Tempus fugit #2
—Metralla. Es una larga historia. Aburrida. Otro día te la cuento.
Su abdomen se contrae ante el roce de mis dedos.
Ahora está nervioso, en tensión, y por contrapartida yo me siento en calma, con pleno control de la situación.
Sus dudas hacen que las mías se hagan más pequeñas.
Antes me sentía en desventaja, ahora, su vulnerabilidad nos equipara.
De alguna manera, intuyo que tengo el poder de hacerle daño y eso es peligroso. Da miedo, y a la vez es embriagador.
Lo desnudo con calma. Él hace lo mismo conmigo. Nos despojamos poco a poco de las prendas y dejamos caer con ellas barreras e inhibiciones. Sin prisa. Nos degustamos como un buen vino. Paladeándonos.
Solo queda la ropa interior. Él lleva puesto un bóxer corto de color negro.
Yo, un conjunto de tul blanco. Me conduce hasta la cama y yo lo sigo, sin negociar.
Sin remilgos. Sin el ardor de las primeras veces.
Los dos sabemos a qué nos enfrentamos, no habrá sorpresas.
No habrá novedad. Tampoco grandes expectativas, pero sé lo que quiero.
Lo quiero a él. Dentro de mí. Y sé que será sublime.
Nos tendemos sobre la cama, él apoya su rostro sobre el codo y me estudia en silencio. Yo estoy tumbada, mi piel quema. La impaciencia comienza a latir en mi interior, pero Boris posa su mano sobre mi abdomen, cálida y pesada. Cierro los ojos unos segundos y exhalo con suavidad.
—Tú también tienes heridas de guerra —dice al recorrer con el índice la cicatriz de las dos cesáreas, algo oscurecida y engrosada por el tiempo.
—Los conflictos de las mujeres no suelen ser bélicos, pero también se cobran su peaje.
Él sonríe. Arrastra la mano hacia mis pechos.
Me acaricia y me tienta por encima del sujetador.
Yo me paso la lengua por los labios y sonrío.
Quiero que me bese. Quiero sentir su peso sobre mí.
¿Cómo he podido prescindir de ello hasta ahora?
Lo reclamo y él cumple mis deseos. Un muslo enorme se abre paso entre los míos, su erección presiona contra mi cadera, se inclina y me besa, algo más exigente.
Yo recorro su espalda y descubro más irregularidades, más viejas heridas.
Es la primera vez que presto atención a los relieves de su historia, antes solo quería bebérmelo.
Engullirlo. Hoy es diferente. Río al tocar una pequeña depresión rugosa que recorre uno de sus glúteos.
—¿Tienes una herida en el culo?
—Un balazo. Tuve suerte —dice también sonriendo.
Siguen los besos sobre mi rostro. Me cierra los ojos, muerde mi mandíbula con suavidad, se refugia en mi cuello y yo jadeo.
Mil agujas de placer me recorren cuando lo hace en esa zona mágica que lo une con el hombro.
Desplaza el tirante del sujetador y descubre mi pecho.
Sopla sobre el pezón y, cuando se transforma en un nudo rosado, lo lame.
—Joder, Boris —se me escapa en un gemido de placer. Su respiración se acelera.
—Dime, Lorenka.
Sus labios lo rozan, me provocan un cosquilleo, me vuelve loca su delicadeza. Entonces lo muerde y tira de él, con suavidad.
—Ven.
Lo atraigo sobre mí, quiero desaparecer bajo el peso masivo de su cuerpo, pero él se resiste.
—Aún no. Así puedo verte y tocarte mejor. No hay prisa.
Asiento. Es cierto, no la hay. Tempus fugit, pero hay ciertas cosas a las que vale la pena dedicarles su tiempo.
Besos húmedos. Caricias lentas. Quiero acelerar un poco el ritmo y froto su erección sobre la tela de algodón. Me apodero de ella en un movimiento brusco, que busca sorprender y lo hace.
—Ah, Lorenka. Sí.
Da su permiso y comienzo a masturbarlo. Su respiración se profundiza, se torna jadeo.
—Me encanta, Boris. Es es como todo tú. Quiero tenerte otra vez dentro de mí —susurro sobre sus labios, atrapo el inferior entre los dientes y lo muerdo.
Gruñe y me siento una diosa. Soy yo quien excita al animal que hay en él.
Su erección se endurece aún más, se mueve, espasmódica, encerrada en mi puño.
Más gemidos. Él desliza la mano bajo mis bragas y espera un poco. Yo abro el muslo libre, porque el otro sigue atrapado, para decirle que sí. Y curva los dedos sobre mi sexo.
—Oh, por fin —suelto en un suspiro de alivio—. Esta noche se me ha hecho eterna.
Me besa con los ojos entreabiertos, lee mis reacciones, busca las líneas que relatan mi placer.
Las caricias rítmicas son deliciosas. Insinúa la yema del índice o del corazón en mi entrada a veces, pero lo hace como me gusta, con la palma firme.
Ya me conoce. En un momento, necesito más y acompaño el movimiento de su mano con la mía, presionando con más fuerza.
—¿Así? —No tiene miedo a preguntar y eso me pone a mil. Su seguridad es estimulante. Aumenta la intensidad y noto que mi interior inicia unas contracciones involuntarias.
—Hum. Sí. Justo así. ¿Y tú? —No he dejado de masturbarlo, su piel arde.
—Perfecto. —Me retira la mano y se aparta un poco—. Pero ahora necesito Quiero
—Yo también. Te necesito dentro de mí.
Su rostro se crispa, sé que hace un esfuerzo por no precipitar las cosas; todo su cuerpo parece vibrar.
Se incorpora y me retira las bragas, poco a poco.
Cuando llega a los pies, juega y me roza la planta de uno de ellos, haciéndome reír.
Sus ojos brillan, divertidos, pero yo no busco juegos, voy muy en serio.
Me siento junto a él. No puedo dejar de tocarlo.
—Ahora tú. Déjame quitarte esto.
Tiro del bóxer, él se deja hacer. Dios, cómo me gusta verlo desnudo y, para someterlo un poco más, rodeo la cabeza de su polla con la boca y succiono, solo un poco, con suavidad.
—¡Ah, Lorenka! —gime Boris.
Lo tengo un par de minutos a mi merced, pero sus dedos se abren paso entre mis nalgas y buscan mi sexo. Me penetra y yo emito un grito ahogado. Ya no puedo seguir y él lo sabe.
Gira sobre mi cuerpo y me cubre, yo cierro los ojos y sonrío al obtener lo que más me gusta cuando estamos juntos: sentir su peso sobre mí.
Me hundo en la ropa de cama y lo abrazo, la sensación de calidez es abrumadora.
Por un instante, no quiero moverme, no necesito más, no quiero seguir.
Él se alza sobre los antebrazos, quiere aliviarme un poco de la carga de su torso, pero yo lo reclamo de nuevo.
—No te alejes. Por favor —susurro sobre su boca. Él me besa, devoto.
—No voy a ninguna parte, Lorenka. —Adoro cómo se enreda mi nombre en su lengua.
Aparta la melena de mi rostro y clava sus ojos en los míos. Es el momento. Busco su erección entre nuestros cuerpos unidos y la dirijo hacia mi interior.
Nos mecemos el uno al otro con la misma cadencia, sin dejar ni un resquicio de piel libre entre nosotros. Con los ojos abiertos, llegamos al orgasmo. No decimos nada. Nos falta el aliento.
Boris hace el amago de rodar hacia un lado de la cama, pero lo retengo entre mis brazos. Necesito esto tanto como el sexo. Necesito su cuerpo cubierto en sudor, su aroma masculino, su respiración quemando mi cuello. Lo necesito, adherido a mí y aún llenando mi interior.
Esta vez, lo tengo muy claro, ha sido distinto.