Rumbo a Buenos Aires #3
Se me acaban las ideas. Tengo hambre, no he cenado casi nada.
En casa me espera un buen chardonnay que guardaba para celebrar mi victoria sobre la crisis de los cuarenta, pero me vale igual para ahogar las penas.
También me queda media botella de vodka de la que me regaló Nacha para brindar por el fin de mis telarañas.
Comida. Vodka. Boris.
El destello de la idea me hace dar un volantazo y girar en «U» en mitad de la avenida Libertador Bernardo O´Higgins. Frente al palacio de La Moneda. Donde hay más carabineros reunidos que en todo el resto del país junto. Me importa una mierda.
Conduzco como una loca hacia la Sociedad Gastronómica Rusa. Es un poco tarde, pero Oleg me va a ayudar. Como que me llamo Loreto Morán Vivanco.
El orondo camarero seca vasos con un trapo mientras mira en la televisión un canal de noticias ruso.
Todavía quedan algunos comensales en el comedor.
A ver si consigo sujetar mi marcha de valquiria enloquecida para no espantarlo.
Modero la velocidad de mi taconeo, compongo una sonrisa amable y me apoyo en la barra.
Creo que se acuerda de mí, porque me sonríe de vuelta y me saluda en ruso. O eso creo.
—¡Hola, Oleg! Necesito hablar con Boris y he perdido mi móvil. —Cara de póker y mirada sostenida. No mostrar debilidad. Lo mismo que en los juzgados—. ¿Tú sabes dónde está?
Él se rasca la calva y me mira con cara de no entender ni una sola palabra de lo que le digo. Joder. Que viva la integración de los inmigrantes.
—Boris. ¡Boris Radchenko! —Me desespero un poco y modero de nuevo mi tono de voz—. Alto, grandote, canoso. Ojos muy claros. Muy ruso. ¿Sabes dónde está?
Se vuelve hacia la portezuela que comunica la cocina con la barra y pega un berrido que debe de haberse escuchado hasta en Moscú.
—¡¡Karolinka!!
Llega una mujer, también corpulenta, con rasgos eslavos y una mirada directa y limpia.
Escucha con atención lo que dice Oleg e intercambian en ruso unas frases rápidas, en las que lo único que capto es «Barís» en varias ocasiones.
Discuten. Por la intimidad que muestran, intuyo que son marido y mujer.
Ella se encoge de hombros. Él parece un poco enfadado.
—Por favor. ¡Por favor! —suplico al ver que ella se va—. Es muy importante para mí localizarlo. Mañana cojo un vuelo para encontrarme con él, ¡pero necesito saber dónde está!
Oleg compone una expresión de desconcierto y vuelve a rascarse la calva.
Karolinka regresa y discute con su marido.
Joder. ¡Qué frustrante es no entender ni una sola palabra de lo que dicen!
Al final, él alza los brazos, emite una serie de gruñidos de oso y desaparece por la cortinilla de cuentas de cristal que supongo que conduce a la cocina.
La mujer espera a que se vaya y por fin se dirige a mí.
—Boris estuvo cenando aquí hace un par de días —dice, con un acento rudo. Me cuesta entenderla—. Nos dijo que iba a viajar.
—Lo sé. ¿Dónde está? Por favor.
Karolinka echa una mirada de reojo hacia donde ha desaparecido su marido.
—No debería decirte nada. Nadie debe saber. Pero eres su mujer, ¿verdad?
Un nudo ardiente me cierra el estómago. La punzada de vergüenza es casi física: hacerme pasar por la esposa de Boris cuando la que ocupaba ese lugar descansa en un cementerio ruso y sus fotos con velas fueron la razón exacta por la que salí huyendo de él. Trago saliva y callo. El silencio otorga.
—Hum —murmuro, sosteniéndole la mirada con la poca dignidad que me queda. Yo soy solo... ¿la amante? ¿Qué soy para él, en realidad?
—Boris está en Rusia. Ha ido a despedirse de su babushka.
Dejo de escuchar lo que me dice, algo de que no se puede contar a nadie. Me invade una sensación de vértigo. Me alejo de la barra, murmuro un agradecimiento y un adiós. Me meto en el coche y me gustaría tener a mano una bolsa para respirar, porque estoy hiperventilando.
Se ha ido a la puñetera Rusia.
Tengo un billete de avión, dos noches en un hotel de lujo en Recoleta y una reserva en la estancia más cara de la provincia porteña.
He pedido favores a mis socios del bufete, he movido reuniones de suma importancia, he cancelado las vacaciones con mis hijos, prácticamente le he suplicado a mi ex que se quede con ellos.
Suena el móvil y me dan ganas de tirarlo por la ventana, pero es Inés.
—¡Boris está en Rusia! —le suelto lloriqueando antes de que ella ni hable—. ¿Qué coño hago yo ahora?
—¿Cómo lo sabes? Justo te llamaba por eso. Hemos tenido una buena bronca, pero Erik se ha venido abajo por fin —dice a bocajarro—. Me ha hecho jurar por mi vida que no abriría la boca, pero no te voy a dejar volar a ciegas: está en San Petersburgo. ¿Cómo te has enterado tú?
Lo sabía. Inés lo ha conseguido. Tiene al jefe supremo comiendo de su mano.
—Eso ahora da igual, ¿qué hago, Inés?
—¿Vas a ir a buscarlo?
Me tomo unos segundos para tomar la decisión más loca, absurda y drástica de toda mi vida.
—Sí. Voy a ir. Ya averiguaré cómo, sobre la marcha. ¡Te voy contando!
Alcanzo a escuchar sus deseos de buena suerte antes de colgar. Me seco las lágrimas, controlo mi crisis nerviosa y arranco el coche.
A la mierda. Tempus fugit. Carpe Diem. ¿No necesitaba algo radical en mi vida? Pues me voy a Buenos Aires.
Ya encontraré después la manera de llegar a San Petersburgo o a Moscú.