Oportunidad perdida
He convocado otra reunión de emergencia, esta vez con todas las chicas.
No quiero salir de casa, no estoy en condiciones de hacerlo.
Tras mantener el tipo durante este tiempo, en el que me he obligado a ducharme, vestirme y comer para mantener el estatus de humana funcional frente a los niños y el trabajo, necesito un par de días de leggins y camiseta, chardonnay y tarrinas de helado de nueces de macadamia o chocolate belga.
Ver a Boris en el hospital me ha dejado tocada. Muy tocada. No esperaba sentirme así. Y encima, Julito está como una rosa, se ha convertido en una celebridad en su colegio por la escayola firmada, y no para de hablar de él.
Andrea llega primero. Hoy las necesito a todas. Soy una mujer compleja, qué le voy a hacer.
—Loreto, estás hecha un asco, perdona que te lo diga así. —Andrea me mira con ojo crítico. Yo me encojo de hombros y me sirvo más vino—. ¿Qué coño ha pasado?
Lo que ha pasado son estas dos semanas de mierda desde que me fui por patas de casa de Boris.
Le hago un resumen de lo que pasó. Las reticencias iniciales y cómo lo fui conquistando. Paso de puntillas por el sexo brutal, sucio y delicioso que compartimos porque ahora me parece lo menos importante y esos recuerdos son solo míos. Cuando relato sus confesiones del pasado, me detiene.
—Para, para, para, para —dice en estacato—. ¿Me estás diciendo que Boris está casado, tiene un hijo y es un exmilitar ruso que participó en la guerra de Chechenia? ¡Joder! No tenía ni idea.
Tengo que controlar el tono de voz, porque me tiembla.
—Moldavo, no ruso —la corrijo. Ella pone los ojos en blanco, como si fuera lo mismo. La entiendo, porque yo antes tenía esa misma sensación—. Espera, que eso no es todo. Perdió a su mujer y a su hijo en un bombardeo.
—¿En Chechenia?
—No, en Lugansk. En Ucrania. Es complicado, joder.
Andrea es muy expresiva. Abre la boca de par en par y me mira, incrédula. Si no fuera porque tengo que contener las lágrimas, me reiría. Ahora viene lo bueno.
—Tiene en su casa un altar con iconos religiosos, velas, incienso y fotos de su mujer y de su hijo muertos.
¡Un puto altar! Empezó a hablarme de ellos y me dio un ataque de pánico.
—Andrea aprieta los labios, no dice nada, pero lo piensa y me siento como una auténtica mierda—.
Le dije que no me sentía a la altura para competir con su memoria.
Y me piré. —Suavizo mis palabras porque me avergüenzo de mí misma—. A medio vestir. Dios. Soy lo peor.
Me froto la cara con las manos y vacío media copa de vino de un trago. Que sea sábado a las once de la mañana me la sopla. Andrea se coloca el pelo tras las orejas, hace el gesto de sujetar una caja imaginaria entre las manos y toma aire.
—Vale. Eres una mujer pragmática. Sabes lo que quieres.
Solo buscabas sexo, y te ha salido el tiro por la culata, porque está claro que sientes algo por Boris.
Quieres más. ¿Es así? —Me mira para confirmar.
Yo asiento, se me llenan los ojos de lágrimas—.
El problema es que has dinamitado todas tus opciones, Loreto. ¡Fuiste muy cruel!
Y me echo a llorar con las lágrimas que llevo negándome desde que salí por la puerta del apartamento de Boris. Inés y Nacha entran en ese momento en la cocina entre risas, pero paran en seco al ver el panorama.
—Ay. Debí llamar primero —dice Inés, con el juego de llaves que tiene de mi casa en la mano.
—¿Pero qué pasa aquí? ¡Yo pensé que veníamos a celebrar que te has follado al ruso! —exclama Nacha, enseñándonos una botella de vodka.
—¡Moldavo! —decimos Andrea y yo a la vez.
Me echo a reír, histérica, entre el mar de lágrimas.
Las adoro, son mi flotador existencial. Estoy segura de que, entre todas, podemos armar un plan de reconquista.
No soy capaz de hablar, así que es Andrea quien las pone al día.
Nacha me ordena el pelo. Inés pone a funcionar su mente privilegiada y la miro con expectación.
—A ver. Lo primero es disculparse. ¿Has intentado hablar con él?
—¿Intentado? —Suelto un gemido—. He tratado de comunicarme con él de todas las maneras posibles, ¡y nada! Creo que me ha bloqueado otra vez.
—Puedes ir a buscarlo a su casa. O al hospital —sugiere Nacha. Abordaje directo, como siempre.
—No me he atrevido —digo con la boca pequeña. Soy una cobarde de mierda.
—Hagamos una cosa. Andrea, ¿por qué no le entregas tú un mensaje o algo? Si lo hago yo, va a saber que voy de parte de Loreto. Una carta —dice Inés, entusiasmada—. Así al menos nos aseguramos de que la reciba.
—Vale. Me parece bien —dice Andrea.
Nacha sirve el vodka y brindamos. Ya tenemos el primer paso de mi plan.