Pushkin
Ha sido una odisea llegar hasta aquí.
Al final, he recorrido los casi mil trescientos kilómetros desde Múrmansk hasta San Petersburgo en varios tramos.
Lo que podría haber sido un cómodo vuelo de un par de horas se ha transformado en un infierno de casi cinco días.
Primero, porque me he visto obligado a abandonar el tren a siete horas de la salida, en la estación de Engozero, porque una pareja de policías se subió en la estación anterior a controlar la documentación.
Hacía mucho tiempo que no lidiaba con el pánico.
Ver cómo se acercaban con los fusiles al hombro por el estrecho pasillo del vagón ha disparado todos los síntomas: la taquicardia desbocada, el ahogo, la visión de túnel, el pitido en los oídos.
He logrado controlarlo gracias al duro entrenamiento que, pese a no ponerlo en práctica desde hace años, sigue emergiendo de manera automática en situaciones de peligro.
Me he levantado, sin movimientos bruscos, me he echado al hombro la mochila, y me he bajado en la solitaria estación.
Solo cuando he visto cómo el tren se alejaba me he dado cuenta de que estaba cubierto de un sudor helado.
Después he marchado durante dieciocho horas campo a través, por una zona de pantanos y lagos.
Caminar no me importa, estoy entrenado para ello, pero hacerlo sobre terrenos inundados es agotador.
Los pies sufren por la humedad y te devoran los mosquitos.
Hubiera preferido el invierno, al menos estaría todo congelado.
Al llegar a la carretera no me ha quedado más remedio que hacer autostop, lo que puede salir bien o muy mal. Por fin he tenido un poco de suerte. Un camión de ganado me ha dejado a sesenta kilómetros de San Petersburgo, en el cruce hacia Kronstadt.
Y he vuelto a caminar, conozco bien el terreno.
Siento dolor físico al avistar los paisajes amados, el perfil de las iglesias coloridas, de los edificios, los canales, las calles con edificaciones majestuosas y las callejuelas entrañables llenas de cafés románticos.
El olor a salitre me inunda de buenos recuerdos y también malos.
A lo lejos, sobre las aguas aceradas del golfo, la aguja dorada de la fortaleza de San Pedro y San Pablo hiende el horizonte como una espina luminosa: inexpugnable, eterna y prohibida para mí.
La ciudad no habrá cambiado tanto en diez años, pero sé que debo evitarla por el momento.
Mi aspecto desarrapado, barbudo y sucio llamaría la atención en cualquier parte.
Además, debo dirigirme hacia Pushkin, la ciudad aledaña a la enorme mole.
Allí me encontraré con mi segundo contacto.
No sé si Masha sigue en la dacha de las afueras. Ni siquiera si sigue con vida.
El autobús rural de línea, atestado de pasajeros, se detiene frente al retén de militares a las afueras del pueblo.
Los turistas se mezclan con los jóvenes estudiantes y los trabajadores que vuelven a casa; disfruto atrapando retazos de las conversaciones en mi lengua materna.
Cae la tarde y el sol de julio nos da una tregua.
Es aquí donde me esperan nuevas instrucciones. La Spetsnaz debe su éxito a la disciplina sin contemplaciones, a la lealtad acérrima y a la información dosificada con precisión. Recibe órdenes, acátalas sin preguntas y cúmplelas con honor.
Un soldado joven, alto y muy delgado, por las divisas de su chaqueta veo que es un cabo, se acerca a mí con el rifle de asalto horizontal por delante del cuerpo. No debería llevarlo así, es un signo de debilidad. No es un escudo, es un arma.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes —contesto con una sonrisa. Exuda hostilidad que es en realidad miedo.
—Los abuelos merecen respeto, ¿no crees? —dice mientras se lía un cigarrillo a mi lado. Me ofrece uno. Aunque no fumo, lo acepto.
—Así es, sobre todo si es una babushka —digo la réplica al mensaje en clave y él asiente.
—Vamos. Te llevaré hasta las afueras. Allí encontrarás lo que buscas.
Todo este viaje ha puesto a prueba mi temple.
Desde que recibí la llamada del general Strogoff hasta llegar frente a la casa de Maria Grigórievna he mantenido un absoluto estado de tensión.
Ahora, frente a la añorada construcción de madera, es el peor momento.
¿Qué me voy a encontrar? Lo ignoro. El soldado ha contestado con monosílabos a todas mis preguntas, he sido incapaz de extraer de él ninguna información.
Lo comprendo, sé que obedece órdenes, es solo que me hubiera gustado contar con un marco de referencia un poco más amplio. Él me abre la puerta.
—Puedes entrar, pero no hacer preguntas —me advierte. Yo asiento sin cuestionar y entro, consumido por la ansiedad.
—¿Babushka? —llamo con un hilo de voz. El aroma dulce de las vatrushkas me golpea. Me inunda con recuerdos de risas infantiles, pies descalzos sobre la hierba y chapuzones en el mar.
—¡Adelante! —contesta una voz femenina, pero juvenil. No es ella.
Sigo la voz hasta la habitación. Ahí está. Tendida sobre la cama. Los ojos se me nublan y hago un esfuerzo por contener la emoción. Hace más de diez años que no veo a mi abuela. Una mujer la acompaña sentada en una butaca, vestida de militar y con una bata blanca, me sonríe y se aparta.
—Os dejo solos. Estaré en el salón.
Las contraventanas están casi cerradas para guardar el frescor del interior y a mis ojos les cuesta habituarse a la penumbra. Me siento junto a ella y la cojo de la mano. Me da miedo abrazarla, podría desvanecerse. Sus venas violáceas y tortuosas parecen emerger bajo la piel traslúcida.
—Babushka
—¿Sí? ¿Quién eres?
Se me encoge el alma al escuchar los estertores de su respiración. Enferma. Soy traumatólogo, pero sé reconocer la disnea de una insuficiencia cardiaca. Se agota con solo pronunciar unas palabras.
—Soy yo, baba. Soy Boris.
Está muy delgada, sí. Consumida, mas bien. Su piel apergaminada cubre un cuerpo emaciado por la enfermedad y el paso de los años. No sé cuánto tiempo le queda, pero la sostiene un soplo de vida. Todas las tribulaciones y peligros del viaje desaparecen. He hecho bien en venir.
—¡Borya! ¡Sabía que vendrías! ¡Sabía que no abandonarías a la vieja Masha en su final! —El esfuerzo de elevar un poco la voz le cuesta un acceso de tos que termina con ella derrumbada en las almohadas—. Me queda poco.
—Estoy aquí, junto a ti, babushka. Estaré contigo todo el tiempo que necesites.
Lo sabe. Su lucidez me abruma. Sabe perfectamente que va a morir.
—Bienvenido a tu patria, Borya. La madre Rusia no te olvida. Tiene algo para ti.
No puedo evitar sonreír y su discurso, encendido pese la debilidad, me trae recuerdos de Katya.
¡Cuánta entrega a la causa! ¡Cuánto fervor!
Yo siempre permanecí crítico y sé que ellas me despreciaban por mi tibieza.
Más al final. Yo así se lo transmitía a mi hijo: «No te creas todo lo que dicen».
«No confíes en la propaganda». «Utiliza los sesos para pensar».
«Cuestiónalo todo». No sirvió de nada. A los dieciséis años, ingresó en las milicias juveniles contra mi voluntad.
Susurra en voz muy baja, me inclino sobre ella en un intento de entender, murmura algo sobre la zarina Alexandra.
Delira hasta que se queda dormida. Está frágil, sin fuerzas.
Tomo en su delgada muñeca el pulso radial.
Es débil y lento, pero constante. El reencuentro la deja exhausta, necesita descansar.
Discreta, la soldado que la cuida vuelve a su lado. Me bullen mil dudas sobre su estado, pero debo mantener un perfil bajo. Nada de preguntas.
Inspecciono la pequeña dacha, tiene de todo, está bien cuidada y doy gracias al general Strogoff por mantener su promesa después de tanto tiempo.
Llevo mi escaso equipaje a la habitación contigua.
Hay una pequeña cocina donde encuentro borsch frío y pan negro.
Sonrío porque es la receta ucraniana, sin repollo.
Me hubiera gustado acompañar la sopa con pampushki, mi pan de ajo favorito, y algo de tocino, pero me vale.
Ni siquiera lo caliento. Sintiéndome culpable, porque Masha no aprobaría mis modales, me lanzo a devorar el contenido con una cuchara directamente de la olla, y lo empujo con un poco de vodka gaznate abajo.
Estoy famélico. Es la primera comida decente que hago desde que me marché de Múrmansk.
Después me sirvo té del samovar y lo acompaño con unas vatrushkas, el pan dulce casero que hace una década que no pruebo.
Los recuerdos me abruman, la emoción me embarga, me cuesta no desmoronarme bajo el alud de la memoria.
Me asomo a la habitación. Masha sigue sumida en un sueño profundo, la mujer lee un libro a su lado.
Aprovecho para darme una ducha y sonrío al ver el agua sucia aclararse poco a poco mientras se desliza por el desagüe.
Estaba inmundo. Esbozo una mueca de aprobación al ver mi rostro cuando me afeito, parecía un osezno peludo.
Después, cojo una manta delgada de algodón y un par de almohadas, y me echo en el sofá del salón.
Así estoy un poco más cerca de ella y de la puerta.
Tardo tan solo unos pocos segundos en quedarme dormido, preso del agotamiento, pero envuelto en serenidad. Estoy con Masha. He cumplido.
Una presencia desconocida dispara mis alarmas y me incorporo con brusquedad.
Una soldado, diferente a la de ayer pero vestida igual, con una bata blanca sobre el uniforme de campaña, me tranquiliza con un gesto.
Me pilla desprevenido y eso no puede pasar.
Cuando te vuelves confiado, mueres. Debo recordarlo.
Mis pensamientos oscuros se iluminan con la sonrisa de la mujer.
—Soy la sargento sanitario Tatiana Ivanovna Záitzeva. Pertenezco al equipo que cuida de Maria Grigórievna. ¿Eres su nieto?