Los cuentos de Pushkin #3
—«Para que me recuerdes y vuelvas a mí» —lee en voz alta, con un hilo de voz ronco que me sacude la entrepierna y me encoge el pecho al mismo tiempo—. Eres un peligro, Radchenko. Sabes exactamente qué teclas tocar.
Dejo la mochila en el suelo y me siento en el borde de la cama.
La madera cruje bajo mi peso. Alargo la mano y rozo uno de sus pómulos.
Después, el lomo desgastado del libro. Ver a esta mujer sofisticada, cínica, una abogada que viste trajes caros y habla de finanzas sosteniendo una edición barata de cuentos rusos provoca un cortocircuito en mi cabeza.
—No era una táctica —confieso, en voz baja—. Para mí, regalar un libro es algo sagrado. En mi casa no eran un adorno. Ahora, tampoco lo son.
Loreto ladea la cabeza, intrigada. Cierra el libro despacio, sin perder la página con el pulgar, y se incorpora. Se acerca a mí y apoya la barbilla en mi hombro.
—Cuéntame.
Yo acaricio su melena revuelta y dudo. Todavía dudo.
Miro la cubierta ilustrada, el dibujo desteñido del corcel y la princesa, y de pronto la lujosa habitación del hotel desaparece.
El olor al perfume francés de Loreto y a sábanas limpias se disuelve, sustituido por el de tierra seca y remolacha hervida.
Un murmullo casi imperceptible emerge de entre mis labios.
El cuello almidonado de la camisa me pica en la barbilla y hace demasiado calor para el chaquetón de lana verde oscuro. Las prendas huelen a naftalina, llevan todo el verano guardadas en el arcón.
—¿Por qué tengo que ir al colegio, mamá? —digo con ganas de llorar. Con miedo. Pero miro a mi padre y me contengo. Ya casi tengo siete años. Es 1 de septiembre de 1980, Día del Conocimiento, en que se inician las clases en toda la Unión Soviética; también en Tyraspol.
—Porque tienes que convertirte en un hombre decente, Borya —responde ella con cariño. Me arregla los botones, estira unas arrugas en las solapas y ajusta la mochila de cuero duro sobre mis hombros.
—Pero yo ya sé hacer muchas cosas —insisto cuando mi padre se aleja hacia la cocina para coger el pequeño maletín metálico con el almuerzo—.
Puedo ayudar a babushka con las patatas, puedo arreglar radios en la fábrica con papá...
¡Y puedo practicar con el piano! Siempre dices que debo esforzarme más.
—Eso no es ser un poryadochny chelovek, Boris —dice mi padre, con rostro serio, al tiempo que me acaricia el pelo—.
Ser un hombre de provecho empieza por no rehuir del esfuerzo.
Las manos no bastan si la cabeza se queda a oscuras.
Para ayudarme en la fábrica tienes que aprender a medir, a calcular y a pensar por ti mismo.
Hasta para plantar patatas hay que saber cómo trabajar la tierra. Vamos. Es hora.
Mamá estira el papel de estraza que envuelve los ásteres blancos para la maestra y sonríe con aprobación mientras los deposita entre mis brazos.
—La casa y la familia te enseñan a amar, Boris —añade ella. También tiene que irse, ya viste la bata blanca que usa en el laboratorio—. Pero la escuela te enseña a servir a la patria y a los demás. No vas allí para alejarte de nosotros, sino para que llenes de orgullo a todos los que te quieren.
Mi padre tiende los dedos y encierra mi mano. ¡Voy a servir a la Madre Patria! Saberlo me embarga de una intensa emoción.
—Boris, vuelve... —Loreto me llama con un susurro tenue—. Te has quedado callado de repente.
Parpadeo. La luz templada de la tarde santiaguina penetra entre las cortinas entreabiertas. Vuelvo al presente y acaricio su piel tibia. Parece haber entendido mucho más de lo que he sido capaz de poner en palabras.
—¿Poryadochny chelovek? —pregunta despacio, arrastrando las sílabas rusas con una pronunciación torpe y seria que me desarma por completo—. ¿Qué significa?
—Un hombre de provecho —explico en un susurro áspero, y una sonrisa triste escapa de mis labios—.
¡Un héroe de la patria! Ya ves... mi madre murió respirando vapores químicos en ese laboratorio creyendo que el trabajo dignificaba.
—No puedo evitar la amargura en el tono de voz—.
Mi padre no pudo soportarlo y fue tras ella a la tumba.
¿Qué pensarían ellos al saber que traicioné a mi patria y que ahora estoy aquí?
Loreto me contempla en silencio. Desliza la mano despacio por mi muslo, sube por mi costado y clava sus dedos en mi nuca, obligándome a bajar la cabeza hasta que nuestras respiraciones se mezclan.
—No sé qué pensarían tus padres, Boris —dice, y en su mirada ya no queda rastro de la abogada cínica, solo hambre y una certeza absoluta—. Pero yo no necesito un héroe. Ni un santo.
—¿Qué necesitas, Lorenka?
—A ti. Aquí. Encima de mí.
Deja el libro en la mesilla sin apartar sus ojos de los míos. Se deshace del albornoz de un solo tirón y se acuesta sobre las sábanas blancas, ofreciéndose sin barreras, sin defensas y sin pasado.
Cuando me hundo en su boca y mi cuerpo cubre el suyo, la memoria de Tyraspol se apaga. Solo queda su piel ardiendo bajo mis manos, el rumor entrecortado de su respiración y la certeza de que ella es el único lugar del mundo donde todavía sé quién soy.