Rumbo a Buenos Aires #2
—Se ha ido acompañado. Es eso —digo muy bajito, con miedo a hacerlo realidad si lo expreso en voz alta—. Se ha ido de vacaciones con una mujer. Está saliendo con alguien. ¡Erik! —exijo cuando no responde al momento.
—No es eso —dice, lacónico.
—¡Típico de los hombres! Cubriéndose las espaldas unos a otros. ¡Joder! —suelto sin pensar.
—Tita, eso no se dice —interviene Magnus, mi sobrino mayor. Genial. Ahora me echa la bronca un niño de tres años.
—A ver. Un poco de orden —viene al rescate Inés—.
Erik, tú sabes algo y nos lo vas a decir.
Si es que Boris está con otra mujer, es mejor que Loreto lo sepa, porque mañana coge un avión y ha pedido quince días de vacaciones para ir a buscarlo a Buenos Aires.
Tiene reserva en una de las haciendas más exclusivas de la provincia, en un hotel...
—No está en Argentina —dice al fin con la boca pequeña.
—¿Cómo?
—No está en Argentina. Es lo único que puedo decirte. No vayas a Buenos Aires, porque allí no está.
Yo abro la boca y creo que se me cae la mandíbula al suelo.
—¿Cómo que no? ¡Pero si lo hemos confirmado con medio servicio de Traumatología! —dice Inés. Yo creo que me voy a echar a llorar en cualquier momento.
—No está en Argentina —repite, obstinado.
—Vale. Muy bien —replica Inés, con los ojos grises opacos y esa expresión hierática que solo muestra cuando está furiosa. Se cruza de brazos—. Y entonces, ¿dónde está?
Cri. Cri. Cri. Silencio sepulcral.
Erik aprieta los labios en una línea fina.
—No sé.
—Mentira —confirma Inés.
Hasta yo puedo decir que es una trola como una catedral.
Erik Thoresen, el cirujano imperturbable, el heredero escandinavo que no se inmuta ni bajo fuego, está acorralado.
La tensión de su mandíbula se puede cortar con un bisturí.
Está calculando cada sílaba, sopesando si le tiene más miedo a la información clasificada que guarda bajo llave o a la furia conyugal de Inés, que ya lo mira con los brazos en jarras y el ceño fruncido.
—No se dice «Mentira», mamá. Se dice: «eso no es cierto» —interviene Magnus otra vez. Tener un sobrino de tres años con el cociente intelectual de Einstein no ayuda en el interrogatorio. Toda la conversación se está tornando en algo surrealista.
—Erik. Por favor. Sabes que me cuesta un mundo pedirte esto.
—Le estoy rogando. Con las palmas unidas.
Le pongo ojitos—. Necesito saber dónde está Boris, es importante.
Tú tienes esa información, está claro. Y la única razón que se me ocurre para que no la compartas, es que le estés cubriendo las espaldas.
—Inspiro hondo y suelto el aire lentamente.
Vuelvo a la única explicación que mi cerebro es capaz de tolerar, aunque él ya lo haya negado—. Porque está con otra mujer.
Es como chocar contra un puñetero muro de cemento. Ni se inmuta.
—No. No hay ninguna mujer —dice, obstinado—. Pero en Argentina no está.
Nos marchamos de allí y yo tengo un cabreo monumental. Tanto Inés como yo hemos intentado sonsacarle, de hecho, los he dejado discutiendo, pero no ha soltado prenda. Me paso el trayecto hasta el edificio de Julio y Yulissa devanándome los sesos porque no pienso rendirme.
Cuando me despido de los niños, tengo el corazón en un puño y me obligo a estar presente en el momento. No disociarme. Permitirme sentir que se me parte el alma por dejarlos, aunque tenga un buenísimo motivo.
—Julito, por favor. Pórtate bien con tu padre, ¿vale? —Lo abrazo con fuerza y él me corresponde un poco desganado—. Sé que estas vacaciones no van a ser lo que esperabas, prometo que os compensaré.
—Está bien, mamá. Pásalo genial en Buenos Aires. —Me mira con timidez, parece estar rumiando algo—. Mami, ¿es verdad? ¿Es verdad que vas a estar con Boris? Os he escuchado desde la escalera...
Mátame camión.
Su pregunta me pilla en bragas. Y ¿ahora qué hago? ¿Hasta dónde puedo contarle? Cojo aire y lo suelto con fuerza.
—Sí, Julio. Boris y yo estamos saliendo juntos, aunque las cosas no siempre son fáciles en las relaciones —digo con precaución, porque no sé qué es lo que sabe—.
No os he dicho nada ni a ti ni a tu hermana porque, antes de que entre en nuestra vida, tengo que estar muy muy segura de que quiero dar ese paso. Lo entiendes, ¿verdad?
Él me mira con los ojos brillantes y, de pronto, despliega una enorme sonrisa.
—Me cae genial Boris, mamá. Y lo entiendo. Gracias por no mentirme.
Siento auténtico alivio y abrazo a Elena también. Todavía huele a la colonia de bebé que le pongo desde que nació y, de pronto, me invade la inmensa necesidad de quedarme.
—¿Vas a estar bien, cariño? ¿No te importa pasar las vacaciones con papá?
Ella compone una expresión de extrañeza y dice una frase que hace que toda mi preocupación se desvanezca.
—¿Por qué no iba a estar bien? ¡Pero si voy a estar con papá!
Cogen sus mochilas y entran corriendo en el edificio entre risas. Elena, con sus once años más bien inmaduros, me enseña una lección: están con su padre y estarán bien. Tengo que asumir que no me necesitan cuando están con Julio. Y eso es bueno.
Volver al coche significa retornar al problema que también había dejado aparcado. Boris. Buenos Aires. ¿Qué coño voy a hacer? El vuelo sale mañana.
Conduzco sin rumbo mientras mi cerebro parece centrifugar ideas a diez mil revoluciones por minuto en busca de una solución.
¿A quién podría preguntarle? Ya he quemado todos los cartuchos del hospital, tiene que ser de fuera.
Pero yo no conozco a nadie del círculo de Boris.
Ni cercano ni lejano. Me devano los sesos y repaso los momentos que he compartido con él.
¿Sabría volver a su casa? Podría preguntarle a sus vecinos.
Me doy una vuelta por los alrededores de La Moneda con el coche, pero los edificios austeros y grises me parecen todos iguales.
No es que estuviera muy pendiente de cómo llegamos hasta allí, la verdad.
Estaba concentrada en hundir los dedos en su nuca, en calentarlo con caricias sobre su muslo, en beberme su imagen contundente y varonil.
Los recuerdos de la última noche que pasamos juntos me invaden en tropel.
Suspiro. Soy idiota: un hombre inteligente, culto, que me hace reír, que tiene conversación y es bueno en la cama, y huyo de él como si fuera la peste.
¿Es o no es la forma más clara de autosabotaje que me he hecho a mí misma en el último tiempo? Creo que sí.