De amor y vodka Confesiones y noches blancas
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Confesiones y noches blancas

Caminamos hasta la avenida Nevsky, la ciudad hierve en actividad.

Me impacta de nuevo la majestuosidad de los edificios, la amplitud de la plaza del Palacio, las calles anchas y ordenadas.

Y la cantidad de locales de comida rápida americana, porque parece haber uno en cada esquina.

Un extraño choque cultural en unos pocos cientos de metros de calle.

Necesito estar conectada de nuevo, así que entramos en una pequeña tienda de telefonía móvil.

Me dedico a curiosear los distintos aparatos electrónicos expuestos mientras Boris se encarga de hablar con la dependienta.

Frunzo la nariz al ver el modelo chino, muy compacto y de un plástico negro de aspecto barato.

—Solo necesito la tarjeta SIM —digo con mi móvil de última generación en la mano.

—No. Usarás este, Lorenka. Y solo para llamadas. —Abre la puerta de cristal y me retiene un momento del brazo cuando voy a salir—. Nada de conectarse a internet ni dar tus datos en ninguna web. El tuyo déjalo apagado en todo momento.

Escanea la calle, parece buscar algo y se lo toma con calma. No termina de relajarse y me pone a mí de los nervios.

—¿Todo esto es necesario? —Me doy cuenta de la estupidez de mi pregunta al recordar el ataque de ansiedad que he sufrido hace un rato. Otra prueba de que el sexo me produce amnesia temporal.

Él abre las manos y aprieta los labios en un gesto cargado de obviedad.

—Haz las llamadas que tengas que hacer a tus hijos desde este terminal nuevo, pero no se te ocurra encender tu iPhone ni meterle una SIM; ese aparato ya está fichado y en cuanto emita señal rastrearán dónde estamos.

—Pero ¿no te protege Strogoff? —El vacío vuelve a instalarse en mi estómago.

—Strogoff no es todo el ejército ruso. Ni es omnipotente.

Salimos a la calle y lo primero que hago es llamar a Inés, son siete horas de diferencia horaria, así que estará en el hospital.

—¿Se puede saber dónde te habías metido, Loreto? —El chillido de mi adorada hermanita me perfora los tímpanos y alejo el móvil de mi pobre oído derecho—. ¡Hace más de veinticuatro horas que no sabemos nada de ti! ¡Tu ex me ha llamado! ¡Tu jefe del bufete! ¡No puedes desaparecer así!

—¡Lo siento, lo siento, lo siento! —repito a toda velocidad y con tono contrito—. Se me ha estropeado el móvil y hasta hoy no he podido solucionarlo. ¡Ya me he encontrado con Boris! —digo para detener su diatriba sobre lo mala hermana que soy y lo loca que estoy.

—¿En serio? —Suelta otro grito agudo que hace que Boris se gire hacia mí, interrogante. Yo lo tranquilizo con un ademán—. ¿Estáis juntos? ¿Cómo ha sido? ¿Qué tal estáis?

—Todo bien. No te vas a creer cómo nos reencontramos. —Me apuesto un millón de dólares a que no lo adivinará jamás. Ganaría—. Ya te contaré cuando vuelva. ¿Por qué te llamaba Julio? ¿Los niños están bien? —La preocupación sustituye al vacío en mi estómago al pensar que pudiera pasarles algo.

—¡Sí, están bien! Solo quería localizarte para confirmar la fecha de tu regreso. Lo noté un poco sobrepasado.

Mi ansiedad se dispara al pensar que puedan notarlo Julito y Elena. Me entra la prisa por colgar. Inés se da cuenta y detiene su charla.

—Te escribiré un email todos los días para darte el parte, pero ahora voy a llamar a los niños. ¿De acuerdo? —No lo pienso, lo suelto—. Te quiero, hermanita. De verdad.

Ella se queda en silencio durante unos segundos al otro lado de la línea.

Normal. No soy precisamente la efusividad hecha persona en lo que afectos se refiere, pero tengo una repentina necesidad de dejárselo claro.

Me alivia que no haga ningún comentario al respecto y que lo acoja con naturalidad.

Inés es así. No me cuestiona, por muy chalada que esté.

—Yo también te quiero, Loreto. ¡No te olvides de dar señales de vida o me pondré frenética! ¡Y mándame una foto vuestra para enseñársela a Erik! ¡No se lo va a creer!

Suelto una carcajada. Es que es increíble.

—Te prometo que lo haré.

Marco el número de Julio. Se escucha de fondo el llanto de uno de los críos y pelear a Julio y a Elena. Cierro los ojos y navego a ciegas por la culpa, porque ahora no hay nada que pueda hacer.

—Hola, Loreto. ¿Estás bien? No he podido dar contigo —dice nervioso al contestar la llamada—. ¿Es verdad que estás en Rusia?

—Hola, Julio. Sí, lo siento. He tenido un problema con el móvil. —Ay, mierda—. Estoy en San Petersburgo.

Boris atrapa mi mano y me conduce por la ribera de uno de los canales del Nevá. Sopla una brisa marina que refresca el ambiente y me recuerda que estamos en verano.

—Vale. Okey. No quiero molestarte, es solo que... Bueno, a Julito se le ha roto la escayola. Todavía le faltan tres semanas —me lo cuenta con tono culpable, reacio a soltarlo—. Debería haber estado más pendiente.

—No te preocupes, Julio. Tiene trece años. Tiene que ser más responsable —lo freno, porque no tiene demasiada importancia—. ¿Lo has llevado a Urgencias?

—Sí, sí, claro. —Parece un poco desconcertado con mi respuesta—. Pero le han puesto solo media escayola y quería saber tu opinión. Antes era un yeso entero, ahora es medio, a lo largo del antebrazo, no sé si me entiendes.

Yo me quedo un poco atontada. ¿Mi opinión?

—Julio, no tengo ni idea. ¿Le has preguntado a Inés? Ella es pediatra.

—¡Joder, es verdad! No se me había ocurrido. Perdona, la llamaré otra vez.

Boris señala con el índice una dirección y a mí se me enciende una bombilla en la cabeza.

—Espera un minuto, Julio. —Pongo la mano sobre el micrófono del móvil—. ¡Boris! A Julio se le ha roto la escayola y le han puesto otra en Urgencias, pero que solo le cubre la mitad del brazo a lo largo. ¿Está bien o hay que ponerle otra vez yeso entero?

Él echa cuentas con los dedos y hace un gesto para quitarle importancia.

—No es problema. La fractura no estaba desplazada y ya han pasado más de tres semanas. Todo irá bien —me tranquiliza con una sonrisa reafirmadora—. ¡Pero dile que tiene alto riesgo de refracturarse si no se cuida!

—¡Genial! —Le doy un beso en los labios y vuelvo a la llamada—. Julio, no te preoc...

—Vale, lo tengo. No hay problema con la media escayola y que tenga más cuidado. Gracias, Loreto.

Hostia puta.

Miro el móvil nuevo, porque claramente no he tapado el micrófono.

—¿Loreto?

—Perdona, Julio. No quería que te enteraras así —digo y me arrepiento al nanosegundo porque no tengo por qué darle ningún tipo de explicaciones. Bueno, en realidad, sí. Hay una pequeña diferencia entre una excursión a Buenos Aires y un viaje a San Petersburgo.

—No pasa nada. Perdona por molestarte por esto y disfrutad del viaje. ¿Quieres que te pase a los niños?

—Sí, sí. Gracias. Vale.

—¡Mamá! ¡Hola! ¿Es bonito Rusia? ¿Hay nieve como aquí?

La felicidad por escuchar la voz aguda e infantil de Elena me pilla por sorpresa. No sé ni qué le contesto, porque, además, todavía sigo procesando la reacción de Julio. Civilizada. Amable. Llena de madurez. Le mando mil besos y abrazos, que se lo pase bien, que disfrute.

—Mamá, que estoy bien. Que el brazo lo tengo casi curado, me hicieron otra radiografía en Urgencias —informa Julito. Casi no reconozco su voz de adolescente en tránsito. Yo me echo a reír con ganas—. ¿Estás con Boris?

—Sí, cariño. Estoy con él ahora mismo. —Alzo la mirada hasta conectar con la suya. Él se queda quieto, expectante.

—Dile que tiene que volver a firmarme la escayola, ¡la otra quedó hecha polvo! —me cuenta Julito muerto de la risa y a la vez un poco culpable—. Prometo tener más cuidado. ¡Te dejo, que me voy a casa de Marcos!

Cuelga la llamada y yo me quedo en trance durante unos segundos.

Miro la duración. Siete minutos. Y en tan poco tiempo han cambiado un millón de cosas en mi vida.

Ha saltado todo por los aires, y sin embargo, yo siento como si se alinearan los astros.

No sé si es el hombre, pero me apetece mucho recorrer con él esta parte de mi camino. ¿Más adelante? Estoy abierta a todo.

—Inés dice que le mandemos una foto como prueba de que estamos juntos.

Él suelta una carcajada y me abraza, pero yo lo aparto un poco.

—Y dice Julito que tienes que firmarle la escayola. La otra se le ha roto.

—Oh. Claro.

Encierra mi rostro entre sus manos, acaricia mis pómulos con los pulgares y me besa. Yo lo empujo de nuevo con suavidad.

—Y dice mi ex que perdón por molestar por esto y que disfrutemos del viaje.

—Vaya. Dale las gracias. —La sonrisa no le cabe en la cara—. Qué considerado.

Sigo manteniendo las distancias con las manos apoyadas en su pecho pese a su insistencia por estrecharme entre sus brazos.

—Te das cuenta, ¿no? Voy muy en serio —digo con toda la solemnidad que puedo reunir teniendo en cuenta de que lo digo con la cara tensa por la felicidad—. Por si no te había quedado claro al verme aquí.

—Todavía no termino de creérmelo. Te miro y pienso que estoy soñando. Tengo que tocarte para saber que es verdad. —Vuelve a envolverme entre sus brazos y yo me siento como la mujer más venerada de todo el universo—. No entiendo cómo. Es un milagro.

—Sí, sí, sí, capitán doctor. —Lo freno en seco. He descubierto que es experto en desviar conflictos—. Pero me debes unas cuantas explicaciones. Y aquí no hay micrófonos, así que empieza a confesar.

Loreto tiene razón. No puedo seguir con evasivas, pero tengo miedo por su reacción, esa es la verdad. La última vez que le mostré mi pasado salió huyendo. ¿Qué hará si le cuento todo lo que escondo? Me odiará. Peor. Me despreciará.

La miro y está impaciente, algo enfadada. Sonrío al pensar en sus emociones: es energía, determinación e inteligencia. En algún momento tendrá que saberlo, y ahora parece ser una buena ocasión para retribuir todos sus esfuerzos con la verdad.

¿Dónde llevarla? Pienso en el Hermitage, pero también estará plagado de vigilancia. A algún lugar al aire libre, no demasiado concurrido.

—Estamos muy cerca del Jardín de Verano. Te gustará.

Ella va a protestar, pero una pareja de la policía militar camina despreocupada por la acera en nuestra dirección y cazo el destello de temor en sus ojos.

—Vale. Vamos.