De amor y vodka Gabinete de crisis
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Gabinete de crisis

El lunes llego a la oficina como nueva. Me giro en el vestíbulo del bufete y me saco un selfi: labios rojos, moño apretado, ojos ahumados y vestido azul marino ceñido cortesía de la Boutique Chic. La dueña está encantada con la promoción que le hago y hoy me siento generosa.

¿Preparadas para triunfar sobre el lunes? ¡Yo sí! El maquillaje es de M.A.C, el vestido de la @Boutique_Chic. ¡Feliz semana a todas!

Ignoro las reacciones, tengo mucho que hacer.

Quiero tener todo el trabajo despejado para las doce, en que Andrea le va a entregar la carta a Boris.

Una carta un poco infantil, la verdad. Y bastante cursi.

Es lo malo de escribir bajo los efectos del chardonnay y el vodka junto a tres amigas incondicionales que te siguen en todas tus locuras.

Me entra un poco de dolor de barriga al pensar que Boris va a leer lo que he escrito.

En mi defensa he de decir que al menos he sido brutalmente sincera.

Menciono mi cobardía, arrepentimiento, desesperación, disculpa, perdón, oportunidad, ilusión, futuro Jamás había escrito algo así.

Ahora que lo pienso, combina bien con la dedicatoria del libro que le regalé. ¿Lo habrá leído?

Miro el móvil de reojo cada dos por tres. Me doy cuenta de que he olvidado la llamada a la acción del post. Lo edito. Sigo corrigiendo el borrador de la sentencia que tengo en las manos.

—Loreto, mi reina. Estás insoportable. ¿Qué te has echado en el café? —Carlos Mario suelta un suspiro fastidiado y deja lo que está haciendo—. ¡No paras de moverte y necesito concentrarme!

Estoy inquieta, pero en realidad no he dado un palo al agua en toda la mañana, me he levantado unas diez veces de la silla, soy consciente.

Él no ha parado de teclear con furia en el ordenador.

Estamos preparando el primer arbitraje con el ex de Mónica y su abogado, alias la serpiente, Adams. Corrección: él está preparando.

Yo estoy que me subo por las paredes porque ya son bien pasadas las doce y no sé nada de Andrea ni de Boris.

A estas alturas, me había montado películas del tipo de que él me llamaría para decirme que está todo olvidado y que me invita a cenar.

En realidad, la fantasía más tórrida y reproducida en mi mente es que él se presenta aquí, en el bufete, me arranca la ropa, me dice que me perdona y me empotra contra el escritorio. Tengo mucha imaginación.

—¡Loreto, por Dios! —Carlos Mario me llama casi gritando, con los ojos muy abiertos, y expresión asustada—. ¿Se puede saber qué te pasa? ¡Te he dicho que te necesita Aristegui en su despacho! ¡Muévete!

Salgo de mi trance en un sobresalto. Le perdono a mi becario estrella que me hable así (me ha picado el amor propio) y me apresuro al despacho de mi socio.

Es raro que me convoque así. Si me necesita, suele venir a buscarme.

No me hace mucha gracia acudir a su llamada como si fuera su empleada.

Soy su igual. No. Soy mejor, y por eso mi apellido va delante del suyo en el bufete.

Hago un esfuerzo y dejo a un lado mis pensamientos, me centro en lo que va a pasar.

—Buenos días, Andrés. ¿Alguna condición médica que te impida desplazarte hasta mi despacho? —digo con sorna. Me siento en el borde de su escritorio. Es cuando me doy cuenta de que su rostro, siempre tan hierático, exhibe una sonrisa de oreja a oreja y lanza chiribitas por los ojos.

—Loreto, la fusión bancaria ha ido sobre ruedas gracias a tu intervención.

Mi cliente está ahora mismo celebrando en las Maldivas y nosotros vamos a recibir una cantidad obscena de dinero en retribución.

—Me muestra la cifra en el cheque y yo no puedo evitar atragantarme.

Son siete cifras. En euros—. La mitad de este dinero va para el bufete.

La otra mitad, ya sabes. Entre tú y yo. Quería darte las gracias personalmente, y en privado, por tu pericia en el caso.

Carlos Mario está pegado a ti a todas horas, por eso te he llamado aquí.

—¡Magnífico! —Sonrío por fin—. Es una buenísima noticia.

—Y no es todo. El Banco Alemán quiere contratar nuestros servicios aquí en Chile de manera permanente, y que además llevemos su cartera a nivel de toda Sudamérica.

—Me mira, sonríe con malicia, sabe que me tiene en el bote—.

Tú eres mucho mejor abogada que yo en temas financieros.

Deja de perder el tiempo con divorcios y juega a lo grande, Loreto. De manera definitiva. ¿Qué me dices?

Cojo aire para contestar, es obvio que voy a decirle que sí. Pero entonces Carlos Mario llama a la puerta y entra sin esperar la venia, lo que le hace ganarse una mirada de estas que matan de parte de Andrés.

—Loreto, la llamada tan importante que esperabas del San Lucas. ¿Qué hago?

Y todo desaparece. Andrés, el Banco Alemán, los millones de dólares. Me bajo de un salto de la mesa de mi socio, que me mira con la boca abierta. Porque sí. Me voy a mi despacho a contestar.

—Es de suma importancia que conteste esta llamada. Vengo ahora mismo.

El San Lucas no es que sea de nuestros clientes más potentes, pero Industrias Thoresen sí, de modo que Andrés me hace un gesto de aquiescencia. Sabe que a Erik y a Inés les gusta que tratemos las dos cuentas por igual.

En cuanto entro a mi despacho, cierro la puerta. Con Carlos Mario dentro, quizá necesite su complicidad si Boris viene a llevarme a comer o a un hotel a reconciliarnos. Confío plenamente en mi carta de contrición. Pudiera ser que hasta haya dibujado un par de corazoncitos.

—Dime, Andrea —suelto con ansiedad.

—Hola, Loreto —contesta, abatida—. Misión abortada. No he podido entregarle tu carta a Boris.

—Vaya. ¿Estaba en quirófano? —Trato de recordar su horario, pero sé que cambia cada semana según necesidades del servicio.

—No. No he podido entregarle tu carta porque no está.

—¿Cómo que no está? ¿Está saliente de guardia? —Es lo primero que se me ocurre.

—No. No está en el hospital. Al parecer, se ha ido de vacaciones de manera inesperada.

Me tomo unos segundos para encajar la decepción.

—Joder, seguro que todo esto es culpa mía. —Me comen los remordimientos. ¿Hasta qué punto le ha hecho daño mi dureza y mi crueldad?—. ¿Sabes algo más?

—Sí, por eso he tardado tanto. ¡Me debes una, llego tarde a la consulta! —dice algo cabreada. Yo la camelo con un montón de elogios y promesas, pero ella me ignora—. He averiguado que se ha ido a Argentina. Un mes.

—¿A Argentina? —suelto un gemido. Se me cae el alma a los pies—. ¡No puedo esperar un mes a que vuelva!

Se hace un silencio al otro lado del teléfono. Andrea suspira.

—Escucha, tengo que irme a la consulta. ¿Hablamos después? Un beso.

Cuelgo la llamada. Carlos Mario ha escuchado todo y me mira, solidario.

—¿Qué vas a hacer?

Tardo en contestar, porque no lo sé. ¡No lo sé! Todo nuestro plan de reconquista se va al tacho antes de empezar. Me desanimo un poco, porque yo ya veía a Boris entrando por la puerta montado en un corcel blanco. Y resulta que se ha ido de vacaciones. Con esto no contaba, desde luego.

—No tengo ni idea.

—Unas vacaciones a la Argentina no te vendrían mal —aventura, con cautela.

Considero seriamente su pregunta. Mi cerebro empieza a echar humo.

¿Cojo vacaciones e intento enviarle unos mensajes, que sepa que voy para allá?

Lo peor que podría pasarme es que los ignorase o no los leyese.

Entonces, me quedaría tirada en Buenos Aires, sola.

Hum. Ahora que lo pienso, la alternativa no está tan mal.

Un hotel de cinco estrellas, pasear por Recoleta y fundir la tarjeta en Palermo.

Podría reconvertirlo en un viaje de autodescubrimiento, me vendría bastante bien.

Lo malo es que, este año, los niños pasan las vacaciones de invierno conmigo.

La culpa me aplasta al considerarlo algo malo y reconduzco la línea de pensamiento: no es malo en sí, es inconveniente para mi plan de encontrarme con Boris en Argentina.

Significaría pedir unos cuantos favores.

Los primeros en la lista son Inés y Erik, pero sé que Elena y Julio no me lo perdonarían.

Aunque adoran a sus primos, sería una putada dejarlos quince días con dos bebés de tres y un año, y los médicos siempre tienen una logística complicada.

Pienso en Andrea y desecho la idea de inmediato.

Tiene tres hijos, joder. Si mis padres vivieran más cerca sería distinto.

O tal vez podría mandar a los niños a su casa en Lago Ranco.

O pagarles a mis padres el billete de avión para que vengan hasta aquí.

Estoy desvariando. Y sé por qué lo hago.

Porque lo más sensato sería hablar con Julio y cambiar las fechas, que él se quedase este año con ellos y el año que viene, hacerlo yo.

Es lo más fácil. Más aún, sabiendo que no se van a ninguna parte porque económicamente están regular y sus niños son muy pequeños.

Pero, claro. Sería deberle un favor a mi ex.

Un gran favor. Uno enorme y no equivalente al que me debe por la gastroenteritis y algunos otros.

Aquí estoy, haciendo cálculos maquiavélicos para librarme de mis hijos.

Me iré al infierno de las malas madres. Por otra parte, no me apetece dar explicaciones de que lo dejo todo para ir a buscar a un hombre que, si lo miro fríamente, no termino de conocer de verdad.

¿De verdad lo estoy considerando? ¿He dicho ya que la cabeza me va a explotar?

—Loreto, tengo que darles una respuesta a los directivos del Banco Alemán. Estás interesada, ¿no? Me has dejado colgado.