Como adolescentes
El hotel Director se ha convertido en nuestro punto de encuentro cuando logramos estar juntos.
No es fácil. Entre sus guardias presenciales y localizadas, mi trabajo en el bufete y la logística con los niños, solo nos hemos escapado tres veces en estas dos semanas: las dos tardes de miércoles que los niños pasan con su padre y una mañana desesperada en el que Boris salía de guardia y yo me inventé una excusa, le encasqueté un juicio a Carlitos Mario y me fugué del bufete. Así de jeta soy.
Me rio al pensar en la dinámica de nuestras citas: yo llego primero, intentamos mantener el civismo con una conversación sobre cómo nos ha ido y en cuanto nos tocamos, dejamos de fingir.
Básicamente, nos arrancamos la ropa y follamos como dementes, exprimiendo el poco tiempo que tenemos.
El fin de semana pasado tenía a los niños, así que nada de quedar.
Pero este este va a ser especial y por muchas razones.
—Loreto, ¿has leído el borrador de la réplica a Álvaro Adams? —pregunta Carlos Mario con cara de cachondeo.
—¿Eh? ¿Qué borrador? —Vuelvo al planeta Tierra de golpe y porrazo. Agito la cabeza para apartar el recuerdo de Boris haciéndome cosas. Muchas. Variadas e imaginativas—. ¿Cuál? ¿El de Mónica?
—Loreto, ¿estás bien? Te noto un poquito dispersa, reina.
—Perdona. Sí. El borrador. —Me coloco la melena tras las orejas, carraspeo y someto a duras penas mi mente calenturienta—. Lo he imprimido y te he hecho algunas sugerencias, pero en general, está perfecto. Eres mucho mejor que yo en esto, Carma querido.
—Si eso es verdad, déjame llevar el caso. Como abogado principal y no como tu asistente —dice con tono serio—. Vamos, ¡sabes que puedo hacerlo!
Rodeo a Boris de una cápsula mental. La meto en una caja fuerte.
La rodeo de cadenas y candados y la lanzo al fondo de los abismos de mi cerebro.
Ya está bien. En algún momento tengo que trabajar y rendir, no solo fingir que trabajo mientras hago revivals en alta definición en mi mente de los grandes momentos de Boris y Loreto de estas últimas dos semanas.
Y es mejor que el porno. Hardcore. Joder. En serio tengo que concentrarme.
—Y lo harás, pero no todavía. Ten un poco de paciencia, Carlos Mario —le pido, esta vez con sinceridad y los cinco sentidos puestos en lo que estoy diciendo—.
Sé que te mueres de ganas, pero este caso es complicado y Álvaro Adams, un cabrón sin escrúpulos.
Me necesitas a tu lado. Si todo va bien, serás socio minoritario del bufete el año que viene y estos casos serán tuyos. Ya lo verás.
No está conforme, pero emite un suspiro resignado, me arrebata las hojas del borrador corregido con un poco de mala leche y se pone a trabajar. Yo miro la hora, casi las ocho.
—Mierda, tengo que irme.
—¿Has quedado con el ruso?
Todo su enfado desaparece y pone cara de complicidad máxima a ver si suelto algo, porque solo le he contado que estamos saliendo. Ja. Como si no se me notara en la cara todo lo demás.
—Si, pero primero tengo que hacer una cosa. Necesito recoger un libro.
Carlitos Mario es educado en extremo y no hace ningún comentario. Yo me despido hasta la semana que viene dejándolo con la intriga.
Reconozco que quiero que todo esto que estoy viviendo sea solo mío y de Boris por unas horas más.
Hoy vamos a presentarnos en sociedad como pareja y estoy de los nervios: hemos quedado con Inés y Erik en el hotel W.
Ellos han dejado a los niños con Berta, la mujer que les salva la vida con la conciliación, y han sacrificado su noche sin hijos para cenar con nosotros.
Me rio entre dientes, deben de estar muy intrigados cuando nos dedican su tiempo a solas. Ahora que me hago una idea de lo que tienen, porque lo vivo yo también con Boris, lo aprecio todavía más.
Tengo muy claro lo que quiero para él. Algo que me represente tan bien como lo hace Pushkin con él. Ruso, dramático, irónico, realista y muy romántico. He leído el libro que me regaló. Dos veces. Y he indagado un poco sobre el autor, que ha resultado ser una caja de sorpresas.
Entro a la librería Imaginaria, al lado del hotel W, donde he encargado el ejemplar que reúne Eva Luna y Los cuentos de Eva Luna, de Isabel Allende.
Siempre me ha fascinado el universo femenino que reflejan sus letras, el amor y la violencia que viven las mujeres que aparecen en él.
Quiero que Boris encuentre en ellos a su país de acogida y también a mí, como lo he encontrado yo a él en Pushkin.
Cuando lo tengo entre las manos, dudo un poco. Es un regalo muy personal. Íntimo.
—¿Se lo envuelvo para regalo? —pregunta la dependienta, una chica joven con unas enormes gafas de acetato y una sonrisa amable.
—Un momento. —Saco la pluma y escribo lo que he decidido por fin, tras darle un millón de vueltas.
—Perdona es que he leído lo que has escrito —confiesa la chica, con los ojos brillantes y expresión arrobada, mientras envuelve el libro en un bonito papel reciclado de color verde musgo. Le pone un discreto lazo granate—. Me parece una dedicatoria genial. ¡Mucha suerte!
—¡Gracias!
Nos miramos con la complicidad mágica que crean los libros y me llevo el paquete entre los brazos como si fuera un tesoro.
Últimamente me siento como si volviera a tener dieciséis años.
Aunque lo viva con la óptica un poco condescendiente de los cuarenta, la ilusión está ahí. Con la misma intensidad. Forever young.
Solo que ahora hay algo que a los dieciséis no existía: el saber con claridad meridiana que las cosas pueden salir mal.
Un temor absurdo, considerando lo bien que va todo, nubla un poco mi nube rosa.
Me conozco. Forma parte de mi carácter de mierda: soy incapaz de disfrutar de algo bueno sin que me sobrevuele la sensación de catástrofe inminente.
Y es que algo siempre sale mal, joder. Recuerdo algo que me dijo Inés hace ya años, cuando firmé el divorcio y me regodeaba en un pozo negro de victimismo y autocomplacencia: «Mereces que te pasen cosas buenas, Loreto.
Solo tienes que dejar que te ocurran». El problema está, yo siempre tan benévola conmigo misma, en que las cosas buenas no me pasan a mí. Tan simple como eso.
Boris ya me está esperando en el bar del hotel, me acaba de enviar un mensaje. Me paro unos minutos en la puerta para controlar los nervios. Tengo la seguridad de que esta noche van a cambiar muchas cosas y siento un poco de vértigo. Por no decir que estoy un poco acojonada.
Descubro su espalda ancha en cuanto entro en el local.
Está en la barra, frente a un vaso carolino con hielo.
Vodka, seguro. Sonrío porque, justo al lado, hay una copa de vino blanco.
Ya me ha pedido un chardonnay. Cruza el relámpago del pensamiento de que me conoce mucho más de lo que yo lo conozco a él.
—Hola. Perdona el retraso.
Lo abrazo por la espalda y cierro los ojos. Me siento invencible cuando estoy con él, así que extraigo coraje de su contacto. Él se gira y me besa.
—No me importa esperarte, Lorenka. —Empuja la copa hacia mí y me atrapa la mano. Estoy temblando—. ¿Nerviosa?
—Un poco. ¿Tú no? —Me da envidia que esté tan relajado. Yo estoy como un flan.
—No. Son Inés y Erik. El día que conozca a tus hijos, entonces —Deja la frase sin terminar y compone un gesto fingido de temor—. Entonces sabré que las cosas se ponen serias.
Me besa con dedicación y cualquier rastro de nervios desaparece. Ahora lo que quiero, reflejo condicionado que es culpa suya, es reservar una habitación y olvidarme de la cena. Suspiro.
—Oye, antes de que subamos. —Le echo un vistazo a mi reloj, aún tenemos tiempo—. Te he traído algo.
—¿Un regalo? —sonríe como un niño pequeño y su rostro se ilumina. Su alegría es contagiosa. ¿Cómo sería compartir la vida cotidiana con un hombre así? ¿Que disfruta cada segundo de las pequeñas cosas?
—Un regalo. —Le doy el paquete que ha fingido no ver, pese a que lo he dejado encima de la barra. Me encanta su candidez—. ¡Vamos! ¡Ábrelo!
Él alza las cejas y se lo toma con calma. Le da vueltas, intrigado. Me inunda la impaciencia cuando quita el lazo granate de papel, lo enrolla y lo deja encima de la barra. Después quita los celos uno a uno con sumo cuidado.
—¡Venga! —arengo entre risas. Lo empujo en broma.
Él abre los ojos por la sorpresa y saca de su envoltorio el libro. A mí se me aprieta el nudo de nervios en el estómago.
—Un libro. Eva Luna y Los cuentos de Eva luna. —Me mira con una enorme sonrisa en los labios—. Isabel Allende. Veamos.
Le da vueltas entre las manos y lo examina. Pasa el dedo por el lomo, lee con atención la contracubierta.
—Tenemos que irnos. ¡Vamos a llegar tarde! —Definitivamente, muy íntimo y personal, pero ahora ya me tiene en sus manos.
—Solo un momento. ¿Sabes que me encanta Gustav Klimt?
He estado dos veces en Viena solo para ver su obra.
Este cuadro, el de la cubierta, se llama Serpiente de agua.
—Sonríe con picardía y mis huesos se deshacen—.
Las serpientes y el agua tienen un fuerte simbolismo sexual.
Todos sus cuadros tienen una gran carga erótica.
Así que imagino que me va a gustar. Mucho.
—Me alegro. Ay. Boris. No.
Me cubro la cara con las manos porque lo abre y me somete a la tortura de que escuche en alto la dedicatoria que le he escrito. Creo que me quiero morir.
—«Cuando me pides que te cuente quien soy no sé muy bien qué decirte, pero esta historia me define un poco.
Mientras me descifro a mí misma, contigo a mi lado, espero que lo disfrutes tanto como lo hago yo con Pushkin.
Loreto». Gracias, Lorenka. Esto —Levanta el libro, pero yo sé a lo que se refiere—, es importante para mí.
Soy feliz por estar contigo mientras redescubres la magnífica mujer que eres.
Es increíble que a estas alturas todavía me ponga roja con las cosas que me dice.
Vuelve a besarme con esa manera que tiene, en la que atrapa mi rostro entre sus manos y se acerca a mí como pidiendo permiso para después destrozarme con un beso.
Estoy considerando seriamente el dejar plantada a mi hermana.
—¿Y si?
—Sé lo que estás pensando. Tenemos que comportarnos —dice con un guiño travieso. Me ofrece la mano y me conduce hacia el ascensor—. Aunque nadie nos obliga a quedarnos demasiado tiempo. Cenamos y nos vamos. ¿Qué opinas?
Yo solo sonrío. Me parece genial.
Disfrutamos del Night Brunch del restaurante NoSo del hotel, tiene un tenedor libre abundante y muy variado, pero creo que voy a quedar con hambre al ver los delicados platitos de alta cocina. Tendría que comerme mil. Erik se acerca a mí con expresión divertida.
—Menos mal que tengo entrecot de Angus en casa —dice, conspirador. Me río porque opina lo mismo que yo—. Esto se nos va a quedar escaso.
Hace más de diez años que no tengo una cita en pareja con otra pareja.
En un mundo de adultos. Comemos, reímos, contamos anécdotas.
Esta vez, yo escucho y contemplo más que participo.
Me gusta ver cómo Inés y Erik se aman, de una manera fácil y evidente.
Sé que tienen sus luchas, pero me pregunto si yo podré vivir algo semejante con la mujer que tengo junto a mí.
Loreto me coge de la mano, está atenta a mis reacciones.
Me siento feliz con ella, intuyo que es el momento de dar un paso más, pero tengo miedo.
—¿Estás bien? Te noto un poco callado —me pregunta cuando Erik contesta una llamada del hospital e Inés se levanta al cuarto de baño.
—Estoy bien, Lorenka. Un poco abrumado. Yo —No sé muy bien qué decir y dejo caer una sonrisa tenue—. Me gusta esto.
—A mí también.
Nos miramos a los ojos y bailan las promesas en el estrecho espacio que suspenden nuestras miradas.
He bebido poco, pero me siento mareado. Siento a mi lado la presencia de Loreto y mi cuerpo se inquieta.
Inés y Erik se tocan, se besan. Ella le coloca el pelo, él posa una mano posesiva sobre la de ella.
Nosotros mantenemos las distancias, más formales, pero noto que crece en mí una tensión impaciente.
Llegan los postres y, en la sobremesa, las luces se atenúan y la música invita a confidencias. Loreto acaricia mi muslo. Yo atrapo sus dedos con fuerza. No puedo soportarlo. Respiro aliviado cuando Erik, con su franqueza habitual, da la velada por terminada.
—Pareja, estoy roto. Necesito irme a la cama. —Mira a Inés para contar con su aprobación y ella sonríe—. ¿Repetimos en otra ocasión?
—Gracias por la invitación, es un placer siempre estar con vosotros —digo con sinceridad. Beso a mis amigos ante la mirada sorprendida de Loreto—. La próxima vez, en la Sociedad Gastronómica Rusa. ¡Os gustará!
—Gracias a vosotros —dice Inés. Mira a su hermana y le guiña un ojo. Loreto se sonroja y yo me quedo con la intriga. ¿Qué hablarán estas dos hermanas? ¿Qué le dirá de mí? Daría oro puro por saberlo—. Loreto, ¡llámame!
Nos despedimos y los vemos alejarse abrazados. Erik se inclina sobre su mujer, la abraza por la cintura. Susurra algo en su cuello y ella sonríe y se encoge entre risas. Genera dolor ser testigo del profundo amor que se profesan, de la complicidad que comparten. Sí. Siento envidia.
—Oye, Boris
Loreto me saca de mis pensamientos y sonrío. Ella está seria y me pregunto si le habrá molestado mi observación continua a Erik y su hermana.
—Dime, Lorenka.
Ella parece reacia a decir lo que siente. Lo que piensa. Permanezco en silencio para darle un poco de tiempo.
—Esta noche no quiero estar sola. ¿Vamos al Director? O podemos quedarnos aquí, si quieres
Sonríe con cierta timidez. Se abraza el cuerpo como si tuviera frío, identifico con claridad que se siente vulnerable y me gusta demasiado saber que busca consuelo conmigo. Lo pienso tan solo un momento.
—Esta vez no, sladkaya. Vamos a mi casa.