De amor y vodka Nuevos amigos, viejos recuerdos
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Nuevos amigos, viejos recuerdos

El aeropuerto de Kirkenes es pequeño, funcional, con ese toque estético que le dan los noruegos a todo, y que mezcla madera clara, acero y cristal.

Escondo un bostezo y me estiro con disimulo.

Recojo la pequeña maleta de la cinta de equipajes, que lleva lo mínimo para no levantar sospechas, y compruebo mi pasaporte.

Boris Radic, país de origen: Chile. No es que vaya a salvarme la vida, pero desvía la atención de mi apellido real, ese Radchenko que me identifica en el Servicio Federal de Seguridad como desertor y enemigo de la patria.

Además, no tengo que preocuparme de su autenticidad porque está expedido por el Ministerio del Interior chileno.

Bendito general Strogoff y sus contactos internacionales.

Mi misión en este momento: mantener un perfil bajo.

Doy gracias a Dios por la ingenuidad de los noruegos: no necesito visado, y casi no miran mi pasaporte. Mi aspecto es el de un turista adinerado que visita la zona en busca del cangrejo real, como muchos de los que transitan por el aeropuerto.

En Salidas me espera un hombre, de unos cincuenta años y pinta de vikingo. No me hace falta leer el folio improvisado a modo de cartel con mi nombre. Es igual a Erik: su hermano Kurt.

Estrechamos las manos.

—Bienvenido a Kirkenes. ¿Todo bien? —Es parco y directo, igual que su hermano, pero sonríe más, es más afable. Una poblada barba rubia cubre su mandíbula.

—Todo bien. Gracias. Gracias por toda la ayuda.

Hace un gesto despreocupado con la mano y me conduce hasta un todoterreno donde espera al volante una mujer menuda, vestida con el típico atuendo sami de bordados de colores y el rostro de un duendecillo: ojos azules muy rasgados, pelo negrísimo y pómulos como manzanas rojizas. Kurt se ilumina al verla.

—Boris, esta es Maria. Mi mujer. Nos llevará hasta el poblado.

Ella hace un gesto de saludo y sonríe. No puedo evitar corresponder, es preciosa.

—Hola, Boris. Sube atrás, tenemos que hacer unos recados antes de marcharnos.

Toma, aquí tienes café. —Soy afortunado, tengo grandes amigos y me abruma un poco el recibimiento de estas personas, que de nada me conocen y, sin reservas, me prestan su ayuda.

Recibo agradecido el termo de acero—. ¿Quieres comprar algo?

¿Útiles de aseo? No te preocupes por la ropa, tenemos de todo lo que vas a necesitar.

—No, no. Gracias, spasibo! —No quiero ocasionar más molestias, en cuanto sea seguro, trasmitiré mi gratitud a Erik, que ha hecho que todo esto sea infinitamente más fácil—. No sé cómo retribuir todo lo que estáis haciendo por mí.

—No te preocupes. No eres el primero al que echamos una mano —dice Maria.

Kurt asiente, algo preocupado. Lo leo en su semblante—.

Lo habitual es que vengan en dirección contraria, pero sabemos a qué te enfrentas y lo que necesitas.

Erik nos ha contado todo lo que necesitamos saber, así que no te preocupes. Duerme un poco, tienes cara de cansado.

Bebo el café. Está fuerte y tiene unas gotas de alcohol, seguramente akvavit o vodka.

Por primera vez en mucho tiempo me siento seguro.

Protegido por esta pareja peculiar que se arriesga, no sé si saben hasta qué punto, al ayudarme.

Por unas horas, puedo bajar la guardia y descansar después de dos semanas de noches en blanco con la mirada clavada en el techo.

Me envuelvo en la cazadora, apoyo la frente en el cristal, y caigo en un sueño profundo.

El trayecto no es muy largo. Empleamos un par de horas en transitar por una estrecha carretera de ripio en dirección norte.

Pasamos por un par de aldeas que no son más que un puñado de casas con sus respectivos graneros y naves.

Pareciera que hemos viajado en el tiempo unos cincuenta años atrás.

A la Noruega de antes del descubrimiento del petróleo. Rural, sobria Precaria.

Los últimos kilómetros, Maria se ve obligada a bajar la velocidad; el camino es más bien una senda entre la hierba rala de la tundra y la nieve. Sonrío al ver los rebaños de renos que nos miran con indiferencia al pasar.

—Estamos llegando. Hemos preparado un gahtie para ti, ahí podrás descansar y asearte —explica Maria. Veo unas cabañas hechas de troncos y forradas con musgo y ramitas, que me trasladan a un tiempo aún más primitivo—. Es tarde, cenarás con nosotros primero.

Me desconcierta que afirme que es tarde.

Es culpa del sol de medianoche, que mantiene el cielo iluminado durante casi todo el día en los meses de verano.

El reloj marca las siete. Tengo la sensación de llevar aquí semanas y solo han pasado unas horas.

Más vale que me aclimate pronto al cambio de hora y de estación.

Ayudo a descargar los víveres y sigo a Kurt hasta el ajjte, la construcción también de madera donde los sami guardan sus provisiones.

Después, me tomo un momento para disfrutar de la belleza salvaje del lugar.

Unos niños juegan con unos cachorros de husky, un corro de ancianos se agrupa junto a una hoguera.

Se respira armonía, tranquilidad. Paz. Podría vivir aquí.

—Vamos. Hay guiso de reno con patatas y frutos del bosque. —Kurt se palmea el vientre y sonríe—. Kárral, el padre de Maria, nos espera en su gahtie.

Los sami son un pueblo extraordinario. Me acogen, me aceptan, sin preguntas.

Hablan un idioma sonoro, pausado. Me sirven un plato generoso de guiso de reno y se me hace la boca agua.

Un par de vasos de vodka y me siento como en casa.

Después, cantan. Los instrumentos emiten sonidos evocadores, antiguos.

Los yoiks, cantos melódicos sin letra, me transportan a un estado onírico.

Se me cierran los ojos, así que me despido.

Kurt me acompaña hasta la pequeña cabaña donde dormiré yo.

Los dos días que vivo con ellos se me hacen cortos, pero estoy acostumbrado a las despedidas dolorosas.

Cuando comienzo a amar un lugar, siempre tengo que abandonarlo.

—Estás hecho todo un sami —dice Kurt, satisfecho.

Llevo puesta una casaca típica de su propiedad, algo ajada ya, pero que me queda perfecta.

Es de un llamativo color azul y está bordada en la pechera y en las mangas con cenefas de otros colores vivos.

Los pantalones, sin embargo, son de una tela tecnológica, no demasiado gruesa, con revestimiento de Goretex.

El gorro y los guantes son de una piel suave de reno, muy flexible.

Protejo mis ojos con unas gafas de alpinismo.

Una mezcla curiosa de modernidad y tradición.

—Gracias, Kurt. No sé cómo puedo pagaros todo lo que Erik, tú y Maria, Kárral y su pueblo, estáis haciendo por mí...

No puedo seguir. Estoy emocionado. Con él he hablado en ruso todo el tiempo, y he aprendido algunas frases en sami. Extiendo mi mano, y él me da un enorme abrazo de oso. Palmea mi espalda.

—Buena suerte, Boris. Maria te manda un beso y Erik envía sus buenos deseos, también. Aquí nos despedimos. —Me mira a los ojos, sé que puedo contar con él—. ¿Llevas todo lo que necesitas?

Asiento. Está todo bien asegurado en la mochila.

La maleta me esperará en Kirkenes, por si vuelvo.

Algo de ropa, documentos de identidad, una factura falsa de un operador turístico, llamado King Crab Safari, para el caso de verme obligado a explicar mi presencia en tierras sami, dinero en metálico y un móvil de prepago que no tengo intención de usar.

Lo imprescindible. Y un libro. Sí, el de Loreto.

Como un niño, necesitaba la permanencia de un objeto que me recuerde a ella.

—Ty gotov? —Kárral espera, paciente. Sus manadas de renos se desplazan lentamente hacia el este, en dirección a la frontera rusa.

Sí, estoy listo. Me cuelgo la escopeta del hombro, por si nos encontramos con un oso, y levanto el brazo para despedirme de Kurt, que se aleja en el todoterreno.

Me gustaría visitar las cataratas de Shuonijoki o el pozo de Kola, perforado hasta once kilómetros de profundidad, pero debo permanecer lejos de cualquier vía de tránsito, aunque sea un camino de tierra. Sé bien qué tengo que hacer.

Me esperan unos doscientos kilómetros hasta el punto de encuentro en la carretera E105, treinta kilómetros antes de llegar a Múrmansk.

Hay algo de nieve, pero no importa. Me ajusto la mochila, agarro con firmeza los bastones de senderismo que me ayudarán en el barro y echo a andar detrás del pastor.

No tardo en acompasarme al ritmo de los renos. Kárral me ha enseñado que debemos permanecer en perpetuo movimiento, sin invadir el rebaño, pero sin perderlos de vista también. Es un hombre enjuto, fibroso, no muy alto. Maria ha heredado de él su pelo negro y su determinación.

Pasan las horas y el caminar infatigable me sumerge en una especie de trance en el que mi cuerpo se mueve por puro instinto.

Hace una década recorrí un camino parecido, pero en dirección contraria, en una huida desde Rusia hasta Finlandia.

Las horas se dilatan sobre la tundra y el silencio polar me devuelve a los inviernos del Cáucaso.

A la primera vez que mis manos cambian el bisturí por un rifle de francotirador.

Grozni, marzo de 1995.

Los chechenos son un pueblo indómito, orgullosos de su tierra y de su fe, sumamente resistentes a la adversidad.

Llevamos dos meses en este lodazal y no ceden ni un palmo de terreno.

No puedo expresar mis pensamientos en voz alta sin arriesgarme a un pelotón de fusilamiento por traición, pero siento por ellos un respeto oscuro.

Somos superiores en número, en blindados y en artillería pesada, pero la muerte asola la ciudad tiñendo la nieve de hollín y sangre sin quebrar su resistencia.

Las sirenas ululan, enloquecidas entre las ruinas. Las ráfagas de metralla barren la avenida a intervalos regulares y los disparos secos de los francotiradores se elevan por encima del estruendo como latigazos.

El puesto de socorro está sitiado entre las ruinas de un edificio.

Fuera, un pelotón insurgente avanza entre los escombros para rematar a los heridos y degollar a cualquiera que encuentren a su paso.

Han abatido al centinela exterior y el tirador asignado a nuestra defensa yace junto al ventanuco con la garganta abierta, ahogándose en su propia sangre sobre la culata del fusil.

Tenemos doce soldados graves en las camillas. Si cruzan esa puerta, será una carnicería.

El suboficial médico esconde en su pecho una granada para inmolarnos antes de caer vivos en sus manos. Estamos desesperados. Yo no lo pienso. Me arrodillo junto al soldado muerto, le arranco el SVD Dragunov de los dedos inertes y me arrastro hasta la aspillera de hormigón.

Hace tiempo que no disparo; mi oficio en la Kírov es recomponer cuerpos, no destruirlos.

Pero la traumatología y la balística responden a las mismas leyes implacables: masas, palancas, trayectorias.

Apoyo el cañón estriado en el alféizar resquebrajado.

El caos del mundo exterior desaparece, encajonado en el círculo de cristal y en la retícula del visor PSO-1.

El primer miliciano dobla la esquina con un lanzagranadas RPG al hombro.

Me concentro en vaciar el aire de los pulmones, calculo la deriva del viento entre los edificios y acaricio el disparador.

El retroceso del Dragunov me sacude los hombros con un golpe seco.

La bala impacta en el costado del tirador; suelta un alarido y dos de sus hombres salen de cobertura para arrastrarlo al resguardo de un portal, dejando el lanzagranadas abandonado en mitad de la calle.

Sé que volverán a por él. La próxima vez, no fallaré.

Cerrojo atrás. Fuera el casquillo humeante. Cartucho a la recámara.

Ahí está el segundo: un miliciano joven que corre a tumba abierta para recuperar el arma.

Esta vez no hay desvío. Disparo al centro de masa, directo al tórax.

Se desploma como un fardo sobre el asfalto.

El tercero intenta flanquearnos agazapado tras un camión calcinado; a través del estrecho espacio entre las dos ruedas gemelas, veo asomar su pierna y su cadera: un tiro milimétrico le destroza la pelvis.

Siete disparos a lo largo de media hora infernal. Siete siluetas inmóviles sobre el fango helado. El asalto se desmorona; los supervivientes se repliegan hacia los callejones humeantes.

Cuando la columna de blindados de relevo despeja el sector, el comandante Strogoff baja al sótano.

Se detiene en el umbral y contempla los cadáveres desparramados en la avenida.

Después, repara en el fusil que aún humea entre mis manos y en mi uniforme quirúrgico salpicado de sangre ajena.

Me mira a los ojos no como a un cadete de Medicina que acaba de salvar a doce moribundos, sino como quien descubre un arma letal inesperada.

Importan más los siete enemigos muertos.

Dos semanas después me condecoran con la segunda Orden al Valor y me transfieren a un destacamento especial.

Todos en la academia me felicitan. Yo me trago el orgullo y la náusea a partes iguales. Con veintidós años y las manos ennegrecidas por la pólvora, no comprendo lo que acaba de ocurrir. No me están premiando; acabo de firmar un contrato ciego para descender directamente al infierno.