En la boca del lobo #2
—Creo que hemos empezado mal, mil disculpas.
Soy Loreto Morán Vivanco, abogada. —Me tomo una pausa para escoger muy bien mis palabras sin faltar a mi premisa: quizá manipular la verdad, pero jamás mentir—.
Necesito localizar a una persona de manera urgente.
Pertenezco al equipo de abogados del hospital donde él trabaja.
Es todo verdad. El cómo lo interprete Cara de acelga es su problema.
Vuelvo a sonreír y me guardo la mano, que no ha estrechado.
Al menos parece estar valorando el darme una contestación.
Yo mantengo la sonrisa y sospecho que empiezo a parecer un poco psicópata.
Las sonrisas sintéticas nunca se me han dado bien, soy más de cara de asco o de póquer.
—Muy bien. Acompáñeme, por favor. Haremos una comprobación de su documentación y aclararemos todo esto.
—Perfecto. Muchas gracias.
Me hace un gesto obsequioso con la mano y echo a andar.
Y me meto derechita en la boca del lobo.
En un primer momento no me doy cuenta, aunque creo que el ambiente carcelario debería haberme dado alguna pista.
¡Yo qué sé! Se supone que todo lo soviético tiene un aire a hormigón gris y muchas ventanas pequeñas.
He caído redonda en el estereotipo, lo sé.
Solo que no es que sea soviético, es un centro penitenciario.
Las concertinas sobre los muros, las torretas en las esquinas del perímetro y, sobre todo, la pinta de los soldados vestidos de camuflaje y con unas gigantescas metralletas deberían haberme alertado. Me invade una terrible premonición.
—Creo que he cambiado de idea. —Me detengo a pocos metros de la puerta. Miro con angustia mi mochila, que desaparece en el interior del edificio, llevada por el soldado alto y flaco. No es caballerosidad, me la están confiscando—. Preguntaré en el hospital de la ciudad por el doctor.
El mandamás me agarra del brazo y me obliga con firmeza a caminar de nuevo. No hace falta ser Einstein para saber que no me queda alternativa.
—Será solo una comprobación... rutinaria. Y tendrá que contestar unas preguntas.
Me tiemblan las rodillas cuando me quitan mi móvil y el dinero, y cierran la puerta tras de mí.
Llevo cinco horas esperando encerrada en una moderna sala.
Las tres primeras me han interrogado en inglés, en un francés deplorable y en ruso.
No me han sacado nada. No pienso hablar sin un traductor oficial de español y un abogado, se los he repetido por activa y por pasiva.
Repasando mi actuación estelar, me he dado cuenta de que los soldados acudieron a su superior justo después de mostrarles el dinero.
Es decir, de mi patético intento de sobornarlos.
Soy idiota. Por un momento creo que me va a dar un ataque de pánico, pero mantengo la calma.
Ya he gritado, he llorado, he suplicado, he demandado que me suelten y la única concesión que han hecho es dejarme ir una vez al cuarto de baño e hidratarme con un café asqueroso de máquina.
Repiten una y otra vez que siguen haciendo comprobaciones, y que esperan a un superior para hacerme unas preguntas.
También he exigido a grito pelado una llamada a la embajada.
Veamos. Evaluación de mi situación actual.
No tengo pasaporte. No tengo dinero. No tengo móvil.
Me doy cuenta de que, lo que al principio me parecía una situación cómica, se torna cada vez más peligrosa.
Está claro que intentar sobornar a la policía militar rusa no ha sido precisamente mi idea más brillante.
Por eso no escogí la carrera diplomática, tengo la sutileza en el culo.
Mitos y leyendas sobre la violencia y los pocos escrúpulos de la KGB y la Checa hacen que mi imaginación se desborde.
¿La KGB sigue existiendo? Tengo que dejar de comportarme como una loca y mantener la sangre fría.
Hago unos ejercicios de respiración y me centro en el recuerdo de mis hijos.
El destello fugaz de que quizá no vuelva a verlos me hace difícil mantener la calma.
La puerta se abre por fin. Mi ejercicio de contención da resultado y no hago ningún movimiento brusco. Un hombre de unos setenta años, vigoroso, pero que camina apoyado en un bastón, despide a los dos soldados, espera a que estemos solos y cierra la puerta tras de sí.
—Buenas tardes, señora Morán Vivanco. Ha hecho usted un largo recorrido para llegar hasta aquí —dice el militar.
Lleva un uniforme sencillo de campaña, pero un montón de galones y divisas.
Además, destila autoridad. Sus ojos negros me taladran—.
Soy el general Strogoff. Entiendo que está usted buscando a una persona. ¿Es así?
Yo aprieto los labios, pese a que me ha hablado en un español un poco relamido, aunque muy correcto.
Y con un leve acento chileno. ¿Un militar ruso de setenta años a diez mil kilómetros de mi casa, hablándome con la cadencia exacta de un santiaguino de barrio alto?
Si no estuviera muerta de miedo, pensaría que es una broma de cámara oculta.
—No voy a decir ni una sola palabra si no es en presencia de un abogado —respondo en tono neutro, pero contundente. No añado lo del traductor, porque está claro que ya no hace falta—. Llevo casi seis horas aquí, retenida contra mi voluntad.
El militar mira hacia un espejo de manera significativa. Entiendo que nos están viendo. Y escuchando.
—Es solo un control rutinario. No todos los días aparece una extranjera ofreciendo dinero para obtener información sensible sobre una persona. Me temo que ha visto usted demasiadas películas americanas —dice con cara de pocos amigos—. Ha levantado una buena polvareda.
Joder. ¡Lo sabía! Ha sido el soborno. Él sigue hablando sobre los motivos de mi viaje, dónde me alojo, dónde voy a estar en los próximos días. Yo lo escucho a medias y contesto en piloto automático. Trago saliva. ¿Qué coño he hecho?
Coge una pitillera y me ofrece un cigarrillo.
—No, gracias —contesto como una autómata.
—Insisto —ordena, seco, acercándome la pitillera. Me mira a los ojos al tiempo que la empuja hacia mí.
Joder. Esto toma un rumbo de lo más interesante. Resulta que no es el soborno.
En uno de los cigarrillos está escrito, de manera tenue pero perceptible, doktor Radchenko. Así, tachado. En otro, pone Radic.
—¿Puede repetirme a quién está buscando, por favor?
Cojo el cigarro en el que pone Radic. Me parece surrealista.
En vez de en Rusia, de pronto estoy dentro de una novela de Ken Follett.
Me tiemblan tanto los dedos que se me cae el pitillo y él me sostiene la mano entre las suyas, nudosas y arrugadas, pero firmes, para encenderlo.
Por un sortilegio químico, al acercar la llama, desaparece el mensaje de tinta termosensible.
Yo asiento. Lo he entendido. Nada de doctor y nada de Radchenko.
Menos mal que me he negado a decir ni una sola palabra desde que me encerraron aquí.
—Radic. Busco al señor Radic. —Me sale un graznido y carraspeo, bastante acojonada. Observo como él se enciende el otro cigarrillo marcado y asiente—. Forma parte del equipo de abogados de los médicos que trabajan en mi hospital.
Espero haberlo hecho lo suficientemente enrevesado, con las mismas palabras que utilicé para preguntar por él, en un orden distinto. Si me han grabado, estoy jodida. Pero si no lo han hecho, puedo darle la vuelta a la tortilla como buena abogada que soy.
—Entiendo la confusión. Pero, como le digo, hay que hacer las debidas comprobaciones y no podemos devolverle su pasaporte por el momento —dice con tono calmado.
Se levanta de la silla con agilidad pese a su rostro curtido y el pelo completamente blanco, rapado.
Me doy cuenta de que cojea de manera ostensible—.
Alguien la acompañará al lugar donde pasará la noche.
Entendemos que carece de comodidades, pero es por su propia seguridad.
En cuanto se hagan las debidas comprobaciones, le devolveremos su documentación.
—Entiendo. Gracias —digo con un hilo de voz. ¿Pasar la noche? Trago saliva.
Él asiente hacia el espejo y hace una señal. Casi al momento aparece una soldado con una bata blanca. Me alivia en cierto modo ver a una mujer.
—Le presento a la sargento enfermera Tatiana Ivanovna Záitzeva.
Ella le proporcionará algo de ropa para cambiarse, una comida caliente y le mostrará su lugar de pernocta.
Habla algo de inglés. —El general abre la puerta y nos indica que pasemos primero, la sargento me sonríe alentadora y, al ver que no me muevo, me da un empujoncito en el hombro—.
Debe usted entender que no está detenida.
Todo lo que hacemos es por su propia seguridad.
Ya.
Pero resulta que mi lugar de pernocta es una celda, la ropa de recambio es un uniforme de presidiaria y la puerta que se cierra es de barrotes de metal.