se mantenga callada, si me interrumpe, perderé el valor—.

Loreto, soy un desertor del ejército ruso.

Un traidor a la patria. —Me detengo unos segundos y contemplo su rostro, inexpresivo por el momento.

Al menos no ha salido huyendo—. Tengo una orden de búsqueda y captura por traición, lo que equivale a estar condenado a muerte.

No aparecerá en los papeles, será extraoficial, pero esa es la verdad.

Estoy en la lista de los más buscados del servicio de inteligencia ruso, del FSB.

Lo suelto a bocajarro.

—Joder, Boris.

Mira alrededor y avanza unos pasos. Se lleva una mano al pecho, como si le faltara el aire.

—Lorenka, ¿estás bien?

—Creo que necesito sentarme. ¿Condenado a muerte?

Se acerca a uno de los bancos y se deja caer, abrumada. Yo me siento a su lado.

—No he vuelto a Rusia desde que me marché en 2014.

Cuando Ecaterina y Aleksander murieron...

Yo... simplemente no podía seguir. Rompí todos mis vínculos con el ejército.

Intenté retirarme por los cauces oficiales —me excuso por mi propia ambivalencia ante lo que hice—, pero no aceptaron mi renuncia.

Era un activo demasiado valioso para el país.

Yo ya no quería más muerte en mi conciencia y hui. Lo dejé todo atrás.

—¿Y qué te empujó a volver? ¿No estás en peligro?

—Estoy en peligro. Cada minuto que paso en Rusia aumentan las probabilidades de que alguien sepa quién soy, que salte el aviso por reconocimiento facial en una cámara de seguridad, un soplo...

—Enumerar las distintas opciones me recuerda que me estoy arriesgando demasiado—.

Es cierto que la guerra con Ucrania les da otras cosas en qué pensar, pero es cuestión de tiempo que me arresten.

No he tenido opción: mi abuela se muere.

Es la única familia que me queda. Y tenía que darme algo importante.

No dice nada. Su rostro está contraído en un gesto de angustia.

Vuelan en el aire, trasportados por una leve brisa, pequeñas motas blancas que vienen de los árboles.

Hay una luz cálida, tenue, que arranca destellos del contorno de Loreto, de los troncos de los abedules, de los bancos de madera.

Pasan los minutos, quiero que diga algo, lo que sea, y de pronto se echa a reír.

—Esa reacción no la esperaba —reconozco, un poco desconcertado.

Ella me mira, ríe de nuevo. Nerviosa, se cubre el rostro con las manos.

—Soy idiota.

—No lo eres.

—Lo soy —asegura con convicción—. Joder, creía que te habías ido por mi culpa. Por lo que te dije después de la noche que pasamos juntos —aclara, apartando la mirada.

Se sonroja. Ah, Lorenka. Tienes vergüenza.

—No. No fue ese el motivo —digo con una media sonrisa—. Pero no me vino mal alejarme de ti.

—Te hice daño. Lo siento. No debí huir así. —Me mira de nuevo, arrepentida—. Y menos cuando te sinceraste de manera tan brutal con respecto a tu mujer y a tu hijo. Lo siento. De verdad.

Me acaricia la mejilla con los dedos. Yo los atrapo, los aprieto un poco, los beso. Ya la he perdonado. Al verla anoche en esa celda, asustada, vulnerable y, aun así, llena de determinación, creo que me he enamorado como un tonto.

—No importa. Yo lo hago continuamente —confieso. Me encojo de hombros y le resto importancia a todo lo que está pasando. Tempus fugit. Mejor dársela a aquello que de verdad lo tiene.

—¿Qué cosa haces? —pregunta, curiosa.

—Huir de mí mismo. Es una terrible costumbre.

La reclamo en mi regazo y nos abrazamos, ahí, sentados en el banco. En el fondo, siempre he sido un romántico incurable.

—¿Qué llevas ahí? —Palpa el bulto del arnés que llevo a la espalda, bajo la chaqueta.

—Oh. Mi arma. Y el cuchillo de combate —informo con los labios apoyados en su frente. Ahora ya no tengo que mentir.

—Con el calor que hace... Tú sí que sabes cómo seducir a una chica —dice ella con tono sarcástico.

Nos quedamos en silencio durante un instante que, si fuera por mí, prolongaría toda la eternidad.

Cae la noche blanca en la ciudad, en la que atardecer y amanecer se mezclan en colores imposibles.

Pero ella rompe la burbuja—. Oye, ¿y qué es eso tan importante que tenía que darte tu abuela?

Compongo una expresión enigmática y me alegro en mi fuero interno de que la conversación tome estos derroteros. Le he dicho la verdad. Pero no la verdad completa.

—Mejor te lo muestro. Es demasiado largo de explicar.