De amor y vodka Taxi, spasibo!
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Taxi, spasibo!

Busco desesperada un cuarto de baño en cuanto entramos a la terminal.

La marea de gente asusta. Deben de haber aterrizado junto al nuestro al menos diez aviones más, si no, no se explica la cantidad de gente que pululan como hormigas por el aeropuerto de Púlkovo.

Alzo la mirada con la boca abierta hacia los techos altos cubiertos con velas triangulares tensas al viento y delimitadas por líneas de luces, que le dan un aspecto diáfano.

Todo está bastante limpio excepto los baños.

Resignada, hago pis haciendo equilibrios para no tocar nada y después me adecento un poco frente al lavabo. Necesito con urgencia llegar al hotel.

Recojo mi maleta de la cinta, la subo al carrito junto a la de cabina y me incorporo, con el corazón un poco acelerado, al río humano que sale hacia la zona de control de pasaportes.

Hay mucha policía, pero eso me tranquiliza.

La cola es brutal y me lo tomo con filosofía, mientras leo la guía de San Petersburgo que me compré en Buenos Aires.

Está un poco desactualizada, pero supongo que me servirá.

Una vez que mi pasaporte chileno luce el flamante sello de entrada al país, que viva Chile porque no necesito visado, recorro las tiendas de marca que encuentras en todos los aeropuertos del mundo: perfumería, cosméticos, ropa... todo expuesto con una abundancia, lujo y exageración que abruma.

El pasillo da esa misma sensación de abarrotamiento y me dejo llevar, supongo que hacia la salida.

Fuera, el caos es aún peor. El verano europeo en plena ola de calor y una humedad insoportable hacen que la ropa se me pegue al cuerpo.

Y yo que me he traído algo de ropa de invierno, de la que preparé para Buenos Aires, pensando que por latitud haría más fresquito.

Y no. Una pantalla que marca la hora y la temperatura me anuncia que son las doce y veinte del mediodía, y hay treinta y dos grados.

Estoy tentada de volverme a la terminal y esperar a que baje el sol en un ambiente climatizado junto a una copa de vino, pero el impulso desesperado de avanzar con anteojeras hacia mi reencuentro con Boris me empuja hacia los taxis.

Joder.

El griterío, en varios idiomas, cuando me ven llegar es ensordecedor.

—¡Taxi! ¡Taxi oficial del aeropuerto por aquí, señora! —dice en inglés un hombre con ojos rasgados y expresión adusta, embutido en un traje sudado hasta límites indescriptibles. Me alejo.

—¡Taxi! ¡Buen taxi! ¿Españolo? ¿Italiani? ¿Inglés? —Otro hombre, que se acerca con energía y lleva un sombrerito rojo con borla negra tipo fez, me quita la maleta grande de la mano y camina a la par conmigo—. ¡Españolo! Buen taxi. Bonito. San Petersburgo, bonito, bonito. ¡Real Madrid! ¡Barselona!

No me queda otra que reír ante sus esfuerzos y su español macarrónico, pero lo cierto es que es la única persona desde que me he bajado del avión a la que le he escuchado una palabra en castellano. Me reconforta.

—Muy bien. Hotel Kempinski, por favor.

Me acomodo en el enorme asiento de atrás de un coche negro. Un Volga GAZ-3110. Los asientos son de terciopelo granate muy gastado y los cinturones de seguridad digamos que bastante vintage.

—¿Hotel Kempinski? ¡Vale, vale! San Petersburgo bonito.

He leído en la guía que, dependiendo de la hora, un taxi hasta el centro de la ciudad sale alrededor de unos mil quinientos rublos, unos quince dólares redondeando, y tarda alrededor de media hora.

Los primeros kilómetros discurren por una autopista enorme de cuatro carriles por lado y recuerdo que San Petersburgo es una ciudad portuaria cuando circulamos por un enorme y tecnológico puente sobre el mar.

La panorámica de la fortaleza de San Pedro y San Pablo es imponente.

El contraste al entrar en la ciudad es brutal.

Cuando dejamos atrás la autopista nos incorporamos a la madre de todos los atascos.

Los petersburgueses tienen una manera de conducir brusca, el intermitente brilla por su ausencia y los frenazos e insultos aderezan bocinazos y acelerones.

Cierro los ojos cuando pasamos muy cerca de algunas personas que se juegan la vida entre los coches, cuanto más grandes, mejor: mendigos pidiendo dinero, vendedores ambulantes que ofrecen desde cargadores de móvil hasta ramos de flores, y artistas callejeros.

Veo la iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada y la realidad se me viene encima de golpe.

Estoy en Rusia. A diez mil kilómetros de mi casa.

En un skyline donde las cúpulas coloridas y los edificios majestuosos sustituyen a la cordillera de Los Andes de Santiago.

Joder. ¡Qué diferentes son las calles, los rostros, las ropas!

Hasta los andares son distintos. ¿Qué he hecho?

¿Todo esto es por mí? ¿Por Boris? Suelto una risita y el conductor me mira a través del retrovisor con un brillo divertido en los ojos y una boca algo desdentada.

No me importa. Me doy cuenta de que me siento poderosa por haber vencido la inercia, los convencionalismos y las dificultades que he encontrado para llegar hasta aquí.

Me bebo todo como una niña pequeña frente al escaparate de una tienda de juguetes ante la belleza de la ciudad marítima hasta que me doy cuenta de que ya hemos pasado delante de esta iglesia.

La de la Sangre Derramada, que, por cierto, queda bastante cerca del hotel. Llevamos más de una hora dando vueltas.

—Disculpe. ¡Eh! —insisto al ver que el conductor pasa de mí, atento a una radiotransmisión de lo que parece fútbol—. El hotel Kempinski está por allí.

—Hotel Kempinski, sí. ¡San Petersburgo bonito! ¡La Sangre! Bonito. ¡Bonito!

Pasamos de largo del hotel. Varios minutos. El hombre ahora me señala con entusiasmo monumentos que supongo que debería conocer, pero que no tengo ni puñetera idea de lo que son.

—¡Museum! Bonito. Famoso. ¡Mucho famoso! —dice mientras el contador marca ya la friolera de quince mil rublos, es decir, diez veces más de lo que cuesta la carrera del aeropuerto al hotel.

—¡Oiga! ¡Lléveme ahora mismo al hotel! ¡Hotel Kempinski! —Señalo en la dirección contraria a la que vamos—. ¡O me lleva ahora mismo o lo denuncio a la policía!

—¿Policía? No policía. ¡San Petersburgo bonito! —dice ofendidísimo. En la siguiente rotonda toma por fin la dirección correcta.

Mi cabreo al llegar al hotel es importante y además, estoy un poco preocupada. El hombre ha dejado de ensalzar su ciudad y aprieta un botón en el contador. De pronto, por arte de magia, aparece la cifra de veinte mil rublos.

—¡Eh! ¡Ese no era el precio! ¡Eran quince mil!

—Tax! —Da unos golpecitos con el dedo sobre la cifra—. Impuesto. ¡Tú paga!

Después de un intento de negociación que hace que el taxista se cierre en banda, me doy cuenta de que me ha timado. Como a una paleta estúpida que jamás se ha ido de viaje. Saco la Visa por fin y creo que me voy a saltar los empastes de lo que aprieto los dientes de la rabia.

—¡No, no! No card! No tarjeta. Cash! Cash! —dice empujándome la mano.

—¿Cómo que no card, gilipollas? —me cabreo como una mona, pero el tipo niega haciendo aspavientos.

Guardo la tarjeta cagándome en todo y saco dos billetes de cien dólares. No he cambiado rublos en el aeropuerto porque he dado por sentado, imbécil de mí, que casi todo se puede pagar con tarjeta.

—Ah, dólar. Buen dólar. Spasibo! spasibo! —me agradece con unas reverencias muy corteses. Yo mantengo la mano extendida para que me devuelva el cambio. El hombre me la estrecha—. Spasibo!

Se baja del coche. Yo no pienso moverme de donde estoy. Ya bastante es que me haya timado con la puta visita panorámica de su «San Petersburgo bonito». No voy a dejar que me tangue otra vez.

—Oiga, me debe por lo menos veinte dólares de cambio —digo cada vez más furiosa. El hombre no se da por aludido, se baja del coche, saca mis maletas y las deja abandonadas sobre la acera. Después vuelve a subir—. ¡Eh! ¡Mi cambio! Change! Change!

—Ah. No change. —Me mira entre triste y divertido—. No change. Días duros. Crisis. Güerra. No change.

Me cago en toda la madre Rusia que lo parió.

Me da miedo que me roben el equipaje, así que me bajo del taxi sintiéndome la persona más imbécil del planeta Tierra, y me quedo con las ganas de gritarle a pleno pulmón todos los insultos que se me ocurren.

Así, para empezar, lo que eran quince dólares se han transformado en doscientos.

El Hotel Kempinski es una joya de la Rusia imperial.

Un edificio majestuoso, con la fachada recién restaurada en un blanco roto con elementos de estilo neoclásico y un recibidor grandioso.

Alzo la mirada, extasiada, hacia la araña de cristal: tiene el tamaño de un coche.

Los sofás de terciopelo azul rey y armazón de madera dorada le dan un aspecto decadente.

Gracias a Dios, la recepcionista habla inglés.

Resulta que, pese a estafarme, porque hay una manera mucho más directa para llegar al centro, el taxista tenía razón: no funcionan las tarjetas americanas desde el inicio de la guerra.

Menos mal que he traído suficiente efectivo.

Después de darle diez dólares al botones que acarrea mis maletas, entro por fin por la puerta de la habitación.

Un leve olor a puro habano me hace arrugar la nariz, pero la cama es enorme y está todo impecable. El baño, con una bañera sobre patas de león y grifería de bronce, me llama a gritos para darme una buena ducha y me compensa por tener una habitación de fumadores.

Abro la ventana para ventilar. La vista es algo decepcionante, porque estoy en el primer piso y da a una especie de patio interior, pero la dejo abierta.

No me vale la pena deshacer la maleta, me marcho mañana.

Lo que necesito es una buena ducha, un café y sentarme con papel y lápiz a trazar una estrategia.

Y dormir. Necesito dormir, en posición horizontal.

Conecto el móvil a la wifi y reviso mensajes.

Boris sigue sin dar señales de vida. No importa.

Tengo un plan B perfecto. Aviso con un whatsapp a familia y amigos, pero queda sin enviar, con la marca del relojito.

Suspiro. Debe ser la wifi, ya lo resolveré después.

Me quito la ropa del viaje, que está aceitosa y con un olor algo rancio.

Por un segundo, el hecho de que la bañera tenga un tapón negro de plástico puesto me llama la atención. Lo saco y suelto un grito de terror cuando un enjambre de millones de minúsculos mosquitos sale del desagüe en una nube negra.

—¡Qué asco, joder!

En pantuflas y albornoz, bajo a la recepción. La mujer que me atendió antes me echa una mirada rara, pero me habla en inglés con la misma sonrisa reservada.

—¿En qué puedo ayudarla?

—Hay una plaga en mi habitación. Un millón de mosquitos. Exijo que me cambien de inmediato —digo con cabreo contenido. Me estoy arrepintiendo y mucho de no haber alquilado un hotel de aeropuerto, sin encanto, pero moderno y funcional.

—Oh, ¿mosquitos? ¡Oh! Lo siento muchísimo.

Hemos tenido algunos problemas de mantenimiento, producto de la guerra, y estamos un poco desbordados —contesta apenada y con extrema educación—.

Un inconveniente de tener el río Moika tan cerca.

Las cañerías tienen a veces muchos mosquitos.

¡No pasa nada! Se van y no hay problema.

¿Quiere cambio de habitación? Con mucho gusto, pero quizá los mosquitos estarán también ahí.

Cierro los ojos muy fuerte durante unos segundos. Considero seriamente cambiarme de hotel. De ciudad. De país. No, tan solo necesito café y una ducha. En peores me he visto cuando era estudiante, aunque no pagando doscientos dólares por noche.

—Que suban a mi habitación una botella de lejía.

La recepcionista no entiende la palabra en inglés y pide ayuda a un compañero.

—¡Lejía! ¡Para limpiar! —Más bien habría que llamar a una empresa de control de plagas, pero eso servirá—. ¡Cloro! ¡Desinfectante!

Tener hijos ha elevado bastante mi umbral de tolerancia frente a la mierda, pero los bichos no los soporto.

El hombre, perfectamente trajeado con una levita y, por cierto, muy atractivo, me mira como si me hubiera vuelto loca.

Yo vuelvo a la habitación y me planto en la puerta con los brazos cruzados hasta que diviso un carrito de limpieza; intercepto a la camarera, le confisco la garrafa más corrosiva que encuentro y vuelvo al cuarto de baño.

Los mosquitos han desaparecido, ¡menos mal que dejé la ventana abierta!

Vacío media garrafa en la bañera, cuidando de lavar toda la superficie, y después dejo correr el agua hasta que me quedo conforme.

No me animo a darme un baño, pero para una ducha, servirá.

Es increíble cómo recuperas la humanidad con una ducha.

Al salir, olisqueo buscando el aroma a tabaco y, menos mal, ya no lo noto.

Se ha ventilado la habitación o tengo la nariz anestesiada por el olor a lejía.

Bien. Debería recorrer la ciudad, pero en vez de eso me dirijo al restaurante francés del hotel, el Beau Rivage, con mi portátil.

Pido una especie de desayuno cuando debería estar cenando.

Me da igual. Café y blinis con una cantidad obscena de nata, azúcar y chocolate.

Perfecto. Navego por internet hasta que doy con un foro que explica, paso a paso, para tontos, cómo llegar a Pushkin.

Estoy orgullosa de mí misma por recordarlo: no solo es el autor de los cuentos que me regaló.

También es el pueblecito en el que vive su abuela.

La estación de tren Vitebskiy no está tan lejos, así que iré a pie.

Serán casi cuatro kilómetros, pero prefiero derretirme las suelas al sol antes que volver a subirme a un taxi ruso. Por razones obvias.

Después del pelotazo de glucosa, que me motiva y me da fuerzas, subo a la habitación alucinada conmigo misma y feliz. Mañana a estas horas estaré con Boris. Sonrío al pensar en qué cara va a poner al verme. Creo que no seré capaz de dormir.

Preparo lo que me voy a poner: unos pantalones de seda verde musgo, una camiseta negra manga corta y unas zapatillas Vans cómodas.

Si lo cuelgo todo en una percha, no estará tan arrugado.

Al abrir el armario, hay una cucaracha. Suspiro.

Al menos está muerta, patas arriba. Bienvenida a Rusia, donde todo es muy pintoresco.

Cierro el armario, cuelgo la ropa en el respaldo de una butaca y me meto en la cama.

Doy gracias al universo por el olor a suavizante de lavanda de las sábanas.

He preguntado en recepción y, en efecto, aquí no funciona el puto WhatsApp. Tengo que instalarme Telegram. Por ahora, envío un último email a Boris, y otro para avisar a mi tribu chilena de que he sobrevivido a mi primer día en Rusia. Mmañana ya los llamaré.

Pese a que la pregunta «¿Qué coño has hecho, Loreto?» se reproduce en bucle en mi cabeza, estoy tan cansada que logro dormir.