Visitante nocturno
Masha pasa las noches sumida en un sueño profundo debido a la medicación.
Antes dormía en el sofá, más cerca de ella.
Ahora lo hago en la cama de la habitación contigua, donde descanso algo mejor.
La casa parece estar sumergida en una espera armada del desenlace que llegará más pronto que tarde.
Babushka está cada vez más obnubilada. Las tinieblas y la desorientación superan con creces los momentos de lucidez.
Ella lo repite entre delirios: «Me queda poco tiempo».
Yo también tengo la certeza de que así es.
Leo un poco para invocar el sueño y me quedo dormido.
Unos golpes secos en la puerta me despiertan sin piedad.
Mi reloj marca las tres y cinco de la mañana y la adrenalina inunda mi torrente sanguíneo.
Extraigo mi cuchillo de combate especial oculto bajo la almohada y mantengo un dedo sobre el disparador de la hoja.
No me he atrevido a sacar la pistola, que sigue en la mochila, pero en caso de amenaza, el cuchillo es igualmente mortal.
Los golpes secos se repiten y yo, replicando los movimientos aprendidos de la disciplina Systema, espero junto a la puerta sin hacer ningún ruido.
—¡Capitán Radchenko! ¡Soy yo, Tatiana Ivanovna! ¡Abra la puerta! —sisea la sargento con impaciencia.
Dejo caer mis alarmas para dar paso a la sorpresa por el trato oficial. ¿Cómo conoce mi antiguo rango y mi apellido? Abro la puerta.
—¿Sargento Záitzeva? ¿Qué demonios está haciendo aquí?
—Vístase. Rápido. Han levantado la liebre. —Entra en la casa y espera con impaciencia lanzando miradas preocupadas por la ventana. Reúne mis pertenencias con rapidez—. El general Strogoff está intentando contener los daños, pero debe acompañarme sin demora.
La mujer que cuida de Masha por las noches se asoma, soñolienta. Tatiana la despacha con un ademán amenazador de vuelta a la habitación. Un sudor frío perla mi espalda. Ya no es seguro que me quede en la casa de babushka. Tengo que salir de aquí.
—¿Qué ha ocurrido?
—No lo sé con seguridad. Póngase esto.
Me alarga una visera negra y una cazadora. Hace calor, pero me la abrocho igualmente y alzo las solapas para cubrir mi rostro. Tatiana no lo ha visto, pero me las he arreglado para ocultar el cuchillo en mi espalda. La pistola sigue en la mochila que ella misma coge con prisas.
—¿Qué pasará con Masha? —dudo justo en el quicio de la puerta y lanzo una mirada hacia mi abuela, que duerme serena.
—No te preocupes por ella. Yo te llevaré al cuartel y después regresaré aquí. He recibido órdenes muy precisas —me tranquiliza Tatiana—. Vamos. Te esperan y no podemos tardar.
El trayecto hasta el centro de formación de actividades penitenciarias de Pushkin es corto, y lo hacemos en silencio. Solo se escucha el rugido del motor diésel del jeep. Tatiana espera a que abran la barrera y rodea el edificio hasta detenerse en la parte trasera. Yo hago el amago de bajarme.
—Un momento. Ya saben que estamos aquí. El cabo Sergiev vendrá a buscarlo. —Yo respiro profundo. No me gusta recibir instrucciones de soldados con menor rango, pero recuerdo con amargura que yo estoy despojado de cualquier mérito—. Solo así sabremos que es seguro que entres ahí.
No es ninguna tontería lo que dice Tatiana.
Si me descubren y me detienen, tengo meridianamente claro que no lograré salir de Rusia.
Ni siquiera tengo claro si conservaré la vida o si me está reservada la bala.
Tal vez Siberia me espere. Nada me importa.
Quizá sea lo mejor: llevo viviendo a crédito desde los bombardeos de 2014 en Lugansk, donde debería haber muerto.
El cabo que me recibió al llegar a Pushkin, reconocible por su extrema delgadez y su enorme estatura, me hace una señal con la cabeza para que lo siga al interior del edificio.
Yo me bajo del coche y, por primera vez, me pregunto si no será todo una trampa.
No me queda otra que confiar, una vez más, en la mención de mi superior y amigo, el general Strogoff.
Sigo al soldado por el pasillo oscuro y me conduce hacia una zona de celdas.
«Confía, Boris. Confía», repito en una letanía.
Pero llevo una mano a mi espalda y rozo con los dedos el mango del cuchillo.
Me envuelve una intensa sensación de serenidad cuando veo que abre la reja de la última celda y se aparta para dejarme pasar.
Estoy atrapado. Desde que pisé suelo ruso sabía que terminaría así.
No soy fatalista, solo asumo la realidad.
Miro a los ojos al cabo, pero él desvía la vista hacia al interior.
Lo entiendo. Quizá sea él quien me ha delatado.
Prefiero que no haya sido Tatiana, he llegado a apreciarla.
Pienso en babushka y su legado. Pienso en que quizá voy a reunirme con Katya y Sasha.
Aprieto los dientes y doy un paso hacia adelante que es como un salto de fe. Voy a morir.
Un grito agudo, nervioso, femenino y que me resulta extrañamente familiar me detiene en seco. Me llevo la mano al corazón, porque creo que también se ha parado.
Tengo que abrir y cerrar los ojos varias veces para vencer la incredulidad.
Es ella.
Es Loreto.
—¡¡Lorenka!! Por toda la corte de ángeles y santos de Jesucristo redentor... ¿Qué haces aquí? ¿Estás loca? —Es imposible. No puede ser real. ¿Es un engaño de mis enemigos? Me froto los ojos como un niño pequeño ante la magia de una aurora boreal—. ¿Cómo me has localizado?
Solo atino a abrir los brazos y ella se lanza a refugiarse entre ellos.
—¡Boris!
Rompe a llorar. Ríe. Llora de nuevo. Se aferra a mi espalda como a una tabla de salvación y no sabe que soy condena.
Está demacrada, ojerosa y pálida. Leo en sus ojos el miedo de todo lo que debe de haber vivido.
Puedo imaginarlo. Pero por encima de cualquier sentimiento, me invade una ternura infinita.
Cierto orgullo porque, ¡no sé cómo!, ha llegado hasta mí.
Y una ilusión absurda e infantil que aletea en mi pecho.
Ella se alza sobre las puntas de los pies y me besa en los labios. Después se lanza a unos balbuceos incoherentes que mezclan Argentina, Oleg, el servicio de Traumatología y los cuentos de Pushkin. Nada entiendo, pero no me importa. Es un milagro que esté aquí.
—Perdona, estoy histérica —dice entre hipidos—.
Me han quitado el pasaporte, el dinero, el móvil.
Han intentado interrogarme, pero me he negado a hablar sin un abogado y un traductor.
—Su voz se endurece y veo a mi gatita furiosa agazapada, lista para arañar, en la esquina del terror que todavía advierto en sus ojos—.
Después ha llegado un pez gordo, uno con el apellido del filete, Strogonoff o algo así, me ha dicho unas cosas un poco inquietantes y ahora sé que no debí venir.
—Strogoff —corrijo con suavidad. La beso una vez más.
Sí, me ha puesto en peligro de muerte, pero ha recorrido medio mundo para llegar a mí.
Siento una felicidad impensable en la precariedad de nuestra situación, abrazados en una celda.
Algo se quiebra muy dentro de mí—. No te preocupes por eso.
Ahora estás aquí. Juntos decidiremos cuál es el próximo paso.
—Has tenido mucha suerte, Borya. Es una mujer extraordinaria.
Me vuelvo, sorprendido por la voz grave y algo cascada de mi viejo amigo y superior.
Loreto se aparta, circunspecta, para dar paso al general.
Yo junto los talones con un golpe seco, me yergo en mis dos metros de estatura y me cuadro.
El cuerpo, al igual que la mente, tiene memoria, y los movimientos se ejecutan de manera instintiva, sin pensar.
—¡Descanse, capitán doctor! —Se guarda muy bien de decir en voz alta mi apellido. Después me estrecha entre sus brazos y palmea mi espalda—. No tenemos mucho tiempo.
—Lo sé. ¿Qué posibilidades tengo? ¿Sabes si se ha reactivado mi orden de búsqueda y captura? —Miro de reojo a Loreto, que compone un mohín de fastidio al ver que hablo en ruso, pero es mejor así. No debe saber.
—Es pronto para decirlo. Solo los dos soldados que vigilan la entrada escucharon que preguntaba por ti, y uno de ellos es mi subordinado.
Después, ha sido lo suficientemente inteligente como para cerrarse en banda.
—Se echa a reír con cierto deje de admiración—.
A cada pregunta, ella decía no entender nada, que necesitaba un abogado, un traductor de español y una llamada a la embajada de Chile o a la de España. Ha generado mucha confusión.
—¿Puedo estar tranquilo, entonces? —pregunto, incapaz de bajar la guardia, pese a que el relato me saca una sonrisa. Es una mujer muy inteligente.
—Te recomiendo que te vayas por el momento a San Petersburgo, no muy lejos por si Maria Grigórievna empeora —dice tras unos minutos de reflexión—. Pero no puedes quedarte en Pushkin, muchos todavía te recuerdan.
—Así lo haré. Tengo aún el móvil que me facilitó el contacto de Múrmansk. No lo he activado —recuerdo de pronto.
—Perfecto. Tenlo operativo, es una línea segura. Cuando se haya enfriado lo que pasó aquí, me pondré en contacto contigo para que vuelvas. —Me ofrece su mano y se la estrecho con fuerza—. Solo te pido una cosa: mantén un perfil bajo. Máxima discreción.
No hablamos durante el trayecto hacia San Petersburgo.
Loreto, agotada, se duerme entre mis brazos.
El cabo Sergiev lanza miradas por el espejo retrovisor de vez en cuando y acaba por poner canciones de amor melancólicas a bajo volumen.
Yo estoy sumido en un estado de alerta máxima, todo lo que ha pasado en las últimas dos horas ha activado los reflejos aprendidos en el entrenamiento de las Spetsnaz.
Recuerdo cómo, justo antes de las misiones peligrosas, nos ordenaban ingerir un potente estimulante.
Después, no hacía falta. El cuerpo generaba los neurotransmisores de manera condicionada, como el perro de Pavlov.
Nos hacían adictos a la sobredosis de adrenalina: los sentidos se agudizaban, ignorabas el dolor, podías aguantar casi sin beber, sin comer, sin dormir durante horas.
En contrapartida, también la piedad y la ética se amortiguaban.
Te convertías en una máquina de matar perfectamente engrasada y eficaz.
Llegamos al hotel Kempinski, que es el lugar donde Loreto se ha hospedado al llegar. El soldado espera a que descendamos del todoterreno y se marcha sin despedirse. No existimos. Nunca hemos estado allí.
Nikolai, el general Strogoff... ha sido doloroso y, al mismo tiempo, una enorme alegría abrazarlo de nuevo. Él borrará cualquier referencia a mi persona del expediente de detención de Loreto, pero es cuestión de tiempo, y de suerte, que alguien abra la boca y se descubra que estoy aquí.
—Lorenka, escucha. —Me alejo un poco de la puerta, nunca se sabe dónde puede haber micrófonos y cámaras, pero estoy seguro de que dentro del hotel las habrá—.
Estoy en la lista de los más buscados del FSB, el servicio de inteligencia ruso.
Por eso vivo en Chile y tengo la condición de asilado político.
Ella se abraza el cuerpo. Despunta el alba y, junto al Moika, hace frío. Pongo mi cazadora negra sobre sus hombros y cierra los ojos, inspira hondo, y después me mira, agotada.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué te buscan? ¿Qué has hecho? —Balbucea, desconcertada y muerta de sueño—. ¡Eres médico, por Dios!
Aprieto los dientes. Ojalá fuera solo eso.
—Ahora no es el momento de explicaciones. Es el momento de escuchar. Con mucha atención. —Envuelvo su rostro entre las manos y la obligo a mirarme—. Ahora soy Boris Radic. De nacionalidad chilena. Tú eres mi coartada: somos marido y mujer.
De pronto, su mirada despierta, poco a poco crece en sus labios una sonrisa y suelta una carcajada que ilumina todo el canal.
—¡Pues sí que avanzamos rápido en nuestra relación!
La persona que atiende en recepción saluda a Loreto con un gesto de reconocimiento.
Ella facilita su pasaporte y paga en efectivo.
Mientras efectúan los trámites del check in, me vuelvo hacia ella.
Yo aprovecho para comprobar que tanto el cofre como la pistola siguen en el fondo de mi mochila. Loreto me mira, intrigada.
—¿Te gusta el hotel? Es uno de los mejores de la ciudad —digo para desviar su atención.
—Pues no es que me haga mucha gracia volver. —Arruga su preciosa nariz y me fijo en que tiene algunas pecas—. Había mosquitos. Y una cucaracha.
—¿Cómo? —pregunto, sorprendido—. Quiero que venga inmediatamente el gerente del hotel.
No estoy para bromas. Quiero que Loreto se sienta como una reina después de todo lo que ha vivido. El encargado escucha con atención y se deshace en mil disculpas.
—Denles una suite en la última planta, hacia la plaza del Palacio —dice alzando un poco la voz; la recepcionista parece un poco adormilada—. Y, por supuesto, enviaremos champán y una cesta de aperitivos cortesía del hotel.
—Ya verás. Estaremos bien, Lorenka. —La beso mientras subimos en ascensor a la última planta del edificio.
Ella alza las cejas en un gesto lleno de duda, pero sonríe satisfecha al ver la enorme suite presidencial, recién reformada.
Yo abro la ventana. Amanece y los edificios señoriales que circundan la plaza principal de la ciudad se desperezan frente a nosotros.
Un sopor pesado, fruto de la noche de insomnio y todas las emociones, me aplasta los párpados.
—¿Vienes a la cama? —pregunta Loreto, también adormilada. Está ya acostada, pero ha apartado las sábanas como invitación. Trago saliva. Está desnuda—. ¿O prefieres dormir solo?
La miro a los ojos. Me despojo de la ropa y me tiendo junto a ella.
—Tempus fugit, sladkaya. ¿Para qué perder el tiempo?
Se estrecha contra mí y emite un suspiro de satisfacción que le recorre el cuerpo.
La calidez de su piel me envuelve; su fragancia limpia y familiar aplaca el estado de alerta que me mantenía en pie.
No estoy excitado, ni siento ninguna urgencia por su sexo, solo una necesidad visceral de refugio.
Loreto se aferra a mi pecho, no para encenderme, sino para saberse a salvo.
También busca cobijo y yo la encierro entre mis brazos, anclándola a mi cuerpo.
Y es aquí, en la penumbra de esta habitación de lujo en un país que se desmorona, con el pulso acompasado de su respiración contra mi cuello, donde me asalta un pensamiento aterrador, mucho más peligroso que cualquier amenaza del FSB.
¿Y si me estoy enamorando?
Aprieto la mandíbula contra su coronilla, asustado de la grieta que acaba de abrirse en mi armadura.
No puedo permitirme el lujo de amar; el amor es blanco fácil para una bala.
Pero su calor me desarma, su peso me sostiene y, por primera vez en diez años, la idea de seguir vivo deja de parecerme una condena.
Ya hablaremos mañana.
Mañana.
Mañana...