Quien busca, encuentra
Han pasado doce días. Doce días y siete horas, para ser exacta, desde que me marché de casa de Boris. No he querido darle demasiadas vueltas a mi patética huida, tengo claro lo que quiero, pero una molestia soterrada permanece reverberando en mis pensamientos. Los aparto.
—Loreto, ¿sigues pensando en el ruso? —Carlos Mario alza una ceja bien perfilada y un poco acusadora—. Te veo un poco dispersa.
—No, no. —Me concentro de nuevo en el caso de Mónica. Acabamos de terminar la reunión con un especialista en patrimonio, que ha realizado un estudio del capital de su exmarido—. Son pruebas indirectas, pero servirá para presionarlos.
—Es un cabrón. Está podrido de dinero y solo le da migajas a su familia. —Niega, incrédulo—. ¿Por qué? ¿Por qué hacen eso? ¿Por venganza?
Se nota que está verde en esto de tratar con sociópatas bien integrados.
—Porque pueden, querido. Porque, cuando este tipo de hombres cambia de vida, todo lo que queda atrás deja de existir.
—Lo he comprobado en varias ocasiones, debería publicar un estudio para la revista de abogacía—.
Cabrones desalmados que abandonan a sus hijos, no solo económicamente, también en el plano emocional.
Que dejan a sus exparejas desamparadas, sin reconocer su sacrificio.
Muchas mujeres renuncian a sus trabajos, a la familia, a los amigos porque el perfil es el de un maltratador psicológico que las aísla de su entorno hasta dejarlas sin nada y después las abandonan.
Carlos Mario no hace ningún comentario ante mi tono cargado de rencor y amargura, cosa que agradezco; tiene un tacto exquisito.
Revisamos los detalles, repasamos cómo vamos a utilizar esta información para reclamar lo que le corresponde a nuestra clienta y, cuando levantamos las cabezas de delante del ordenador, han pasado dos horas.
—¿Un café con algo rico? He traído bombones —dice con tono conspirador.
—Oh, por supuesto.
Y me acuerdo de que Boris llevó bombones a la cena en casa de Inés y Erik, cuando nos conocimos. Qué tontería. Las asociaciones que hace a veces la mente son una auténtica gilipollez.
—Oye, ¿cómo es? Nunca me lo has enseñado.
Prepara, en una bandejita de madera lacada y con el grabado delicado de un cerezo japonés, un platito con bombones y los dos cafés.
Le saco una foto a su creación, pongo una frase genérica sobre las cosas bonitas, los pequeños detalles y la importancia del café, los hashtags e ignoro el espiral de corazoncitos que empieza a llegar.
Últimamente siento que necesito un descanso de redes sociales, aunque disfruto del chute de dopamina.
Durará unos minutos. Y cada vez dura menos.
Pero es menos agotador que vivir en el mundo real.
—¿A qué te refieres? —pregunto distraída. Lo sé. Perfectamente. Pero he decidido que Boris no existe. Así que no sé si escoger el caballito de mar o la estrella de chocolate blanco.
—Pues ¡qué va a ser! —dice riendo él—. ¡El ruso! ¿No tiene Instagram o algo? Vamos a cotillear.
No le confieso que en ese tiempo en el que decidió no contestar más ni a mis mensajes ni mis llamadas (chico listo), hice una búsqueda exhaustiva en internet y no encontré absolutamente nada.
Ni un triste perfil de Facebook. Supongo que pertenece a otra generación, que no ha crecido con las redes sociales.
Pero es cierto que mi protegido es mucho más hábil que yo.
—Búscalo, si quieres. Me da exactamente igual.
Parte de mi mecanismo de supervivencia en esta vida de mierda es el famoso Fake it till you make it de los norteamericanos. Fíngelo hasta que lo consigas. Ya me he comido siete bombones uno detrás de otro cuando emite un gruñido exasperado.
—Nada, joder. ¡No existe! ¿Seguro que su apellido se escribe así? —Se lo deletreo despacio y él chasca la lengua—. Ni Instagram ni Twitter ni Facebook. Ni Tiktok.
—¿Tiktok? ¡Pero si tiene casi cincuenta años!
—Me resisto. No quiero saber nada, pero una fuerza invisible, invencible, me empuja a mirar la pantalla y tengo que hacer un esfuerzo para fingir que estoy leyendo una resolución.
Lo cierto es que no he pasado del tercer párrafo—.
No me imagino a Boris bailando coreografías de Rosalía en tendencia.
Mejor, Carma. Prefiero no saber nada de él.
Me mira en silencio, arqueando las cejas. Es la viva expresión de la duda.
—No digas nada, por favor —ruego, bastante patética.
Llevo días manteniendo una fachada de normalidad, mientras intento convencerme a mí misma de que alejarme de él es lo mejor que podría haber hecho. Nada de cargas emocionales. Nada de hombres atormentados, con pasados complicados. Yo solo quería limpiar mis telarañas, ¿no? Objetivo cumplido.
—¡Aquí hay una foto! Del hospital San Lucas. —La descarga, la amplía. Carlos Mario me mira y parpadea un par de veces, con admiración—. Vaya, vaya con el ruso, mi reina. Con razón estás tan contenta. Y tan dispersa.
—¡Argh! ¿A ver? —Soy incapaz de aguantarme.
Miro la foto corporativa. Joder. Boris sale de pie, delante de un quirófano, con los brazos cruzados.
Parece que nada ni nadie será capaz de moverlo de su posición.
Sus bíceps, que tienen un diámetro similar al de mis muslos, comprobado, resaltan bajo la casaca verde del uniforme.
Luce una sonrisa casi imperceptible, un poco forzada.
Lleva el pelo muy muy corto, en ese estilo austero, militar. Me pone. No puedo evitarlo.
Suelto un suspiro y me permito, durante unos segundos, preguntarme qué me estaré perdiendo.
Mi cuerpo se estremece. El recuerdo de sus caricias aún arde en mi piel.
No permito que los remordimientos me invadan, pero me acechan.
Lo que hice estuvo mal, sí, pero sé que fue producto del puro instinto de supervivencia.
Ha sido una jugada inteligente. Agito la cabeza para sacudirme la añoranza y la culpa.
Soy incapaz.
No consigo concentrarme en el trabajo y tengo mil frentes abiertos.
Mis pensamientos se desvían en bucle hacia lo que pasó.
¿Estoy cuestionando mi decisión? ¿Me arrepiento de lo que dije?
A veces me falla el filtro boca-cerebro.
¿Tengo la asertividad en el culo? ¿O es solo que estoy muerta de miedo por lo que empiezo a sentir?
—Loreto, ya te lo has merendado, ¿verdad? No puedes decepcionar al pequeño Carlos Mario —dice con voz melosa. Su pregunta me saca de golpe de la olla a presión que es mi cabeza ahora mismo—. Anda. Estás deseando contármelo. Cuéntamelo.
Estamos solos en el bufete. Los demás se han ido a comer mientras que él y yo aprovechamos el menú de un cáterin del que soy embajadora.
Me limito a colocar las cajitas de cartón, que son una monada, sobre un pequeño salvamanteles de bambú.
Palillos chinos. Servilleta de papel, pero de color negro y gran calidad.
Unos rollitos de primavera, un arroz con mango, aguacate, piña, tomate cherry y cebolla caramelizada y un té kombucha que compartimos.
Está todo rico pero yo tengo mal sabor de boca.
La foto que subo a redes sociales es bonita, pero la frase es genérica y sin alma.
—Nos acostamos, sí. Y fue bueno. —Me mira sin decir nada, pero con cara de cachondeo—. Vale. No. Fue muy bueno. Pero
—¿Pero? ¡Loreto! Has roto la mala racha, ¡hay que celebrarlo!
—Tenemos champán en la oficina, sí. Un Moët Chandon que reservamos para las grandes ocasiones en la pequeña nevera de la sala común.
Carlos Mario lo trae junto a dos copas estilizadas de cristal, pero se desinfla al ver mi cara—. ¿Qué pasa?
Hago un gesto de rechazo y trago saliva un par de veces. Intento empujar la realidad sobre las consecuencias de lo que hecho al fondo de mi cerebro, pero no me da resultado.
—No hay nada que celebrar. Se ha acabado. Y no quiero hablar de ello. —Más que nada, porque me da vergüenza confesar lo cruel y egoísta que fui con él—. Vamos a trabajar.
Carlos Mario cierra la boca. Es inteligente. Sabe que, cuando me pongo seria, lo hago de verdad. Devuelve la botella de champán a su sitio y guarda las copas. Y yo tengo que espabilar, es cierto que estoy un poco dispersa.
Llevo dos semanas pensando en si existe la posibilidad de que me haya equivocado.
Este fin de semana tengo a los niños. Hace frío.
Está lloviznando. Estoy de pie, manteniendo el tipo como puedo, en la banda de un campo de futbol que, más que hierba, es un barrizal.
Me arrebujo en la cazadora, porque llevo más de la mitad del primer tiempo en modo «madre del artista», y animo a Julito, que corre a toda velocidad a defender la portería de su equipo.
—¡Vamos, Julio! —Doy saltitos porque estoy nerviosa y también para entrar en calor.
Los del equipo contrario serán de la misma categoría, pero les sacan una cabeza a nuestros niños y son un poco bestias. Al otro lado de la banda, un grupito de padres energúmenos insultan y vociferan. Odio el fútbol, debería estar prohibido en etapa infantil, pero tengo que apoyar a mi hijo.
Han robado el balón. ¡Bien! Salen todos como locos a apoyar a los delanteros, que corren que se las pelan. ¡Están a punto de llegar a la portería contraria! Es emocionante.
—¡Ánimo, vamos! —Me entusiasmo. Elena, a mi lado, sonríe y grita también.
Pero el portero rival detiene el tiro y lanza inmediatamente el balón a los suyos para la jugada a la contra.
Mierda. Julio y los otros defensas dan la vuelta y regresan para cubrir la portería.
Todos se aglomeran. Hay una trifulca, se ven puños y botas de tacos en un galimatías, que después se transforma en un corro cerrado. Alzo el cuello porque no veo nada.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Elena, todavía envuelta en el entusiasmo de la jugada.
—No sé, cariño. Mira, ya se va cada uno a su sitio. —Veo que el tumulto de chicos se dispersa y que el entrenador, con cara de circunstancias, trae a Julio abrazado por los hombros hacia mí—. Mierda.
—Creo que vais a tener que acercaros a Urgencias a que lo vean.
Ya. Menuda lumbrera. Además de la cara arrebolada por el esfuerzo, a mi hijo le caen unos enormes lagrimones por las mejillas y se sujeta el antebrazo, deformado en un ángulo que tiene muy mala pinta.
El bocinazo de una camioneta abusona, que se acerca a centímetros del parachoques trasero de mi Porsche, dispara mi ansiedad hacia la estratosfera.
—Mamá, el semáforo está en verde —avisa Julio, un poco preocupado, y bastante dolorido. Se lo noto en el ceño fruncido y la voz temblorosa.
—Lo sé, peque. Dame un momento.
Necesito pensar. Estoy en el cruce de Apoquindo con Manquehue.
Si sigo recto, llego a la Clínica Alemana, que es donde solemos ir todos al médico.
Si tiro a la izquierda, voy al San Lucas, donde se da la casualidad de que hay un traumatólogo especialista en codo.
El hecho de que hace días que no sé absolutamente nada de él no tiene que ver.
Es el mejor. Además, en el San Lucas tengo enchufe trifásico para que todo vaya mucho más rápido con Inés y Erik.
La camioneta hace una maniobra antirreglamentaria y muy peligrosa, me adelanta por la derecha con un acelerón agresivo, y el conductor me dedica un par de insultos y un gesto obsceno. Yo solo correspondo con un ademán de desprecio con la mano. Tengo cosas más importantes en qué pensar.
—A la mierda. Vamos al San Lucas.
Aparco con todo el morro en uno de los huecos de Gerencia, dudo mucho que trabajen los sábados.
—Vamos, chicos. A Urgencias. —Aprieto el paso, hay bastante movimiento por allí. El pobre Julio se agarra el brazo y aprieta los labios. No quiere llorar, pero sé que está asustado—. Voy a llamar a la tita Inés, ¿vale? En nada salimos de aquí y nos vamos a comer una pizza.
¿Cuántas pizzas llevamos en el último mes? Más culpa por los hábitos alimenticios que les estoy inculcando. Me encantaría ser de esas madres de trocitos de fruta cortadas de manera simétrica y tápers de lujo con colores a juego con la botella de aluminio ecológico. Pero no me da la vida, lo juro.
Cojo el móvil, hago de tripas corazón y llamo primero a Boris.
Debí aparcar fuera, la planta baja del hospital es un puñetero laberinto.
¿No se supone que los sábados no se trabaja?
Porque aquí parece que reparten dinero gratis de la cantidad de gente que se mueve.
Igual que un día normal. Mierda. No me coge el teléfono.
Boris no me coge el teléfono. Leo en su estado de WhatsApp que no está disponible y sospecho que me ha bloqueado.
Llamo a Inés. Me niego a llamar a Thor, jefe supremo.
—Hola, Inés. ¿Estáis en Santiago? —Cruzo los dedos—. Julito se ha hecho daño en un brazo jugando al fútbol. Estamos en el San Lucas.
—Pero ¿está bien? ¿Qué ha pasado? —Su tono es de preocupación y me conforta. Ya no estoy sola en esto. Elena se para a mirar lo que hay en una máquina expendedora y vuelvo a buscarla. Ella señala la vitrina y hace el gesto universal de hambre sobre su barriga.
—Creo que se ha roto el brazo, no estoy segura. Elena, ahora no, cariño.
—Estamos en Farellones —dice Inés. Me lo temía y un nudo de angustia se aprieta en mi garganta—. No te preocupes, me planto allí en una hora. ¡Erik! —El grito que pega me obliga a apartar el móvil de mi oreja. Dice algo en noruego.
—No, no. Espera, Ni siquiera sé si está roto de verdad.
Dame media hora. —Por fin encontramos la puerta de Urgencias.
Desde dentro no es fácil, me he recorrido medio hospital mientras hablaba.
Creo que estoy demasiado nerviosa. Pobre Julio, que aguanta como un campeón.
Pobre Elena, que lleva despierta desde las siete de la mañana sin comer nada desde el desayuno—.
Ya estoy en Urgencias. Cuando sepa algo, te cuento.
—De acuerdo. Haré un par de llamadas.
Me da vergüenza aprovechar mi estatus de hermana de la jefa, así que doy los datos sin mencionarlo y nos sentamos en la salita de espera, donde hay varios niños con sus padres.
Tengo que llamar a mi ex y contarle lo que ha pasado. ¡Joder! Era lo primero que tenía que haber hecho, hoy estoy un poco espesa. No. Llevo semanas con una gelatina en lugar de cerebro.
Enfrento la realidad, lo llamo y lo pongo al día en unos pocos minutos; trato de rebajar al máximo la gravedad de lo que ha pasado, porque no quiero que venga hasta aquí. No quiero. Odio que esté presente cuando me siento vulnerable. Su hijo no ha preguntado por él.
—Julio Rodríguez Morán.
Me siento un poco culpable, pero no tanto, cuando nos llaman después de un bebé y por delante de un par de niños que no parecen enfermos. El enchufe ha surtido su efecto. Lo primero que hago al hablar con el pediatra que nos recibe es preguntar por el doctor Radchenko.
¿Estoy utilizando la lesión de mi hijo para verlo?
Prefiero no pensar demasiado en ello.