De amor y vodka Despedida inesperada
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Despedida inesperada

El busca de interconsultas suena. Otra vez.

Lo único que me consuela es saber que mañana cojo el avión a Londres.

He tratado de compensar a mi equipo en estas dos semanas de locura por el hecho de que quizá no vuelva (aunque ellos no lo saben, creen que me voy a Argentina de vacaciones durante un mes), cubriendo guardias un día sí y otro no, con la angustia de no tener noticias de babushka.

Estoy agotado y quizá todo este esfuerzo sea en vano.

«Urgencias Pediatría». Miro el aparato con extrañeza.

—Radchenko al habla. —Intento rescatar de mi pobre cerebro la información de si hay traumatólogo infantil de guardia o tengo que ocuparme yo. Depende del día, aunque no tengo problema en ver niños. No recuerdo el planificado. Demasiadas preocupaciones. Demasiada tensión.

—Doctor Radchenko, tenemos un paciente aquí para usted, recomendado de la doctora Morán. —Hum. Recomendado. No me gustan, siempre traen problemas—. ¿Puede bajar, por favor?

Echo un vistazo a mi reloj, es media mañana, así que todavía me falta pasar visita por algunas habitaciones. Aunque ya he dado todas las altas, así que no hay prisa. No quiero hacer esperar a un niño, menos si tiene una fractura. El dolor lo hace todo mucho peor.

—Voy de inmediato.

Aviso a las enfermeras y las dejo encargadas de calmar los ánimos si los pacientes de la planta se sublevan por la tardanza, y bajo a Urgencias.

Me recibe una residente de pediatría, nerviosa. Sabe que soy el jefe, y me mira desde unos cuarenta centímetros más abajo. Sonrío para tranquilizarla y obvio el hecho de que debería ser un adjunto quien me informase.

—Buenos días, ¿qué tenemos?

—Doctor Radchenko, sí. Buenos días. Eh mi adjunto está con otro paciente en este momento —informa con la voz un poco temblorosa.

De primer año, segundo como mucho—. Se trata de un varón de trece años, sin antecedentes médico-quirúrgicos de interés, con deformidad del tercio distal del antebrazo.

Mecanismo del trauma: caída desde su propia altura sobre la mano en extensión mientras jugaba al fútbol.

—Un pequeño deportista. Muy bien, doctora. —No me aprendo su nombre. Si tuviera que aprenderme el nombre de cada residente, interno o alumno que rota en Urgencias, tendría que llevar una agenda en exclusiva para ellos—. Excelente exposición. ¿Dónde está el paciente?

Una enfermera la llama con tono perentorio y me lanza una mirada de socorro.

—En el Box de procedimientos. Tiene ya la placa abierta en el monitor.

—Perfecto. Vete a trabajar. Ya me ocupo yo —digo con tono solidario.

Deben curtirse, aprender, hacer un millón de diagnósticos y pautar otros tantos tratamientos.

Muchas veces no se dan cuenta, pero están viviendo el periodo más privilegiado de ser médico: ver pacientes bajo supervisión y sin ninguna responsabilidad real.

—Buenos días. A ver, ¿dónde está esa futura estrella del fútbol?

Deslizo la puerta corredera de metacrilato y me encuentro cara a cara con Loreto.

—Yob tvoyu mat! —farfullo la palabrota. Menos mal que en ruso.

***

—Buenos días, Boris. Doctor Radchenko —me corrijo con formalidad. No lo miro a los ojos, me invade un inmenso sentimiento de vergüenza. De culpa. Y sí, de pérdida—. Gracias por venir tan rápido.

Él está sorprendido. Lo noto en la expresión, casi cómica, de su rostro, aunque se rehace con rapidez. Esboza una preciosa sonrisa que no es para mí. Me ignora olímpicamente y se sienta junto a Julio.

—Hola, campeón. Así que futbolista. ¿En qué posición juegas?

Julito me mira, un poco desconcertado y bastante jodido por el dolor. Yo lo aliento a que conteste con un gesto.

—De defensa —dice con la voz temblorosa.

—¡Ah! Peligroso, ¡muy peligroso! Tienes que parar a los contrarios, poner un muro delante de la portería, ¿es así como te has hecho esto? Cuéntame.

Parece mentira que unas manazas tan enormes como las suyas sean tan suaves. Coge entre ellas el antebrazo de Julio y lo palpa con delicadeza. Yo me derrito en ternura y anhelo.

—Sí. No. Bueno Teníamos que parar el contragolpe. Venían lanzados. —Noto que se entusiasma al relatar la jugada y sonrío—. ¡Ay! Ahí me duele. Los del otro equipo tienen un delantero que es una bala. Fui corriendo hacia él, y calculé mal. Chocamos. ¡Nos dimos un hostión de campeonato!

—Julio —advierto con una media sonrisa. Boris lo escucha con atención.

—Perdón, mamá. Pero es que es verdad. El otro era una bestia parda, ¡un año mayor que yo! —dice todo orgulloso—. ¡Y lo paré! ¡Detuve la jugada! Si no llego a pararlo, nos meten un gol, ¡seguro!

Boris hace un gesto de triunfo con el puño.

—¡Bien! Eres la estrella del equipo. Ahora, tenemos que arreglar esto.

Para que vuelvas a jugar pronto —dice mientras lo abraza por los hombros y lo lleva hasta la pantalla encendida con su radiografía—.

¿Lo ves? Este es tu radio. Esta es tu ulna, cúbito se llama también. ¿Notas alguna diferencia entre ellos?

Me acerco un poco, intrigada por la explicación. Sonrío a Boris en agradecimiento, pero toda la calidez que le dedica a Julio se transforma en un muro de hielo hacia mí. Me cae como un puñetazo en el estómago que me trate así, pero ¿qué esperaba?

—Este está recto. Y este está bastante torcido. Pero no parece roto y me dijeron que estaba roto —dice Julio con tono interrogante.

—Bien visto. Es una fractura en tallo verde.

Eso quiere decir que tu hueso es joven y fuerte, y aunque te hayas dado un buen hostión, como dices tú, ha aguantado y solo se ha tronchado, como si fuera una rama verde.

¿Ves aquí? —Le enseña un punto concreto de la radiografía—.

Lo bueno es que sanará rápido. Lo malo, que tendrás que llevar una férula de yeso unas cuantas semanas.

Boris le señala la camilla y prepara la férula. Mientras se la coloca, charlan de fútbol. De la liga chilena. De equipos y jugadores. Boris le habla del Dinamo de Kiev y el Spartak de Moscú. Yo me siento cada vez peor. No me ha dirigido ni una sola palabra. Ni una mirada. Nada.

—¿Me puedes informar? Estoy preocupada —interrumpo su charla, bastante picada. Ellos están riendo, con no sé qué de un autogol que metió un jugador que hizo que no sé qué equipo perdiera, y Julio me fulmina con la mirada.

En ese momento, su padre entra en Urgencias, acompañado de Yulissa. Joder.

—Buenos días, soy el padre de Julio Rodríguez. —Odio que siempre se olvide de añadir mi apellido—. ¿Qué ha pasado? Julio, ¿estás bien?

Yulissa se acerca también, le dan un enorme abrazo y le revuelven el pelo. Por supuesto, Elena reclama su ración de mimos. Yo me quiero morir, porque Boris me mira por primera vez y leo en sus ojos cierta pena por mí. Menudo papelón.

—Perfecto —dice Boris, tras esperar un par de minutos para que cese la efusividad de consuelos y saludos—. Así os informo a todos a la vez.

No sé por qué me sorprendo, ¡es su padre!

Pero siempre espero que tengan una relación más fría.

Y ahora son ellos los que rodean a Julio, que está encantado con la atención.

Elena, que es muy perspicaz, parece darse cuenta de la situación y corre a ponerse a mi lado.

Su gesto me alegra y me genera una enorme congoja a la vez.

Es muy lista. Demasiado. Pero se está comiendo una chocolatina que Yulissa ha hecho aparecer de su bolso.

Seguro que también prepara fruta en tápers de colores a juego.

Con tono profesional y de manera muy completa, Boris nos explica lo que tenemos que hacer.

Yo solo puedo pensar en qué pinta Yulissa allí, tomando apuntes en su móvil.

Incluso le hace una pregunta de cuándo puede volver a hacer ejercicio.

Cosa que es muy inteligente y a mí no se me había ocurrido.

¿Por qué cedo mi sitio? Julio hace una pregunta también.

Yo me bloqueo. Creo que tengo todo claro, ¿o no? Boris clava los ojos en mí.

—¿Usted quiere hacer alguna pregunta? —El tono es cálido pese al trato formal. Me está echando un cable, lo veo. Me da la opción de intervenir, de ser parte del proceso.

—¿Cuándo lo vuelves a ver? —Se me escapa el tuteo y me pongo roja. Él sonríe.

—Tendrá que pedir cita para dentro de tres semanas en Traumatología Infantil. Hasta entonces —se gira hacia Julito y lo señala con el índice—. Mueve los dedos como si tocaras un piano imaginario, ¿de acuerdo?

—Doctor Radchenko, ¿me firma en la escayola? —pide mi hijo con devoción. Boris se ha ganado un admirador.

—Claro. Espera. —Le pide un rotulador a una de las enfermeras y garabatea unas letras cirílicas—. Ya verás.

Julio, mi ex, se vuelve hacia mí.

—Odio el fútbol. ¡Ya sabía yo que algo así tenía que pasar! —Sé que está preocupado, pero me exaspera el tonito acusador—. Lo mejor será que lo quitemos de la extraescolar. Total, va a estar casi dos meses parado.

—A mí tampoco me hace demasiada gracia, pero es él quien escoge sus actividades. —Intento ser razonable—. Sabes que le apasiona jugar. Y el traumatólogo acaba de decir que en seis semanas estará bien.

—¿Para qué arriesgarse? Prefiero que no lo haga más.

—Vamos, Julio. Lo que dices no tiene ningún sentido, ¡podría haberse roto el brazo montando en monopatín! ¡En la bicicleta! —Ya no sueno tan razonable, pero es que su memez me saca de mis casillas—. Me pregunto cuál es tu verdadera motivación para insistir tanto en que lo deje.

De acuerdo. Soy un ser despreciable. Pero en vistas de que todos los meses tenemos algún tipo de discusión sobre los gastos de los niños, no puedo evitar el dardo sobre la extraescolar.

—No sé qué estás insinuando, Loreto. Mi única motivación es el bienestar de Julio. No veas conspiraciones donde no las hay —replica él, en un tono cortante.

—¡Mamá, mira! —Julito interrumpe nuestro intercambio—. ¡Boris me ha escrito un mensaje de ánimo en ruso! ¡Mola muchísimo! Y me ha dibujado un balón. ¡Mis amigos van a flipar!