Fantasmas del pasado
Pasan las horas. Los días. Las manadas de renos se desvían demasiado al norte y divisamos la alambrada que separa Noruega de Rusia.
Yo necesito dirigirme hacia algún punto ciego de la frontera en el valle de Pasvik, menos vigilado, y me despido de Kárral en la cuarta jornada.
Sin ceremonias, sin aspavientos. Me regala una magnífica piel de reno sobre la que dormir y varios embutidos.
Yo no tengo nada que darle más que mi cruz de oro.
No quiere aceptarla, pero yo lo obligo poniéndola en torno a su cuello.
Es lo más valioso que poseo, además de mi vida, y ahora es suyo. Ojalá hubiera tenido más.
Me invade una profunda tristeza al separarme de él, me sentía amparado.
Protegido. Ahora mi camino tiene unas coordenadas concretas, aunque es incierto.
Estoy en tierra rusa y eso significa peligro.
La única ventaja es que puedo cubrir el terreno con mayor rapidez y me lanzo a una marcha forzada que me permitirá avanzar unos cinco kilómetros por hora.
Soy un perro viejo, pero me mantengo en forma.
Por disciplina. Y porque, de alguna manera y en lo más profundo de mi subconsciente, siempre he sabido que iba a necesitar que mi cuerpo respondiera si lo sometía a una prueba así.
En realidad, es un paseo: la mochila es ligera, le he dejado el arma a Kárral para no levantar sospechas y no hay bombas cayendo.
He abandonado todo lo superfluo. El libro, no.
Es el único compañero que tengo y el recuerdo de Loreto, un consuelo.
Otro peligro real son los osos. Hay un dicho en Rusia: «Si corres, te subes a un árbol y el oso se sube a tu lado, es un oso pardo.
Si corres, te subes a un árbol y el oso lo sacude, es un oso negro.
Si corres, y no hay árboles, lo más probable es que sea un oso polar, y más vale que sigas corriendo».
Y en el óblast de Múrmansk puedo estar más que seguro de que será un oso pardo.
Pronto llegaré al punto de encuentro y un nuevo recuerdo se apodera de mis pensamientos al tiempo que mis pulmones y mi corazón funcionan como una locomotora de vapor, a toda máquina.
Katya y yo estamos en la cama. Recuperamos el aliento tras hacer el amor. Estrecho su cuerpo menudo contra mi pecho y beso su frente. Yo estoy preocupado. Ella, muy abatida.
—¿No hay ninguna manera de que te libres de ir?
—No, mi amor. El incidente del teatro en Moscú ha sido la gota que ha colmado el vaso.
Me trasladan a Grozni. —Es una decisión irrevocable.
Katya no sabe, porque me avergüenza reconocerlo, que he intentado que el coronel Strogoff interceda por mí ante mis superiores—.
Soy un activo demasiado valioso: teniente, traumatólogo militar y francotirador condecorado —explico con cinismo.
Le doy las mismas razones que Nikolai me ha dado a mí—.
Me ha protegido de ir al frente desde que estalló la segunda guerra en el ´99. Han pasado tres años. Tengo que ir.
—Si es tu deber, tienes que cumplir y lo entiendo. Espero que Aleksandr lo haga también —murmura en voz baja—. Tu hijo te necesita. Pasas mucho tiempo fuera.
Sé que le hubiera gustado viajar conmigo a la zona de conflicto, pero para mí es una decisión inamovible: debe quedarse con Sasha y con babushka.
Sé que es egoísta, pero jamás me perdonaría si algo le pasara.
No quiero dejar huérfano a mi hijo y Katya lo sabe.
Ella misma le da un valor incalculable a la familia, por mucho que suelte soflamas encendidas sobre el poderío ruso, los traidores chechenos y la necesidad de la guerra.
Ninguna guerra es necesaria. Es narcisismo. Es vanidad.
Prefiero no enzarzarme con ella en una liza política en la que ella es defensora acérrima del régimen y yo me vuelvo cada vez más escéptico y crítico.
El sexo con ella me ha dejado lánguido, extenuado.
No sé cuándo volveré a abrazarla. A hundirme en ella.
La beso, con ansias, y hacemos de nuevo el amor.
Cuando se duerme por fin, me levanto y voy en silencio hasta la habitación de Sasha.
Sonríe en sueños, es un niño feliz. Jamás lo sacaría de San Petersburgo, donde tiene una vida plena y tranquila.
No sabe que su padre asesina por orden del alto mando militar a objetivos estratégicos de un tiro en la cabeza o en el pecho, a veces a más de un kilómetro de distancia.
Tampoco sabe que intenta equilibrar su conciencia con su labor como médico cuando no se le asigna una misión.
Estoy lleno de contradicciones.
Es por eso por lo que las órdenes concretas de mis superiores me consuelan.
Me marcan un camino. No tengo que pensar, solo obedecer.
Acaricio los rizos negros, herencia de su madre, y beso su frente.
Si con lo que hago puedo construir para él un mundo mejor, seguiré haciéndolo.
Aunque mi conciencia se torne cada vez más negra.
Y mis convicciones, cada vez más débiles.
El GPS del reloj emite un pitido que me arranca de golpe de mis pensamientos.
Frente a mí, la cinta plateada de una carretera corta el blanco y el verde de la tundra.
Compruebo las coordenadas. He llegado al punto de encuentro.
Estoy a 30 kilómetros de Múrmansk y se nota, porque el tránsito de coches y camiones es intenso.
Al menos, en comparación con lo que he visto en la última semana.
El general Strogoff ha escogido un buen lugar.
La carretera describe una curva cerrada y, justo en el tramo de radio constante, hay un pequeño grupo de abedules achaparrados que ofrecen cierta protección.
Espero allí a que llegue el momento: todos los días, alrededor de las 23:00, durante una semana, acudirá mi contacto.
Tengo varias horas hasta que aparezca y resisto la tentación de cubrir a pie los escasos kilómetros que me separan de la ciudad.
Un Lada rojo con matrícula c227ha-51 aparece por fin en la curva.
Aparca. Un hombre fuma un cigarro y lanza de vez en cuando una mirada circular.
Va solo. Con los prismáticos, localizo la señal convenida: un emblema de las Spetsnaz Vympel en su gorra negra.
«No conocemos la piedad y no pedimos ninguna». También lleva escrito su lema.
Me acerco despacio, para que tenga tiempo de verme bien y no le entren deseos de pegarme un tiro, hasta la ventanilla.
—Buenas noches, hermano. ¿Hay sitio para uno más hasta Múrmansk?
El hombre no responde de inmediato. Apoya el codo en el marco de la ventanilla, sostiene el cigarrillo entre dos dedos nudosos y me examina con la lentitud gélida de un depredador curtido.
Su mirada se detiene en mi ropa técnica manchada de barro, en mis manos agrietadas por el frío y, finalmente, en la tensión de mis hombros.
Pasan tres segundos que parecen una guardia entera bajo la nieve.
—El norte no perdona a los rezagados —responde con una voz cavernosa, raspada por décadas de tabaco negro.
Es la respuesta exacta. La contraseña que Strogoff me hizo memorizar antes de salir de Santiago.
Arroja la colilla al asfalto con un chasquido de los dedos y empuja la puerta del copiloto desde dentro con un golpe seco.
—Entra y cierra. Hay una patrulla de tráfico a diez minutos de aquí.
Tiro la mochila al espacio entre mis piernas, me deslizo en el asiento gastado y cierro de un portazo.
El habitáculo apesta a gasolina mal quemada, a pino sintético y al olor rancio de la makhorka que se fuma.
Sobre el salpicadero desvencijado, un crucifijo ortodoxo de madera cuelga del espejo retrovisor junto a una cinta de San Jorge que oscila al compás de las vibraciones del motor.
El hombre engrana la primera marcha sin mirarme. Los neumáticos muerden la gravilla del arcén y el Lada se incorpora a la E105, acelerando con un gemido asmático.
—Tienes cara de fantasma, Radchenko —suelta de pronto, clavando los ojos en la carretera desierta que corta la tundra bajo la luz violácea del sol de medianoche—. Nikolai te daba por muerto hace años.
—Nikolai siempre ha sido un optimista —respondo en ruso, sintiendo la aspereza del idioma en mi garganta tras días sin hablar con un ser humano.
El contacto sonríe de medio lado, una mueca torcida que le parte una cicatriz pálida en la mejilla izquierda.
—Tienes dos horas de viaje hasta Múrmansk. En la guantera hay un pasaporte interior ruso nuevo, billetes de tren y algo de dinero. Aprovéchalas para dormir, doctor. Lo que te espera al sur del Ártico no te va a dar tregua.
Apoyo la cabeza contra el cristal frío mientras los abedules enanos pasan como borrones grises a los lados de la carretera. No cierro los ojos. No puedo. Estoy de vuelta en casa, y aquí los muertos nunca duermen.