De amor y vodka Despedida inesperada #3
42%

Despedida inesperada #3

—¡Corta esa pierna, Radchenko! —ordena el mayor Voronov sin levantar la vista del abdomen que intenta taponar—. ¡El blindado sale en veinte minutos y tengo cinco más de estos esperando en el pasillo! ¡Amputa por encima de la rodilla y pasa al siguiente!

En la camilla de campaña, sobre una lona rígida por la escarcha, un recluta tiembla entre gemidos.

Es un crío rubio de Vorónezh; dudo que tenga los dieciocho años.

Las esquirlas de un mortero le han reventado el muslo derecho: fractura abierta de fémur.

El hueso astillado asoma entre la carne y el torniquete de goma apenas contiene la hemorragia.

La pierna, pálida y moteada, se le está enfriando por segundos.

El muchacho me agarra de la manga. Tiene los dedos congelados y la fuerza agónica de quien sabe que se le escapa la vida.

—Doctor... —murmura, tiritando por la pérdida de sangre—. En mi pueblo solo quedamos mi madre y yo. Si me corta la pierna, no podré trabajar la tierra. Nos moriremos de hambre. Por favor...

La angustia me agarrota el pecho, solo soy un estudiante de cuarto año, pero debajo del terror hay algo más fuerte: la obstinación ciega de no rendirme. Jamás.

—¡Radchenko! —Voronov está furioso y arroja el bisturí sobre la bandeja con un chasquido seco—.

¡No me hagas perder el transporte por un maldito muerto!

La arteria está destrozada y ese fémur es gravilla.

Si te pones a hacer virguerías en mitad de un bombardeo, ¡juro que te meto un tiro yo mismo en la sesera! Corta y sutura. ¡Ya!

El mayor vuelve a hundir las manos en el cuerpo reventado de otro herido.

Me quedo solo con el chico. Todavía no soy médico, es cierto, pero los huesos son mi territorio. Yo no entiendo el cuerpo humano como un despojo descartable, sino como una estructura viva que merece ser salvada.

—Tranquilo —le digo al oído mientras le paso una dosis de morfina a la vena—. No voy a cortar.

—¡Boris! ¡Te lo advierto! —brama Voronov al escuchar el tintineo del instrumental.

—Clamp de Satinsky y aguja vascular —ordeno al enfermero, con una calma que me sorprende hasta a mí—. ¡Y necesito el taladro de mano con los clavos de Schanz!

Ignoro los juramentos a mi espalda. Ignoro el estruendo y el polvo que el techo nos escupe encima con cada bombazo. Sé que es arriesgado, pero es esto... o amputar.

Meto los dedos en la herida. Con las manos agarrotadas por el frío, lavo con suero a chorro la tierra y la pólvora, retiro la metralla incrustada y busco a tientas los extremos retraídos de la arteria.

Guiándome solo por el tacto, uno la pared del vaso con puntos milimétricos, conteniendo la respiración.

Cuando suelto la pinza y siento bajo mis guantes el latido débil y tibio de la sangre abriéndose paso de nuevo hacia el pie, inspiro una bocanada de aire que congela mi garganta. Lo he logrado.

Falta el hueso.

Sin radiografías y con la luz mortecina de una bombilla colgante, tracciono el muslo hasta notar el crujido áspero de los fragmentos encajando en su eje.

Duele sentirlo, pero es la única forma. Perforo a ciegas con el taladro, fiándome únicamente de la resistencia del hueso, y anclo cuatro clavos para armar un fijador externo que sostenga la pierna recta.

Treinta y cinco minutos robados al transporte, desafiando a las órdenes... y a la muerte.

Cuando cargan al muchacho en el blindado, va inconsciente, pero con las dos piernas enteras bajo la manta. Respira. Tiene pulso. Vive.

Voronov se detiene a mi lado mientras el motor ruge entre el fango. Mira mis manos cubiertas de sangre hasta los antebrazos, suelta un bufido ronco y escupe al suelo, a un palmo de mis botas. Me agarra de las solapas de la casaca y acerca su boca fétida a mi rostro.

—¡Puto Radchenko! —grita rociándome de saliva. Yo no me muevo ni un milímetro—. ¡Vuelve a ignorar una orden mía y te mando de cabeza a un maldito consejo de guerra! ¿Me has oído?

—¡Sí, mayor Voronov!

Me suelta de golpe con un empujón que me hace retroceder un paso. Se limpia la frente con el antebrazo sucio y, antes de volverse hacia el sótano, me clava una mirada cargada de un rencor oscuro, casi envidioso.

—El chico conserva la pierna, pero la suerte se gasta rápido, soldado. Vuelve dentro a lavarte. Todavía quedan tres más.

El sonido del agua corriendo en el grifo me devuelve a la realidad. Cierro la llave. Me miro los dedos arrugados, entumecidos por el frío. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

El inminente viaje a Rusia está abriendo grietas que deberían seguir selladas. No puedo permitirlo. Debo mantener la cabeza fría y planificar cada paso.

Aquel recluta conservó la pierna, pero Voronov tenía razón: la suerte no dura para siempre. A mí se me gastó en Lugansk. Julito volverá a correr en seis semanas; su fractura tiene arreglo, su vida está intacta y tiene una madre que lo cuidará como una leona.

Mi hijo jamás se lesionará jugando al fútbol. Su madre nunca más cuidará de él.

Miro mi reflejo en el espejo. El tiempo de jugar a los médicos de familia se ha terminado. Cojo la mochila de la taquilla, compruebo el pasaporte en el bolsillo interior y apago la luz.

Un vuelo me espera.