Babushka #2
—¿Loreto? Creía que las cosas entre vosotros iban bien —dice con suma prudencia, aunque en sus ojos hay un brillo de curiosidad—. Os vi muy bien en la cena. Compenetrados. Aunque, si te soy sincero, no pensé que fuera a fructificar.
Qué elegancia, la de mi amigo. Yo fuerzo una sonrisa y rechazo cualquier interés en el asunto con un gesto de la mano.
—Pensaste bien, todo ha quedado en nada. Aun así, debo pedirte máxima discreción.
—Puedes contar conmigo.
Salgo de su despacho con una inmensa sensación de alivio. Los trámites hospitalarios, gracias a su ayuda, se resuelven con suma expedición.
Pero sé que el próximo paso no será tan sencillo.
Reúno toda la información necesaria para solicitar el permiso de salida del país y me dirijo a las oficinas especiales del Ministerio del Interior.
Suspiro. La migración masiva de los últimos años satura las oficinas de asilados y refugiados, y yo no soy tan importante como para evadir el cuello de botella del funcionariado que trabaja de cara al público.
Cojo el ticket en el dispensador de plástico rojo, busco un rincón desde el que pueda ver el panel analógico donde se anuncian los turnos y me abstraigo del ruido, las conversaciones, el ir y venir desordenado de la gente.
Viajo a esos lugares a los que no me había permitido visitar, durante años, ni tan siquiera en el pensamiento.
—¡Masha, por favor! Todo está cargado en el camión. ¡El convoy entero espera por nosotros! —se desespera Katya, que entra una vez más en la pequeña vivienda de mi abuela—. ¡Vamos!
—No. No voy a abandonar mi casa. Soy demasiado vieja para cambiar.
Mi familia ha huido de los bolcheviques, de las purgas de Stalin, de los nazis y de los comunistas.
—Está sentada en la cama, vestida de negro con el luto que guarda por mi abuelo desde hace ya cincuenta años; un viejo pañuelo floreado recoge sus blancos cabellos y su mirada fiera destila determinación—.
Ahora por fin estoy en paz. No voy a abandonar esta casa.
—Pero ¡Babushka! ¡Aquí no tenemos ningún futuro! —Katya y ella se enredan en una discusión airada. Las dos tienen fuego en el alma. Las dos sufren por abandonar Moldavia, aunque por razones distintas.
Dejo a Sasha en brazos de uno de mis compañeros soldados; ya forma parte de la compañía, encantado con las sonrisas, mimos y carantoñas de todos, que no paran de jugar con él.
Tiene ya ocho meses y no es porque sea mi hijo, pero es valiente, muy grande para su edad y sonríe mirándote a los ojos.
Parece decir: «¡Aquí estoy yo! ¡Abrid paso!
». Echo un vistazo a la fachada agrietada que todavía aguanta, al pequeño jardín destartalado donde se acumulan algunos escombros, chatarra de la que aún hay que separar lo que sea decente para vender.
En la puerta, las últimas bolsas de plástico con comida y cosas de Sasha.
Será un viaje largo hasta San Petersburgo.
Nada nos ata a Tyraspol, en Rusia nos espera una nueva vida.
Una carrera. Una casa decente proporcionada por el ejército.
Prosperidad. Entro al fin, es una sola estancia, pero más que suficiente para nosotros cuatro.
Sobre la cama del rincón junto a la cocina, la más cálida, rodeada de varios bultos envueltos con telas de colores que aún no han sido empacados, espera mi abuela.
—Babushka, vamos —digo con suavidad.
Ella alza sus ojos claros, vibrantes y tristes. Sé que lo sabe, que tenemos que irnos, pero ella se aferra a la falsa idea de que tiene raíces aquí.
—Borya, ¿por qué? ¿Por qué me haces esto?
Yo río con suavidad.
—¿No quieres volver al Jardín de invierno? ¿Ver el palacio de Catalina? ¿Ir a misa en la iglesia de la Sangre Derramada?
—No. Todos esos lugares están llenos de fantasmas y recuerdos.
Me siento junto a ella. Rodeo su mano, nudosa pero aún fuerte y firme.
—Y, hablando de fantasmas y recuerdos, ¿no te gustaría visitar la tumba del abuelo?
Las comisuras de su boca caen derrotadas. Katya, atenta a nuestras palabras, intuye su rendición y se apresura a meter los atados de tela en una gran maleta. Yo le ofrezco la mano a Masha. Ella por fin cede y se levanta.
—Llevarás a Sasha en tu regazo, podrás contarle historias. —Tiene la costumbre de relatarle los cuentos de Pushkin a su nieto—. Tenemos que subir al camión.
Babushka conserva un caminar todavía ágil y resuelto, pero se aferra a mi brazo.
Tiembla. Varias manos se extienden desde la tolva para ayudarla a acomodarse.
Reclama en sus brazos a Sasha, que abandona cualquier pequeño soborno para estar con su abuela.
Katya y yo nos miramos y sonreímos. Nos besamos, primero con amor, después con pasión.
Hasta que un bocinazo estridente nos arranca de los brazos del otro y nos apresuramos a subir también al enorme vehículo militar.
«Adiós, Tyraspol». Me despido sin cariño, también sin rencor, de la ciudad donde nací y a la que nunca habré de volver.
Hace años que no pensaba en ella. Maria Grigórievna.
Masha. La madre de mi madre. Mi abuela. La que nació en los coletazos que siguieron a la Revolución Rusa y al periodo entreguerras, que sobrevivió a la II Guerra Mundial, a las purgas de Stalin, al alza y caída del telón de acero, a la desintegración de la Unión Soviética.
La que se aferraba a la tradición, a la familia, a una patria inexistente y al esplendor de un pasado que ella ni siquiera vivió, pero que defendía fervientemente como propio.
Su madre había trabajado en la corte de los zares.
Como doncella de una de las zarinas. ¡No! ¡De la mismísima zarevna!
Era una magnífica contadora de historias y nos relataba cómo su madre peinaba la larga melena con horquillas de oro y piedras preciosas, los brocados de los vestidos, la pompa de los protocolos para vestir y desvestir a la emperatriz y cómo todo se había perdido por culpa de los bolcheviques.
Como si lo hubiera vivido ella. Katya la escuchaba con respeto un poco irónico, defensora como era del socialismo y despreciando como lo hacía a las clases altas.
Yo sospecho que mi bisabuela más bien había sido criada o ayudante en las cocinas y que, en su faceta de contadora de historias, Masha adornaba sus recuerdos con el fervor de todos los desarraigados, que fantasean con un pasado deslumbrante que no poseen más que en el pensamiento. Yo no. Yo prefiero cerrar la puerta.
—¡Cuarenta y siete! —llama una voz masculina e impaciente.
Me apresuro hacia la ventanilla. Estoy tan ensimismado que casi pierdo el turno. Presento toda la información necesaria para solicitar el permiso de salida del país y me mentalizo para esperar. Puede tardar semanas. Y pueden denegármelo, también.
¿Loreto?
Loreto está tras esa puerta cerrada que me protege. Ahora no puedo pensar en ella. Tengo un enorme poder sobre mí mismo. No me gusta perder el tiempo. Camino siempre hacia adelante, aunque arrastre el peso de lo vivido tras de mí.
Y, por supuesto, he bloqueado cualquier cauce de comunicación con ella. También soy un hombre pragmático. No he sentido tentaciones de saber qué pasa por su cabeza. Aún.