De amor y vodka Babushka
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Babushka

El portazo todavía retumba en mis oídos.

Me quedo inmóvil en mitad del salón, con la vista clavada en la puerta. El silencio no es calma; es una presión que me aplasta las costillas y me cierra la tráquea. Intento respirar, pero no puedo. El fuego de la rabia trepa desde el estómago, me quema la garganta y estalla en un rugido sordo.

No pienso. No calculo. Sin disciplina. Sin el pulso con el que sostengo un bisturí.

Dos zancadas y barro con ambos brazos la repisa de mi krasny úgol.

Todo sale despedido: las velas, los iconos, los marcos de plata. El cristal estalla contra el suelo con el chasquido seco de la metralla.

Y con el golpe, estalla la mentira.

La farsa de creer que podía arrancarlos de mi presente.

De mi vida. De que bastaba encender una llama en una esquina para mantenerlos a raya.

A ellos. A todos mis muertos. La arrogancia de pensar, aunque fuera por un instante, que un hombre como yo tenía derecho a empezar de nuevo.

A desnudarme en cuerpo y alma. A lo que, después de tanto tiempo, me había atrevido a sentir.

El eco se apaga. Solo queda el zumbido en mis oídos y el fuelle de mi respiración.

Miro el suelo. Entre la cera y los fragmentos de cristal, la fotografía de mi mujer y mi hijo yace boca arriba, cruzada por una telaraña de grietas.

Me arrodillo ante las esquirlas. Estas manos, que alinean fracturas y no tiemblan bajo fuego, tiemblan ahora.

Recojo los cristales, los restos de cera y las astillas de los marcos de madera que hay repartidos por el suelo del salón.

He roto el pebetero, muy antiguo, y uno de los poco recuerdos que me traje de Rusia.

Rescato la foto de Katya y Sasha con devoción y cierta culpa.

Quito los restos de vidrio con cuidado. La imagen está intacta y respiro con alivio.

—Mierda. —Me he cortado con uno de los trozos. Me chupo la sangre del dedo y observo el desastre.

¿Cómo he podido? Mis manos no destruyen, sanan.

No tiemblan, se mantienen firmes bajo presión.

En una cirugía. Bajo fuego enemigo. Ahora, sigo preso de una rabia inmanejable, un afán de destrucción irresistible, pero poco a poco se diluye en arrepentimiento.

Soy un tonto. Los recuerdos no me dejan ser libre, no permiten que avance en mi vida, me hacen incapaz de amar otra vez.

¿Qué pienso? ¿Qué quizá, si elimino las pocas pruebas físicas que poseo de su existencia, el pasado se desvanecerá?

—Soy un tonto —murmuro, esta vez en voz alta. Quienes dicen que hablar solo es un síntoma precoz de la locura tiene razón.

Termino de recoger el desastre. Paso la escoba.

Después la fregona. Soy metódico, tengo instrucción militar.

El orden y la pulcritud me generan calma.

El domingo transcurre en un estado en el que me retuerzo entre la rabia y la incredulidad.

No he ido al gimnasio. No he abierto el ordenador, tampoco un libro.

He estado durante horas mirando al techo, refocilado en recuerdos y victimismo, y ni siquiera me he levantado a comer.

Mi tormenta emocional contrasta con el bienestar de mi cuerpo.

Ah, eso sí. Buen sexo. Muy bueno. Del que te deja fuera de combate, porque, al final, no deja de ser una lucha cuerpo a cuerpo.

Loreto me ha sorprendido, me ha sometido, me ha conquistado.

Me ha hecho bajar la guardia, abrir mi alma, mostrar mi puntos vulnerables y aquí estoy. Lamiéndome las heridas como un perro.

Estoy dormitando cuando suena el teléfono. No lo cojo la primera vez, pero el timbre desagradable insiste, persistente. Miro el reloj, son casi las once de la noche. ¿Tenía guardia localizada? Creo recordar que no. Pero últimamente mi cabeza no funciona como debe y me levanto a contestar.

Número no identificado.

Me sacudo el sopor. Mis alertas se disparan al ver que no es mi móvil habitual y contesto en ruso.

—Escucho.

—Boris, ¿eres tú, amigo? ¿Es una línea segura?

Una voz que no escuchaba desde hace varios años me roba el aliento durante unos segundos. Compruebo el terminal. Sí, es el móvil encriptado. Solo dos personas tienen conocimiento de este número.

—General Strogoff, señor. —Pese a estar a diez mil kilómetros de distancia mi cuerpo responde cuadrándose y mi mano quiere alzarse en el saludo reglamentario—. Es una línea segura, puede hablar con libertad.

—Querido Borya Sé que no debo contactar contigo. Te pongo en peligro y me arriesgo yo mismo, pero tengo noticias para ti. Son importantes.

Trago saliva. Mi querido amigo. Mi general. Yo le salvé la vida, pero sin él, yo tampoco estaría vivo.

—¿Estoy he sido descubierto? —Un terror frío asciende por columna vertebral.

—No. Tu caso se ha enfriado desde la guerra con Ucrania. Te traigo noticias de Maria Grigórievna.

—Babushka? ¿Vive? ¡Tiene que ser un milagro!

—exclamo, maravillado. Debe de tener más de noventa años.

La daba por muerta y, al saber que no lo está, me siento culpable.

Cuando salí de Rusia no pude despedirme de nadie.

Fue un daño colateral de todo lo que pasó después de la muerte de mi mujer y mi hijo.

Cerré la puerta de mi país y no miré atrás.

—Tienes que venir. Está en su lecho de muerte, pero su último aliento lo emplea para llamarte a su lado una y otra vez.

Dice que tiene secretos. Información. No sé cuánto es delirio y cuánto verdad, pero está sufriendo.

—Calla de repente y sigue una pausa estremecedora en la que temo que alguien escuche y sepa de esta conversación.

Intercambia unas frases ásperas con quien lo ha interrumpido.

Está retirado, pero en la jerarquía militar siempre será un general y lo despacha con rapidez—.

Haré todo lo posible por ayudarte, pero ya sabes lo que necesitas si quieres arriesgarte a entrar al país.

Tienes poco tiempo. Con suerte un par de semanas, unos pocos días quizá.

—Lo sé, pero no será fácil, ¡necesito tiempo!

—Debes honrar a tu familia, a tu sangre. ¡A tu patria!

—Yo no tengo familia ni sangre, Nikolai. No desde que Ecaterina y Aleksander murieron. Y mucho menos, patria —digo con amargura—. Pero iré. Me las arreglaré.

—Utiliza siempre líneas seguras. Sabes cómo cruzar. Hazlo desde el norte, desde la frontera con Finlandia o Noruega. Llámame cuando estés en Múrmansk.

—Gracias, general.

—Borya, no tardes.

El clic al colgar la llamada suena fuera de lugar, anacrónico, irreal.

No pego ojo durante toda la noche mientras trazo un plan de acción. No debo precipitarme. No puedo permitirme quemar más puentes tras de mí, de modo que lo primero que hago al levantarme el lunes, muy temprano, es ir a los despachos de la Unidad del Corazón Infantil del San Lucas.

—Hola, Boris.

—Buenos días, Erik. —Me he precipitado al entrar sin llamar, sabía que estaría aquí, trabajólico enfermizo como es, pero su mirada fría y azul me frena en seco—. Disculpa la intromisión. Tengo una emergencia familiar.

Cierra la tapa de su portátil y me hace un gesto para que me siente frente a él.

—Tú dirás.

—Debo viajar a Rusia. —El alza las cejas en gesto de sorpresa, pero no hace ningún comentario—. La única familia que me queda, mi abuela materna, se muere. Tengo que ir.

—¿Cómo piensas entrar en el país?

Directo como un hachazo. Él conoce mi condición de asilado político. Sabe que arriesgo mucho al volver.

—Viajaré con mi pasaporte chileno, y sé por un amigo bien situado que mi caso, uno entre miles, se ha enfriado —digo en un intento de convencerme a mí mismo más que de informarlo a él—. Entraré por el norte, por Múrmansk. Lo haré por mis propios medios, en motonieve. Caminando si es preciso.

Él parece pensar. Es un hombre poderoso y con recursos.

Y confío total y absolutamente en él, pese a que lo culpo de haber puesto en mi camino a esa mujer del demonio que no voy a nombrar.

Y, de pronto, la peligrosa empresa que se presenta ante mí se me antoja más atractiva. Una salida. O una forma de huir.

—Lo primero, los aspectos prácticos. Solicita los días de asuntos propios y después, tus vacaciones.

Tráeme los papeles antes de las cuatro de la tarde, aquí mismo.

Yo te los firmaré. —Mientras habla, abre el portátil y teclea algo con velocidad—.

Pide también un mes sin sueldo, por lo que pueda pasar.

¿Crees que con dos meses será suficiente?

—No creen que ella viva más de un par de semanas —contesto con cierta angustia—. Pero así lo haré.

Él gira el ordenador y me señala un mapa.

—No es necesario que lo hagas de manera ilegal. Puedo ayudarte a pasar la frontera desde Kirkenes. Por aquí. —Indica la carretera que atraviesa toda el territorio lapón entre Noruega y Rusia hasta la ciudad noroccidental de Múrmansk—. Allí es verano. No habrá problemas.

—¿Cómo es posible? ¿Cómo puedes ayudarme? —pregunto, incrédulo. Sé que es un hombre poderoso, no soy un ingenuo. Tras el cirujano cardiaco volcado en su profesión existe un hábil hombre de negocios. Industrias Thoresen es una de las empresas más importantes de Escandinavia.

—Mi hermano mayor está casado con una política del parlamento Sami.

Su padre, presidente de los suyos durante mucho tiempo, cría renos en Kirkenes que se desplazan libremente en los pastos cerca de las fronteras entre Noruega, Finlandia y Rusia.

—Veo las posibilidades, es una coartada perfecta y me permito albergar un poco de esperanza desde que empezó toda esta locura—.

Puedo ayudarte a llegar hasta Múrmansk. A partir de ahí, es cosa tuya.

—Será más que suficiente.

—¿Seguro que no necesitas nada más?

Dudo. No tengo derecho a pedírselo, sobre todo porque nada le he contado al respecto. Pero es importante.

—Solo una cosa, Erik. No puedes revelarle a nadie mi paradero. Es importante.

—Lo sé.

—Y te pido, específicamente, que no le digas nada a Loreto.

Cuesta sorprender a este vikingo que todo lo puede y disfruto durante unos segundos de su desconcierto.