Despedida inesperada #2
Ignoro a mi ex y me vuelvo hacia mi hijo con una sonrisa. Miro la frase en cirílico; por supuesto, no entiendo nada, solo los dos signos de exclamación al final. La pelota de fútbol está bastante bien lograda.
—¿Qué significa? —pregunto a Boris, que está esperando a que unas hojas salgan de la impresora. Se gira hacia mí y me mira unos cuantos segundos. Largos. Sus ojos celestes se suavizan, me acarician, me recorren. Sonríe.
—Significa: «Que te mejores muy pronto, ¡mucha suerte!».
—Gracias por todo —digo un poco trémula. Su voz grave toca algo muy íntimo dentro de mí. Y no es físico. Es algo más.
—No hay de qué. Es mi trabajo.
—Gracias de todas maneras. Has sido muy considerado con Julio.
Yulissa me mira con los ojos entornados y, por una milésima de segundo, creo que esboza una sonrisa.
—Tengo que irme. Adiós, Lorenka. Da svidániya. —Me ofrece su mano y le entrego la mía en un acto reflejo; él sostiene mis dedos y los aprieta más tiempo de lo esperado—. Adiós.
Le revuelve el pelo a Julito, se despide con formalidad del resto y se va.
Intento mantener el tipo porque ahora toca lidiar con mi ex, su mujer, y mis hijos, aunque tengo unas inmensas ganas de gritar. O de llorar. Miro a Boris alejarse por el pasillo de Urgencias.
¿Por qué me ha parecido su despedida tan sumamente definitiva?
***
No miro atrás. Si me doy la vuelta y veo a Loreto, sé que no seré capaz de cruzar las puertas batientes de Urgencias.
Camino por el pasillo con el paso firme y autómata que te enseñan en el ejército para no desmoronarte cuando el suelo se abre bajo tus pies. Aún siento en la palma el calor de los dedos de Loreto. Esos segundos en los que retuve su mano no fueron una despedida. Fueron un entierro.
Da svidániya, Lorenka. No le dije do vstrechi —hasta pronto—, sino un adiós formal, definitivo.
La noche en que huyó de mi apartamento supe que todo había terminado.
Me miró como si yo fuera un monstruo, un demente.
La recuerdo retrocediendo hacia la salida mientras sus ojos se llenaban de un pánico que todavía me quema por dentro.
No la culpo. Nadie en su sano juicio quiere compartir la cama con los muertos de otro.
Y yo duermo con muchos. La bloqueé en el teléfono esa misma madrugada, no por rencor, sino por pura supervivencia: para dejarla ir antes de arrastrarla conmigo al abismo.
Es hora de marcharme. Sé que regresar a Rusia es caminar directo a la boca del lobo. Mi pasado me espera. Nunca prescribe.
Entro en el vestuario de médicos, cierro la puerta con pestillo y me apoyo contra la pared de azulejos asépticos. El silencio espeso me cae encima como una losa.
Dibujo en mis pensamientos la escena que acabo de dejar atrás.
Esta inmersión en el mundo de Loreto ha sido inesperada: su exmarido, de aspecto corriente.
La nueva mujer repartiendo chocolates, la niña menor, atenta a su madre, y el pequeño Julio con su yeso blanco recién puesto.
Una familia imperfecta, caótica, pero viva.
Pertenecen a un mundo civilizado, limpio de pólvora y sangre, un mundo al que jamás podré aspirar.
Por un instante absurdo, mientras hablaba con ellos, deseé con todas mis fuerzas ser simplemente el hombre que llega a cenar a tiempo al hogar, el que no tiene que mirar debajo del coche antes de arrancar el motor.
Abro el grifo del lavabo. El agua helada corre sobre mis manos.
Tengo restos de yeso seco pegados bajo las uñas y en los pliegues de los nudillos.
Me froto con fuerza con el jabón quirúrgico.
El olor penetrante y húmedo del sulfato de calcio impregna el aire, y de golpe, ese aroma me hace bajar la guardia y me arrastra treinta años atrás.
Recuerdo mis inicios en la prestigiosa Academia Médica Militar Kírov.
Todavía puedo sentir el orgullo inmenso que hinchaba mi pecho cuando crucé por primera vez las monumentales puertas neoclásicas a orillas del Nevá, con mi maleta de cartón en la mano.
Sé bien cómo empezó. Al principio, para qué engañarme, no fue por pura filantropía.
Fue por hambre. Fue por conseguir unas botas de cuero nuevas, un cuenco de rancho caliente dos veces al día y un sueldo para que los míos no murieran en la miseria mientras el imperio se caía a pedazos.
El estómago y la supervivencia empujan más que cualquier juramento.
Pero después...
Después dejó de ser un plato de comida y se transformó en mi vida entera. En mi única brújula. En la única razón por la que todavía valía la pena mirarme las manos cada mañana.
Mientras otros soñaban con el brillo de los galones de infantería o los mandos acorazados, yo solo quería una cosa: ser el artífice que devolviese a un hombre a la tierra, a su familia, a su trabajo.
El que salvaba vidas en vez de arrebatarlas.
Creía, con la ceguera limpia de los veinte años, que el uniforme médico era un escudo contra la muerte.
Cuánta ingenuidad.
Cuatro años después, la teoría de los tratados médicos de la Kírov se disolvió en el barro negro y pestilente de Chechenia.
Grozni, invierno de 1995.
Han instalado el puesto de socorro en el sótano en ruinas de una fábrica textil.
El generador diésel traquetea en un rincón y las paredes rezuman caliza y humedad.
Huele a gasóleo, a lana mojada y al poso metálico de la sangre coagulada sobre el cemento.
Fuera, la artillería chechena retumba con la cadencia sorda de un martillo lejano.