De amor y vodka Krasny úgol #2
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Krasny úgol #2

—Con Gorbachov, en el `91, se inició en los ochenta con la Perestroika[8] y la Glasnost[9]. ¡No sabes historia! —Me aprieta la nariz en un gesto divertido, como reprimenda.

—Y tu pasaporte, entonces, ¿de dónde es? —Me pierdo en los movimientos geopolíticos, me declaro una inculta y escucho la lección embelesada.

—Chileno —dice con expresión traviesa. Yo pongo los ojos en blanco.

—Muy gracioso. ¡Ya sabes a qué me refiero!

Él se ríe de mí.

—De la Federación Rusa, aunque durante un tiempo fui ucranio. Viví varios años allí.

—Ucraniano —rectifico. Tengo ganas de pedirle un mapa para situarme—. ¿Por qué Ucrania?

—Ya te lo he dicho. Los militares vamos donde los superiores mandan.

—Hace un gesto exasperado con las manos cuando lo empujo con impaciencia para que me cuente más—.

Primero, tuve que huir de Tyraspol a San Petersburgo por culpa de la guerra.

Los rusos nos acogieron, nos dieron una vida nueva, pero

—¿Pero? —Estoy absolutamente fascinada con su recorrido vital. Él me mira, incómodo.

—No estaba solo. En el sitio de Tighina conocí a alguien.

Y de pronto, sus pensamientos viajan muy muy lejos. Abre las compuertas de sus recuerdos y comienza a hablar.

Unos ojos oscuros, penetrantes y vivaces, me observan desde muy cerca. El rostro femenino, endurecido por el casco militar y a la vez aniñado por las dos trenzas negras que recogen su pelo, destila preocupación.

—¡Por fin despiertas! Empezaba a pensar que no querías volver con nosotros.

—Mira fuera de la tienda. Cae una nevada serena, pero se huele el humo de los incendios por el último bombardeo.

Hay cierta belleza en la mezcla de volutas incandescentes y copos de nieve suspendida en el aire—.

No te culpo, en todo caso. Yo haría lo mismo.

—¿Dónde estoy? —Intento incorporarme, pero ella me empuja contra el catre de campaña.

—No. Quédate quieto. Avisaré a la enfermera. Si no tienes cuidado, perderás la vía.

Del hueco de mi codo sale un cable de plástico transparente, atado a una botella, y mi primer impulso es arrancármelo, pero ella sujeta mi mano con firmeza.

—¡Espera, soldado Radchenko! ¡Me debes obediencia, que soy tu superior!

—¡Si eres una niña! —Me echo a reír, pero el dolor me dobla en dos y termino tosiendo por el esfuerzo.

Me llevo la mano al pecho, cubierto por un aparatoso vendaje.

Y veo las dos barras horizontales amarillas de la divisa roja sobre las hombreras de su uniforme.

Vaya. Intento sentarme de nuevo, pero ella me da un empujón que me deja desconcertado.

—¡Cabo Primero Ecaterina Ciobanu, auxiliar voluntaria del Cuerpo Militar Sanitario para ti, soldado! —exclama con rabia, recitando a toda prisa su nombre y rango completos—. ¡Si no te quedas quieto, no recibirás tu ración reglamentaria! ¡Voy a buscar a la enfermera jefe!

Consigue su objetivo, porque estoy muerto de hambre. Y porque, pese a que podría partirla en dos como a una ramita, tengo grabada a fuego la jerarquía de la cadena de mando.

Me mira, severa, y cuando está segura de que no voy a moverme, sale corriendo.

Y entonces, recuerdo que su rostro fue el último que vi antes de caer inconsciente tras salvar al Capitán Strogoff. Desde entonces, es y será para siempre mi ángel.

Lo escucho, extasiada. Creo que he viajado en el tiempo y en el espacio, porque parece el relato de otra época, no de hace tres décadas atrás.

—El primer amor es siempre violento, apasionado, abrasador.

Y la guerra hace que lo vivamos todo con aun mayor intensidad —dice Boris con una sonrisa cargada de nostalgia—.

El vínculo que se fragua bajo condiciones tan extremas es indestructible.

Fuimos inseparables. Katya escogió enfermería, yo medicina.

Su familia era moldava, de la zona occidental, y ella, por defender la causa independentista, nunca pudo regresar con los suyos.

Lo intentamos al acabar la guerra, pero tuvimos que huir y nos asentamos en San Petersburgo. Los rusos nos ayudaron.

—¿Y qué pasó después?

Noto en Boris un cambio. Ya no siente nostalgia ni demuestra un talante evocador. Me aparta con suavidad del cobijo de su pecho y cuando estiro la mano para reclamarlo a mi lado, me rechaza. Tarda unos minutos en responder y su voz es de acero.

—Éramos jóvenes. Y éramos tontos. Dejé a Katya embarazada.

—De pronto, su expresión se endurece. Ya no quiere hablar.

Se aleja más de mí en la cama y acaba por levantarse.

Yo freno mis deseos de consolarlo, de ir tras él.

Le concedo el espacio que necesita—. En 2012 nos trasladaron a Ucrania.

Ella y mi hijo murieron en uno de los bombardeos sobre Lugansk dos años después. Y yo me vine a Chile.

Un silencio solemne nos envuelve. Yo intento con todas mis fuerzas entender el inmenso dolor que intuyo todavía lo destroza.

Ha perdido al amor de su vida. ¡Ha perdido a su hijo!

Cierro los ojos cuando destella el pensamiento de la mera posibilidad de que algo les ocurra a Julio o a Elena.

Alzo la mirada hacia Boris, que se ha alejado hasta la ventana.

Su rostro es pétreo, inexpugnable, pero ruedan unas lágrimas por sus mejillas.

Y un vacío revestido de cierto temor se instala en mi estómago. Me invade el miedo.

—Boris —lo llamo. Casi en un susurro. Él se vuelve. Está desnudo. Su cuerpo de titán esconde un alma rota.

Como si leyera mi mente, recoge el bóxer y se lo pone. También una camiseta gris. Me hace un gesto y lo sigo hacia el pequeño salón. Antes me cubro con su enorme camisa, estoy tiritando. Me fijo en que no hay radiadores. El suelo, de una plaqueta tosca y gris, está helado.

—Mira. Son ellos.

Joder.

Sobre una cajonera rústica, hay unos pequeños cirios, un pebetero con incienso y varios marcos con fotos e iconos religiosos.

La más grande, colocada en el centro, muestra una mujer menuda, morena, con expresión desafiante.

Está vestida con un uniforme de camuflaje, lleva un fusil al hombro y un bebé regordete que sonríe en brazos.

Es chocante ver el arma tan cerca de un niño de pecho.

En otra, la misma mujer, con unos años más, delante de una de esas típicas iglesias rusas de colores que salen en las postales.

En la tercera, un adolescente que es el vivo retrato de Boris en las facciones, pero con la tonalidad endrina de la madre, vestido también como un militar.

La sensación de vacío en mi vientre se transforma en vértigo.

El temor, en pánico. Algo en mi interior hace cortocircuito y me inunda de una profunda certeza: jamás podré competir con ellos.

Boris coge la foto grande y murmura unas palabras en ruso que parecen de inmenso cariño, acaricia la superficie, sonríe, se besa la punta de los dedos y toca con ellos los rostros de la imagen. Y luego tiende hacia mí el marco con una sonrisa triste.

—Son Katya y Sasha.

Pero yo alzo las manos y no lo cojo. Retrocedo un par de pasos. Rompo a sudar, pero es un sudor frío. Me late el corazón a mil por hora. Estoy hiperventilando. No. No, joder. Esto no. Me siento engañada. Boris es todo bromas, todo risas, todo picardía y diversión y ahora, ¿esto?

—No —digo en alto sin darme cuenta. Joder. Tiene. Un. Puto. Altar. En. Su. Salón.

—No, ¿qué, Lorenka? —pregunta él con expresión aún herida por mi rechazo.

—No puedo. No puedo con esto. No puedo competir con el recuerdo del amor de una mujer muerta y del fantasma de un hijo. Esto no.

¿Era tanto pedir a alguien sin bagajes emocionales, sin mierdas del pasado? ¡Y menos de este calibre! Me abruma. Vuelvo a la habitación y recojo mis cosas. Me visto a medias a la velocidad de la luz.

—Loreto, ¡ocurrió hace mucho tiempo! —dice, estupefacto. Me doy cuenta de que no termina de asimilar lo que le estoy diciendo, el significado de las palabras. Pero yo lo tengo claro. Cristalino. No.

—Ya, Boris. Habrá ocurrido hace tiempo, pero tú es más que obvio que no lo has superado. Lo siento. —Me retiro hacia la puerta, me siento una auténtica hija de la gran puta, pero bastante tengo ya con gestionar mis propias mierdas—. Lo siento mucho. De verdad. Pero no puedo.

Lo último que veo antes de marcharme es la expresión desconcertada de Boris, de pie en el pequeño salón, en calzoncillos y camiseta, con la foto de su mujer y su hijo muertos entre las manos.