De amor y vodka En la boca del lobo
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En la boca del lobo

Nueva misión: llegar a Pushkin.

Casi no me lo creo cuando veo a lo lejos la estación. Cuatro kilómetros no es gran cosa... cuando no hacen casi cuarenta grados de temperatura. Menos mal que he dejado las maletas en la consigna del hotel.

Olvido mi agotamiento cuando entro en la estación.

Es preciosa. La arquitectura Art Nouveau es inesperada, con un grandioso vestíbulo de techos altísimos iluminado por inmensos ventanales semicirculares y claraboyas.

Subo por la escalinata de mármol con barandillas de hierro forjado y deslizo la mano por los motivos vegetales y látigos modernistas.

Los trenes, que parten del segundo piso, están bien señalizados bajo el hangar de hierro remachado y cristal.

Subo al vagón, atestado de turistas como yo y de trabajadores vestidos con un mono gris, lo que les da el aspecto de escolares uniformados. Yo desentono un poco, no estoy tan eufórica como ayer.

Miro el móvil por enésima vez; he comprado una tarjeta de uso en itinerancia para que comunicarme no contribuya a la creciente sangría económica de este viaje, pero no hay señales de vida de Boris.

Empiezo a sentirme como una maldita acosadora y creo que ya no me mueven las ganas de encontrarlo, sino la furia.

De hecho, sospecho que la bofetada que le di le va a parecer un cariñito al lado de la sarta de tortas con la mano abierta que le va a caer cuando lo encuentre.

¿Cómo se atreve a ignorarme así, después de lo que he hecho?

Es como si se lo hubiera tragado la tierra.

Una vez que el tren se aleja del centro, San Petersburgo pierde su gracia y se transforma en una amalgama de edificios grises bastante deteriorados, así que me concentro en la guía.

Pushkin no es el pueblecito entrañable que me había imaginado y eso me preocupa un poco.

Es una conurbación de ochenta mil habitantes llena de palacios, museos y monumentos.

Tengo que reconocer que no he perfilado mi plan B de manera tan perfecta como creía.

Más que nada, porque a estas alturas, pensaba que Boris se habría apiadado de mí y ya nos habríamos reencontrado.

Y ahora, ¿dónde coño empiezo a buscar? ¿Pregunto por la babushka Radchenko o algo así?

Un nudo que lleva instalado en mi estómago desde que aterricé, que pensé que eran nervios e ilusión por todo lo que estoy viviendo, y que ahora creo que es la gestación de un ataque de ansiedad, crece y comienza a ascender por mi garganta.

Me angustio un poco. Cierro los ojos, respiro hondo y me sereno.

Voy a ceñirme a mi plan: lo primero, preguntar en la policía del pueblo.

Seguro que en algo me pueden ayudar. Tengo todavía quince días por delante para dar con Boris, si es que Rusia no termina conmigo primero.

Si no lo encuentro en las próximas cuarenta y ocho horas, aceptaré mi derrota y adelantaré mi vuelo de vuelta.

Llegamos a la estación. Es bonita también, aunque no tan espectacular y no muy bien señalizada para los turistas.

Busco el signo universal de información, pero claro, aquí todo está en cirílico y cuando pregunto, o la gente no sabe inglés o es muy desconfiada, porque me ponen cara rara y niegan con la cabeza de forma vehemente.

Joder, qué cabreo tengo. Cojo mi «Pequeño diccionario de supervivencia español-ruso» y me acerco a una pequeña tienda de comida y bebida para llevar.

—Politsiya? Politsiya?

Una mujer levanta la mirada de un librito que parece de oraciones y me mira con curiosidad. Yo repito «Policía» como si decir la palabra una y otra vez fuese a materializar una comisaría en medio de la estación. Ella niega con la cabeza con vehemencia.

—Out! Out! —dice en inglés. «Fuera». No sé si me está echando o si me envía fuera porque allí encontraré a la policía. Empiezo a desesperarme de dar tumbos por la estación y me arriesgo. Salgo. Joder, qué maldito calor. Estoy sudando como un pollo al horno.

Efectivamente, hay un agente de policía junto a la entrada.

Me pone cara de interrogación al preguntarle por la dacha de la babushka Radchenko.

Cuando lo intento con «Doctor Radchenko», me pregunta si busco un hospital.

Dios mío. Me quiero volver a Chile. Los rusos hablan inglés fatal.

Creo que voy a sentarme en el suelo a llorar. Pruebo una última vez.

—Por favor, ¿capitán Radchenko? —intento otra vez mientras junto las manos en posición de ruego.

—¿Capitán? —Me mira con cara de duda, y yo asiento. Él sonríe. El mundo vuelve a girar cuando me señala en el mapa de la guía con un círculo: Tsarskosel'skaya Uyezdnaya Tyur'ma.

Tengo ganas de darle un beso, porque me para un taxi, le explica la situación al conductor y me ayuda a cargar la mochila en el maletero.

En menos de diez minutos, llegamos al destino y yo sonrío al ver lo que parece una instalación militar.

¡Por fin un poco de suerte! Boris era militar, así que aquí sí me van a decir algo, seguro.

Es un héroe de guerra, ¿no? Tienen que conocerlo.

Le pago al taxista con un billete de diez dólares y queda feliz. Tengo la sensación de que compenso el mal karma de la experiencia de la llegada. Cruzo la calle, muerta de calor porque el taxi no tenía climatizador, y llego a una garita. Una pareja de soldados se pone de pie de inmediato al verme.

—Dóbriy dien! —digo en ruso. Luego sigo en inglés—. Buenas tardes. ¿Pueden ayudarme? Estoy buscando a alguien.

Los soldados se miran. Son muy jovencitos y parecen parientes: piel muy blanca, ojos claros, rasgados, un poco caídos. Pelo rapado bajo unas gorras de visera corta y labios carnosos. Rasgos eslavos. Uno es bajito y el otro, flacucho y largo.

—¿Cómo podemos ayudarla, señora? —contesta en inglés el soldado larguirucho, ceremonioso. El otro, el bajito, nos mira sin entender.

—Estoy buscando a un hombre. Militar. Radchenko. Doctor Radchenko.

Estoy casi segura de que ha abierto los ojos como platos durante un segundo en señal de reconocimiento, pero no dice nada. Yo insisto.

—Es alto y fuerte. Médico. Traumatólogo militar.

Vivió aquí hace unos años con su babushka y es de extrema importancia que lo encuentre —digo con firmeza.

Se supone que los soldados rasos están entrenados para obedecer la autoridad, ¿no?

Ay. Me invade otra vez la desesperación y le ofrezco dos billetes de cinco mil rublos de los que he podido cambiar en el hotel.

Me aseguro de que vea que en la cartera hay más—. Es muy importante.

Discuten entre ellos durante unos minutos hasta que el soldado alto parece darle una orden al otro, que sale corriendo como un cohete hacia el interior del cuartel.

Así que el larguirucho es el que manda. Me observa con cautela y esboza una sonrisa tensa.

No acepta el dinero, que todavía sostengo en la mano, aunque mira los billetes de reojo de vez en cuando.

—No estoy seguro de poder ayudarla, ¿podría decirme en qué año nació?

Claro. Necesita saber la edad. A saber cuántos Boris Radchenko hay en Rusia. Igual miles, como José González en Chile o así. Hago un cálculo mental rápido.

—Pues creo que es del año 74 o 76, porque tiene o va a cumplir cincuenta. Creo. Por ahí —digo, de pronto insegura. El chico echa una mirada rápida hacia el edificio principal.

—¿Y de dónde lo conoce?

—Ah, pero ¿sabes de quién te hablo? ¿Puedes ayudarme? —Me aferro a la posibilidad como a un clavo ardiendo. Estoy que me arrodillo en el suelo y empiezo a suplicar, pero el soldado muta de curioso y atento a hierático e inexpresivo.

—No estoy autorizado a responder.

—Lo conoces, ¡se te nota en la cara! —insisto, más demandante. Saco el resto de los billetes y me da un retortijón. Mil dólares en rublos. Una pequeña fortuna—. Sabes algo.

—Lo siento, pero no estoy autorizado a responder —repite, obstinado—. Tiene que esperar a que venga mi superior.

Insisto. Él se niega. Nos quedamos en un impasse.

Vuelve a mirar hacia el edificio de ladrillo y hormigón entre gris y rojizo de la instalación militar, y distingo a un hombre vestido con un uniforme llamativo y pinta de mandamás que viene acompañado del otro soldado. Perfecto. Ahora sí.

—Pasaporte —ordena como un latigazo.

—Buenos días. Sí. Un momento. —Me corto un poco ante su cara de pocos amigos y el tono perentorio. Abro la mochila y rebusco mi documentación—. Aquí tiene.

Craso error.

Sin siquiera abrirlo, se lo da al soldado bajito, que hace un saludo tocándose la gorra y echa a correr otra vez, con todos mis papeles, hacia el edificio. A mí se me cae la mandíbula al suelo.

—¡Eh! ¡Oiga! ¡Mi pasaporte! —Al principio estoy tan desconcertada que ni siquiera me sale la voz, pero después me envuelve la indignación y me encaro con el jefazo—. ¿Se puede saber qué hace? ¡Me han quitado el pasaporte! ¡Exijo que me devuelvan la documentación de inmediato!

El hombre ni se inmuta con mi ataque de histeria, espera a que me calme con los brazos cruzados.

—¿Podría repetirme a quién está buscando?

Algo en el tono con el que me habla me impulsa a no decir ni una sola palabra. Recuerdo las advertencias de Karolinka, a las que no presté demasiada atención. También las reticencias de Erik al confesar dónde estaba Boris. El instinto me empuja a ser prudente. Al menos en lo que a Boris se refiere.

—¡No pienso decir nada hasta que no me devuelvan mi puto pasaporte! —Estoy un poco alterada, lo reconozco—. ¿Por qué me han robado mis documentos? —No. Estoy cabreada y la furia me hace perder las formas, soy consciente, pero es que no entiendo a qué viene este comportamiento.

—¿Cómo? No, no, no —responde el militar, indignado—. No hemos robado nada. Solo lo hemos retenido para realizar unas comprobaciones rutinarias.

Cierro los ojos, respiro, y recuerdo aquellos tiempos en que me planteaba, como alternativa al derecho corporativo, seguir la carrera diplomática. Los abro y le regalo a mandamás Cara de acelga mi mejor sonrisa. Le ofrezco la mano.