De amor y vodka Gabinete de crisis #2
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Gabinete de crisis #2

Andrés entra en el despacho y me doy cuenta de varias cosas.

La primera, es que me he quitado los tacones y están tirados en el suelo dando una imagen muy poco profesional.

La segunda, que mi escritorio parece una jaula de monos, lleno de papeles desordenados, una taza de café vacía y una bolsita de patatas fritas a medio comer.

Me recompongo como puedo y adopto una pose profesional, pese a que capto la sonrisa reprimida a duras penas de mi socio.

—Claro que estoy interesada. No podemos dejar escapar a un cliente así —digo con tono firme—. ¿Cuándo te reúnes con ellos?

Se dibuja una sonrisa gigante en su rostro varonil. No sé si por mi respuesta o porque me ha pillado de esta guisa, en pleno caos emocional.

—Ahora que tengo luz verde, hablaré con ellos y te comunicaré la fecha de la reunión para que discutamos las condiciones.

—Perfecto. Mantenme informada de todo.

Se da la vuelta para marcharse y, en el último momento, se detiene en el quicio de la puerta y me mira.

—¿Loreto?

—¿Qué? —digo un poco brusca. Necesito que se vaya para ponerme los tacones y recuperar las riendas de mi vida.

—Me has devuelto la fe.

—¿Y eso? —pregunto intrigada.

—Porque eres humana. Creo que lo veo con claridad por primera vez.

Se marcha riéndose y cierra la puerta.

—¡Joder!

Cuando llego a casa me dedico a los niños sin pensar en nada más y, en cuanto se duermen, abro el ordenador y me lanzo a la piscina.

Lo tengo decidido. Compro un billete a Buenos Aires para dentro de cuatro días con la fecha de vuelta abierta y reservo un par de noches de hotel.

Me siento poderosa. Eufórica. Invencible.

Ahora me quedan tres cosas que hacer: negociar con mi ex para que se quede con los niños, hablar con Andrés para decirle que se busque la vida en el bufete durante los próximos quince días, y quedar con las chicas para contarles las últimas novedades y perfilar bien el nuevo plan de acción.

Y porque necesito que alguien me asegure que no me he vuelto loca de remate, porque esa es la sensación que tengo ahora mismo.

Que me he convertido en un ser irracional que piensa ¿con el corazón?

¿Con el clítoris? No lo tengo claro, así que empiezo por lo más fácil: ellas.

No pego ojo en toda la noche.

—Más vale que esto sea muy bueno. ¡Me has hecho madrugar muchísimo! —se queja Nacha al día siguiente. Siete y media de la mañana y ella vive en la otra punta de la ciudad.

Las he citado en la cafetería del hospital porque así me aseguro que vengan Andrea e Inés. Ellas suelen estar aquí a estas horas, así que cuando me saludan, solo hay expectación.

—Lo siento, pero es una emergencia. Además, te he ahorrado el atasco de las ocho —digo sin piedad. Ella suelta un gruñido amenazador—. Y estás de baja maternal, así que, ¡menos lloros!

Reparto cafés y galletas de avena con chocolate para todas, cojo aire y lo suelto.

—Ya tengo los billetes para Buenos Aires. Me voy el sábado.

Dejo caer la bomba con voz triunfante. Me he alzado sobre la silla con seguridad y decisión. Lo he hecho. ¡Soy la puta ama!

Silencio absoluto. Cri. Cri. Cri. Ruedan matojos secos figurados como los del oeste.

No dicen nada, así que estudio sus caras. La de Nacha es de cachondeo. La de Inés, de incredulidad. Andrea me mira como si, efectivamente, me hubiese vuelto loca. Me envuelve una terrible frustración.

—¡Lo he hecho! ¡Tengo los vuelos y el hotel! ¿No me creéis? —Saco el móvil y busco los correos con sendas confirmaciones.

Inés me quita el móvil de las manos y lo deja sobre la mesa. Se miran entre ellas y me invade la certeza de que he cometido una cagada legendaria. Así de insegura soy. Mi hermana no me mira cuando empieza a hablar.

—A ver, Lore. No sé qué piensan las demás, pero creo que te has precipitado. Un poquitín —dice con delicadeza. Y yo la quiero matar—. ¿No crees?

—¡No! —digo ultrajada—. Siempre estás con la monserga de que tengo que vivir, ser menos rígida, dejar que me pasen cosas buenas Por fin me lanzo a hacer algo, ¿y dices que me he precipitado? ¡Venga ya!

Me siento traicionada por mi propia hermana.

—No te digo que no te lances —contesta, conciliadora—. Pero ¿y si resulta que se ha ido a esquiar a Bariloche? ¿O al glaciar Perito Moreno? ¿O a ver ballenas a Puerto Madryn?

Ay. Mierda.

—A ver, Loreto, que yo solo te he dicho que está en Argentina —añade Andrea, escandalizada. Es la que más impactada se ha quedado con mi locura. Normal. La inmensidad de lo que he hecho comienza a permear mi entendimiento—. Lo de Buenos Aires, ¿de dónde lo has sacado?

Se genera una pausa incómoda en la que mis tres mujeres-tribu beben café o mordisquean galletitas mientras yo me hundo en la miseria. Cierro los ojos un par de segundos. Respiro hondo. Esta vez quiero que estén conmigo, que me insuflen coraje, que me apoyen en esta decisión.

—Chicas, sé que me estoy comportando como una maldita chalada, pero necesito esto.

Necesito sentirme viva. Hace mucho tiempo que voy en piloto automático, haciendo las cosas porque hay que hacerlas, ¡soy un maldito robot!

—digo con amargura, pero imprimiendo toda la fuerza de mi necesidad en las palabras—.

Por primera vez en AÑOS, he vuelto a sentir: el deseo, la atracción, las ganas de hacer locuras.

Llevo muerta por dentro desde mucho antes de divorciarme de Julio.

No quiero ser la persona amargada, gris, cínica y envidiosa en la que me he convertido.

Necesito un revulsivo para empezar otra vez.

—Inés asiente en silencio, ya la he ganado a mi causa—.

Y, además de todo eso, quiero aclarar las cosas con Boris antes de que sea demasiado tarde.

No puedo esperar un mes. Necesito este viaje. Ahora.

Vale. Me he vaciado. Acabo de definirme como una vieja amargada, cínica y envidiosa. Pasan unos largos y agoniosos segundos.

—Oye —tantea Nacha. Juguetea con las miguitas de chocolate—. ¿Y no puedes preguntarle a nadie dónde está? ¿Acotar un poco más? Andrea, seguro que en el hospital, como corren los rumores, su equipo sabe algo más.

Inés y Andrea se miran, y mi hermana levanta la barbilla en su gesto personal de determinación. Las chicas se enderezan y la llamita de esperanza e ilusión vuelve a titilar.

—Genial, ya tenemos un nuevo plan de acción: averiguar en qué parte de Argentina está —digo un poco más animada.

—Vale, cuenta con ello —afirma Andrea.

—Nosotras nos encargamos de preguntar en el hospital —añade Inés.

Las abrazo, agradecida. Estas son mis chicas. Aunque a veces necesiten un empujoncito para reaccionar. Se nos ha ido el santo al cielo y es tarde. Tardísimo. Salimos todas en estampida a nuestros respectivos lugares de trabajo.

Es oficial: me voy a Buenos Aires. Me siento como si caminara encima de una nube rosa de algodón de azúcar. Aunque también tengo ganas de vomitar.

Ahora voy a avisarle a Carlos Mario. Con él puedo hablar sin tapujos, pero todavía no tengo ni idea de qué voy a decirles a Julio, a los niños y a Andrés.