De amor y vodka Krasny úgol
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Krasny úgol

Boris yace a mi lado, boca abajo, entregado a un sueño profundo. Parece un dragón dormido.

Aún no amanece. La esfera luminosa de un reloj analógico que destella en la oscuridad me dice que son las cinco menos cuarto de la mañana.

Los recuerdos de la noche pasada despiertan sensaciones en mi cuerpo y las brasas mortecinas del deseo se reavivan.

Me estrecho contra su espalda, empujo una rodilla entre sus muslos, lo abrazo. Él emite un murmullo onírico.

Rememoro cada detalle y una sensación de vértigo me invade. Su historia. Su familia. Su pasado. Me aferro a él en busca de un asidero, cierro los ojos. Y el sexo Intento recordar desde hace cuánto tiempo que no me llenaba así, no me saciaba tanto.

Pienso en el último hombre con el que estuve.

Me volqué en la relación con la firme esperanza de construir algo, pero no se puede crear un proyecto en común sobre la personalidad de un narcisista.

Me río bajito al recordar cuando una vez lo pillé mirándose al espejo mientras follábamos.

Estaba más preocupado de verse bien que del placer.

El mío, desde luego, le importaba una mierda.

Ocho meses duramos. Mucho me parece hoy.

Pienso en Julio y, por primera vez, lo hago sin rabia.

Sin rencor. Por mero análisis. El sexo de descubrimiento, el del último curso en el colegio, lo recuerdo con nostalgia, ¡Qué perdidos estábamos!

Después, el frenesí de los primeros años.

Y más tarde, el sexo mecánico, deslavazado y cada vez más esporádico en el que se cae cuando tus prioridades son otras y no haces nada por mantener viva la llama.

«Me duele la cabeza», «Estoy cansada», «Tengo la regla».

O cuando ya ni siquiera esgrimes una excusa.

Hubo un momento en el que, ante sus avances, simplemente me daba la vuelta y me hacía la dormida.

Pienso en Yulissa. Es pura vida. Una sonrisa enorme, un paso elástico, el cuerpo de una veinteañera y las ganas ídem. Normal que Julio se refugiara en ella, que buscara lo que yo le negaba.

¿Y por qué se lo negaba?

Lo tengo claro. Porque hacía años que ya no estaba enamorada de él.

Estaba harta de tirar yo del carro: la casa, los niños, el trabajo Cada puta decisión la tomaba yo y él era un ente pasivo que se dedicaba a prestigiar la familia con su presencia.

Empecé a odiar su complacencia. «Sí, mi amor», «Lo que tú digas, mi amor».

Hubo un momento en el que provocaba peleas adrede solo para ver si se le hinchaban las pelotas y reaccionaba.

Esa es la verdad. Y en vez de ser sincera, lo fui apartando de mi vida hasta que entendió la indirecta y se fue.

Qué le voy a hacer, ya he dicho que soy complicada.

Hundo el rostro en la espalda de Boris. Busco, no lo sé con exactitud.

No quiero luchar más. Necesito que, por una vez en la vida, las cosas sean fáciles para mí.

No hacerme cargo de todo. Que alguien me cuide, me proteja, me aporte seguridad.

Quiero dejar en otras manos las decisiones o, al menos, compartir su peso.

Puta carga mental que nos amarga antes de tiempo.

Putas mierdas no resueltas que arrastramos de nuestro pasado.

Boris puede darme todo eso. Así me siento con él.

Amanece y Boris despierta, despereza su enorme cuerpo junto a mí, murmura algo ininteligible.

—Buenos días —digo bajito sobre su piel. Él se gira y sonríe, soñoliento. Parece feliz de verme a su lado. Es la primera vez que el día nos pilla en la misma cama.

—Buenos días, Lorenka.

Me reclama sobre su pecho y yo me encaramo a horcajadas sobre él. Me inclino hacia adelante y lo beso.

—¿Has descansado? Me he despertado hace un buen rato, pero te he dejado dormir un poco más.

—Los viernes termino siempre fuera de combate. Ya sabes. Cansancio acumulado de la semana, exceso de trabajo, noches en vela —Sonríe y acaricia mi espalda—. ¿Tú? ¿Has dormido bien? A veces ronco un poco.

Compone una expresión traviesa y a la vez culpable que me hace reír.

—He dormido genial. Aunque has roncado como un dinosaurio.

—¿Qué yo? ¡No! —se indigna hasta que cae en la cuenta de que le tomo el pelo—. Mujer malvada, ¡ven aquí!

Tira de mí hacia adelante y caigo sobre su boca.

Nos besamos. Me da igual el aliento un poco amargo, el mío debe ser igual o peor.

Poco a poco vuelve su sabor personal a sus labios.

Busca mis pechos y provoca mis pezones con los pulgares.

Los incita, los aprieta. Yo siento mi sexo hincharse y humedecerse contra su abdomen.

Busco su pene, aún adormilado, pero en camino de convertirse en otra deliciosa erección y lo acomodo bajo mi cuerpo.

—Ah, Lorenka Sabes. Sabes cómo volverme loco, mujer —susurra en mis labios.

Abarca mis nalgas con cada una de sus manos y las abre un poco, se dispara mi excitación, ahora todo va más rápido, no hay conquista, solo hambre. Y me encanta tener las riendas yo.

Cabalgo empalada en él, me doy el gusto de buscar mi placer, un poco egoísta, pero el suyo crece también en un bucle de retroalimentación infinita. Sujeto la carrera desbocada de mi orgasmo y él lo nota y frena también.

—Quiero cambiar de posición.

—¿Encima? —pregunto, perdida en el deleite de sentirlo dentro. Lo había olvidado, joder. Lo mucho que me gusta el sexo. Había matado esa parte de mí.

—No. Detrás.

—Hum me parece perfecto.

Se incorpora y me gira sin ninguna dificultad. Me encanta su fuerza física, que dosifica con precisión. Su polla se asienta entre mis glúteos y me pregunto si querrá sexo anal.

—¿Me vas a follar por el culo?

El esboza una sonrisa perversa.

—¡Que boquita sucia! —dice, encantado—. ¿Quieres tú viajar a Grecia hoy?

Me río con el eufemismo. Elegante y, a la vez, procaz. Eso me gusta de él, es divertido, inteligente, y lo pone al servicio del sexo. Más no puedo pedir.

—Quiero todo lo que tú quieras darme.

Flexiono las rodillas y las abro un poco, me inclino sobre la cama y me abro las nalgas para enseñarle mis orificios. Joder, todo esto se me daba bien. Y recordarlo es un subidón brutal.

—Ah, Lorenka. Eres una peligrosa tentación.

Me penetra desde atrás, después de lubricarse con mis fluidos.

Embiste, lento, muy lento, con firmeza. Yo gimo ante la invasión.

Es diferente, delicioso, me pone a mil. Me da muy profundo, sus testículos rebotan sobre mi clítoris y añaden un extra de placer.

El sonido mate que producen nuestros cuerpos al chocar es obsceno, decadente.

Se me escapa un grito cuando me penetra además con los dedos y me estimula el clítoris con el pulgar de la misma mano. Cabrón

—Ah. Por favor —Me pierdo en el momento.

Con la otra mano, me agarra los pechos desde atrás, pellizca mis pezones, me aprieta y me empuja contra su cuerpo al tiempo que embiste con fuerza.

El placer es demencial, pero lo sujeto, me contengo.

No quiero correrme todavía, quiero prolongar la agonía hasta que ya no sea capaz de sostenerlo más—.

Así es perfecto. Perfecto, Boris. Ah, perfecto

Me sostiene y yo no hago nada, estoy a su merced. Gruñe por el esfuerzo, yo me doy cuenta de que estoy sollozando.

—Lorenka, no aguantaré mucho tiempo más.

—Oh, ¡joder! —Siseo cuando me atrapa el clítoris entre dos dedos y aprieta. Fuerza mi orgasmo, pero me queda un punto de lucidez para contraer mi interior y arrastrarlo conmigo.

—Lorenka O bozhe, kak khorosho!![7]

Dormitamos. Fuera cae la lluvia con fuerza, pero yo no puedo sentirme más resguardada. Boris me abraza, me retiene junto a su pecho, y enreda los dedos en mi melena con gesto distraído. Yo recorro sus cicatrices. Es hora ya.

—¿Me cuentas su historia ahora?

Él suspira. No parece demasiado entusiasmado por la propuesta.

—Son muchas. No terminaría nunca. ¿No quieres dormir un poco más? —murmura, perezoso—. Te vas a aburrir.

—Estas, por ejemplo. —No me rindo—. Las que van del hombro a la cadera.

—Metralla, te lo dije ayer.

—Pero ¿dónde? ¿Cuándo? —digo exasperada. Tengo una necesidad absurda de saberlo todo, de conocer cada detalle insignificante de él.

—En el sitio de Tighina, durante la guerra por la independencia de Transnistria. Es complicado.

—¿Qué ocurrió? —Lo beso y sonrío para convencerlo—. Anda, ¡cuéntamelo!

—Fue hace mucho tiempo, sladkaya. En 1990, Transnistria pertenecía a Moldavia, pero quería anexionarse a territorio ruso.

Más oportunidades. Más dinero. Más futuro —dice abriendo las manos en un gesto de obviedad—.

En el 92 estalló la guerra. Al final, se consiguió una especie de independencia de facto, aunque no oficial. El conflicto sigue congelado.

—¿Y esta? —Meto la mano bajo su culo y lo aprieto. Lo hago reír y me gusta que desaparezca el ceño fruncido.

—Ah, en Chechenia. Una bala perdida. ¡Tuve mucha suerte! Mejor el culo que la hombría, ya me entiendes. —Se echa a reír y a mí me sorprende que se lo tome tan a la ligera.

—¿Se puede saber qué hacías en Chechenia?

—Soy médico militar, Lorenka. Especialista en traumatología de guerra.

Así fue como conseguí sacar la carrera, gracias al ejército.

Y tú vas donde el ejército te destina. —Sus ojos celestes están ahora muy lejos y yo lo escucho, fascinada—.

Los rusos, después de que salvara a uno de sus capitanes, me condecoraron con la Cruz de la Valentía, y me ofrecieron permanecer entre sus filas.

Después, cuando decidí que quería salvar vidas en vez de arrebatarlas, me apoyaron.

—¡Eres un héroe ruso! —digo entusiasmada. Desde la distancia de no haber vivido jamás nada parecido, me parece hasta romántico.

—Hum. En realidad, soy moldavo. O mejor, transnistrio.

Lo miro un poco perdida.

—¿Pero entonces no eres ruso? ¿Qué eres, entonces?

—Todos los soviéticos somos un poco apátridas —dice con tono un amargo—. Yo nací en el `74, así que mi primer pasaporte fue de la URSS. Todavía no se había desintegrado.

—¿Cuándo fue eso?