Rumbo a Buenos Aires
Mañana me voy a Buenos Aires a buscar a Boris.
Cada vez que lo pienso me tiemblan las piernas.
Voy a ciegas, porque en el hospital en realidad no han concretado nada, aunque les parece que sí, que estará en la capital.
En busca de distraerme un poco, y porque mi hermana sabe hacer maletas mucho mejor que yo, me he venido con los niños a su casa a ver qué puedo robar de su armario.
Y de paso, recibir un poco de apoyo moral y jugarnos nuestra última carta: Erik. Tiene que saber algo.
—¿Qué tal con Julio? ¿Cómo se lo han tomado los niños?
—pregunta Inés al tiempo que entramos en su vestidor.
Sonrío al ver su colección de Converse de mil colores, algunas bastante desgastadas, junto a los zapatos de tacón que usa en el hospital.
Julito y Elena juegan en el jardín con sus primos y con Loki, el Golden Retriever que hace que tengamos un conflicto familiar cada vez que venimos a esta casa: ellos se mueren por tener un perrito. Yo les digo invariablemente que no.
—Julio y Yulissa no han hecho preguntas. No es que a él le haya emocionado demasiado la idea, así que esta vez tengo que darle las gracias a ella por interceder. —Inés me mira con sorpresa y yo asiento, enfática—. Ya te digo. ¿Quién lo iba a decir? Me refiero a que sea tan sorora.
—Pues te viene bien tenerla de aliada. ¿Y los niños?
Suelto un suspiro mientras cojo unos preciosos Jimmy Choo de cuero negro con tachuelas metálicas.
Doce centímetros de tacón. Una manera como cualquier otra para elevarme sobre la certeza de que soy una impostora.
De que, por mucho tacón que me ponga, jamás estaré a la altura de esos fantasmas que provocaron mi huida.
—Me llevo estos. Elena, bien. Julito... no tanto, pero se las ha arreglado para repartir algunos días con varios amigos —me río, divertida—. Esta faceta adolescente me encanta, aunque me preocupa un poco, también.
—Llévate lo que quieras. Hace frío en Buenos Aires y tengo estas botas que a mí me quedan grandes —dice, alzando un par con tacón chupete, punta fina y hasta la rodilla—. Perfectas para cualquier vestido o falda. Julito empieza a despertar a la vida independiente, con todo lo bueno y lo malo.
Yo me echo a reír. Es bueno estar así con Inés, sin presiones, sin competir, solo disfrutando de los trapitos, la compañía y el cariño.
Paso las perchas de su ropa para ver qué más puedo mangarle, pero lo cierto es que mi estilo y el suyo no se parecen en nada y, además, tengo un armario de lo más surtido.
Aun así, me agencio una cazadora de cuero marrón y un vestido precioso de cóctel que, pongo los ojos en blanco, todavía tiene la etiqueta.
Shakira suena en el equipo de sonido, hay un par de copas de vino encima de la cómoda y estamos solas.
—Estoy cagada, Inés —confieso en un arranque espontáneo—. Tengo un miedo atroz, y, a la vez, nunca me había sentido tan viva.
Ella se vuelve hacia a mí, corta la etiqueta del vestido con los dientes, y me mira con cara de cachondeo.
—¿Es por Boris o es la crisis de los cuarenta?
—¡Cabrona! —Nos entra un ataque de risa, pero yo considero su pregunta en serio—. No lo sé. Las dos cosas. Supongo que Boris ha sido la gota que ha colmado el vaso de los indicios de que necesito hacer algo drástico. Un reseteo vital.
—Yo te veo ilusionada, Loreto. Te brillan los ojos, te veo desconcertada, fuera de tu zona segura —dice Inés con una sonrisa que me conforta y me da fuerzas—. Sea lo que sea que ocurra con Boris, este viaje a Argentina va a significar algo grande. ¿Estás preparada?
—No lo sé, hermanita. Tengo mil dudas. Además, no quiero ser esa mujer que lo deja todo para ir tras de un hombre. —Creo que me está entrando pánico escénico al protagonizar esta parte de mi propia vida—. Va contra todo lo que creo. Pero ¿y si es el hombre?
—Desde la experiencia de una mujer que una vez lo dejó todo por un hombre —dice Inés, que siguió a Erik a Noruega cuando él renunció a su puesto de trabajo en el San Lucas por ella—, te digo que, pese a que fue duro, valió la pena todos y cada uno de los segundos.
Porque no podría vivir sin él. Lo tengo claro.
—Pero es que yo no estoy en ese punto, ¿o sí?
—dudo. Mierda, estoy planteándomelo de verdad—.
No lo sé y ese es el problema. ¿Y si realmente lo es?
¿Voy a permitirme el lujo de perderlo? Ya no tengo veinte años.
Es una oportunidad única de vivir algo diferente, algo increíble, juntos.
¿Estoy dispuesta a lidiar con esa duda? Joder, ¡nunca me he sentido tan viva como cuando estoy con él!
—Entonces, ¿a qué estás esperando? ¡Déjate llevar! —dice mi hermana—. Loreto, vives encorsetada haciendo siempre lo correcto y lo que se espera de ti desde que tienes consciencia de ti misma. ¿Cuándo vas a hacer algo que te apetezca a ti? ¿Que quieras hacer tú?
Asiento. Voy a hacerlo. Voy a ir a buscarlo. A la mierda todo. Necesito sentirme viva y, ahora mismo, eso pasa por volver con él.
Ahora solo falta el pequeño detalle de que Boris quiera colaborar.
Me quedo de tertulia en la cocina después de una merienda tardía con Inés, Erik y mis sobrinos.
Elena y Julito han preferido marcharse a ver una película, pero a mí me encanta incluirme en su pequeño caos familiar.
Inés y yo parloteamos sobre el viaje. He planeado algunas visitas por la ciudad, lugares icónicos como Recoleta, Palermo Hollywood, Puerto Madero e incluso una escapada a La Bamba, una hacienda en San Antonio de Areco.
—¡Es espectacular! —confirma Inés con entusiasmo—. Erik y yo estuvimos el año pasado y es muy romántico. ¡Va a ser perfecto!
Erik, que parecía ignorarnos sumido en la misión de controlar el salvajismo de sus hijos mientras comemos, se vuelve hacia mí con interés.
—¿Escapada romántica? ¿Con quién?
—Oh, con nadie —contesto yo.
—¡Ay, con Boris! —dice al mismo tiempo Inés toda entusiasmada. La voy a estrangular.
Erik me dedica su alzamiento de cejas Thoresen más característico y yo quiero morirme de vergüenza. No sé cuánto sabe, espero que muy poco, de mis últimas andanzas con su jefe de Traumatología.
—¿Con Boris? —pregunta incrédulo. Se mete en la boca un bollo de canela del tamaño de una pelota de balonmano. Entero. Y empieza a masticar muy despacio, rehuyendo mi mirada. A veces odio su frialdad escandinava. Parece que procesa emociones en código binario.
—Sí. Bueno. Ya ves —contesto con una sonrisa forzada.
—Erik, es que no te lo vas a creer. ¡Loreto va a encontrarse con Boris en Argentina! —suelta Inés con toda la emoción de su carácter dramático e intenso.
Y entonces ocurre algo que jamás pensé que iría a presenciar.
Erik emite un gruñido estrangulado y empieza a toser.
Una explosión de migas y canela riega toda la mesa.
Se pone rojo como un tomate y después, fucsia.
Tose, tose y le lloran los ojos. Creo que, de verdad, se está ahogando.
El vikingo de titanio en plena avería sistémica.
Sé que no es el momento y me llevo la mano a la boca para sujetar la risa, pero el gesto se detiene en seco al ver su mirada.
—¿Estás bien, grandullón? —Inés se levanta y comienza a golpearle la espalda. Él sigue tosiendo. Le va a dar algo. Sus hijos observan la escena y Martina, la pequeña, hace unos pucheros con cara de susto.
—Estoy bien. Vann, vann. Gracias —farfulla a duras penas e intenta tragar el bollo de canela que le queda con un vaso de agua que le trae Inés—. Ya está. ¡No pasa nada!
¿Nada? Y una mierda. Su mirada transmite pánico. ¿Horror? No estoy segura. No es incredulidad; es la cara de un hombre que acaba de visualizar una catástrofe nuclear a cámara lenta.
—Pero ¿qué pasa? ¿Tan mal te parece que vaya en su busca? —Joder, la sola frase parece la de un anuncio de colonia barata.
—¿Te vas a encontrar con él o vas a ir en su busca? —pregunta con expresión suspicaz.
Y la que se pone roja como un extintor soy yo.
—Bueno... es que Boris no sabe que voy, todavía. Creo. No sé si ha leído alguno de los mensajes que le mandé. —Mensajes, mails, buzón de voz, whatsapps, creo que solo me falta probar con señales de humo—. Confío en que sí. Estaba... Está un poco enfadado conmigo. Es una sorpresa.
Erik se vuelve hacia mi hermana en busca de una explicación. Yo quiero morirme un poco cuando Inés se encoge de hombros.
—Boris y Loreto tuvieron un malentendido. Gordo.
—A ver... —empiezo a explicar, pero mi pecho se encoge ante el eufemismo y no puedo seguir. No fue un malentendido. Fue... una huida miserable. «Por favor, Inés, no sigas dando detalles», lanzo yo una plegaria al universo, hundida en la miseria, mientras ella retoma la conversación.
—Loreto quiere arreglar las cosas antes de que sea demasiado tarde.
Fue a buscarlo al hospital, pero resulta que Boris se ha ido de vacaciones a Argentina.
¡Y va a encontrarse con él allí! ¿No es romántico?
—exclama con las manos unidas sobre el pecho y los ojos echando chiribitas.
Inés podría cagar purpurina de lo unicornia que es—. ¡Se va mañana!
En contraste, su marido es una placa de hormigón armado.
—Hum. Ajá.
—¿Cómo que «Ajá»? —Se indigna mi hermana, que se cruza de brazos con toda la pinta de dejarlo sin sexo durante un mes.
—Bien.
—¿Cómo que «Bien»?
No va a ser un mes. Van a ser dos.
A mí me entra un ataque de angustia. Erik no responde de inmediato. Coge el cuchillo de la fruta y empieza a pelar una manzana, midiendo cada milímetro de la piel, como si estuviera disecando una arteria coronaria. No me mira a mí. Mira la fruta. Y, sobre todo, evita mirar a mi hermana.
Ahí está. Mi detector de mentiras profesional se enciende al doscientos por ciento.
Y una certeza aterradora empieza a calar en mis huesos. Son amigos. Erik sabe algo. Le lanzo una llamada de socorro silenciosa a Inés, que también está alarmada. Tengo que hacer algo. Tengo que resolver esta duda que, a medida que pasan los segundos, se vuelve más y más una verdad.