De amor y vodka Pushkin #3
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Pushkin #3

»Y entonces nació el pequeño zarévich. ¡Qué dicha la de la zarina!

¡Cuánta felicidad! Ahora el pueblo ruso la amaría por fin, porque les había regalado un heredero.

—Sonríe como si aquello realmente lo hubiese vivido su madre, y, por primera vez en cincuenta años, me pregunto si no habrá en sus palabras algo de verdad.

Masha me cuenta la historia a escasos dos kilómetros del Palacio de Alejandro, el lugar exacto donde la zarina pasaba las noches en vela rezando por la sangre frágil de su hijo, como si hubiera ocurrido en estas mismas calles—.

Pero el niño estaba muy muy enfermo. Sobre él había caído la maldición de los Romanov.

»Una doncella de la zarina, que la ama y la admira, tiene la solución.

A San Petersburgo ha llegado un santo. Un sanador milagroso.

Un enviado de Dios. Ella lo ha visto con sus propios ojos: ha logrado que los ciegos vean, que los sordos oigan y que los postrados caminen.

«Es una oportunidad para el zarévich», dice con fervor. ¡Puede sanarlo!

»El niño está muy enfermo, y la zarina, desesperada, le encarga a su doncella, con la ofrenda de un collar de perlas y piedras preciosas, que vaya en busca del sanador y lo traiga al Palacio de Invierno.

Ella cumple. Trae al santo de ojos terribles hasta los aposentos imperiales.

Y se obra el milagro: el zarévich se recupera.

¡El zarévich vive! Y el hombre santo pasa a formar parte de la vida del palacio.

»La zarina no olvida a la doncella. «Gracias a ti, mi hijo vive. Toma este regalo. Es mío, ahora es tuyo. No es nada comparado con lo que me has dado tú: la vida de mi hijo, pero espero que lo atesores en tu familia y para siempre recuerdes que tienes mi favor y el del zar».

—¿Y cómo continúa el cuento, Babushka? —Me sorprende el tono infantil y entusiasmado con el que le pido que siga. Me trae recuerdos de cuando era pequeño, y no tan pequeño, y le suplicaba que me contara un poco más. Siempre ha sido una magnífica narradora de historias.

Ella ríe con un cloqueo pícaro. Tose, esta vez sobre un pañuelo, y me alarmo al ver sangre en su expectoración. Hemoptisis secundaria al edema pulmonar o alguna complicación vascular. Me rechaza cuando me acerco a ayudarla.

—El cuento continúa aquí. Hoy. Trae mi lákomka, la de colores —señala, con un dedo huesudo y nudoso, una bolsa que cuelga de la madera a los pies de su cama—. Sí. Ese es.

Poso sobre su regazo un colorido zurrón de cuero bordado y mil cuentas de colores.

Ella lo abre. Dentro hay las más variopintas posesiones: fotos viejas, recortes de periódicos, un pequeño misal, un guardapelo, un collar roto.

Escondo una sonrisa al ver la mezcla de recuerdos, baratijas que son auténticos tesoros.

Saca al fin una caja de madera, repujada con detalles de metal, no muy grande.

Un precioso trabajo de orfebrería que mezcla dorados y plateados, con incrustaciones de imitación de nácar y marfil, perfilado con lo que parecen pequeños cristales brillantes. Me lo entrega con ceremonia.

—Este es el tesoro de la zarina. Ha permanecido en la familia desde hace más de un siglo.

Lo he custodiado para ti desde que fallecieron tus padres —dice con un hilo de voz.

Está emocionada—. Hubo otros regalos, regios, de valor incalculable, pero todo se perdió.

No el tesoro de la zarina. Mi madre lo escondió de los bolcheviques cuando les quitaron todo y me hizo jurar que jamás me desharía de él.

A pesar de la pobreza, de la enfermedad... incluso de la muerte.

No sé qué decir. Pienso en mis padres. En el sufrimiento de toda mi familia. Su familia. Aun así, no se ha desprendido de aquello. Me invade la certeza de que probablemente no vale nada y solo por eso ha podido conservarlo.

—Masha, es una maravilla. —Lo digo con admiración un poco impostada. Tiene la pátina de lo antiguo, de lo eterno, aunque sea falso—. Lo protegeré siempre y, si algún día la vida me da la oportunidad de formar otra familia, se lo legaré junto con la historia que lo precede.

No puedo evitar un nudo en el pecho al pensar en Sasha.

—Borya, pase lo que pase, prométeme una cosa. —Encierra mis manos con las suyas. Yo sujeto entre las mías la pequeña caja ornamentada—. Nadie debe saberlo. Nadie debe conocer su existencia. Prométeme que jamás te separarás de él, al menos hasta que te marches de Rusia.

—Sí, babushka. —No puedo evitar cierta condescendencia.

—¡No me trates como a una demente! Estoy vieja, pero no estoy loca. Prométemelo, Boris. Vamos. Júrame que guardarás el secreto y que no te separarás de él. Si yo pude hacerlo, tú podrás.

Me alerta su vehemencia, su ardor a la hora de conseguir que empeñe mi palabra. Pero está en su lecho de muerte, ¿qué más puedo hacer?

—Lo juro, Maria Grigórievna. Por mi vida.

Ella asiente, cierra los ojos y respira, más tranquila después del esfuerzo.

Yo observo mi legado con curiosidad. Contiene algo. Bastante pesado. Con suma delicadeza, porque el diminuto mecanismo que cierra la cajita parece frágil, lo abro.

Se me corta el aliento.

Es un huevo blanco y dorado con la inconfundible factura de la casa Fabergé.