De amor y vodka Tempus fugit
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Tempus fugit

El Hummer avanza por la avenida con un rugido grave del motor, es medianoche y no hay mucho tráfico. En el coche flota una tensión expectante. Suena Alucinado, de Tizziano Ferro a un volumen que quizá sea demasiado alto, pero que ayuda a que no digamos nada de lo que después nos podamos arrepentir.

Extiendo la mano hacia su cuello y acaricio su nuca y sonrío al ver que se deja caer en el contacto; cierra los ojos un instante; un ronroneo suave brota de su garganta.

—Lorenka, escucha —dice tras unos minutos. Yo espero, detengo el movimiento, pero dejo mi mano ahí, en su nuca recia. Es mío—. Antes de que subamos, quiero dejar claras algunas cosas.

Asiento en silencio. Quiere rayar la cancha. Me gusta eso de Boris, que no se ande con rodeos, que sea directo, a veces incluso contundente en su abordaje. Me da un plano de seguridad, con él sé a qué atenerme.

—Cuando abro la puerta de mi casa a alguien, es por algo. Soy reservado y no me gusta desvelar más allá de lo que se ve de mí. Si lo hago, es porque tú —Duda y me lanza una mirada insegura—. Creo que tú y yo podemos avanzar. Estamos construyendo algo bueno.

—Boris, yo siento lo mismo, pero podemos ir al hotel, si estás más cómodo —ofrezco un poco desconcertada. Me da la sensación de que la confesión, un poco infantil, significa mucho más de lo que dicen sus palabras.

—No, no. Quiero tenerte en mi cama.

—De acuerdo.

Joder. «Quiero tenerte en mi cama». Mi boca se anega de saliva con las ganas de besarlo. Recorro su muslo con la palma dura, ansiosa, en una caricia que quiere ser consuelo y provocación, desde la rodilla hasta la ingle. Él se revuelve en el asiento. Sé que está excitado.

Tardamos más de lo esperado; hemos salido de la zona alta de la ciudad, y estamos en el centro.

Siempre he querido saber qué hay en estos edificios de hormigón que rodean el palacio de La Moneda, adustos y severos, que aún exhiben los orificios de los proyectiles del golpe de estado del `73.

Aparca en el primer subterráneo de uno de ellos y yo río levemente porque su enorme tanque ocupa dos plazas.

—Vamos.

Me coge de la mano. Emite un saludo hacia el vigilante, que apenas alza la mirada tras el cristal de la garita, y entramos en el ascensor.

Es minúsculo. Anticuado. Yo me estrecho contra su cuerpo masivo, todas las fibras de mi ser claman por él.

Abro las palmas sobre su espalda, me aprieto con ansiedad contra su torso.

Despacio, sin movimientos bruscos. Él envuelve mi rostro con sus enormes manos y sonríe.

Solo nos permitimos un beso suave. Un roce de labios en el que deposita su experiencia, su autocontrol, la contención que me confirma que tiene tablas en el juego.

La puerta es metálica, blindada, me llama la atención.

El pasillo, bastante similar al de una de las prisiones para presos por delitos no de sangre que he visitado alguna vez, austero y gris.

Forcejea un poco con la cerradura y yo no me resisto a apoyar la mejilla en su espalda y abarcarlo con mis brazos desde atrás.

Los músculos ondulan con impaciencia. Busco el primer botón de su camisa a ciegas y él ríe.

—Lorenka, me desconcentras.

Entramos al fin, en silencio. Miro alrededor con curiosidad; en el ambiente flota ese aroma exótico a incienso que ya he percibido en él otras veces, pero Boris me conduce de la mano hacia el dormitorio.

Nuestros movimientos se ralentizan todavía más y me doy cuenta de que, pese al hambre y el deseo, es lo que necesito. Regodearme en ello.

Nos abrazamos en la habitación. ¡Qué reparadores son los abrazos! Aunque este es diferente, cargado de erotismo, busca fundir nuestras pieles. Sus manos se extienden sobre mi melena y mi trasero, pegándome a él. Podría quedarme entre sus brazos para siempre.

Él se aparta con una sonrisa y se descalza sentado en una butaca junto a la que hay una mesita circular; en ella reposan unos libros. Yo cojo uno con curiosidad y sonrío al ver que deja sus Cuentos de Eva Luna encima de todos ellos.

—¿Qué lees ahora? Está en ruso —Reconozco que me irrita un poco ver las letras cirílicas doradas sobre el cuero verdegrís. Me genera una especie de celos no ser capaz de desentrañar sus secretos. La información está aquí, en mis manos, y soy incapaz de interpretarla.

—Guerra y Paz, de Tolstoi.

—¿No lo has leído? —pregunto con tono de duda. Él ríe.

—Claro que sí, he perdido ya la cuenta de las veces que lo he releído. Es de mis favoritos.

—A mí me cuesta releer. Hay tantas historias por descubrir que prefiero siempre algo nuevo.

—Me hipnotiza la economía de sus movimientos, todo lo que hace tiene un objetivo, en este caso, quitarse los zapatos y los calcetines con precisión militar.

Los deja junto a la butaca, uno al lado de otro.

Después, apoya las manos en sus rodillas y alza la mirada.

—Leo mucho, también novedades, pero siempre vuelvo a mis favoritos. No sé. —Hace un gesto exasperado que me arranca una sonrisa. Es literario y dramático—. No los leo enteros, solo busco mis pasajes preferidos. Es reencontrarte con un viejo amigo. Me conforta.

—¿Y Pushkin? No soy muy de cuentos, creo que los de Eva Luna son los únicos que había leído hasta que el libro que me regalaste tú —digo intentando descifrar alguna de las palabras, pero es imposible.

El idioma ruso es otro mundo. Me llama la atención que tiene varias anotaciones en lápiz grafito, subrayados, algunas de las puntas de las páginas están dobladas—. Yo soy más de novelas.

—Pushkin me trae recuerdos de mi abuela.

Fue quien me enseñó a leer y me inculcó el amor por los libros.

—Lo escucho, fascinada. Siempre evita hablar de su pasado, pero esta noche están cambiando muchas cosas.

Él me quita el libro de las manos para dejarlo en su sitio y yo me siento en su regazo.

Le doy un beso tenue—. Su autor preferido es era Pushkin porque es también el nombre del pueblo en el que vivió antes de trasladarse a Moldavia.

—¿Por qué se mudó?

—No tuvo elección. Su familia huyó de las purgas de Stalin.

—Joder —se me escapa y me aparto unos centímetros para mirarlo a los ojos—. ¿Le tocó vivir aquello?

—Era una niña cuando se marcharon. Su padre, mi bisabuelo, fue apresado y falleció en uno de los gulags.

Preso político. Haber pertenecido al ejército blanco no estaba bien visto entre los comunistas.

—Sonríe ante mi boca abierta por la sorpresa y roza mis pómulos con los dedos—.

Después, cuando regresamos a San Petersburgo, ella volvió a su dacha. Seguía allí cuando me marché a Chile.

—¿Por qué te viniste a Chile exactamente? —Esta vez no se va a escapar por la tangente. De un modo u otro, siempre evita dar respuestas claras sobre sí mismo.

—Son recuerdos tristes, Lorenka. Te regalaré un ejemplar de Guerra y Paz y lo leeremos juntos. Así podré explicarte más.

Sus caricias se profundizan, busca mis pechos, el interior de mis muslos. Sus labios aumentan la exigencia. No soy tonta, vuelve a esquivarme, pero si son recuerdos tristes, quizá no sea el momento de evocarlos y me ciño a los libros, como ha hecho él.

—¿Por qué es tu favorito? —Me levanto de su regazo y tiro para que se ponga de pie.

Cada segundo que pasa crecen el deseo y la necesidad, además de una absurda pretensión de consolarlo.

Él cede a mi exigencia y se acerca a mí.

Me rodea por la cintura. Me besa y se aparta.

Es experto en el juego de tentar. Yo me quito los tacones y vuelvo a pegarme a su cuerpo.

Soy pequeña y delicada junto a él, y eso me encanta.

—Es mi favorito porque, la primera vez que lo leí, sus palabras sobre la guerra resonaron con fuerza dentro de mí. —Tira de la tela de mi blusa y la saca de mis pantalones—. Nunca las olvidaré.

—¿Por qué?

Quiero saberlo todo de él, conocerlo. No me he saciado de su cuerpo, pero empiezo a necesitar más cosas.

Completar el puzle. Llevo mis dedos hasta la tarea incompleta de desabrocharle la camisa.

Él descubre que la mía se cierra con un lazo y desliza con suavidad los extremos. El roce de la seda me hace estremecer.

—Porque con diecisiete años eres impresionable. La guerra no resultó ser el ideal romántico que nos vendieron los rusos. Es muerte y destrucción.

Alzo la mirada, sorprendida. No entiendo por qué se refiere a «los rusos» como si él no lo fuera.

—Ya sé que eres militar, pero no me habías contado que estuviste en una guerra —digo un poco descolocada—.

¡Con diecisiete años eras un niño! —Él se deja hacer cuando deslizo la camisa blanca por sus hombros.

Joder, sus pectorales. Entre ellos, la cruz ortodoxa no parece tan desproporcionada.

Deslizo los labios por su piel y me pongo de puntillas; sin tacones, mi radio de alcance no es muy grande.

Acaricio la irregularidad en torno a su clavícula izquierda y recorro las cicatrices estrelladas, nacaradas, casi blancas cuando incide sobre ellas la escasa luz.

Por fin me atrevo a preguntárselo—. ¿Esto es? ¿Te hirieron?

Me doy cuenta de la enorme complejidad que encierra Boris.

Siempre dice de sí mismo que es aburrido, prosaico, sin importancia.

Yo no he hecho más que desahogarme y descargar mis mierdas sobre él sin filtro y con todo detalle.

Ahora quiero que lo haga él. Y quiero borrar esas viejas cicatrices con mis besos.

—Cuando no tienes futuro, el ejército parece una buena alternativa.

La zona donde nací es muy pobre y los militares soviéticos siempre han sabido manejar bien la propaganda.

—Se echa a reír con resignación—. Nos engatusaron a muchos con el discurso inflamado de la patria, los deseos de una vida mejor, de pertenecer a algo grande.

Jamás pensamos que el conflicto sería tan sangriento.

—¿Qué te pasó? —Recorro el camino ya familiar marcado por las cicatrices, que cruzan en diagonal su pecho hacia el costado y la cadera derecha.