De amor y vodka Pushkin #2
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Pushkin #2

Me levanto y carraspeo. He dormido once horas, por lo que me dice el reloj, lo que también es peligroso.

Debo mantenerme alerta, pero el agotamiento de las últimas semanas me ha vencido.

Hoy no ocurrirá. Me doy cuenta, un poco avergonzado, de que estoy en calzoncillos y camiseta, pero ella no se inmuta.

Supongo que si ha estado en combate habrá visto cosas mucho peores.

—Sí. Soy Boris. Gracias, sargento Záitzeva. Tatiana. —Me corrijo, porque debo hablar como un civil. Sigo cometiendo errores como un maldito principiante.

Ella hace un gesto para quitarle importancia a mi turbación y se dedica a babushka. Me retiro, por respeto, cuando la lava con infinita delicadeza sobre el lecho. Aprovecho para adecentarme y vuelvo cuando, cucharada a cucharada, con voz dulce y persuasiva, le da el desayuno.

—¿Cuál es su estado? —pregunto, preocupado. Masha no ha dicho ni una sola palabra hoy.

—Está muy débil. Este invierno pasado cayó en cama con una neumonía y ya no se levantó más. —Limpia con cariño la papilla que cae por la comisura de sus labios ajados. Me rompe el corazón verla así—. Casi no habla. Es un milagro que haya llegado al verano.

No digo que ayer ella me reconoció sin problema, aunque es cierto que sus palabras mezclaban delirio y obnubilación. Me acerco, sin saber qué pensar.

—¿Baba?

Ella emite un quejido suave, no me mira. Está en esa nebulosa con destellos de lucidez propia de la senilidad.

Fuera luce el sol. Tatiana me cuenta que alcanzaremos los treinta grados mientras recoge y acomoda a Masha. Es una locura que haga este tiempo en esta latitud. Me impaciento. Quiero que termine, pero no interrumpo su trabajo.

—Me marcho, tengo que recoger su medicación en la enfermería militar. Le he dejado a usted la comida preparada en la mesa y la compra en la nevera. —Es eficiente y amable a la vez—. Si sale, sepa que por la tarde vendrá mi reemplazo.

—No es necesario, yo me encargaré. Ahora estoy yo aquí para cuidarla —informo con una sonrisa para que no se sienta amenazada. Ella se encoge de hombros.

—Órdenes. Yo solo las cumplo. —Ah, la ciega disciplina militar.

Me entran ganas de reír, pero entonces veo que se inclina sobre mi abuela y la besa en la frente, después se cuadra y se despide con el saludo reglamentario.

Sabe lo que soy, aunque nada diga. Elevo una pequeña oración de agradecimiento por mi amigo y protector—. Hasta pronto.

—Hasta pronto. Gracias, Tatiana.

La observo alejarse desde la ventana, pero tengo cuidado de que no me vean desde fuera y me cubro con la cortina. Es una calle pequeña, tiene pocas casas. Será fácil mantener un perfil bajo aquí.

—¿Boris?

Me acerco a la cama. Masha abre los ojos, con ese velo tenue producto de sus largos años, sí, pero con una mirada penetrante.

—¿Estamos solos? ¿Se ha ido Tatya?

—Sí. Se ha marchado. Baba, ¿sabes quién soy? —pregunto, un poco sorprendido de la fuerza de su voz.

—Eres Borya. Mi soldado valiente. He sido yo quien te ha mandado llamar —dice como si hubiera preguntado una tontería.

—Ya no soy soldado, Masha. Soy médico, ¿recuerdas? —pongo a prueba su discernimiento. No parece estar tan grave como todos dicen.

—Para mí siempre serás mi soldadito valiente. ¿Recuerdas tú el cuento? ¿El de Hans Christian Andersen? —Su voz tiembla, pero no por la vejez. Sus ojos brillan—. ¿El que le contaba también a Sasha cuando era un bebé?

—Lo recuerdo, babushka. Siempre.

—Está Sasha contigo, ¿verdad? ¿Y Ekaterina? Tenemos que hacer pampushki para celebrar que has llegado —dice mientras intenta incorporarse. Un acceso de tos la postra de nuevo en cama. Yo escondo mi congoja mientras acomodo sus almohadas.

—No, Baba. Esta vez no han venido. —¿Para qué hacerla sufrir una y otra vez con una realidad que se desvanecerá para ella en unos pocos segundos?

Espero a que recupere el aliento. Su corazón ha sido fuerte durante casi un siglo y ahora poco a poco se apaga.

—Ven, siéntate junto a mí. Quiero contarte otro cuento. Uno que ocurrió de verdad, hace muchos años. —Su voz es débil, casi un susurro. Su respiración se agita por momentos—. ¿Te he contado alguna vez que mi madre fue doncella personal de la zarina Alexandra?

—Sí, babushka. Me lo has contado —respondo, incapaz de evitar una sonrisa. Algunas cosas no cambian jamás—. ¿No prefieres descansar?

—No, Borya. No tengo mucho tiempo. Atiende, es importante —susurra con tono conspirador—.

Una vez, mi madre le hizo un favor importante a la zarina.

Tu abuelo era soldado también, como tú —ignora mi corrección de que ahora soy médico—.

Y tu bisabuelo. ¿Sabes que formaba parte de la guardia personal del zar?

—Sí, baba —contesto distraído.

Escuché esas historias revestidas de falsa grandeza una y mil veces cuando era niño, extasiado.

Cuando fui creciendo, me volvía más frío, sí, pero no por ello dejaron de fascinarme.

Intento sintonizar una vieja radio. No me he atrevido a encender el teléfono móvil que tengo para emergencias, y menos a conectarme a internet. La televisión no funciona.

—¡Atiende, Boris! Siéntate conmigo —dice en tono suplicante al ver que me he alejado de su cama—. Déjame contarte un cuento.

Me maravilla ver cómo su memoria emerge y se sumerge en ese mar que mezcla recuerdos reales y fantasía. No quiero que se agite, así que me siento a su lado de nuevo.

—Te escucho, babushka.

Ella frunce el ceño. Parece ordenar sus pensamientos. Cruza las manos sobre el pecho y adopta un tono solemne y mágico que me transporta a la niñez.

—Había una vez una zarina llamada Alexandra.

Todos pensaban que era feliz, afortunada, por ser la esposa del zar de Rusia.

Pero en realidad era muy desgraciada. —Se detiene y recupera el aliento, pero compone una expresión evocadora—.

Debido a su suerte, era envidiada por todos y odiada por muchos.

«Es una extranjera», decían algunos. «Es alemana, ¡que se vaya a su país!

», decían otros. Su único consuelo era el amor de su marido y de sus hijas, pero el zar tenía muchas responsabilidades y las niñas eran aún pequeñas. Estaba sola en un país extraño.