Desayuno vodka y sexo
Mi dragón sigue dormido. Ronca con suavidad. Me pregunto si es por su nariz rota, tiene el tabique un poco torcido. Tengo que preguntarle cómo fue.
Entre otras muchas cosas, claro.
Esta vez no se va a escapar por la tangente ni va a quitarle importancia a lo ocurrido.
Me tomo mi tiempo en el cuarto de baño, necesito ordenar mis ideas.
Ayer fue un día totalmente surrealista y tengo la sensación, como siempre con Boris, de vivir semanas en apenas unas horas.
El baño es apoteósico. Una fantasía en blanco y oro hasta en las toallas.
Ostentoso es quedarme corta. Y, desde luego, no hay mosquitos ni cucarachas.
Me queda claro que el primer día también me tomaron un poco el pelo.
Intento una y otra vez relativizar el hecho de que ayer estuve retenida contra mi voluntad durante un montón de horas y que el motivo está ahora mismo en la cama de hotel de tamaño superqueen.
Me ha encantado dormir con Boris, solo piel y nada de sexo, aunque de pronto me entran ganas de zarandearlo, darle esas bofetadas con la mano abierta que acumulan ganas desde que llegué a San Petersburgo y exigirle unas cuantas explicaciones.
Me reprimo. He sido yo quien se ha buscado todo esto.
Empiezo a entender que el hermetismo de su silencio estaba destinado a protegerlo a él y también a mí.
El largo baño de espuma no logra apaciguarme, pero al menos me siento limpia y dos toallas esponjosas envuelven mi pelo y mi piel.
Ahora, mi móvil. Abro la mochila y compruebo que mis pertenencias están ordenadas con suma pulcritud.
O sea, que lo han toqueteado todo. Hasta mi bala vibradora.
Saco el iPhone y compruebo que ya no tiene la carcasa protectora.
Está impecable. Sospechosamente limpio. Sin ninguna huella.
El cargador tiene el cable recogido con una pequeña brida de plástico.
Debería estar muerto y tiene la carga casi completa.
Joder. Al encenderlo, no me pide el código de inicio, el reconocimiento facial está desactivado y ya no tiene la tarjeta SIM.
—¡Putos locos de mierda! —mascullo de muy mal humor. No tengo nada que esconder, pero en el móvil está toda mi vida. Mi ansiedad se dispara un par de puntos más.
—Buenos días, Lorenka —dice Boris con tono precavido, todavía somnoliento—. ¿Está todo bien?
Cierro los ojos, intento contenerme, pero me inunda el miedo.
—No. No está todo bien. ¡Me han hackeado el puto móvil!
—Empiezo a hiperventilar. ¿Habrán hecho un volcado forense?
—. En este puñetero aparato están las fotos de mis hijos, todos mis datos económicos, la correspondencia confidencial con mis clientes.
—Un vacío se instala en mi estómago al ponderar el alcance de perder toda esa información y de que caiga en manos aviesas—.
Necesito hablar con mis hijos. Necesito hablar con Inés.
Y con mi socio en el bufete. —Me estoy mareando.
Toda la inmensa labor de contención que llevo ejerciendo desde ayer se va a la mierda y me merezco mi crisis nerviosa.
La enormidad de todo lo que tuve que soportar me arrolla como un maremoto.
Intento moverme y pierdo un poco el equilibrio—. Creo... creo que voy a vomitar.
Se me nubla la vista. Una bocanada de bilis asciende por mi garganta y no puedo contener las náuseas.
Las rodillas me fallan y me tambaleo. De pronto, unos brazos fuertes me sostienen como a una muñeca de trapo.
Me rindo al llanto por fin, su contacto me calma.
Me permite soltar. Me siento segura. Protegida. Y muy muy cabreada.
—Ssshhh... Ya pasó. Pasó todo, Lorenka —murmura Boris sobre mi pelo. Me siento diminuta enterrada en su pecho y nos quedamos así, abrazados, durante un buen rato—. Eres muy valiente. Ven.
Me sienta en la cama, con delicadeza. Me resisto a soltarlo cuando se aparta.
—No te vayas —murmuro. Joder, soy patética. Sorbo los mocos y todo.
—No me voy. Es solo un momento.
Abre el minibar y coge dos botellitas. Las vacía en unos vasos de cristal labrado.
—Joder, Boris. ¡Que son las once de la mañana! —me río entre lágrimas.
—Ah, una hora como otra cualquiera para recuperar la templanza, sladkaya.
Bebe. —Me ofrece un vaso, choca el suyo contra el mío y después lo alza—.
Za Vashe Zdorovye, Lorenka! Brindo por ti.
Porque eres una mujer extraordinaria —repite, y se baja la mitad del suyo de un solo trago—.
¡Bebe! El vodka es más útil de lo que crees.
Bebo. Un par de sorbos. El alcohol es tan fuerte que mi cuerpo sufre una tiritona y jadeo. La boca me arde y mi estómago se queja al recibirlo sin nada sólido dentro. Pero es reconfortante y poco a poco recupero el dominio sobre mí misma. Me termino lo que queda de golpe.
—Eso es. Ni una gota debe desperdiciarse. ¿Mejor?
Asiento.
—Mejor.
De hecho, mucho mejor. El vodka me calienta el cuerpo en más de un sentido.
El hecho de que Boris esté desnudo frente a mí, con la seguridad desprendida de quien no tiene complejo alguno, contribuye al calor.
Me seco un poco la melena con la toalla y la dejo sobre la cama.
No he dejado de comérmelo con los ojos y la caricia de mi mirada surte efecto.
Su miembro comienza a desperezarse. Yo me humedezco los labios.
Me pongo de pie y dejo caer la otra toalla al suelo.
—Ven.
No necesito decir nada más. Lo empujo hasta tumbarlo y me tiendo a su lado. Empiezo con un beso en la frente, la punta de la nariz y él sonríe.
—Me gusta despertar así. Podría acostumbrarme —dice, entregado.
No contesto, solo le lanzo una mirada divertida y sigo mi camino.
La boca, me entretengo con sus labios, pero cuando quiere aumentar la intensidad del contacto, me alejo.
Muerdo su barbilla, hundo mi rostro en su cuello, lamo las cicatrices de su pecho y dibujo su abdomen marcado.
Su erección ya está endurecida, engrosada, la meto en mi boca y lo engullo.
Lo torturo. Lo calmo. Boris emite una frase ininteligible. Sus manos se enredan en mi pelo.
—Detente, Sladkaya —ruega tras unos minutos.
Entonces cabalgo sobre él, ahora me toca a mí. Él me sostiene de las caderas, me observa en silencio, con la respiración agitada. Sus labios entreabiertos son tentación. Espera a que yo tome la iniciativa y le indique cómo seguir. Me inclino sobre su rostro y lo beso. Es mío, joder. Y merezco esto.
—Tócame —ordeno, ansiosa. No me hace esperar.
Desliza sus enormes manos por mis costados y las curva sobre mis pechos.
Roza mis pezones, me provoca. Después aprieta.
Con fuerza. Suelto un jadeo y entrelazo mis dedos con los suyos.
Y empiezo a moverme sobre su erección, cimbreando las caderas, buscando mi placer y elevando el suyo.
Cierro los ojos y me dejo llevar por la cabalgata.
Dudo mucho que haya algo más efectivo para el borrado mental selectivo que el sexo.
—Oh, Boris...
Sus manos me recorren, me dibujan y me amasan.
Y mi cuerpo es dúctil, cambia de forma, se distorsiona en puro deleite.
Soy arcilla húmeda y él me moldea pese a que soy yo quien marca los tiempos.
Abro los ojos y ahí está su mirada clara, siempre atenta a mis deseos.
Esboza una sonrisa tenue y, sin previo aviso, me gira y se coloca sobre mí, entre mis piernas.
—¡Eh! —rezongo sin convicción cuando me releva en el mando.
—Déjame a mí, Lorenka.
Es todo. Las palabras. El tono grave de su voz.
Cómo lo susurra sobre mis labios y lo sella después con un beso en el que mezcla ternura y lascivia.
Busca mi interior con los dedos, me abre, me acaricia, me dilata.
Me retuerzo en placer, placada contra la cama, aplastada por su peso, fundidos en piel y sudor.
Me penetra, muy profundo y, por un instante, me maravilla la manera perfecta en la que encajan nuestros cuerpos.
Después, no puedo pensar. Me aferro a su espalda con desesperación, necesito un asidero para detener la caída al vacío, pero sus embestidas me desarman, me desintegran, me matan.
Son casi las dos de la tarde cuando despierto y tengo un hambre atroz. Él lee a mi lado los Cuentos de Eva Luna. Vaya.
—¿Te los has traído hasta aquí?
Me hace una ilusión desmedida, lo reconozco. Lo abrazo por la espalda y beso su hombro.
—No hay mejor compañero de viaje que un libro. —Lo alza con expresión crítica y sonríe—. Me gusta. Te encuentro en las historias. Gracias.
Le doy una palmada como respuesta en ese culo cincelado en mármol que tiene.
—Vamos a desayunar. O a comer, mejor dicho. Tenemos mucho de qué hablar.
Él rezonga como un niño, pero en media hora estamos en el vasto comedor del hotel, tan ostentoso como las habitaciones, con sus arañas de cristal, paredes con filigranas doradas y camareros con levita. Me siento en otro tiempo.
Dejo que él pida la comida. Un desayuno completo, fuera de hora, como cortesía para la suite presidencial. En cuanto el camarero se marcha, cruzo las manos sobre la mesa y clavo los ojos en él.
—Muy bien, capitán doctor —recalco las palabras con cierta malicia. Su rostro se torna serio, y eso está bien. Que le tome el peso a todo este asunto—. Empieza a largar.
—¿Largar? No te entiendo.
—No te hagas el tonto conmigo, Boris. Empieza por contarme por qué te buscan. —Se lo pongo fácil, porque empiezo a sospechar que algo muy gordo pasa con el candidato que postula al cargo de «hombre de mi vida»—. He llegado hasta aquí, creo que me lo merezco. Y no me vengas con evasivas.
Pese a la hora, nos sirven café en una vajilla de plata reluciente y porcelana rococó. Pero lo que más me gusta es una torre de tres pisos con unos delicados bombones con todo tipo de coberturas. Casi da pena comérselos, pero cierro los ojos en éxtasis al meterme uno en la boca.
Boris emite una sonrisa casi imperceptible.
—Qué boquita tan versátil...
Me río también. Lo dice porque, hace un rato, lo que me metía en la boca era algo muy distinto.
—No te vayas por las ramas. Desembucha.
—Antes de que conteste, dime algo.
Lo odio. Vuelven a subir las acciones de la sarta de tortas.
—¡Boris!
—¿Has preguntado por mí en algún otro lugar? —interrumpe mi queja—. ¿En el aeropuerto? ¿Aquí en el hotel?
—No. Imaginaba que sería más fácil localizarte en Pushkin.
—Es increíble que te hayas acordado del pueblo.
—¡No te desvíes del tema!
Él suelta un suspiro exagerado y mira al techo. Yo me cruzo de brazos, no pienso ceder.
—Muy bien. Tú lo has querido. Pero no aquí. —Lanza una mirada circular y baja la voz—. Esto tiene que estar plagado de micrófonos y cámaras. Terminemos de comer y demos un paseo.
Acepto el plan porque empiezan a llegar a la mesa huevos revueltos con salchichas y tocino, tostadas, fruta fresca, zumo de naranja, de frambuesa y de piña, panecillos dulces, un plato con salmón ahumado, unos pequeños cuencos con caviar de varias clases.
Se me hace la boca agua y sonrío al ver que Boris estira los dedos como si calentara antes de tocar un piano o empezar una cirugía, y pone con ceremonia la servilleta de tela sobre sus muslos.
—¿Todos los desayunos rusos son así? —pregunto alucinada. Ahora nos ponen una cesta de cruasanes dignos de París.
—Todos los desayunos conmigo, sladkaya. Come. ¡Come! Nos espera un día duro.
No me lo tiene que decir dos veces, estoy famélica.
Mi última comida, si es que a eso se le puede llamar comida, fue la pasta de borsch que me dieron en el centro penitenciario, así que me abalanzo sobre el pan y los huevos.
Alucino cuando, al acabar, los camareros nos ofrecen algo que resulta ser un chupito de vodka.
¿No dicen que donde fueres, haz lo que vieres?
Chupito para dentro. Empiezo a cogerle el tranquillo a esto.
—Za Vashe Zdórovye! Lorenka. ¿Otro? —sonríe, travieso.
—No tientes a tu suerte. Vamos ya.